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martes, 7 de abril de 2026

Deudas VS Sueños

Hacer el amor es una de esas pasiones en las que insisto no querer acabar jamás siempre y cuando se trate de la persona correcta a mi lado para no querer escapar en pudor. Las pieles unidas y los corazones latiendo a mil, intercambiando palabras de deseo, anhelos desesperados que no quieren contenerse y cantos al amor en frases cortas que definen lo que sentimos. Placeres finales que culminan en sonrisas y abrazos que tejen lo que las almas inventan, todo a medida de un tiempo que resulta eterno hasta que el acto divino culmina; y, de pronto, azota el día o la noche, y a veces un despertador sonando y sonando.

Eran las ocho de la mañana, el sueño había sido tan idóneo que no quise despertar; aunque retornar al letargo para atraparlo podría ser contraproducente, porque ha pasado que al volver al sueño solo se generan distorsiones del mismo; entonces, recojo el celular para comprobar que estoy vivo; aunque si morir es estar haciendo el amor por toda la eternidad, saben que preferiría. La cantidad de mensajes se asemeja a un evangelio y en lugar de amén se escribe dinero como si naturalmente fuera un reemplazo correcto.

Zaqueo es quien pregunta sobre un pago necesario para dentro de dos días; el Zaqueo segundo insiste en un pago inmediato que debió darse hace tres días, el Zaqueo tercero comenta que llevo meses con la misma deuda.

Los leo detenidamente y les clavo el visto más grande del mundo porque acabo de despertar de un maravilloso sueño y no necesito enfermar a la mente con tales, no solo aburridas, sino realistas, nociones, pues, a veces solo quiero vivir en una fantasía.

De pronto, en otro mensaje, un Zaqueo cuarto comenta sobre el pago de una junta, de esas en donde un séquito de personas que no se conocen, algunas totalmente inescrupulosas y otras de buenas intenciones, se reúnen en un formato de ida y vuelta para juntar dinero y repartírselo entre todos en una fecha acordada según una rifa. Todo bajo la supervisión de un ente serio y moralista, el cual, en ocasiones he sido yo; pero debido a mi alejamiento tuve que dárselo a otra persona, quien me recuerda el número en el que estamos y los respectivos pagos que faltan.

Para entonces, andaba sometido al entretenimiento barato, el Instagram para mirar las estupideces de la gente y en especial el Facebook de un conocido, quien, suele ser catalogado como el tipo más intenso del mundo, poniendo incluso los tatuajes de su novia y él en el antebrazo como portada. Cada quien con su nota, diría alguien; pero yo entro para divertirme. Para reírme un rato. Para leer los comentarios entre ellos tan llenos de una miel pasada, de una dulzura agria y soeces que deberían ser prohibidas; pero se vuelven adictivas para la carcajada.

Me saca del entorno de gracia una llamada de un número no registrado, el cual, a primera instancia no contesto; pero persiste en intensidad hasta que logro responder. Me habla una voz automática hablándome de una deuda.

Pasa la semana santa y todos vuelven a ser demonios, reflexiono siempre con una sonrisa.

Para entonces, ya me ando colocando la ropa, una polo frágil y un short suave para entonar en casa, bajar a servir el café y de repente prepararme un pan con palta; pero mientras aquello ocurre, entra otra llamada, se trata de alguien a quien no puedo evitar –por más que lo desee- y a medida que voy comiendo ando escuchando lo que tiene que decirme con una seriedad implantada y superpuesta comentando acerca de ciertos pagos necesarios de la escuela, la alimentación y tales otros factores de los cuales con voluntad y maestría me hago cargo.

Mi respuesta asertiva y clara la deja tranquila. Toma corriente de otro tema y yo sigo comiendo porque me he levantado con hambre debido a que estoy evitando las cenas.

Una vez terminado el desayuno, y tras tres tazas de café ingestas, puedo comenzar a suplantar mi identidad de autor a una de contador, así que a medida que abro la aplicación bancaria, también abro el Excel para ir ordenando la faena de pagos de fin de mes por si un día me pongo delante de un juez.

 Destripado, invierto mi tiempo en una siguiente taza de café; pero, la sensación de paz sin recibir mensajes ni llamadas me hace sentir en una gloriosa armonía.

Como una vez dijo mi abuela: El dinero le sirve más a los demás.

Y la educación es la mayor inversión.

 Pero… el café, querida abuela, no tiene precio.

 

 

Fin

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