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sábado, 11 de septiembre de 2021

El enigma en la caja

- La rutina tiene caminos que en el infierno se ausentan.

Para quien se despide de los suyos al salir de casa a veces resulta agobiante el desconocido hecho de saber si volverá a abrazarlos a pesar que las responsabilidades intenten matizar los pormenores de una vida incierta aunque las idas y vueltas sean francamente concretas.

Caso contrario ocurre para quien vive en el aire sin la espera de nadie.

Sale a la rutina dispuesto a volver dentro de su propia cápsula sin besos en pausa ni llamadas martirizantes que involucran emociones. Nadie ladra su venida; pero invoca anhelos por volver a la cama.

El mundo está infectado de personas a quienes no conocemos aunque hayamos visto sus rostros en portadas de revista.

Una vez me contaron que este planeta es el manicomio de los seres de la galaxia.

Existen más desconocidos que seres a quienes saludamos y mucha de esa gente ni siquiera conoce el sabor del viento de una calle, ¿Qué nos hace creer que intuimos lo que son en base a sus perfiles en redes? Si la llegada de un paquete puede ser un detonante, una perdición o una fortuna.

Dicen que las personas nunca han evolucionado a pesar que el mundo avance porque la raíz de quienes somos está en qué hacemos cuando estamos solos dentro de nuestros pisos o habitaciones.

La historia a continuación intenta darle un sentido a los rostros que no vemos cuando saludamos a quienes conocemos.

 Raziel era un joven cartero empleado número uno de la agencia ‘Envíos Express’ cuya leyenda ‘Cuidamos tu paquete como un tesoro’ se podía leer en el frontis del local cerca al isotipo de muñeco sonriente con caja en mano, también se podía mirar con facilidad en la fachada de la puerta principal de la furgoneta que manejaba su compañero Javier, quien, a diferencia de Raziel no vestía tan formal para la ocasión. Él, en cambio, tenía un semblante único llevando un traje negro con calzado marrón, corbata a la barbilla y peinado de raya brilloso hasta la tarde mientras que el conductor, que no solía descender, dormía el tiempo que tardaba el empleado en dirigirse a la casa, adentrarse en el jardín, recorrer la acera hasta la puerta, tocar el timbre, recibir al destinatario y mostrar una amplia sonrisa para hablarle un poco de la empresa, la calidad del paquete y esperando gustoso las gracias y la firma, episodio que a veces tardaba más de la cuenta, debido al encanto inigualable de Raziel, quien solía ser invitado a tomar una taza de café, un vaso de gaseosa helada o agua para la sed, detalles que sumaban en su cargo para un próximo ascenso dentro de una empresa monopólica en el rubro de envíos nacionales y extranjeros; situaciones que Javier tomaba inadvertidas debido a que su única condición para ingresar al trabajo fue tener el carné de conductor para buses; aunque dentro de los pasillos se murmure que las faltas cometidas manejando tráileres en sus tiempos pasados habían sido borradas por el organismo judicial de la empresa. Él, reposando con el asiento inclinado, la camisa abierta por causa de la prominente barriga, la barba desafeitada, los cabellos greñudos y con una botella de energizante de anteayer todavía llena a la espera de otro sorbo, esperaba al dócil y según opiniones de otros compañeros, chupamedias copiloto para continuar el rumbo hacia otro distrito siguiendo el esquema de envíos según las estrellas de los emisores. Poco le importaba al conductor cuanto demorara Raziel dentro de una casa hablando y ayudando a cargar o desglosar el paquete porque se adjudicaba minutos para descansar o divisar el celular. Para él no existían ascensos, oía en los mismos pabellones que la empresa se desmoronaría por razón de fuertes competidores que vendrían del extranjero, Raziel también estaba al tanto de dichos divisores; pero se hacía de la vista gorda trabajando como tanto le apasiona para recibir marcos con su fotografía en donde la frase ‘Empleado del mes’ relucía despampanantemente exagerada con caligrafía sombreada.

¿Tuviste un avance con la hija? Oyó a Javier hablarle desde su posición con una sonrisa burlesca, la barba hecha añicos con residuos de refresco naranja y el brazo velludo apoyado en la ventana.

Raziel retornaba sonriente, el paquete había sido correctamente enviado, el padre de Luciana, un empresario de videojuegos había ayudado con la carga, sugirió una cerveza; pero él prefirió el agua con hielo. Hablaron un poco de temas que Raziel desconocía; pero oía como si supiera. Se estrecharon la mano como dos viejos amigos y separaron sabiendo que volverían a toparse por otras entregas.

Cuando volvió recorriendo la acera de la enorme casa con jardín en los lados, viendo a su bufón compañero reír con una pregunta, pensó que debía continuar con los envíos para poder acabar antes que el resto de la manada y seguir asombrando al jefe, el judío que aparece en celebraciones, para que pudiera otorgarle el ansiado puesto detrás de un escritorio.

—Cuéntame, ¿Llevaba su minifalda de porrista? La he visto de lejos y está rebuena Lucianita— mencionaba Javier con aires perversos a pesar de su risa grotesca viéndolo de reojo y dándole golpes en la pierna para que se animara a contar.

—Yo voy a dejar las cajas. Les pido que firmen y a veces ayudo a cargar al segundo piso. No socializo ni veo a las hijas de quienes acogen los pedidos. Además, tengo novia, Javier, no seas irrespetuoso—.

—Ahora comprendo porque hablan tanto de ti— respondió Javier cambiando el tono de la voz a uno más sobrio y menos burlón.

—Sé que dicen de mí; pero no me importa. Estoy aquí para crecer no para hacer amigos— contestó Raziel visualizando un chat especial en su celular.

—Dicen que eres el favorito del judío avaro; pero también dicen que eres su marioneta— añadió Javier interesado en molestar.

Raziel le sonreía a la pantalla ignorando las palabras y las miradas de Javier que conducía doblando una siguiente esquina de manera intempestiva para que el celular se cayera y su copiloto lo viera con ojos de coraje ante la vista irónica de su insoportable compañero.

—Hola amor, me quedan dos entregas y termino mi día, ¿a ti cómo te va? —escribió en un chat que tenía un corazón lado del nombre.

Dentro de uno de los tantos módulos del centro comercial, una chica de cabellos castaños y lacios, delgada como una pluma, luciendo un vestido absolutamente negro a excepción del nombre de la empresa en blanco, ubicado a la altura del pecho derecho, escribía mensajes sonriente teniendo a una señora que le podía duplicar la edad mandándole a cada instante para que moviera accesorios de un lado a otro y atendiera a clientes preguntones que vienen y nunca vuelven.

—Mi amor, me alegra. Dame unos minutos, atiendo a la gente y te respondo— le respondía a velocidad.

La siguiente casa se ubicaba en una amplia esquina, Javier contaba un mito acerca de un encuentro casual con una muchacha que conoció en una web y se empataron en un hotel cercano a dicha calle. A Raziel no le importaba lo que hablaba, se enfocaba en la siguiente intervención, en descender, acomodar la corbata, el peinado y verse al espejo poco antes de asomarse a la casa para la entrega de una caja en especial cuya diferencia a la anterior era que el contenido no iba acorde al tamaño del paquete.

La cargó como si tuviera una fuerza descomunal adentrándose en una reja a paso parsimonioso por si los perros estuvieran atentos a cualquier individuo.

Una anciana de altísima edad apareció en frente, se veía tan longeva que podía haber presentado todas las guerras de la humanidad, Raziel lo reflexionó con rapidez, aceleró el ritmo de su andar para que no tuviera que caminar más, le realizó un gesto de manos para que se detenga; pero la señora seguía caminando hacia adelante intentando converger con el sujeto que traía su pedido.

Los perros corpulentos que cuidaban la casa empezaron a tomar posición y el joven cartero temió por su salud hasta que la dama de blanco por los cabellos con canas que caminaba despacio por bastón ahuyentó al par de sabuesos con un chasquido de dedos haciéndolos retornar a sus moradas como fieles súbditos. Raziel aprovechó el momento para aumentar el paso de su andar y entregarle el paquete a la damisela de larga edad, quien sonriente a pesar de la escases de dientes, le dijo: Muchas gracias, te pondré cinco estrellas.

Cuando volvió sudoroso, cansino y preocupado por lo que podría pasar si los perros no fueran tan domésticos y oyó a su compañero darle buenas noticias tras comentar burlesco sobre la ceguera de la anciana.

—Parece que es todo por hoy, estimado. Mañana continuamos, acaba de confirmar el judío— informó.

A Raziel le pareció extraño porque todavía quedaba una caja; pero se sentía tan agotado mental y físicamente que accedió sin recelos.

—Además— mencionó Javier prendiendo la furgoneta: Quiere hablar contigo cuando lleguemos a la oficina.

Asintió con la cabeza entendiendo el mensaje y revisó su celular con la calma que se le adjudicaba.

—No te ha llamado ni escrito— dijo Javier con serenidad.

Parece que fui el elegido en darte la noticia, añadió distinto en actitud.

Verificando los mensajes se percató que Soraya, su novia, le había enviado varios en diferentes espacios de tiempo, comenzó a divisarlos con lentitud para asimilar su palabreo romántico, estirar sonrisas y contestar acorde a lo que acontece en pantalla.

Amor, la clientela solo viene a preguntar. No importa. Aunque debería, porque mientras más sale mi producto, obtengo ganancias y no me grita esta vieja del lado que dice ser la jefa.

Te extraño, ¿nos vemos para la cena o tienes mucho trabajo?

¿Amor, llegas a las seis? Te cuento que me distraje viendo vuelos, tours y demás. Ojalá podamos estar en Roma. Es el sueño mío tanto como de Enrique.

La sonrisa del cartero fue más grande aun cuando descargó la imagen de su novia mostrándole su vientre encantado.

Te amo, espero verte lo más pronto posible, decía después enviándole una nueva imagen.

A primera impresión, el maquillaje barato no le favorecía ante las ojeras, la barriga todavía no crecía, el vestido aun le quedaba, hace poco habían charlado acerca de las posibilidades, de cambiar de trabajo por un inminente despido o aplazamiento por causa de su embarazo inesperado al cual le agregarían su pobre desempeño. La idea la entristecía porque había gastado los ahorros en inversiones de negocio que no tuvieron fortuna, trabajó para la empresa de cosméticos nacionales que no le entrega productos de regalo, dentro de poco se ancharia el vestido, los tacones incomodarían, la sonrisa se desquebrajaría a pesar que en la foto estuvo feliz, y las opciones se acortarían si Raziel no alcanzaba el ascenso.

Ambos sabían que el piso donde viven es rentado, que el abuelo que renta cobra cada mes más de la cuenta, que no tienen adonde ir si no pueden pagar, que los sueldos no llegan a quincena y los sueños de una velada en Roma con mesa para tres puede que acaben en un nosocomio olvidado con enfermeras parecidas al diablo.

La oficina del judío se encontraba al fin del pasillo, nadie asistía a menos que tuviera cita, generalmente solía llegar para las celebraciones; pero vino un viernes casi a la altura de las seis de la tarde, horario en que finaliza la jornada laboral y las personas como Javier y el séquito de camaradas zafa hacia su hogar, el bar que se encuentra en la otra esquina o hoteles dos estrellas con mujeres a quienes conocen en páginas dudosas.

Parece que hoy me darán el ascenso, le escribo a Soraya caminando el pasadizo rumbo a la oficina de puerta marrón.

Disculpa la demora, preciosa; estoy a punto de hablar con el jefe.

Conversamos en casa, mi amor, añadió rápidamente.

Casi enseguida, mientras se hondaba en el pasadizo con murales llenos de explicaciones de como formular los envíos, calibrar las cajas, ubicar las direcciones y demás, respondió su novia, emocionada por los emoticones usados en el chat.

Amor, felicitaciones. Me encanta la idea, entonces seremos tres y estaremos contentos. ¿Ves que todo se resolvería?

Raziel miró la oración por encima de la ventana, estiró la mano para tocar; pero escuchó a alguien por dentro decir: Pasa. No tenemos mucho tiempo.

No fue como aquellas películas que solía mirar de niño en donde el antagonista fuma un habano de espaldas sobre una silla giratoria.

El judío, tal cual le hacían mención en la empresa, era un hombre delgado, de cabello negro y escaso, sin gesto y vestido de blanco como si estuviera en una ceremonia espiritual. Le ofreció asiento y lo tomó. Se habían conocido hace dos años, Raziel era un pequeño postulante a trabajo de medio tiempo para poder alcanzar el horario de la escuela nocturna, tuvieron una conexión padre e hijo que se fue diluyendo a medida que el jefe se perdía por largos periodos y aparecía solo para celebraciones siempre vestido de blanco cambiando la chaqueta y los zapatos como si fuera una forma de hacerse sentir en un mar de trabajadores con atuendos negros.

Sus ojos jalados y el apellido en una frase lo hicieron acreedor a un primer apelativo que al paso de los años se convirtió en el que Javier denomina argumentado en el retraso de varios salarios; aunque para Raziel, frente a él, todavía era: Mr Ed White.  

¿Qué es la vida sin sus ironías? Reflexionó algunas veces recostado en un viejo mueble individual con vaso de ron en mano, con la radio en silencio para no despertar a Adriana acostada casi al filo de una cama desordenada con las bragas en alto y los cabellos desparramados como una flor de loto.

Salió de la meditación para responder mensajes de casa. Las preguntas, ¿Dónde estás?, ¿ya vienes?, ¿te apresuras? Rellenaban el chat como si estuvieran gritándole por el frente.

No olvides que acaba de salir positivo. Necesito de ti, quiero pasar tiempo contigo. Nosotros requerimos de ti, leía después con más parsimonia.

Vas a ser padre, no lo ignores, por favor, añadían luego con intenciones de querer hacerle entrar en reflexión, una que ya tenía ambientada en su cabeza al terminar la sesión amatoria de la semana.

Recogió la chaqueta distribuida por el piso, le dio una mirada gélida e indiferente a la mujer desnuda sobre la cama y salió de la habitación encendiendo un cigarrillo al sentir el aire frío de la calle y caminar unos pasos para continuar con el pensamiento el tiempo que dure el humo saliendo de su boca. Detuvo un siguiente bus, lo abordó con la cabeza recostada en la luna y no cogió el celular bombardeado de mensajes hasta su esquina. La oscuridad de una calle olvidada por el Intendente con calzada averiada, faros que no se prenden y susodichos amantes de lo ajeno ocultos por la bruma a la espera de desconocidos.

Abrió la puerta del piso que renta junto a Soraya, quien lo esperaba sentada y dormida sobre un mueble individual, vaso de leche sobre la mesa de noche, la televisión con una novela encendida, un beso en la frente la despertó y la amargura que tenía desapareció con el sueño o su presencia, intentó pararse exagerando el embarazo, le preguntó ¿Cómo estaba? Aparte del ¿Dónde estaba? Y le sugirió la cena que no quiso comer. En cambio, bebió una cerveza caliente culpa del refrigerador oxidado, le dio giros al cable encima de la tele para sintonizar otro canal y su fallido intento por acomodarse en una silla lo llevó a la inminente furia.

Desató coraje en palabras soeces, arrebatos en gestos acerca de la mala convivencia de los suyos con los objetos miserables, quiso llorar de impotencia porque el dinero no alcanzaba y aunque Soraya propuso volver al trabajo, sabía que un dilema tomaba forma en su mente, ¿ser padre sería prudente? La sola idea de pecar lo aterraba, su madre que en paz descanse lo había criado a buena voluntad; pero no pudo seguir con sus consejos porque murió en un accidente. Se cuidó prácticamente en soledad junto a un hermano que no ha vuelto a mirar, las cuentas por la renta acumuladas, los sortilegios de amores que no van a ninguna parte lo tienen a veces curado, la mujer que piensa amar embarazada y el trabajo pantanoso y complejo a pesar que se trate de recibo y envíos con un contrato bajo firma de no ofrecer seguros por mordeduras de canes o ira de clientes acabó por darle un giro la tarde del último día laboral cuando asistió a la oficina del jefe.

Raziel pensó, después de aquella charla, que de no haber consolidado un afines hubiera desistido de los sueños de su mujer y de quien alguna vez fue él mismo.

—Eres uno de los mejores empleados que he tenido, empezó a hablar Mr. White, llamado así por la inscripción en la puerta y una barra sobre el escritorio; aunque ante la respuesta de agradecimiento por parte de Raziel, el judío, amigablemente sugirió que le dijera Tom.

—Tom, dime Tom, así me llaman mis amigos— comentó estirando una sonrisa que posiblemente fue lo más brilloso que vio Raziel en el último mes.

Se frotó las manos como quien prepara un siguiente discurso, lo miró a los ojos tan directo que pudo hacerlo intimidar y le dijo: Tengo un trabajo especial para ti.

En un veloz pensamiento, el joven cartero se hizo una cuestión, ¿Qué tendría de especial dejarles cajas a la personas? Y a sabiendas de la espera, de repente, de un comentario asertivo, respondió: Para mí trabajar aquí ya es un hecho especial.

Tom esbozó una sonrisa carismática, por ahí se le salió una risa y con el mismo sentido amigable le dijo: Este siguiente envió es especial, no por el contenido, sino por la persona.

Raziel se sintió emocionado, había escuchado en los pasillos que las personas famosas suelen pedir envíos exclusivos y quienes van suelen recibir un trato distinto subiendo en ponderado. El objetivo no era solo para aquellos que logran realizar un buen trabajo, sino para la gente de pura confianza.

El señor abrió el cuello de su camisa japonesa y dejó contemplar un collar de llave el cual quitó con destreza hincando el cuerpo para abrir una caja fuerte debajo del escritorio ante la atenta mirada de su empleado estrella, de ahí elevó una caja común y corriente, marrón claro, con sello de la empresa, cerrada y destinada, la posó con solemne fuerza sobre la mesa dirigiéndose en palabras al chico en frente.

—Esta caja es especial, se la vas a entregar a mi madre—.

En primera instancia se nublaron las ilusiones de Raziel por tener como destinatario a artistas o gente importante; sin embargo, se dio cuenta de la confianza que tendría Tom para otorgarle dicha misión. Recogió la caja cargándola con sorprendente facilidad a pesar de su impresionante tamaño capaz de ocultarle parte de la cara de sola elevarla y pidió la dirección de la destinataria suponiendo que el plan por alcanzar la cima profesional estaría en las líneas de un mapa virtual que llegó al instante en mensaje al celular.

Poco antes de salir, Tom le dio una recomendación: Ten cuidado, ella suele ser una persona un tanto especial durante estos días del año.

Raziel que había visitado a una centena de personas, ancianas con perros rabiosos, señoras longevas que olvidaron la forma de su firma, tomó la sugerencia como un saludo a la bandera, recogió las llaves de la mejor camioneta, para uso exclusivo de clientes importantes y mostrando una amplia sonrisa en señal de satisfacción y ganas por realizar la última labor, salió de la oficina olvidando avisarle a Soraya sobre su tardanza, agradeciendo a Tom por la oportunidad y recibiendo de su parte un gesto de despedida con sonrisa en línea sin mostrar los dientes. Cerró la puerta y tomó rienda suelta a su trabajo.

Abordó la furgoneta tras colocar a la caja como copiloto, sintonizó una canción que lo trasladó a algún momento especial con su amada y avanzó sin preocupaciones convencido que haría un trabajo excepcional con la experiencia obtenida logrando de esa manera acelerar el ascenso.

Llegó a un barrio exclusivo de Lima, un portero le abrió la reja e invitó a pasar luego de pedirle cierta documentación y estacionó el auto próximo a aventurarse a un camino pedregoso que conectaba con una de las pocas casas ubicadas en la zona. Resolvió recoger el paquete cargándolo con una sola mano, en la otra llevaba un portafolio, el lapicero ubicado exacto en el bolsillo de su pulcra camisa, la corbata con un nudo impresionante y la chaqueta con los botones impuestos, caminando a paso sigiloso para no tropezar, oyendo el silbido de los grillos y sintiendo la brisa de la libertad lejos del tránsito y la gente; se detuvo al mirar el número de la puerta concierne al mismo que le otorgaron y se asomó para tocar el timbre una sola vez como indicaron.

Al cabo de un minuto salió un empleado, era viejo, vestía de atuendo formal, le abrió la puerta para que entrara y le pidió que dejara el paquete sobre una enorme mesa de madera ubicada cerca a la entrada.

Raziel sabía que debía de ser una entrega personal, algo que no había detallado el judío; pero beneficiaba a su meta.

Debo entregarle esta caja a la señora White, le dijo. El empleado hizo caso omiso a su petición repitiéndole que lo dejara y se fuera. Raziel insistió: Su hijo quiere que se lo entregue en la mano.

El mayordomo abrió los ojos bien amplios como sorprendido, entonces, estiró una mano mostrándole el camino que debía seguir para encontrar a la dama.

Avanzó viendo como el viejo se quedaba en su lugar, oyó un sonido de puerta cerrarse con llave que lo sorprendió por un instante, mas no le dio otra importancia que continuar con su labor. Se asomó por un sendero decorado por marcos con retratos de señores longevos a quienes no reconocía; pero veía en similar apellido armando supuestos. Cargaba el paquete con solvencia manteniendo a la vista en frente para no remover ningún artículo que podría valer una fortuna, se estableció en un umbral que conectaba con un jardín. Paró para contemplar lo extraño que era el sitio por encima de su vista, pues rejas como jaula impedían el paso inclusive de las aves y aunque las flores relucían como tulipanes y margaritas, parecía ser una cárcel a un lugar descansar. A la derecha se dio cuenta que se hallaba una anciana de cabellos blancos como la nieve ubicada sobre una silla de madera con los brazos sobre el pasamanos y manteniéndose quieta como quien contempla algo en la arboleda en frente a pesar de la caída de la tarde.

Dio la vuelta para mirar al desaparecido mayordomo y sin dudarlo se introdujo en el jardín a paso parsimonioso sosteniendo la caja con la seguridad y satisfacción que la entregaría en manos de la persona correcta. Se dio cuenta enseguida que nuevamente oyó el sonido de una puerta cerrarse, dio un giro veloz comprendiendo que el empleado había asegurado la mampara que divide la casa con el jardín y fue entonces que al voltear se percató del rostro de la anciana.

Tenía el ceño fruncido como si el odio la invadiera, los ojos llenos de coraje e ira capaces de lanzar fuego y los dientes afilados aplastando los labios al punto que salía sangre; para tener el cuerpo estático había girado la cabeza noventa grados logrando que las venas del cuello se vean rojizas, casi lilas fervientes a una piel blanca como su melena pastosa y desabrida que podía caerse como pelos en el barro. Se dio un susto de aquellos como un golpazo repentino que lo tumbó emocionalmente; pero se mantuvo de pie como laborioso y apasionado trabajador a sabiendas que en frente había una especie rara de ser humano completamente enfermo.

—Señora White, esto es para usted— le dijo timorato.

Ella soltó ladridos de can rabioso estirando el cuello venoso como si pudiera alargarlo con facilidad, Raziel vio hacia atrás con ganas de zafar, olvidando el envió y el ascenso, la doña esbozó una sonrisa con baba hirviendo que cayó al césped pulcro y se echó a reír como poseída.

Giró la cabeza para acomodarla al cuerpo, salió reptando de la silla oyéndose el crujido de los huesos desechos asomándose como gusano burlesco, horrendo y con las prendas manchadas de verde dando giros de cabeza que espantaron al muchacho, quien decidió correr hacia la puerta cerrada ofreciendo golpes y gritos que el empleado no quiso oír, ignoró haciéndose el indiferente hasta apareciendo en frente como una especie de fantasma viendo como la señora se levantaba irguiendo el cuerpo como una mutación horrorosa estallando en crujidos que se confundían con su diabólica risa.

Raziel pensó que se trataba de una pesadilla, volvió a rogarle al empleado que abriera la puerta, dejó al fin la caja sobre el piso para golpear la mampara que parecía de un vidrio como el acero, vio al mayordomo no emitir ningún gesto como exhibicionista de algo grotesco y sabiendo que estaba perdido dio un último giro para contemplar a la vieja demoniaca contemplarlo en su forma humanoide con los cabellos casi a la cara, los dientes afilados, las manos en señal de ahorcamiento con destruidas uñas y los pies descalzos que parecían mutantes más una bata ensuciada con barro y planta demasiado próximo a él, quien únicamente atinó a pegar gritos de susto y desesperación ante la continua vista indiferente del mayordomo cuya frente sudaba víctima de lo que miraba con macabra morbosidad hasta que el pie asqueroso del monstruo madre de su jefe impactó con la caja en el suelo dándole un instante de esperanza a un joven cartero perdido y atención a un extraño y horripilante ser.

Raziel vio como la señora hizo resonar la caja cerca de su rostro estirando una rara sonrisa al tiempo que se percataba de lo encontrado dentro, llevó consigo la caja hacia el asiento, se acomodó plácidamente y abrió las compuertas de par en par mirando hacia abajo. El cartero se dio cuenta como la forma de sus cabellos cambiaban a un tenue color negro, su piel a primera impresión mutaba como si las arrugas grotescas estuvieran estirándose y desapareciendo; de repente, al tiempo que se asomaba sigilosamente para curiosear el contenido, se percató de un cambio radical en su aspecto, el monstruo se volvía una señora de cincuenta y tantos vistiendo trapos asquerosos, con una sonrisa esclarecida, los ojos iluminados que pudieron verlo cuando apareció e incluso desafiándolo a sonreír por causa de su nuevo semblante. Fue entonces que la mampara se abrió, el mayordomo lo invitó a salir, Raziel corrió gritándole un conato de insultos, que no respondió, se dirigió a la puerta de salida y subió al coche a velocidad víctima de una notable confusión.

Sin embargo, en una reflexión a medida que avanzaba rumbo a la oficina para encarar molesto al jefe, pensó en el contenido de la caja con una pregunta que divagó en su mente hasta llegar a la empresa.

¿Qué rayos había adentro?

Con la camisa abierta, la corbata desajustada, absolutamente desabrido con el evento vivido, sudoroso, molesto, confuso y altamente intrigado se adentró en los confines del laberinto que lo condujo a la oficina, no tocó la puerta, la abrió de un golpazo y vio al judío hablar al teléfono.

Me alegra que te haya gustado el regalo, mamá, lo oyó decir.

Raziel estaba ofuscado, despeinado, desecho emocionalmente, buscaba respuestas y las quería de inmediato; sin embargo, White se hallaba tranquilo, de hecho, contento, colgó la llamada y le agradeció por el trabajo con absoluta parsimonia, le estiró la mano que convergió con la suya hipnotizado, lo atrapó en un abrazo dejándolo paralizado y al oí le dijo: Excelente labor, Raziel. A partir de mañana tendrás tu propia oficina. Te encargarás de la logística, no irás más a dejar las cajas, mandarás a otros para que lo que hagan y serás el jefe de muchos.

Anonadado no supo que decir. El judío recogió unos artículos de su escritorio tales como llaves y unas gomas de mascas que puso en su boca y salió del lugar despidiéndose de su empleado con un cariñoso golpe en los hombros.

—Señor White— dijo Raziel casi al momento de sentir a su jefe salir.

— ¿Qué fue lo que entregué? —

Con gesto apacible y comprensivo se acercó donde su empleado y lo tomó de los hombros con una vista que fue elevándose hasta topar con la suya.

—Vivimos en un mundo en donde las personas están infectadas de veneno rutinario que requieren de una salvación— le respondió en calma.

—Señor… no lo logro entender— le dijo confundido.

—Estoy más que agradecido contigo por darle a mi madre su salvación—.

—Pero… ¿Qué le di? — dijo Raziel exhausto y confuso.

—Ella es mujer muy trabajadora, de hecho, fundó esta empresa. Sin embargo, enfermó, dejaron de funcionarle las piernas por un tumor en la columna y tuvo que dejar el trabajo para dárselo a su mayor hijo; desde entonces se pasa la vida sentada en el jardín— relató.

—Encerrada, dirá—.

White elevó el índice como advertencia.

—Cada año— le dijo después. Recibe una caja con un objeto capaz de sacarla del mundo real otorgándole de esa manera un salvoconducto y una nueva perspectiva de vida.

Por eso la viste sonreír y yo te lo agradezco.

Volvió a irse; pero se detuvo para decir una última cosa.  

— ¿Qué es lo que más te apasiona aparte del trabajo y el ascenso que acabas de lograr? — le preguntó reflexivo.

Raziel no tuvo una respuesta.

—Debes encontrarlo, porque cuando te sumerjas en la nada, alguien irá a entregarte una caja que te salvará—.

 


Fin

 


jueves, 9 de septiembre de 2021

A veces

A veces me levanto junto al alba por una pregunta punzante que inquieta al sueño.

¿De qué se trata la vida?

He superado los treinta, -me hubiera gustado quedarme en los treinta; antes, vivía fascinado con los veinte y cinco; pero quería volver a los veintitrés por asuntos netamente del corazón. Jamás lo logré, valga la redundancia, y nunca viviré de recuerdos, es uno de mis dones.

No obstante, es curiosa la forma como mientras uno avanza por la vida se encuentra con distintos matices, sean amorosos, amicales, laboriosos, placenteros o simplemente eventos que ocurren inexplicablemente y generan diversidad de efímeras emociones.

Soy escritor, lo sabe mi entorno, la gente que me persigue en redes o ya no tanto como antes por razones que solo me miran para la foto o algo que no encuentran detrás de mí sonrisa amigable; o, de repente no tengo nuevos textos fabulosos; aunque, mayormente, sé que están ahí los que deberían y quieren estar. Me gusta aglomerar gente fiel.

Ya no quiero ser escritor. ¿Por qué? Porque me he gastado intentando catapultar mis sueños literarios, conocer el mundo en letras, devastar corazones con emociones, engendrar almas con mis prosas y avanzar en una vida fascinantemente poética con mi teclado sonando de día y de noche; pero… ¡Y aunque he sido publicado! No me siento satisfecho, no estoy contento con el trabajo, no propio, sino externo, a pesar que ambos sean iguales y a veces me gana el ego y pienso que debería crecer como autor y otras veces me gana la duda y cuestiono mis letras; entonces aparece la gente que lee y se ahonda en mi trabajo admirándolo y haciéndolo suyo y vuelvo a creer cuando me inspiro y salen párrafos llamativos, llenos de emoción, repletos de pasión, gorditos de sentimiento que van y caen y resuelven construir logrados relatos. No soy yo, lo he pensado, porque mi literatura ha crecido y aunque parezca que tengo un montón de autoestima que se confunde para mal con el ego, siento que las verdaderas oportunidades no se han presentado, manifestado, puesto en escena y demás porque creo que estoy dentro de un mundo paupérrimo donde mi propia gente alrededor ni siquiera se toma el pulso por leer un texto mío y decirme que tal está.

No hay literatura para mí; porque existe carencia de libros en la cara de quienes uno conoce.

¡Rayos! Debí estudiar otra carrera, reflexiono en broma. En una joda propia, en un chiste ante mi propia cara, una maldita burla frente al espejo que me hace reír como un idiota (no desdichado, solo un idiota).

Y es entonces que estiro una sonrisa y suelto otra reflexión: Me voy a morir en unos años, puede que tenga un maldito cáncer, me atropelle un auto, no camine bien viendo el celular y caiga a un abismo, me asesine una ex novia despechada (no hay probabilidades; pero suena a pasional y alguien haría un cuento sobre ello) y puede que me pegue un tiro en la cien y se termine la joda.

¿Te das cuenta como la muerte nos impulsa? Porque tras dichos pensamientos me interno en la literatura, creo relatos, invento textos, formulo nuevas anotaciones, trabajo mejor mis libros, escribo diálogos asombrosos y mi obra toma los rumbos que anhelo.

Y no, no es la muerte quien motiva, sino el hecho de tener que vivir una vida de mierda (con el respeto de quienes la tengan) y lidiar con la nada durante el tiempo que habite este mundo cuando debería luchar por los sueños, trabajar forzosamente por mis letras, fomentar nuevas ideas, relatos que me ayuden a crecer, emocionar a lectores y generar sonetos en corazones; ¿te das cuenta que solo se vive una vez? Pienso y renuevo mi posición de seguir haciendo literatura aunque nadie, ni siquiera en mi propia casa, me lea y sienta satisfacción de lo que es un buen libro.

Me ha dejado de importar el hecho de ser publicado porque en la editorial hay una sarta de pelotudos que no saben realizar su trabajo y yo no soy el pelele que hace de niñero tratando de que organicen su tiempo y dentro de ello puedan darle chance promocional a mis obras, de las cosas que me arrepiento y a la vez no, es haber publicado con ellos, y no es por la plata, no es por gastar dinero que hubiera usado para viajes, sino es por la confianza que yo le tuve a mi obra y por la decepcionante incapacidad de esa gente.

Me explayo mejor a continuación: Mi novela fue como parir un hijo. Amo mi libro, me apasiona y hace feliz. Lo quise publicar dejando de lado ciertas nociones que pude realizar, pero tenía otra luz dentro de mí. Quería publicar, quería seguir creciendo como autor, anhelaba ser visto otra vez en librerías o ferias de libros, y vi una buena editorial, seria y consolidada, no como los grandes monstruos editoriales, sino como alguien con quien podría establecer un vínculo y crecer; pero todo, absolutamente todo, se fue a la mierda.

Yo soy autocritico, no dejo que nadie me critique por mi físico, mis palabras, mis acciones, mis momentos, etc; pero cuando se trata de verme al espejo, me hablo como si fuera el jurado, me entiendo, acepto, comprendo, veo cambios y demás; por eso, con la novela, yo sabía que podía ser mejor que cualquier otros libros que tuvieran en carpeta, porque conozco mis habilidades, sé como la escribí, estoy seguro de lo honesta que fue y la prosa me pareció clara y concisa, sabía que no era una novela simple de primer autor, sino una corrección de alguien que ya va esclareciendo su rumbo. No, no soy un principiante y por eso me molestó tanto el trato, la forma, los modales y demás, sobre todo el hecho tan obvio de haber puesto mi libro en la feria como un maldito compromiso.

Como decir: El autor vendrá, tengamos su libro en el escaparate.

A veces me siento triste. Y no es porque no pueda construir buenos textos, ojalá lo fuera, entonces haría lo imposible por crecer, tal cual lo vengo haciendo; es la forma como se mofan de mi trabajo.

Fui a la feria, vi mi libro posado en un librero, solitario, alejado de la vista, en único ejemplar, sobrio, tranquilo, desolado, puede que le hubiera gustado estar en mancha, tener otros ejemplares, un pequeño afiche, algo que pudiera hacerlo visible; pero ahí estaba, sabiendo que no lo vería nadie, más que su propio autor con la desdicha de la editora al lado con el trato menos afectuoso de todos y la obra posando como si se tratara de la formación de la escuela un lunes. Solo de lunes.

La putamare. Si no hubiera estado mi novia, preferiría no contar lo que hubiera realizado. A veces me controlo. Antes no podía, era muy impulsivo, ahora manejo mis emociones.

Soy un autor completo, no tengo una campaña de marketing, ni un editor, ni siquiera un agente, y, confieso que me importa un bledo, de hecho, me empezó a importar un enorme cero mucho antes de estos sucesos porque comencé a escribir más suelto, liberado, fresco y con pluma de autor haciendo relatos mucho mejores que antes, más propios, más a lo que siento, no a lo que puede caber en catálogos de mierda, y de esa manera me vi envuelto en una nueva perspectiva, de hecho, una maravillosa, que me encandila, hace feliz, tranquiliza, llena de paz y satisface. Qué hermosas palabras las que acabo de escribir.

Y, sí, soy completo porque me encargo de absolutamente todo. Antes, ya no lo siento tan bonito como antes, me aburre, no es mi labor, no es mi onda, yo solo quiero escribir.

Me satisface mi nuevo trabajo de autor con pluma libre sin importar quién me lea, quien me publique, quien quiera mis obras y demás. A veces ni siquiera mi familia o entorno cercano lee mis obras, y no tengo intenciones de presionar, insistir, o darme a conocer, me gusta tanto la soledad, el sentido completo de soledad, que me doy cuenta que este es un novedoso horizonte de autor que comienzo a atesorar.

Lejos quedará el autor que odia al mundo y quiere destruir el librero de su editorial, quien se queja porque sus amigos siguen en Instagram a guerreros y combatientes de televisión basura, el crítico que insulta a las canciones de absurdos disque y supuestos cantantes y aunque el amante de la buena literatura seguirá en pie, no me voy a gastar hablando las verdades de un mundo con la peste en auge. Porque todos sabemos que existe pura mierda en el mundo, y mi literatura y yo, estaremos lejos de esa carroña, porque voy a trabajar en soledad mis obras que nadie leerá y no volveré a quejarme de absurdos y patéticos post con frases horrendas y obvias, canciones realmente bobas, poetas de cuarta y libros que les publican a imbéciles youtubers y demás.

Así viviré cegado dentro de lo mío, amasando la riqueza de la literatura que adoro y escribiendo mis textos con pluma de autor.

He escrito demasiado sobre lo literario olvidando otros factores de la vida misma, la razón es que no encuentro otros elementos que me hagan sentir tanto, es decir; si en el amor me fuera terriblemente mal, estaría hablando de ello; pero soy amado, si me fuera mal con la familia, estaría hablando de ello; pero soy adorado. Creo que uno se expande en lo que siente como una especie de desfogue necesario, voluntario y respetuoso.

Y diciendo todo esto al tiempo que voy escribiendo oigo una voz que me dice: Pa, ¿Qué tanto hablas? Es domingo, déjame dormir.

 Y me doy cuenta que la vida tiene otros bellos sentidos.

jueves, 2 de septiembre de 2021

Amarte o escribir.

A las nueve con diez abría los ojos con el ímpetu de un muchacho aficionado a la escuela; aunque mis ganas de entonces fuesen tan obsoletas como lejanas, diferente al tiempo en que estuve envuelvo en el fútbol e iba cada mañana a Campo Mar para jugar a la pelota de ocho a once con un calor infernal y una multitud de jugadores que soñaban.

No era ni lo uno ni lo otro, sino un año de decisión, si es que alguna vez aquello sucedió, o simplemente se trató de un organismo de progresos voluntarios impuestos por la vida. Desperté ansioso por escribir, por usar las letras de un antiguo teclado para construir las oraciones que irían, en sueños, dentro de un compilado de cuentos que llevaría un nombre simpático ante un público vil y raro que desconocía por completo; aunque, en ese ínterin, en ese proceso revelador como la Virgen María a los tres pastorcitos (valga cómica la analogía), durante dicha mañana aspirante a ser productiva, el autor estuviera emergiendo en mi como cuando la lava sale en erupción; no obstante, olvidaba la forma como suele salir, tan destructiva como inesperada a pesar que acabo de mencionar que el momento de hacer literatura habría creado, es que a veces, lea bien el curioso lector, uno sabe, a lo lejos, de repente en el alma, que es el instante indicado… de joderla toda o crear algo grande.

 No la amaba. A veces pienso que nunca la amé. Llegué a pensar que los siguientes infortunios se trataban únicamente de una conclusión basada en hechos nada amatorios y muy contraproducentes; demasiado, diría yo en mi sensata actualidad, destructivos y egoístas, -sí, mezquinos- a pesar de mi noción cristiana y mágica por crear literatura con el propósito, sacado de los cuentos de Poe, de alejarme del mundo; aunque esto, fuese una falacia. ¡Porque Allan hubiera querido amor a desolación! Y éxito, mucho éxito después.

A las nueve con treinta conectaba la computadora tan longeva como los años de mi abuela; el sonido producido era un cantor espantoso, la pantalla la cabeza de un Frankenstein enamorado y aunque las partes eran desiguales en color, todavía funcionaba para el Word y el bendito y amigo Messenger, allí donde entraba como primera función con una clave tan larga como mi viril (no, esa analogía no va; pero la voy a usar. No va por vulgar; va por real; pero no lo voy a poner). Con una clave tan larga como la barra de letras de un teclado; allí hallaba a los rufianes que madrugan, a los caseros que no se movilizan, a los bobalicones que juegan, a los amigos de siempre, a las nenas con quienes salía y no les hablaba como antes y a mi querida Maritza Casas Zavala, dueña de un Nick enorme, con estrellas, lunas y soles, resguardada por asteriscos raros y un display con su foto en el Cusco, lugar al que asistió en su viaje de promoción, hace, en ese entonces, dos años atrás y sitio al cual no asistí para mi viaje por razones que no quiero compartir ahora; pero alguna vez crearé un cuento para ello.

La tenía bloqueada. Bloqueada para no hablarle, para que no supiera que estoy en línea, para que no me escribiera ese parloteo romántico, sublime y bonito de cada mañana que empezaba a resultarme tedioso y aburrido porque las noches anteriores habíamos discutido porque a ella le gustaba el verano en una playa del sur y yo quería que fuéramos a acampanar para ver la luna en Marcahuasi.

La disputa la ganaba el menos idiota; contradictoramente a lo que se pensaba en tal época, ella me escribía corazones, trabajaba el resentimiento un rato y volvíamos a hablar para acordar vernos a la salida de su primer trabajo como practicante en un estudio de abogados. Ella le decía bufete por las películas gringas, a mí me parecía un estudio de buitres con corbata; también por las películas; pero todo, absolutamente todo lo antes mencionado, las disputas, los bloqueos, las peleas por ir a tal sitio y asistir a otro quedaban nulas cuando nos veíamos en una esquina del corazón de Miraflores, yo fumando cigarrillos para atravesar la espera, con pantalones jeans y remera, una combinación casual y sobria, y ella saliendo con un traje sastre recién salido de la sastrería de la calle Los Pinos, reluciente, fachera, con una camisa blanca altamente sensual, un chaleco elegante, los tacones y la melena al vuelo haciendo que… se me olvidara la literatura, los versos, los problemas amorosos de los amigos, la casa patas arriba por boludeces, las riñas de niños y demás… para sujetarla de la mano y plantarle un beso a quemarropa, subiéramos a un bus porque no había tanto efectivo para un taxi y si hubiera no eran seguros y dirigirnos inminentemente a una estación tres estrellas para hacernos cargo de lo que tanto sentimos y nos apasiona, ella como primeriza y yo como un zaguán con experiencias que ocultaba como secretos del mar.

Creo que eran los únicos momentos en los que podía amarla.

A veces las relaciones sexuales explotan en emociones que se parecen al amor.

Tras los acontecimientos dados por lo enaltecido que es el sexo con los aperitivos necesarios para promulgar placer, me daban ganas de partir, ideas clandestinas atacaban la mente, sucesos por escribir querían salir y como en tiempos de ayer no sabía manipular dichos acontecimientos empezaba a contárselos como si se trataran de historias de terceros, entre propias o inventadas con fines de resguardar la inspiración y compartirla como un Homero que asciende en relatos a sus semejantes.

Ella hablaba de lo suyo, del derecho y demás, la oía, obvio, porque escuchar siempre ha sido mi don; pero no nacían otros deseos, otras costumbres, no quería sujetarla de la mano e ir por la avenida, tampoco deseaba acompañarla a casa a pesar que lo pedía con indirectas o directas, es que sabía, que detrás de esa facha elegante, no cabía mi amor por ella; aunque hallamos cumplido los siete meses juntos.

Culpaba a la escritura cada vez que quería estar solo; me escondía en la habitación con la computadora antigua con ganas de escribir y armaba una hilera de oraciones que no me satisfacían, ella exclamaba vernos, salir con sus amigas, ir a tales sitios, que la recogiera a las seis, que estuviera para el cine y demás y yo anhelaba únicamente tener el espacio para crear olvidando que podía y debía organizar; pero no era de mi interés global el hecho de amasar mi tiempo para ella. Mi egoísmo hablaba y la carne era lo único que buscaba.

Agotada de los constantes rechazos y desafortunados episodios; las riñas en centros comerciales por elegir una película o una comida eran disfraces de lo que realmente ocurría e incluso, salimos a Ayacucho como ofrenda para emancipar nuevos horizontes y nos perdimos en grandilocuentes peleas que no llevaron a ninguna parte y los trajes, el sexo, las risas y la química que pensamos tener desde el colegio, cuando ella iba al B y yo al C y nos conocimos más después que nos cambiamos y perdimos y retomamos se quedaron aisladas como esos romances que simplemente están condenados al abandono a pesar de haber sido gloriosos durante seis o siete meses.

El amor acaba, pensé una vez. Que ideal tan deprimente, lo creo siempre.

Concluimos el romance, no recuerdo el mes ni la fecha, no fue un chispazo de pelea desafortunada, sino una charla en un café, acordamos ser amigos; aunque aquello nunca funcionara y acabamos por perdernos.

Nació el autor. Y no quise asistir a su boda (veinte años después).

 

Fin

 

No es tarde

No es tarde para levantarse con ánimos de cumplir esos sueños que parecen estancados en un sitio de la mente.

No es tarde para realizar la llamada que a otra distancia espera un ser querido, esa amistad pendiente o ese amor perdido.

No es tarde para no pensar en el orgullo y empezar a abrazar la paz.

Si pensamos que el mundo se termina mañana, ¿Qué harías hoy con tanto amor?

No es tarde para decir te amo sin esperar respuestas.

No es tarde para cometer la locura de ir por tus sueños. Si al fin y al cabo, la Tierra es el manicomio de la Vía Láctea.

No es tarde para liberar la carga del pasado y volar con alas nuevas hacia un horizonte que te alegra.

No es tarde para comenzar a ser feliz con lo que tenemos.

¿Acaso la vida se trata de cuánto tienes y cuánto vales? Se trata de cuanto sientes y que tanto atesoras.

No es tarde para retomar esa carrera; volver a las aulas y estudiar lo que te apasiona. Vivir del trabajo que amas, del oficio que te encanta, del deporte que te gusta y abrazar a los amigos que no te olvidan.

No es tarde para pensar en uno mismo ignorando al resto y sus pensamientos retrogradas. No es tarde para aceptarse, amarse y sonreírse frente al espejo rompiendo a los inexistentes estereotipos amasando un nuevo prístino y poderoso.

No es tarde para ser fácilmente feliz.

La vida tiene el formato idóneo para estirar sonrisas; las penas se las lleva el verano y las tristezas las contamos para que se esfumen; sonreír por amor y amistad es el valor del día y apreciar al mundo tal cual nos convierte en valerosos guerreros que viven valientes un siguiente día.

No es tarde para aliviarnos del mal e iniciar el camino al firmamento del éxito.

No es tarde para sentirse satisfecho.

No es tarde para ser uno mismo.

No es tarde perdonar, olvidar y amar.

Busca tu redención, aprecia el momento, valora a quienes te rodean, ama con intensidad, frenesí y honestidad y serás feliz.

¿De qué se trata el éxito en la vida?

De vivir con letras, sonrisas y amor. ¿Y el tuyo?

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 25 de agosto de 2021

El regalo de los 20

Había juntado dinero de las propinas y pasajes para comprarle su obsequio de cumpleaños; había ahuyentado el hambre en los recesos de la Pre de la universidad de Lima para conservar monedas con fines amatorios y había hurtado un par de pesos del chanchito de mi hermano para completar el saldo con el que podía obtener su regalo.

Pero había olvidado que ella… había olvidado el día de su cumpleaños.

Nos encontramos en un parque a la espalda del supermercado Plaza Vea que tantas veces nos divisó venir; ella salía del trabajo reluciente, en un traje que incluía falda y tacones altos, realmente conservadora como sensual; sonriente, con los cabellos lacios obligados para verse ordenada y el carisma de lunes a viernes implantado como un suceso habitual cuando me observa. Yo tenía el obsequio detrás como queriendo sorprender, ella caminaba a paso lento con las caderas prominentes, el bolso en la mano y quitándose los audífonos a medida que se asomaba.

Abrió los brazos como alas para que pudiéramos caber en un abrazo afectuoso tras habernos ausentado el fin de semana, días en los que solía emancipar mis gustos por la bebida y los amigos dejando a la novia en casa viendo la televisión, leyendo o acostándose tras la cena, aficiones que intentaba compartir con alguien cuyos decibeles de fiesta eran tan altos que no podían estar en parsimonia, distintos pasatiempos los de ella, quien calmada sobre el colchón con un tazón de canchita y una gaseosa de a litro más chocolates con maní, se sentía completa.

Tras el abrazo, viéndola sonreír emocionada, enamorada con un brillo estelas en los ojos, el blazer intacto a pesar del abrazo, la blusa cerrada por causa del invierno y una boina de tiempos de antaño que le añadió a un atuendo sencillo que lo lucia glamuroso sin darse cuenta, siendo completamente natural y a la vez bella, recibiéndome en esa entrada al parque para que nadie nos viera, o me viera, con el regalo detrás como un hombre que intenta ser detallista tras las calamidades que no iba a contar y fueron realizadas durante el viernes y sábado; aunque, por suerte, ajustando el presupuesto pudo comprarle un regalo inesperado, ansiado y asombrosamente particular por el apelativo recién instaurado que habíamos untado por el favor de sus pieles blancas con lunares entre los hombros y uno en la mejilla, haciéndola parecer, realmente, a un personaje emblemático de uno de esos portales antiguos en donde tiempo atrás, muchos de nosotros enviábamos mensajes.

Vaquita, le dije con el cariño que le ofrecía a pesar de ser paupérrimo para tanto amor que me daba. Te traje algo por tu cumpleaños, añadí contento por verla emocionada, recordándose a sí misma que hoy cumplía 20 y laburaba, con tanta pasión, en un estudio contable que tanto trabajo le había costado ingresar, por eso lo disfrutaba, ver numerales, cuentas y estados, hablar con viejos gordos y verdes que a veces querían seducirla y siempre reía con bromas afirmando que podrían ser sus abuelos o antepasados, y avanzaba a pasos gigantes soñando con un estudio propio, con surgir en un mundo de cuentas, números y afines, olvidándose, como lo hicieron en su casa, que era su cumpleaños, debido al estudio de cada letra, de cada método y las idas y venidas hacia su casa y trabajo en un bus incómodo; aunque, sonriente y emocionada, enfática y locuaz, de tener al novio, según llamaba a cada momento, perfecto, para entender su vida, su rutina, su casa y su trabajo, abrazándola cada miércoles, lunes, jueves o martes, y dándole besos de fines de semana en hoteles donde duraban hasta la hora del fútbol y hacían el amor como dos forajidos intensos y apasionados con las intenciones fulgurosas y románticas por quedarse por siempre juntos; aunque esa idea, esa noción, esa amalgama entre verdad y deseo, fuese meramente lo que tantas veces logra ser… 

Una ilusión.

 Y, sin embargo, para el cumpleaños número 20, le entregué el regalo envuelto de forma sutil y elegante por la empleada de una tienda miraflorina que me había vendido un peluche del personaje Cowco a un precio exorbitante diciendo que era original y que no había más de ese tamaño, pagué sin titubear, lo envolvió con una caja bonita con un moño parecido al que llevaba en el cuello de su blusa, el cual desataría más tarde, y lo conduje hasta el encuentro saliendo de la aburrida y tediosa Pre de una universidad donde entran hasta ciegos; pero donde yo quería y anhelaba estar para disfrutar de un rato de los matices diarios de la rutina con los jóvenes que iban y venían en mismas aficiones; causa de ello, los terremotos en mis relaciones. No obstante, María Gracia, me dio un abrazo fuertísimo, agradeció que fuera el único en su planeta que la felicitara por el cumpleaños, olía tan rico que quería desnudarla y hacerle el amor en ese momento; pero caminamos lentamente a un hotel cercano, ella abrazando al peluche muy bien parecido a su rostro; aunque no tanto a su cuerpo, con esa blancura y esas manchas, esas pecas y esos labios, esa carita con tez blanca y esos lunares en las espaldas.

 Me gustaba que usara trajes, que fuera tan elegante y sofisticada; pero también que tuviera ternura, pasiones y sueños.

Que me amara más de lo que siempre he merecido y aunque en aquella ocasión tuvo una euforia y una alegría descomunal, yo sabía que alguna vez los huracanes de mi vida podrían afectar el subsuelo de quienes somos.

 Y, sin embargo, que poco sabemos del futuro que vivimos del presente. Razón de ello, nuestro entrada al hotel dos estrellas, donde le daría el siguiente regalo.

 

 Fin

martes, 24 de agosto de 2021

Saludo y despedida

Ella caminaba a paso lento con las caderas amplias que el pantalón casual de ligeras rayitas blancas en horizontal sobre un uniforme color marrón hacían notar con bastante y sensual facilidad; llevaba el cabello lacio evidentemente peinado y planchado sabiendo que los moños y las boinas que usaba algunas veces dañaban en cierta medida a su dócil cuero cabelludo y sonreía grandilocuente como si a las seis con quince se acabara el martirio y reinara la hora en la que su galán asomaba desconcierto, desganado, desmotivado, insatisfecho y bloqueado; pero contento, emocionado, eufórico y travieso por verla y hacer que caiga en brazos para soltar de digna y tierna manera un amor que yacía en su noble corazón para  aquel hombre que no merecía y tampoco mereció a pesar de los chispazos de elogio y pasión, el amor que ella arremetía cuando lo miraba expectante, con cigarrillo en mano, amplia risa, una facha de surfista a pesar del invierno, una playera roja en ningún contraste con su fina blusa blanca que pulcra podía esta emancipar más luz que sus bermudas coloridas y el calzado que no combinaba. Y, no obstante, ella le daba un abrazo y otro beso, se alegraba de verlo, le encantaba la sólida y grandiosa idea de tener que haber abordado un bus a veinte minutos de su casa para que pudieran converger en un abrazo, en ese beso tenaz y locuaz, en ese intercambio abrupto de sonrisas, ella saliendo de un trabajo como especialista en Turismo y él cada vez más insatisfecho por intentar crear oraciones como sus héroes literarios a pesar que, se hacia la idea, muy dentro de sí, si pienso hondar en su emoción, de que ella, la mujer de los tacones excitantes, podía hacerle explotar en inspiración y lograr, evidentemente, que la magia promulgue letras en su noche.

Cayeron en un abrazo largo y poderoso, la cartera de cuero quedó olvidada colgando detrás junto al blazer capaz de igualar en sintonía al pantalón, era alta por los tacones, con aroma de rosas de Carolina Herrera que había comprado con su primer sueldo oficial, uno que superaba con creces ante el individuo en frente, y que compartía sin carencias ni sin razones, como cuando propuso llevarlo de viaje a Montevideo para que él tomara unas vacaciones de esa maldita universidad de Lima donde una obligada carrera de Marketing lo tenía agobiado y perdido, arraigado a una vida sin sentido, donde las letras se veían reflejadas en sentidas nostalgias queriendo dedicarle el tiempo a la escritura y no a las matemáticas; no obstante, no se decidía por no saber que podía y ella, que lo conocía, sabía que un viaje, un relajo, un tiempo a solas, podía volver a llenarlo, algo que él desconocía y volvía cargado cuando retornaban. Tal vez, por eso, decía que la amaba; pero todos sabíamos que simplemente la veía como una fuente de inspiración, cosas tan distintas, si pensamos que amar es estar siempre para la otra persona y no fallar cuando se te requiere.

En aquel momento, el saludo se intensificó, dos magnetismos se unieron para sentir la desaparecieron de la ausencia de hace tres días que estuvieron alejados por azares de los trabajos y las rutinas; se extrañaban en textos a pesar de las diferentes maneras y aunque las caricias y los besos fomentaron bastante al hecho de verse, hubo secretos y nociones ocultos que parecieran no querer revelarse por vivir del contexto único de la tarde que se volvía noche en una esquina del Ovalo Higuereta donde parados, detenidos por un abrazo, emancipaban un amor puro y cristalino que parecía ser sacado de una ficción y era, en gran medida, una mentira a medidas, solo que no se sabía quién no era honesto y quien quería creer que era una certeza que el amor surgía y no se iba. O, quizá, se fue.

Los besos se apagaron cuando las palabras surgieron, de todos los rincones donde cayeron los besos se oyeron adjetivos al son de lo que eran, desde no podemos seguir distantes a debemos estar juntos por siempre, desde las promesas que se hicieron en cuartos de hotel cuando querían estar en soledad a hechos en miradas que parecían jamás poder decir una falsedad.

Ella lo amaba, y por eso creía que el mundo sonreía a su lado y él también lo amó, aunque a veces solo esperaba la soledad.

Es curiosa la ironía de este encuentro, ella elegante para la oficina, el hombre como un día cualquiera, ella excitante con medio traje puesto, el sujeto caliente por otras dimensiones y a la misma vez por ella en frente; a veces no nos percatamos de lo que ocurre en nuestros mundos mentales y las miradas mienten tanto como dictan verdades; pero queremos creer a lo que ocurre en el abrazo sabiendo que tarde o temprano culminará y la falsedad dará su cara más horrenda; aunque, y nos gusta, no por sádicos o irresponsables, sentir que podemos hacer el bien poniendo la otra mejilla.

Fueron al hotel a media cuadra adelante, rentaron la habitación acostumbrada, hicieron el amor como mandan los cánones y tuvieron un momento de paz como alguna vez ocurrió en Río de Janeiro cuando a ella le dieron el ascenso, el día del aniversario por el séptimo mes y se dieron cuenta que llegarían a ser tres.

Y, parece que la inspiración, sucumbió para siempre.

 

 

 

Fin