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miércoles, 23 de diciembre de 2020

Una mujer en la cama de mi esposa 2/3

Segunda parte: ‘El burdel’
El celular había cargado lo suficiente para una llamada. La única persona con quien podría contar era Harry, quien a pesar de que no nos llevábamos seguido por temas laborales y familia, posiblemente me estrecharía una mano en un asunto tan complicado como este, lo pensé poco antes de llamar y tras revisar una tonelada de mensajes de WhatsApp; aunque ninguno sea de Amanda, algo que de alguna manera u otra, me mantuvo ligeramente tranquilo.
Si ella no viene, tengo tiempo de arreglarlo, era mi consigna.
El timbré se convirtió en un gélido tono de voz diciendo: Hola Ryan, ¿Qué es lo qué ocurre? Creí que habíamos acordado nunca más hablarnos.
¿Qué pasa, mi hermano? ¿Ya te olvidaste de los amigos? Le dije intentando ocultar la ansiedad, nerviosismo y preocupación como lo haría un asesino manipulador.
¿Nuevamente tienes tu ataque de Alzheimer? ¡Déjame de joder! Nosotros nunca volveremos a ser amigos, dijo en un grito casi despavorido.
¡Harry! ¿Qué tienes? Solo ayer hemos hablado.
Ayer me llamaste para preguntarme por un lugar al que nunca he ido y no estoy seguro si exista, al cual ibas a asistir. Estabas borracho y tal vez drogado, que se yo, no me interesa tu vida desde que...
¿Desde qué, Harry?
¿Qué, no te acuerdas? ¡Imbécil! Detesto cuando te olvidas de todo y actúas como si nada hubiera pasado.
¡Vete a la mierda, Ryan!
¡Harry! Huevón, ¿Qué pasó? Estoy en un embrollo del carajo, no tienes idea de lo que ha pasado y necesito tu ayuda.
¿Mi ayuda? ¿No recuerdas lo que sucedió la última vez que te ayudé?
¡Por poco y me como treinta años!
¡Déjame de joder! Adiós.
Colgó con enojo.
Arrojé el móvil al piso en un acto de ira y frustración sin saber qué hacer de ahora en adelante y sobre todo porque andaba altamente confundido por las palabras de mi supuesto amigo.
No obstante, tras una prolongada respiración, recordé que por conocimiento de calle, los burdeles abren en la noche y se mantienen cerrados en la mañana. Entonces, debía de asistir de una vez antes que tocaran la puerta y acabara como la muchacha.
Me vestí y salí con la dirección anotada en el celular. El auto me esperaba en la cochera, pensé que tal vez tendría evidencia de los hechos de la noche; pero tan solo cabían un par de libros de El Marqués de Sade regados en el asiento trasero, recién comprados y en su empasta de tienda.
Nunca antes lo había leído. La sola portada atrajo mi atención con desagrado; aunque con el paso de los segundos la mente fue mostrándome un flashback en donde me vi -imaginando o recordando- una escena en especial en donde yo andaba azotando a una rubia desnuda con un látigo oscuro oyéndola gritar en una mezcla entre dolor y excitación, algo que... en ese momento y a pesar de todo lo que andaba ocurriendo, me produjo una erección.
El auto no arrancó. Las luces encendidas durante la noche gastaron la batería, me lo dijo el joven vigilante en la cabina, quien al verme salir presuroso hizo un comentario amical: Estimado, ¿Cómo le fue anoche con la damisela? Parece que tuvieron un adelantito en el vocho.
Dio un guiño y añadió: Seguro por eso no prende.
Al inicio no le entendí, luego mientras caminaba fui recordando que la tuve encima de mí tras estacionar. El curioso tuvo su porno live desde su casilla. Pero ese, -no sé porque lo pensé a profundidad- no era motivo para asesinarlo.
Llegué a la estación de buses, abordé uno y pude acertar con la dirección con facilidad como si estuviera despertando en la memoria al son de mi regreso.
Mirando por la ventana pensaba en el cuerpo, en la chica desconocida sobre la cama, en sus familiares preguntando por ella, quizá en un apartamento dos por dos de una calle a la orilla de un basurero; a su hija o hijo esperándola para la cena sin saber o sin cuestionar la labor de su joven madre destinada al trabajo oscuro y honrado (aunque moralistas digan lo contrario) que debe y tiene que desarrollar para alimentar un hogar; aunque, y de repente para saciar los pensamientos que me hicieron sudar, simplemente era una cualquiera a quien al vida le parecía una especie de montaña rusa y el puterio su mejor convicción. Me calmaba pensar así, verla como un animal, como una nada, un objeto sexual, un cero. Y, sin embargo, yo iría a prisión porque por más que tuviera esos pensamientos inhumanos había cometido un crimen.
Ya no importaba que pensar, la cuestión en su totalidad era deshacerme del cuerpo; aunque por ahora, no pensaba mucho en cómo lidiar con el cretino de la casilla.
Tal vez deba matarlo, pensé con una sonrisa reflejada en la luna.
En la siguiente esquina, descendí.
El cobrador no se atrevió a pedirme el pasaje, algo en mi mirada al momento en que se acercó pareció haberlo asustado. Qué se yo, a veces la gente suele ser media extraña.
Avancé unas cuadras tras colocarme la capucha como quien intenta pasar inadvertido a pesar de las cámaras de la avenida que terminan cuando empieza dicha calle cuyo nombre en el letrero se vio borrado por el excremento de ave y el tiempo. No pasó lo mismo con el número del sitio, el cual, pude reconocer por la pizzería antigua casi en frente y un tacho de basura a la misma altura, paradójicamente, uno más pulcro que otro.
Toqué el portón un par de veces, nadie respondió. Saqué del bolsillo un artículo para abrir la puerta recordando una artimaña para robar los tragos en licorerías las veces que iba por un producto para mi clase de barista.
Pude tener fácil acceso y me metí tras mirar a los lados. Era todo oscuridad desde entonces y a medida que iba caminando a paso lento miraba una luz al final de un túnel angosto capaz de sentir sin estirar los brazos.
La luz de al fondo era una lámpara pequeña sobre un escritorio. Allí yacía un ordenador longevo, una serie de objetos de escritorio y un cenicero olvidado. Sin embargo, me pareció ser la caseta de un vigilante que seguramente habría ido al baño o estaría rondando por otros lares. Miré arriba por si habrían cámaras y al fondo por si alguien viniera. Pero todo era soledad y la oscuridad del pasaje detrás.
Me detuve en frente de la computadora para indagar los pormenores del sitio sin encontrar algo interesante salvo un juego de Buscaminas.
De repente, las luces se encendieron y el laberinto se fue iluminando a medida que un motor resonaba en alguna parte del sitio como si automáticamente todo empezara a funcionar, tal cual una fábrica. Pensé que alguien vendría y me escondí debajo del escritorio. Nadie apareció. Efectivamente todo era mecánico, como si a la hora pactada comenzaran a funcionar las luces.
Era un lugar de mierda, la fachada en la imagen una farsa. El sitio apestaba y yo continuaba dirigiéndome hacia otro sector atravesando un pasaje menos angosto y más largo en donde puertas numeradas con luces rojas de neón atraparon mí atención. Empezaban con el 101 y parecían interminables.
Me detuve sigiloso en cada una de ellas observando desde la luna con vidrio arriba de cada puerta los artefactos dentro que iban desde sesiones inocentes de masaje a muebles tántricos de colores sugerentes, artículos como látigos, máscaras y muchas esposas regadas elegantemente sobre una mesa amplia en donde tal cual cirujano uno podía elegir como saciar su necesidad fetichista. Cada habitación a medida que subía de nivel numeral llevaba dentro de sí versiones distintas ambientadas en culturas pasadas; en lo personal, sentí atracción por la temática egipcia, en donde, un atuendo de faraón posaba en un colgador, pude entrar y verificar los azotes, las máscara y las esposas de acuerdo al tema incluyendo el masajeador, el tántrico, aparatos extraños en donde la víctima en cuestión se ataba y alguien giraba a medida que los azotes caían, tenía una correa en el cuello y otras en las extremidades, antifaz a por montones y preservativos en un cajón, tantos que ni siquiera pude determinar su cantidad.
De hecho que otras habitación gozaban de un ambiente con mayor calidez, fueron las primeras, en donde la ternura se vestía de lujuria, pues únicamente el color era atractivo, ya que el resto se trataba de artículos como consoladores de toda índole y tamaño para saciar las necesidades a medida que tal vez te daban un oral.
Oh, la sensación es increíble, pensé en ese momento a medida que recorría sintiendo familiar el sitio como si fuese mi centro de trabajo o peor aún, un sitio donde vacacionar.
El lugar estaba desolado hasta que me sorprendió la presencia de un fulano de anteojos, quien me reconoció sin que me diera cuenta hablándome con la confianza de un amigo.
Hey, Mr. Hyde, ¿Qué hace aquí?
Le di una mirada rápida de pies a cabeza. No llevaba uniforme de vigía, lucia como cualquier muchacho de esquina, salvo por el manojo de llaves en su mano izquierda y el pucho en la otra.
Hola...
Ah, entiendo, seguro vino a dejar a... ¿Danitza? ¿Florcita? ¿Kasandra? Fue diciendo acercándose a mí que no sabía cómo reaccionar ni tenia adonde ir.
¡Ya recuerdo! Javiera, ¿verdad? Oh, sí, ella es tremenda. Y veo que es su favorita, porque no es la primera vez que se la lleva.
Asentí timorato.
Dígame, ¿Cómo es, ah? Le pregunto porque a mí no me permiten establecer contacto con ellas. De hecho, se poco de lo que ocurre aquí. Vengo, abro y me voy, terminó con una risita.
Realmente vine porque olvidé mis...
¿Su credencial, verdad? La tengo en la oficina, ¿me da el alcance?
Fuimos juntos hacia el lugar donde estaba el escritorio.
Esta computadora es una cagada, no sé cómo hacen para mantener el sitio si nadie viene a mejorar la logística del lugar, me dijo fastidiado acomodándose en la silla.
¿Me creería si le digo que lo tengo todo a papel? Mencionó sonriente.
Le di una sonrisa sabiendo que tuve algo de suerte.
¿Me muestra?
Por supuesto, a menos que sea policía, dijo riendo.
Usted es muy solicitado en el lugar... Fue diciendo a medida que sacaba de un cajón con llave unas hojas con una lista de nombres escritos apoyadas en una tabla.
Las estiró y pude alcanzarlas.
¿Sabe? Solo anotamos los nombres que vienen y luego los eliminamos. No nos interesa quienes son, solo ponen su nombre, follan y se largan. Yo ni siquiera cobro, mantengo la lista. Mi trabajo es una mierda; aunque...
a veces me levanto alguna que otra putita; pero no de aquí. Lastima.
Me dio una sonrisa pícara.
Bueno, entonces podré deshacerme de mi nombre y no volver, comenté con el mismo carisma para entrar en sintonía y porque me sentía afortunado.
No.
Uno puede venir, escribir un nombre y volver con otro; pero nadie cambia su rostro, de hecho, ¿no recuerda que lo escanearon? Los nombres de la lista mutan cada noche, las caras no se olvidan.
Yo... creo que voy a cancelar mi suscrición. Tengo problemas maritales y debo solucionarlos haciendo un viaje, por eso no pienso volver, le dije con cordialidad y mostrando algo de pena.
El tipo sonriente se hizo serio, puso un cigarrillo en su boca tras apagar el otro y tras una larga bocanada de humo me dijo: Le vuelvo a repetir, señor Hyde, yo solo me dedico a escribir los nombres.
Por cierto, me gustó “Hyde”. Va con usted, eh. Aunque nunca nadie habla de sus aficiones sexuales, yo sé que tiene unas perversiones distintas a los otros, no se lo ve en su cara de abogado, lo dicen las paredes de este lugar del carajo.
Amigo... realmente debo cancelar todo acerca de mí para que nadie vuelva a saber que vine aquí, le dije con seriedad.
Señor... se elevó de la silla lentamente, con todo respeto... Yo no me encargo de ese asunto, tan solo, vuelvo a decirle, hago la maldita lista de putos nombres raros de huevones con harto dinero que vienen a saciar sus más retorcidos fetiches.
El sujeto pareció haberse sentido ofuscado, con ese trabajo de mierda cualquiera estaría igual y ante un hombre preocupado y lleno de problemas por resolver no era bueno actuar de esa manera.
Le quité la tabla y lo golpeé de lleno y sin dudarlo en la garganta viéndolo como se atragantaba y luego caía desmayado.
¡Pajero hijo de puta! Le dije viéndolo en el suelo.
Vi hacia los lados en un ademan veloz, cogí la tabla y la destrocé a pesar que de poco importaba.
Salí del sitio. Volví a ponerme la capucha y caminé hacia el paradero pensando en el otro conato de problemas que vendrían conmigo si el sujeto despertaba consiente y hablaba; aunque, y si estuviera muerto, igual investigarían, de cualquier manera o en cualquier orden, yo andaba jodido. Aun así, sabía que debía de volver a casa y solucionar por lo menos el asunto con la prostituta. ¡Sí, la ramera muerta en mi cama!
De camino al apartamento fui pensando en la otra opción, la de entregarme a la policía y dar por finalizada mi intención por volver con Amanda, pasar un par de años en prisión y salir, si es que no me dan perpetua, con otro origen. Aunque... en reflexión y mirando por la ventana del bus, pensaba en que quizá morir sería la posibilidad más acertada.
No, no había acabado con un huevón parlanchín, tampoco pensado en asesinar al vigilante del edificio y haber estrangulado a una ramera desconocida para morir a manos de un par de sicarios que seguramente... Me estarían esperando en casa, tal vez, sentados en la silla con bocanadas de humo y aspecto rudo, serían altos y barbones, usando lentes de sol oscuros y chaquetas de cuero, dispuestos a aniquilarme sin preguntas para salvaguardar la reputación del sitio, esconder mi cuerpo junto al de la muchacha en la cama, por quien, empezaba a sentir pena, debido a que solo hacia su trabajo y finalmente, daba la ironía, nos tirarían juntos al mar, a una fábrica de cemento o simplemente descuartizarían para vendernos como carne en el mercado negro. Sea como sea, y esto me daba cierta risa, acabaríamos juntos en una misma cama, hechos mierda.
Pensé en querer recordar el sexo, al menos lo hubiera gozado, si tan solo pudiera recordarlo y hacerme una paja antes de morir ahorcado o baleado; aunque, lo más sensato sería llamar a mi esposa y explicarle la situación, pues ella debía de saber lo que ocurrió, entender en que me metí la noche en que se fue y perdonarme post muerte. O tal vez le valga madre mi muerte y siga su rumbo, posiblemente ni siquiera esté pensando en volver, quizá y únicamente le parezca un asunto netamente personal en el que me metí por idiota, arrecho, inescrupuloso y vengativo; o... Cuando descubra quien soy detrás de mi faceta de letrado que no consigue trabajo, sienta tanto repudio que me quiera matar incluso muerto.
Me sorprendió que el joven vigía no se encontrara en la casilla a pesar que su radio todavía se oyera. Subí por las escaleras asegurando mentalmente que como en muchas películas alguien aparece repentinamente por al ascensor para clavarme un puñal. Caminé a paso sigiloso hasta el apartamento, lo abrí con llave y entré imaginando que me esperarían en frente; pero nadie andaba cerca, ni siquiera un aire distinto, la misma imagen de hace horas estaba presente, la chica muerta y el resto manteniendo el silencio.
Sin embargo, no tuve tiempo de pensar. Alguien tocó la puerta segundos después de entrar como si estuvieran ocultos vigilando mis pasos.
Si he de morir, al menos me voy a defender, pensé sacando de la cocina un cuchillo enorme sabiendo que si fueran tres o cuatro
difícilmente me podría defender. Además, a un asesino como yo, cualquiera en el mundo debía de exterminar.
Comencé a entrar en un desastre emocional, tormentas adentro de mí empezaron a desatarse.
El alejamiento de Amanda por causas mías, indiferencia e infidelidad, la cita con Javiera y su inminente muerte, el posible colapso del vigilante por miedo a un ataque de mi ira, el coma del chico del burdel, la desaparición de Harry y el inevitable final que se aproxima, todo era culpa mía y debía de remediarlo con la única manera sensata que vino a mi cabeza.
La gente parece andar como si nada estuviera sucediendo. Nadie se percata del sujeto al borde de la ventana observando el panorama a punto de soltar las manos de las barras y caer ante una muerte absoluta sobre el carro del gerente del edificio, a quien, de alguna manera u otra, le tenía cierto rencor o quizá envidia, por su vida puritana; aunque, a estas alturas, ¿Quién sabe realmente quien es?

Una mujer en la cama de mi esposa 1/3

- Primera parte: ¿Quién es ella?
Del otro lado de la cama no estaba mi esposa, sino una mujer a quien nunca había visto en mi vida.
El susto me terminó por quitar el sueño, era de mañana por la luz que se deslizaba por debajo de la cortina y la mujer a mi lado llevando bragas oscuras que podía visualizar por tener el edredón por encima de los tobillos no se movía a pesar de la pesadez del cuerpo saliendo de la cama a velocidad con dirección a la puerta de entrada del apartamento y la verificación de la presencia de alguien.
Pues, despertar y encontrar a una chica desconocida cerca de ti sabiendo que aún llevas el anillo de casado puede resultar altamente peligroso, sobre todo si... Ella decidió salir de viaje rumbo a la casa de sus padres para pasar el fin de semana en reflexión por causa de un par de riñas que no han tenido solución.
¡Mierda! ¿Qué carajos pasó ayer? Se me ocurrió preguntar a medida que intentaba recordar arrancándome los cabellos vestido de ropa interior caminando a paso rápido y luego lento en una circunferencia de la sala.
Enseguida, sonó el celular. Era un timbre distinto al que suelo usar.
Volví a la habitación y me di cuenta que el mío estaba apagado cerca a la pata de la cama y uno sonaba y vibraba desde un bolso dentro del cajón de la mesa de noche.
Maldije otra vez y sigilosamente fui a recoger el celular abriendo la cartera sin encontrar algo más que no sea el móvil prendido con la batería casi baja en una llamada de una tal Casandra.
No respondí. Quise abrir el WhatsApp pero no me permitió por el bloqueo manual. Vi a la mujer con las mejillas rojas, la boca semiabierta, los cabellos desparramados tapándole parte de la frente; inmóvil, como si estuviera sedada, sin mostrar gestos de sueños como movimientos involuntarios, ni siquiera una prolongada respiración que terminó por preocupar haciendo que tocara levemente parte de su piel sintiéndola muy fría. De inmediato, como una reacción natural, forcejeé su cuerpo levemente queriendo despertarla porque solo así entendería la situación con mayor claridad; sin embargo, no accedió a los movimientos ocasionándome malestar y más confusión junto a preocupación generando el hecho de tener que utilizar la mano para sentir el pulso tal cual me lo enseñaron en una clase de bartender hace muchos años atrás.
No tenía pulso. Moví el cuerpo en un acto ansioso y desesperado colocándola en frente todavía con los cabellos sobre parte de la cara y el cuello esperando, tal vez de manera frenética, que forzara una sonrisa y me dijera que todo se trata de una maldita broma de mi mujer oculta con cámara dentro del closet.
La semicircunferencia lila en el cuello rosa atrajo notablemente mi atención provocando un miedo que azotó mi ser en una ráfaga que a pesar de la intensidad me mantuvo cerca al cuerpo para continuar contemplando los hechos que poco a poco iban descubriendo el evento nefasto de la noche.
Le di un par de bofetadas para que despertara como si esto pudiera funcionar, volví a tomar el pulso desde la muñeca y asomé el oído al pecho todavía oliendo a vainilla como si poco antes de entrar a la cama hubiera untado una crema a su piel. Aún no me parecía extraño que no estuviera desnuda, pues de alguna manera u otra, calmaba mi ansiedad por excusar mi argumento basándose en el hecho de que no tuvimos relaciones; sin embargo, este era el menor de mis problemas.
Una correa negra y de cuero yacía a un lado oculta por el edredón, la cogí ingenuo y percaté del suceso entendiendo a cabalidad que había sido ahorcada.
A veces uno por más que nota las evidencias no se quiere dar cuenta de lo acontecido; fue lo siguiente que me ocurrió, pensando que quizá alguien había entrado a robar cuando la desconocida y yo estábamos a punto de tener relaciones sexuales, dado el hecho, pudieron haberla ahorcado y desmayado y a mi golpeado, tal vez, mientras dormía. Ese último comentario, a pesar de que quería de cualquier modo justificarme, no era acertado. Entonces, se me ocurrió pensar, todavía a un lado de la mujer sobre la cama, que posiblemente yo no estaría en el apartamento en dicho momento y luego simplemente me echaría imaginando que ella dormía. Pero... tampoco tenía sentido.
La cabeza te juega mil y un supuestos para no exponer la verdad, una que a medida que miraba el apartamento reluciente como lo conozco, con los objetos de valor a la vista y ningún artefacto en movimiento extraño, iba acercándose a la luz, la misma que todavía no quería exponer a los ojos, razón por la cual todavía llevaba las cortinas cerradas y posiblemente era, pensándolo a fondo, lo único acertado que hice entre ayer y hoy.
Estaba muerta, era obvio; aunque al inicio no quise enterarme del asunto, a veces la mente te obstaculiza las creencias de los sentidos, te genera bloqueos para no alarmarte, para no salir corriendo e ir por busca de una supuesta ayuda y terminar esposado detrás de una patrulla con todas las acusaciones posibles.
Yo no era esa clase de sujetos que actúan de forma imperativa. Sí, había, según los peritos actuales, asesinado a una mujer; pero no iba a ir a prisión después de lo que me cuentan sobre estar ahí tras haber matado y tal vez hasta violado a una mujer (o eso querrán creer).
Mi performance de plomo me mantuvo quieto durante un breve periodo.
Pude en ese transcurso indeterminado de tiempo acomodar la cama de tal manera que pareciera como si nunca hubiera estado, algo que los oficiales se darían cuenta enseguida; pero deseaba calmar a las voces acusadoras en la traicionera cabeza. Caminar en círculos por la sala pensando y pensando en los hechos de la noche, intentando recordar de dónde y cómo fue que conocí o coincidí, tal vez conecté, o encontré; recibí o secuestré, a dicha mujer de cabellos oscuros y lacios, cuerpo delgado, vestimenta sensual, sin zapatos ni resto de ropa regada en el suelo tapizado de la habitación, lo cual se me hacía extraño, y cómo es que nos vimos envueltos en una situación tan vertiginosa con consecuencias trágicas.
Volví a la habitación para comprobar que seguía muerta, pues en algún pasaje de esa meditación con cigarrillo consumiéndose en la mano pensé o creí de manera ilusa e ingenua, estúpida y sumamente rara que podría seguir siendo una broma, de esas muy pesadas que suele practicar mi amigo Harry, a quien acababa de recordar porque le comenté que saldría a despejar la mente y no quiso acompañarme debido a que tenía una reunión familiar.
Vi al cadáver inerte, ahora con los cabellos movidos de tal modo que se podía ver el rostro, era bella, no podía creer que estuviera muerta, tampoco que yo la hubiera asesinado de tal vil modo; aunque, repentinamente, se me ocurrió algo: ¿Cómo pude matarla sin tener ningún rastro de pelea? Es decir; ¿Cómo pude dejarse asesinar sin defenderse? Me asomé al espejo tras darle una extraña caricia en la mejilla como una especie de disculpa o lamento y viéndome el rostro por primera vez en el día me di cuenta que estaba ileso, salvo por las ojeras causadas por la mala noche, algo cotidiano en mí que suelo ser bohemio.
Nuevamente volvieron los hechos raros y extraños por pensar que alguien más habría sido el culpable. Pero, ¿Quién? Si no hay rastro de nadie, la correa se encuentra en la misma cama donde estuve, la mujer al lado donde dormí y yo estoy descalzo y en ropa interior.
¿Será posible que me hayan querido culpar de un homicidio? Pero, ¿Por qué? Pensé. Además, ¿Quién querría matar a una prostituta sin nombre? Aseguré mentalmente suponiendo que la habría contratado para saciar mis necesidades de hombre en ausencia de su esposa por problemas maritales. Y quizá, como un fetiche de esos tantos que abundan, le habría pedido la exclusiva de trato de novia, posiblemente por eso aún usaba el anillo... Y su ropa estaría en el closet de Amanda.
Rápidamente me acerqué al armario en frente abriéndolo de par en par
enterándome que efectivamente un vestido color rojo se diferenciaba de las otras prendas con matices distintos debido a que Amanda es una mujer de empresa y suele andar formal como encajada en un mundo en donde el color negro es lo único que importa.
Descolgué el ligero vestido de material barato a diferencia de los otros atuendos y vi los zapatos con desgastado tacón cerca a otros.
Los recogí automatizado y volví a la habitación sintiendo recién el frío por tener los pies descalzos algo que por el trajín emocional no pude sentir.
Medí el calzado con sus pies descubiertos que sabían tan bien que podía...
si nadie estuviera mirando, acariciarlos un poco. Algo que hice como un afán extraño, como si estuviera hipnotizado por el sabor y la calidez de los mismos como si estuvieran hechos de porcelana. Sentí algo de coraje al comprender que dichos zapatos baratos no podían caber con tal pulcros pies.
No lo pensé tanto y regresé al closet para recoger otros zapatos, unos divinos y sofisticados, idénticos en talla aunque quizá un poquito más largos; pero cabían a plenitud con tan solo colocarlos. Ahora sí, llevaba zapatos de acuerdo a sus pies, lo pensé en una ráfaga.
Erguí el cuerpo para contemplarla a plenitud, jamás pensé que los cadáveres podrían verse tan hermosos, tan sublimes, tan poéticos. Sentí extrañas ganas por hacerle el amor imaginando lo sensual y bonita que se debió ver mientras estuvo con vida, en ese lapso de tiempo, me di cuenta que valió la pena encontrarla en alguna esquina o... página por internet.
Aquel último pensamiento me devolvió a la realidad. Mis comentarios acerca de la belleza de la mujer desconocida no servirían en un tribunal, me acusarían de misógino y asesino, mi carrera y mi familia se irían al diablo y pasaría el resto de la vida en prisión. Debía de deshacerme del cuerpo, llevarlo a su apartamento y dejarlo ahí para que quien vuelva comprenda o acepte que simplemente se trató de un suicidio. Las prostitutas sufren de depresión, se medican todo el tiempo, andan drogadas para no sentir el desgaste de su cuerpo con cientos de hombres y pasan la mañana durmiendo hasta salir como vampiresas de la noche. Si alguien la encontrase muerta, entendería que simplemente quiso acabar con tanta miseria.
Y... ¿a quién le importa la vida de una ramera?
La policía busca vendedores de droga, ladrones de bancos o estafadores, con ellos obtienen su festividad vendiendo su moral por un racimo de dinero.
Abrí el ordenador tras conectar el celular al cargador. La mujer yacía inerte sobre la cama con zapatos nuevos. Yo estaba sentado al filo de la cama sabiendo que intentar ocultar mis huellas era un acto absurdo.
Busqué en Google las últimas notificaciones que anduve vigilando hallando un séquito de páginas que me resultaron altamente extrañas.
Sitios web dedicados al fetiche de pies de forma clandestina en donde mujeres vendían grabaciones de sus piernas y pies en distintas situaciones, tales como la ducha, la cama, usando medias largas y demás. Entre aquellos sitios hallé uno que coincidía con lo actual, un lugar llamado “El burdel de las parafilias” ubicado en una zona no tan glamorosa de la ciudad pero que, según la primera imagen en el mostrador, parecía ser un espacio exclusivo.
Pidieron membresía para ingresar a la página, pude entrar porque tenía una clave conectada como si desde antes ya hubiera rebuscado lo mismo. No recordaba porque no lo recordaba; aunque la imagen de Amanda luciendo tacones en frente de mí cada vez que se compraba alguno me daba la impresión de que efectivamente tengo cierto gusto potencial hacia los pies femeninos. No estaba seguro si ella era consciente de ese fetiche, probablemente la manipulaba para que modelara el calzado en frente poniéndoselos exclusivamente para mí en un ritual cotidiano que resultaba sumamente excitante. Así son los fetiches. Pasan inadvertidos y promulgan tempestades por dentro.
A veces los matrimonios son solo un compromiso entre dos personas que dicen amarse pero que realmente no se conocen a fondo.
Entre las mujeres que ofrecían videos también había algunas que ofertaban su cuerpo a cambio de un pago importante, de las fotos destacadas pude reconocer a Javiera, la prostituta dormida en la cama. Era tan bella en fotografía de cara, recostada sobre la cama con medias largas de nylon, sonriente con el dedo en la boca, en una postura sensual como queriendo que alguien pudiera entrar y demás. Era ella y valía trescientos dólares la hora incluyendo el fetiche mencionado.
Ahora la pregunta era, ¿Cómo llegué a ese lugar? No me salía un móvil, solo una dirección, porque el pacto era ir y recoger a la mujer en cuestión. Ella nunca iría a tu apartamento porque suelen ser resguardadas por titanes que te rompen, irónicamente, el cuello, si intentas abusar. Entonces... todo se debió tratar en dicho lugar, lo que me llevó a la siguiente pregunta, ¿Cómo apareció en mi apartamento? Me pegué un golpazo en la frente entendiendo que tal vez la habría secuestrado y esos matones la estarían buscando porque aunque a nadie le importen las putas, hay gente que las cuida ya que son su mina de oro y con esas personas no hay que meterse porque a diferencia de los policías, ellos te callan a plomazos.
La preocupación aumentó. Vi la hora por primera vez en el día, eran más de las doce. La estarían buscando. Registrando en las redes con quien se había acostado entre las diez o doce de la noche, de repente las ocho o nueve, no estaba seguro, la cabeza no me daba señales de recordar algo a plenitud, ¿me habría drogado? De pensar me dolía la frente, cerré el ordenador y fui por agua.
Estático y apoyado en el barandal del grifo dentro de la cocina pensé en la solución a mi inevitable problema. Era, ¿ir por la policía o enfrentar a los matones? Aunque... lo mejor sería dejarla en su casa, olvidarla y no volver a saber del asunto. Sin embargo, lo primero que debía de hacer era eliminar la membresía del internet y del sitio en cuestión.
Para ello, debía de ir al burdel.

viernes, 20 de noviembre de 2020

Androides en el aeropuerto

Iba en busca del sector donde abordaría mi vuelo de retorno a Lima.

Llevaba un par de maletas color oscuro y una mochila regularmente pesada aunque estos hechos no se llegaran a sentir como incomodidad al momento en que me fui perdiendo entre los confines del aeropuerto, que, para primera impresión, era mucho más grande que el del Perú.

Subí escalones eléctricos hallando como si se tratara de espejismos distintos sectores adonde supuestamente tendría que estar para abordar el vuelo; pero en todos, un llamativo género de robot verificaba el traslado del turista, yo en aquel caso y le señalaba otra ubicación, lo cual me hacía sentir irritado, pues, iban dos o tres veces que me cambiaban de abordaje, lo cual, realmente empezó a pasar factura cuando me di cuenta que la mochila y las maletas parecían piedras enormes, y a esto le incluyo, como inconveniente triunfal, el hecho de que no podía o no sabía cómo reclamarle al androide enano parecido al de Star Wars porque rayos debía de cambiar de sitio de abordar como si se tratara de calzones.

Este, a pesar de mi evidente malestar, tan solo atinaba a cerrar el espacio como si estuviera clausurado o prohibido haciendo señas en dirección a otro sitio, todo ante mi inminente fastidio.

Volví a subir otras escaleras eléctricas percatándome de la grandeza en cuestión de altura de aquel sitio, pues, el solo espiar hacia abajo con la mirada me hizo sentir intimidado. No había, de hecho, cierto protocolo de seguridad, ni barandas sofisticadas, todo era fierro plomo brilloso con una innumerable sucesión de escaleras que iban en varias direcciones sin llevar a nadie, es decir; era el único en el aeropuerto a pesar que al inicio, o sea al llegar, parecía estar acompañado de una centena de turistas.

El asunto empezó a volverse realmente tedioso cuando entendí que la escalera eléctrica que supuestamente me dirigía a otro sector de abordaje, en donde, esperaba con ansias y seguridad, fuera el último y real, no dejaba de avanzar conduciéndome a un sinsentido lento y aburrido a pesar que ahora tenía las maletas y la mochila en el piso, pues, la ansiedad por estar en el avión era notable, sobre todo cuando, repentinamente, se escuchó de un parlante que el vuelo a Lima desde un destino irreconocible saldría en minutos. Quise avanzar a velocidad sobre la escalera; pero esta parecía nunca tener fin, lo cual, me hizo entender (o de repente aceptar) que estaba dentro de un sueño. Uno muy feo por la aceleración de los sentidos ya que suelen ser peores que las pesadillas debido a que en ellas te asustan de un golpazo y aquí te muelen a emociones distintas.

La escalera se detuvo. Pude ser alcanzado por una mano humana quien sonriente me dijo: Señor, su vuelo está por salir. Todo esto tras haber estado en la escalera de subida durante varios minutos parecidos a horas.

Al fin pude estar arriba, abordar el avión y ver desde la ventana como el mundo se iba al carajo dominado por androides enanos. Qué extraño.



Fin

 

 

Situaciones del bus

Como en sueños, no recuerdo como aparecí en el asiento final del bus, pero me di cuenta que estabas a la izquierda porque colocaste tu mano sobre mi pierna como un acto natural y casual, como esos hechos que no se cuentan pero se sienten con calidez ocasionando sonrisas junto a una mirada tierna para enseguida continuar observando el trayecto en una avenida conocida de la Lima en donde vivo y sin parecerme extraña tu presencia al lado, pues, dentro del sueño, íbamos –no sé adonde- pero nos sentíamos cómodos como si estuviéramos largo tiempo sentados y simplemente tuviéramos el ratito silencioso para matizar pensamientos basados en las conversaciones que tuvimos o las situaciones que vivimos antes o durante, en cuestión, tan solo nos dirigimos a alguna parte (mi casa, tal vez) y estábamos unidos por los asientos cercanos y las manos juntas aunque también analizando el momento dentro de las mentes.

De repente, te hablé de nuevo: Y, ¿Cómo te sientes? Fue la pregunta inicial. Diste una sonrisa amplia, fácil pero no frágil y te recostaste sobre mi hombro como si necesitaras oírme para poder estar en paz cerca de mi regazo y yo sintiéndome el hablador del grupo, no sé porque pero acostumbro a charlar, comencé a contar una experiencia extraña basada en hechos reales mezclados con la ficción, una típica conversación mía cuando quiero hablar sobre algo para expulsarlo y darle forma, es decir; contarte una historia que voy a escribir y a medida que la voy organizando en la mente y relatándote en frente entiendo y me doy cuenta que se hace real, es como esos sucesos que deben decirse para moldearse. Me gusta contar ficciones porque las vuelto reales cuando te las llevas.

Sí, es un algo tiernamente cruel, porque cuento una mentira para hacerte creer una verdad, de algo totalmente imaginario y de ese modo la vuelto tangible para poder escribirla mejor.

Trucos de autor, a veces lo creo.

No tengo en mente con exactitud cuántas conversaciones fui inventando a medida que hablaba contigo apoyada en mis hombros y las manos tan juntas que parecían seres gemelos, solo recuerdo que repentinamente me asaltó una intuición desagradable. Vi a dos tipos extraños con sus apariencias y aunque a ti no te preocuparon, yo tuve una mala vibra que pude denotar con la mirada fija en sus actitudes, tal vez, a veces pienso un poco antes que los otros, razón por la cual, supuse que entrarían al bus a robar. Algo que en Lima no es tan difícil de aceptar; pero ocurre en lugares distintos a los que andamos, aunque este pensar fuera altamente discutido. No pensé en eso durante el momento en que uno de esos dos quise sacar un arma. No teníamos teléfonos de alta gama en los bolsillos; pero a todos les preocupa que un par de malhechores arruinen el trayecto. Nos quedamos helados, aunque yo miraba la ventana para escapar en cualquier eventualidad, tampoco pensaba hacerme el héroe por dinero o fama, no iba a hacerme el salvador intentando evitar el asalto, son cosas materiales que se pierden y al diablo, no lo pensé en ningún momento, simplemente era una lógica que llevaba conmigo desde el inicio o siempre. Ellos hicieron lo suyo despojando de lo material a los primeros de la fila. Luego zafaron entre risas, recuerdo que el bus se detuvo, llamaron a los oficiales y demás, todo bien rápido. En ese momento, todavía seguías pegada en mí, no preocupada, hablabas que en tu país es similar y que mucho pasa y poco importa, yo te escuchaba hasta que alguien quiso identificar a los ladrones, nadie sabía bien los rostros, solo yo, entonces fue el momento justo para ser héroe y si, ganarme cierta fama contigo aparte del ego y esas cuestiones que afirmas, entonces me asomé a los policías y empecé a contarles las descripciones basadas, a su vez, en algún que otro hecho ficticio.

A veces soy así, simplemente confundo la realidad con la imaginación.

No pudimos ir a casa por más que deseaba fervientemente hacerte el amor tras darte un tour por la casa y la habitación debido a que los oficiales nos invitaron a la comisaria para dar nuestra manifestación. El asunto me resultó interesante, nunca antes he estado en un sector policial como testigo, y no voy a contar las otras razones. En ese tramo de ir de la avenida donde nos detuvimos hasta la comisaría del distrito ubicada a unas cuantas cuadras recibió el agente de apellido no recordable, una llamada de parte de otra patrulla, sonaba como en las películas, tal cual, entonces se escuchó a viva voz que habían detenido o identificado a los ladrones. El hecho se volvió intenso e interesante cuando el oficial, creo que de menor rango que del lado, le hizo un gesto a su jefe, y luego me hizo la pregunta: ¿Los reconocerías si los ves? En ese instante pensé en las repercusiones que pueden tener los ladrones con uno, una especie de venganza o algo así; sin embargo, fue mi oportunidad para hacerme el valiente; aunque siempre lo he sido, es solo que, tal vez, me motivó el hecho de ayudar o el placer de verme envuelto en una situación de esa índole. En cuestión, llegamos a la comisaria y nos informaron como si fuéramos parte del grupo que ya habían capturado a unos huevones (adjetivo en referencia a personas en versión coloquial).

Entramos a pesar que no quise que tú fueras conmigo, de repente porque te estaba cuidando; sin embargo, ingresamos y efectivamente notamos la presencia de un cuarteto de huevones por quienes inevitablemente sentí coraje. Era como si quisiera mandarlos a la trituradora por arruinar constantemente el país y a los buenos ciudadanos.

¿Quiénes estuvieron en el bus? Dijo el oficial de menor rango. El otro estaba a su lado, no hablaba, solo hacía gestos de mando y el resto le seguía.

Los fulanos se pararon en frente, nosotros estábamos detrás de una mampara de vidrio que no era como esas que hay en las películas americanas, sino simplemente para evitar los escupitajos de los malnacidos.

Reconocí a los dos; pero el tercero me veía de forma gruesa que se me ocurrió culparlo sin que tuviera algo que ver. A los tres los denunciaron a pesar de los reclamos.

Salimos del sitio. Detuvimos un taxi, algo que no sé porque no hicimos a primera instancia, y zafamos hacia mi casa.

Llegamos y esta parte del sueño me resulta media absurda y tediosa, de repente porque nunca jamás ha ocurrido, es entonces que... hicimos el amor como fieras salvajes y a la vez como dos enamorados, quiero pensar que fue así, porque en el sueño, me vi echado a tu lado, totalmente desnudo intercambiando caricias contigo, que no dejabas de sonreír, enamorada, risueña y con los ojos como estrellas brillosas.

De repente, se oyó un sonido proveniente del closet capaz de hacerme sentir confundido y en duda sobre seguir con la ecuación sexual debido a que algo o alguien podría estar metido. Claro que no quise espantarte con mis ideas y tan solo me asomé tras darte una sonrisa, sin saber que sería la última o tal vez la única, pues al momento de abrir las puertas del closet vi a alguien oculto lanzándome hacia mí con cuchillo en mano, era el ladrón, el tercero, el infortunado, quien se había escapado y vuelto a mi casa (no sé cómo rayos) pero ahí estaba.

Me di la vuelta para ver que estuvieras segura; pero no estabas, no estabas presente en la cama, ni desnuda, ni en ropa, ni siquiera un solo rastro de ti. Razón por la cual me vi expuesto ante el ofuscado sujeto que quería vengarse con arma blanca, pude vencerme si yo hubiera seguido distraído en busca de tu presencia o tu repentina ausencia; pero no iba a morir a manos de un don nadie y sin nadie, entonces pude elevarlo con una fuerza descomunal y lanzarlo desde la ventana viéndolo caer en el pateo vecino sin poder moverse. Enseguida fui en tu búsqueda por los rincones de la casa, los cuatro pisos y varias habitaciones para ser exacto como si te hubieras escondido en alguna parte por miedo o precaución pero no te encontré en ninguna parte lo cual me produjo una severa situación mental, entendiendo que tal vez, las ficciones y la realidad hubiera formado parte de un mismo sistema universal, pues... realmente era como si simplemente nunca hubieras estado aquí.

Y, entonces, ¿Por qué tenía tanto recuerdo fresco dentro de mi cabeza?

Olvidé, dentro del sueño, porque de lo contrario no hubiera hecho casi lo mismo, al muerto dentro del patio vecino y salí de casa en búsqueda de tus pieles sin hallar ningún rastro de tu presencia.

Me sentí frustrado. Enojado y lleno de coraje. Después llegaron los mismos incapaces efectivos para ver el cadáver y corroborar hechos; pero me importaba un carajo, yo quería saber dónde estabas, entonces, en actos de locura y delirio, me asomé al oficial y le dije: Quiero denunciar una desaparecieron. La chica... la morena que estaba conmigo, ha desaparecido, no está, se fugó de la faz de la tierra de forma repentina, o tal vez la secuestró alguno de sus compinches.

Hablé y hablé otro montón de argumentos en cuestión de segundos a medida que el tipo me miraba extrañado y anotando mis palabras con lentitud dándole la importancia que esperaba a pesar de sus raros gestos.

Fue entonces, tras un tiempo en espera, me dijo: ¿Usted consume drogas? Pues, yo acabo de verlo solo en la comisaria y el sujeto a quien acaban de matar es un ex convicto, quien, evidentemente no merecía vivir; aunque, sin embargo, no es la forma, ¿verdad?

A mí no me importaba lo que relataba, solo quería saber la respuesta a mi pregunta: ¿Usted está diciendo que yo estoy alucinando a alguien?

Me vio y dijo: Soy oficial, no doctor; pero mí jefe podría derivarlo a uno.

Volví a mi casa, me senté en el mueble y pensé en los hechos del día recordando únicamente el hecho de aparecer en un bus sin saber cómo ni cuando llegué ahí.

Tal cual como ocurre en sueños, uno aparece sin saber cómo llegó y enseguida todo se vuelve precioso, algo que a veces no se funde -como debería- con la realidad.

 

 

 

Fin

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Una cita

- Una chica como ella es difícil de no identificar con la mirada si solo te encuentras de paso, tal vez haya sido esa la diferencia entre el resto de mortales con sus parejas atadas a la mano y yo, que andaba solitario con música a medio volumen en audífonos oscuros como la noche, caminando a paso lento como si nadie esperara y cruzando la intersección entre la acera y la entrada de un parque público cuyo nombre ahora no importa pero que empezó a tomar forma cuando de pronto, ella, la mujer de los pantalones rasgados al punto de ser desechos, lanzó un nombre al azar, tal vez, señalando entre la multitud al único ser solitario en un parque adonde únicamente asisten enamorados por las atracciones instauradas, evidente razón para solo pasar y no estar, como aquella chica, quien seguramente esperaba a alguien y justamente estaría llegando; aunque con otro rostro y nombre ese alguien era yo, pues su mirada fija como faro y sus gestos de manos como vaquera atrajeron notablemente mi atención sintiéndome partícipe de un encuentro acordado, casual o romántico con una persona a las siete con diez de la noche de un viernes cualquiera en el Parque Cupido.
Hola, ¿todo bien? Se me ocurrió decir con inocencia. Todavía no sacaba los auriculares, tan solo estaban en alto.
¿Manu sos vos? Respondió con una pregunta haciendo un gesto de duda.
No, de hecho, me llamo Adrián, contesté junto a una tímida sonrisa.
¿En serio no sos Manuel? Quiso saber intrigada bajándose de a poco los lentes a medida como una vaga ironía.
Disculpa, yo solo me acerqué porque creí que me estabas llamando. Realmente... Estaba de pasada.
Ella sonrió.
Manuel, no te hagas el boludo. Te saco por la foto que subiste, me dijo con otra sonrisa distendida.
No soy Manuel, me llamo Adrián, te lo acabo de decir, le repetí de la misma forma.
Tenía ojos claros, creo que eran marrones caramelo o marrones barniz. Me gustaron como iban en sintonía junto a su sonrisa.
Y dime, ¿hace cuánto que llegaste? Preguntó suponiéndolo todo de una vez.
Pues... como te dije, andaba de paso y te vi.
¿Me reconociste de inmediato?
Hizo ademanes con la mano como quien se acomoda los cabellos cortos a la altura de sus hombros.
¿Qué foto?... Disculpa, yo... solo pasaba por aquí, y ya.
¿No sos Manuel el chico de Tinder? Dijo con bastante seriedad.
Empecé a reír.
No, ni siquiera uso esa aplicación.
No te hagas el bobo, la mayoría de hombres solteros la tienen activa como si estuvieran buscando pokemones.
No me pareció acertada la analogía; pero sí graciosa.
Sí, este, bueno... Me llevé las manos a la cabeza como quien juguetea para sacarse los nervios.
¿Ves? Entonces si sos Manuel. En ese caso, yo soy Sara, un gusto conocerte al fin.
Se quitó la bufanda y la puso dentro de su cartera. Todo en cuestión de segundos, tiempo en el cual comencé a pensar en diversas situaciones.
Sara... ¿entonces nos conocimos en... Tinder, no?
Sí, ¿Cuál es el problema? Es solo una App para citar, cualquier persona la tiene.
Yo la tenía desactivada. Mis tres últimos encuentros en Tinder resultaron nefastos.
Primero, me tocó una mujer con miembro viril. Tuve que escaparme del hotel y vomitar en la primera parada de buses. Después, me buscaron obsesivamente para una relación amorosa cuando únicamente acordamos un tópico sexual de una noche. Y finalmente, ella no asistió a la cita.
Resolví deshacerme de esas aplicaciones para citas y dedicarme a disfrutar de la soledad hasta que, curiosamente, me vine a topar con Sara, quien ahora, distendidamente preguntaba, ¿y, adónde vamos?
Abrí los ojos confundido y se me ocurrió mirar el parque detrás.
¿Al parque Cupido? No pensé que fueras tan romántico, Manuel.
Que no me llamo Manuel, le volví a decir.
Entonces, ¿Qué es? ¿Una especie de Nick?
Soy Adrián. Adrián Gonzales, para servirte.
No, no me gusta ser quien manda. Prefiero ser la sumisa.
Por alguna razón escondida esa palabrita hizo que sintiera cierta efervescencia en el cuerpo.
Tal como lo acordamos, añadió.
La vi morderse los labios.
Soy Manuel. Manuel Gonzales o Manuel Artiaga, no me decido por el apellido, dije con una sonrisa por mi boba broma.
Ella no supo que acotar.
¿Entramos?
¿Adónde?
Al parque.
Pensé que era una broma.
Entonces, ¿realmente iremos a...?
A menos que seas de quienes prefieren hacerse los románticos invitando a cenar, charlar durante un periodo de tiempo y luego, finalmente, llevarme al hotel para saciar toda necesidad de una mujer, dijo con seriedad.
Se veía segura, aunque no era tan alta, pues me llevaba a la quijada, y no tenía tacones, sino zapatillas parte de un estilo casual y rockero, como si hubiera salido de un concierto.
Encendió un cigarrillo tras su comentario.
En ese caso... ¿Qué te parece si caminamos? Conozco un sitio cuatro estrellas por estos lares, le dije entrando en el personaje.
Así me gusta, Manuel, respondió arrojando una bocanada de humo.
Caminamos a paso lento, la miraba de reojo a medida que hablaba acerca de su música favorita, pregunta que realicé para amenizar el robótico andar.
Se veía bonita, con el trasero bien moldeado, un detalle morado en el cuello, tan ligero y poco esclarecido que no era necesario llevar chalina, la facha de una mujer fresca y la voz como si fuéramos amigos soltando muletillas sin cuidar el vocabulario, pues sabía que únicamente nos veríamos para esta noche.
Llegamos a un hotel. Pensé, de manera muy inocente, que no entraríamos. Diría que estaba bromeando, habría una cámara escondida y saldría en un canal de bromas como el más lujurioso del mundo; no obstante, nos adentramos y cogimos, así de simple y fácil, sin apegos amorosos, ni palabreo romántico, simplemente tuvimos sexo duro e intenso por un prolongado tiempo hasta que nos vestimos y salimos en direcciones opuestas como si nada hubiera sucedido entre ambos.
En casa, abrí el ordenador y la primera página en frente fue Tinder cuyo Nick era Manuel. Sara, cuyo nombre real desconozco, me había puesto la máxima puntuación.
Fin