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viernes, 3 de abril de 2026

Tangentes I

Mi hijo tiene más fiestas que yo, y en otra contraparte resulta ser más social que su padre. Presiento que lo heredó de su abuela, la idea se reproduce cuando lo observo jugar y colaborar con otros niños de distinta edad, en donde se acopla a la dinámica con facilidad y se entretiene al tiempo que una señora de blusa verde y anteojos me platica en una duda común, ¿Cuántos años tiene el pequeño? Tres, respondo veloz siempre con la mirada en, efectivamente, el pequeño, porque no sabes cuándo puede estar en otro sitio. Ella asiente y comenta, no es su primera vez, ¿verdad? Yo sonrío sin querer contar que hemos llegado de otra fiesta, una en donde no quiso quedarse más tiempo, a diferencia del sitio presente, en donde juega alocadamente. Va a más fiestas que yo, respondí con cierto humor. Esta mujer, con otra mujer al lado, de repente su familiar o amiga, sonríe y añade, a pesar que di por finalizada la charla, son otros tiempos, ¿no? Ya no podemos ni siquiera salir a juerguear. Esa palabra, pienso, ¿hace cuánto tiempo que no la escucho?

Cuando estaba en la universidad, una de mis maestras favoritas era una anciana de unos ochenta años, quien, no sé porque enseñaba en lugar de estar reposando; pero recuerdo que una vez en el estacionamiento, aparcamos de forma curiosa en lados paralelos, y fue allí cuando le consulté por un cuento que escribí y que ante el grupo de treinta había tildado como raro. Es decir; me dijo: ‘Es un cuento raro’.

Fue extraño que esta mujer de verde, porque nunca quise saber su nombre, me hablara tan fluidamente cuando yo quería solamente enfocarme en apoyar a mi hijo con su dinámica debido a que los niños grandes, a veces en su frenesí, se alocaban con los objetos de una piscina llena de los mismos más bolitas tipo canicas que usaban para afianzar el lúdico. Yo no entendí el tipo de juego; pero mi hijo quería rellenar un barril de juguete con tales bolitas de un material particularmente suave, así que lo apoyaba con algunas y sentía como esta señora de unos cuarenta y tantos, casi cincuenta, me miraba la nuca, -espero que no evidenciando una pelada- porque en ocasiones he mencionado que el día que me vuelva calvo, estaré muerto. Y, a pesar de verme jugar con el niño, agrupaba comentarios sutiles, tales como: ¿Son amigos de Isabel?, ¿De dónde?, ¿Del trabajo? Y yo siendo un hombre educado y políticamente correcto le respondía: No, de la universidad; aunque estudiamos carreras distintas. Y, dime, ¿eres single dad? Procuró saber.

¿Qué es un cuento raro? Es un relato que no tiene sentido, fue lo que me dijo la profesora. Pero; no significa que no fuera entretenido. Y es lo importante del relato, mantener al lector enganchado y derribarlo al piso de un golpazo. Hubo una sonrisa de su parte, también otra mía, y se adentró en el auto.

Había ido a Chile en soledad a conocer Santiago y sus paralelos; allí me encontré con una amiga de nombre Carolina, habíamos terminado la escuela juntos y separados en el siguiente verano. Jamás fuimos afines, ella iba por un lado y yo por otro; pero hablábamos bastante, sobre todo de asuntos paranormales, de esos que ahora abundan en internet; pero que en entonces valían más por el rumor de las lenguas. Cuando yo estuve por allá no dudé en levantar el teléfono y darle una llamada. Acordamos en encontrarnos en la plaza principal y cuando la vi sentí que los años habían acrecentado en su anatomía, mas unos brackets modificado su sonrisa, por suerte, no esos de ahora que son como gomas de mascar, y lucía un corte de cabello que, aunque anulada cierto encanto, podría entenderlo como rebeldía. Mis intenciones nunca fueron establecer contactos emocionales, éramos amigos y las amistades se valoran; aunque siempre acaban rompiéndose. Una vez oí a un poeta decir: El romance destruye el puente de lo íntimo cuando dos amigos se besan. Ella, en cuestión, me dijo para ir a su casa, vivía con sus padres, obviamente, y yo que pensé en ahorrar en hospedaje resolví asistir con la condición de que sus padres supieran de mi presencia, y ella aseguró que no habría problema; sin embargo, fue una noche terrible, tan espantosa que quiero olvidarla. No pude dormir. Sonaba todo en ese lugar, desde ollas y platos hasta las malditas cortinas moviéndose y no por causa del viento. Y yo que no soy religioso, oraba y oraba para que amaneciera. Al día siguiente me fui con una duda en la boca: Caro, ¿Pinochet asesinó inocentes en este terreno? Jamás respondió.

Le perdí el rastro de nuevo, yo soy así, ando perdiéndole el rastro al mundo entero, y lo mismo con la maestra, al terminar la universidad, partí en un viaje de expedición hacia la Argentina, luego vino la bendita pandemia y no volví a saber de nadie, ni siquiera de esos demonios de la universidad; por suerte, por uno siempre debe estar alejado de esa gente rara, lo digo en el sentido porque lo único que quieren es abolir el país. Y, entonces, la mujer de verde, preguntándome si soy padre soltero, y yo que andaba compartiendo el juego, pensé, ¿Qué puedo responder para aniquilar de una vez esta conversación? Así que se me ocurrió: No lo sé, son cosas que pasan. Ella me dio una mirada de pies hacia la cabeza, así –literal- y dijo algo salido de una película surrealista: No te creo.

Cuando yo era niño tenía un amigo, de esos que son alocados porque viven en una fantasía; cada vez que me lo encontraba relataba una versión distinta de hechos, o sea, me llenaba de historias que jamás han ocurrido. Era un completo mentiroso; pero de esos que causan gracia y vale la pena oírlos porque divierten, yo los prefiero antes de las redes sociales, donde también mienten; la diferencia está en que él sabe que miente y lo hace para divertirme, y los otros se creen sus mentiras. Entonces, este amigo de nombre Genaro, era tan gracioso y exagerado con sus historias que una vez me dijo que mediante la vista de una película antigua llamada: ‘Cien gritos tiene la noche’ una movie censurada en varios países, a excepción de este, porque el Perú es un caos andante donde todos hacen lo que quieren, un niño juega a la guija con sus amigos, son poseídos, van a sus casas y asesinan a todos. Genaro quería recrear la escena porque estaba seguro que no era cierta, y yo que siempre he sido un bendito curioso accedí; así que jugamos la guija sin usar el verdadero material, pues este amigo, en su demencia, se inventó una forma usando lapiceros y unas hojas de cuaderno con ciertos símbolos, todos inventados y yo que andaba de curioso y acababa de leer algo sobre los celtas sabía que ciertos símbolos eran interesantes y llamativos, así que los transcribí; lo curioso fue que al llegar la profesora se vio sorprendida de las muestras en la hoja sin saber que era. Yo que sabía de lo que se trataba y para defender a Genaro de ser acusado como loco por jugar cosas satánicas, le dije: Profe, le enseñaba sobre los celtas. Sin embargo, y es penoso; pero esta maestra no tenía idea de los celtas. Es raro; pero estamos en el Perú.

Cuando salimos de la fiesta, para entonces, mi vieja me había abandonado por su extremo deseo de no poder estar en un solo lugar, el nene entre mis poderosos brazos y a la vez cargando sus dulces y sus sorpresas tuve la fortuna de ser guiado por Isabel, quien me condujo hacia la salida y su pareja ayudó a abrir la puerta del taxi. Les mostré el pulgar elevado en una despedida entre sonrisas y empecé a enviarles las fotos al grupo de la familia después de ver como algunos planes se iban diluyendo y sintiendo a la vez el cansancio de un día feroz.

En el diario de 1990 salió un titular: Niño asesinó a sus padres, será enviado a un hospital psiquiátrico. Curiosamente, Carolina nunca me dejó ver a sus padres, y la mujer de verde me quiso seguir en el Instagram.

No sé qué da más miedo.

 

Fin

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