Mi nuevo libro

Mi nuevo libro
Puedes pedirlo al WhatsApp +51 987774365

martes, 31 de marzo de 2026

Se detuvo el corazón

Se detuvo el corazón

cuando entendí que vives sin razón.

Quiero amar; pero a veces no puedo,

porque me gana la razón.

Y lo único que siento es miedo,

de perderme por intentar encontrar

valores que no tienes

fama que espero no golpee

y glorias que pueden ser olvidos.

Se detuvo el corazón

cuando entendí que eres capaz de vivir sin amor.

que confundes los deseos al amor.

que pretendes creer que se trata de pasión.

Se detuvo el corazón.

Porque lo he vivido

en otros seres con ideal sin razón

Y siempre ha terminado en final.

Se detuvo el corazón

cuando comencé a idealizar

que en el mundo donde vivo por amor

también se vive sin corazón.

Se detuvo la vida.

pero ya no el corazón.



Fin


El cine, el polo y el apuro.

Según el periódico la película comenzaba cuarto para las seis, y alrededor de las cinco salía de la ducha presuroso en busca del celular para escribirle a mi novia que tras una revisión veloz de atuendos iría en su búsqueda implacable. Ella, fiel a una serenidad asombrosa, casi divina, me dijo una de sus frases más dulces acompañada de un conjunto de emoticones, los cuales, de muchas formas, me generan cierta calma; sin embargo, el hecho de tener parsimonia no cambia al reloj, así que para llegar debía de prácticamente volar o usar mi técnica favorita de Goku, la tele transportación, la cual intentaba de niño y después de joven cada vez que los tiempos me apremiaban; aunque la pregunta, ¿Por qué tanto apuro?, ¿acaso no es fácil calcular los espacios? Sí, la respuesta puede ser afirmativa; pero un hombre como yo tiene mil y un cosas por realizar, muchas de las cuales no público en redes como suelo ofrecerlo con distintos asuntos, es que, resulta claro decir que, uno siempre debe mantener su vida privada alejada de las pantallas. Así que tras resolver mis pendientes a una altura vertiginosa pude salir de casa despeinado, con una media distinta a la otra, desaliñado y sin el conato de cremas para el sol.

Y sí, lo sé, lo tengo claro y no tengo dudas, debí planear mejor los horarios; de repente someterme a las labores previas a la cita o anticiparme a los momentos de descontrol, los cuales, escapan de mí; pero como yo siempre intento hacer todo a la misma vez, logro salir victorioso.

Al abordar el bus, uno con el logo de una enorme G, allí donde la última vez perdí mis lentes en un descuido, situación que no he tenido tiempo de lamentar, es que lo material es irrelevante, tanto que, a veces creo que debería preocuparme, es decir; me ha costado, debería al menos mirarme al espejo y decirme: Fuiste un bobo al olvidarlos. Pero, luego pienso y digo: Son cosas que pasan, ¿no? Y el siguiente momento solo sigue. Y el siguiente momento es bello. Entonces, yo me pregunto, ¿Por qué voy a molestarme por una tontera si puedo gozar de un siguiente instante de alegría? No me detengo a pensarlo, simplemente actúo así por naturaleza y me ocurre de varias formas y modos en donde mi ser por situación personal siempre le mira el lado positivo, y así es como sucede lo mejor.

Bueno, no lo pensé durante el trayecto, pues le escribía a mi novia, quien pronto será mi esposa, y aquella situación me emociona como nunca nada me ha emocionado antes, es que, ¿no es acaso lo más hermoso del amor el hecho de casarte con la persona que amas? De solo pensar me hinca el pecho y resuena el corazón; baila el alma y me crecen sonrisas. Aunque todavía resta tiempo y debemos seguir fortaleciendo lazos, pensarlo y quererlo, es un paso espléndido y honesto.

Subió una señora con sus dos cachorros, y yo que estaba adelante me paré sosteniendo un par de calendarios que me regalaron para votar por la hija del chino, y yo, por joder a mis amigos comunistas de la Uni, les envié la foto con la frase: Tengo más para regalarles. Enseguida, dejé que una guerra política comenzara en el grupo. A veces me divierto comentando como pequeños fuegos para que el resto arda. Después me hago el desentendido. Es gracioso ver como un simple comentario desata el frenesí. La gente suele ser débil mentalmente, y yo lo disfruto siempre en el buen sentido de la acción, jamás con maldad.

Aquella señora empezó a dialogar fervientemente con la cobradora, una mujer robusta y de cabello corto, más una voz ronca y feroz cobrando sin alegrías a las personas, y a mí que no me interesaba su performance, pues en mi mundo todo es paz y amor, le clavé una moneda rumbo a mi destino; pero tuve cierta intriga por su actitud con la madre y sus hijos, a quien le cobraba un peso más por ir a tal sitio. Y yo, parado, mirando el celular y oyendo, le dije: Yo le pago el resto. Se me hizo sencillo. Tan fácil como respirar. Dejé caer una moneda sobre la mano de la cobradora y tuve su silencio. La madre me agradeció y yo sonreí sin mostrar los dientes, pues lo vi como un acto cordial, algo que sí puedo realizar, lo haré. A veces ando diciendo que odio al mundo porque son estúpidos, sin sentimientos y atados a lo superficial; pero otras veces pienso: Si yo puedo hacer la diferencia, dar un mensaje, lo haré.

Al cabo de un minuto descendí en mi paradero. La antigua Reniec, allí donde jamás pude sacar mi DNI porque a los 18 yo andaba en Roma. Quería solo conocer. No quería estar en Lima. Deseaba estar en mi tierra, a la cual fui a visitar, la hermosa Gran Bretaña; aunque por azares de la vida tuve que retornar. Es así, y la frase que repito me la dicta el pecho: Uno puede tener mil planes pero a veces la vida tiene mejores.

Nunca negativo. Siempre optimista.

Descendí donde siempre, esperé que los desesperados avanzaran y una vez despejado pude cruzar en absoluta calma alucinando a mi novia como en una obra de Manet, nunca lo confundas con Monet. Esa Olympia con la que soñaba de niño, ¿es acaso difícil entender que no todos amaron a Carmen Electra? Malditos mundanos. Me causa gracia –siempre a medida que existo- burlarme de la gente y sus pasiones vagas y absurdas; alejados del sentimiento verdadero, de esa maravillosa poción romántica, hechos que el mundo actual no se permite sentir y me apena; aunque por suerte yo nunca voy a cambiar y seré siempre un romántico golpeado. ¿Por qué golpeado? Pues llevo varias esquinas en este ring de la vida amorosa.

Tema aparte.

Al bajar noté cierta particularidad en el entorno, las personas me miraban como si fuera un extranjero; quizá, por el amuleto que llevo en la cabeza, la melena larga o mis osados tatuajes. Más de un sujeto o mujer me observaba con raro y profundo detenimiento y yo comencé a entender que, tal vez, de tantas ocasiones yendo y viniendo en los últimos tres años, puede que, me empiecen a reconocer; aunque para lo único que podría importarme sería para que compren los productos que vendo. Curioso y raro, califiqué el hecho de ser víctimas de intensas miradas, seguidilla de ojos contemplándome a gran volumen, incluso, pescuezos largos saliendo de las ventanas vecinas, el asunto fue muy incómodo, puedo decirlo; pero siendo yo un hombre de una frescura inmensa no me pude llegar a sentir exhausto. Al llegar a la casa de mi novia, todavía con esos dos calendarios, los cuales, no sabía dónde rayos colocarlos, ya me había aburrido de la broma, de tenerlos, y de llevarlos, necesitaba botarlos en alguna parte; pero no alcanzaba mi mirada encontrar un buzón de esos de basura y tampoco allanaba mi presencia, cada vez más próxima al hogar de mi esposa, (suena lindo, eh) un pícaro sitio donde simplemente dejarlos reposar como quien se los olvida. Digo todo esto porque me desespera tener que llevar cosas en la mano.

‘Ella no me conoce, yo me enamoro’ tarareaba una canción y a la vez la cuestionaba. ¿Cómo rayos vas a enamorarte de quien no conoces? Hay que ser bien imbécil. Pero… más irresponsable.

Le envié un último mensaje comentándole que estaba en las afueras, resolvió decir la típica frase alentadora como ese pase en cortado para estar mano a mano frente al arquero y me apresuré víctima de la gravedad de mi cuerpo por el suyo hallando su mágica presencia a la altura del umbral y nos abrazamos tras darnos sonrisas.

De muchas maneras afortunadas todavía no era tarde y el cine quedaba a metros del hogar. Puntos a mi favor, pensé sonriente; pero ella, en su aguda mirada había notado algo que pasé totalmente inadvertido de la manera más irresponsable e ilusa que puede existir.

No era solo el peinado desalineado ni una bermuda repetida, ni siquiera el calzado, factores que se volvieron consecuentes desde que las responsabilidades atacaron, y las finanzas aunque altas se fueron directo hacia un espacio / tiempo único, era la elección errada. Era no haber mirado el closet, o tal vez, ir de apurado; presiento que fueron ambos factores unidos los que desentonaron en el atuendo, que, ella, para bien (siempre para bien) lo había notado en segundos.

Aquel polo que alguna vez tuvo un blanco angelical, era de un hueso con días regado en un plato para perros; el color perdido como su insignia de marca; el desgaste de las orillas en las mangas y vestigios incluso de tabaco y un desodorante barato, por la misma razón de las responsabilidades, y me causa mucha gracia decirlo, porque siempre debo darle el enfoque divertido; no obstante, verse bien no implica gastar, una vez me lo dijo mi abuela.

Lejos de cualquier argumento eufórico, pidió serenamente que me acomodara en la silla como a puertas de darme un concepto en total docilidad, y yo que no entendía la situación a pesar de considerarme aprendiz de los secretos del universo, le di una sonrisa leve y una mirada de intriga antes que su veredicto sacara información de la luz de sus ojos, los cuales, aparte de amor, o en señal de amor, podían también hablar de verdad, y es curioso como la verdad tiene varias tomas, algunas asienten en el alma y otras provocan la risa. Aquella, lejos de cualquier vergüenza, era un acierto. Debió serlo, porque nunca ni siquiera me abuela me dijo tanta verdad, y asumí el control de esa penuria de ir a una cita con mi futura esposa vestido como un harapiento, irónicamente, alguien que no soy; pero que el apuro y la negligencia consumieron en una tarde.

Lo que le ocurrió a la prenda es puramente similar al infierno, unas brasas consumiendo su fisionomía hasta calcinarse en cenizas por el bien de las futuras generaciones. O, alguien que pueda usarlo cuando vaya a botarlo.

Con el cine en los tráileres, la película, de esas que piensas que son buenas porque leíste comentarios en redes, casi a punto de iniciar, y yo sin prenda superior, solo podía haber espacio para la incertidumbre hasta que ella, en uno de esos arrebatos de iluminación, resolvió recoger de un barril sin fondo un atuendo de un azul tan claro como el escudo de mi equipo y en detalles de blanco que casi zigzaguean que le entrega un perfil divertido, de un material deportivo que bien puede servir para la rutina del ejercicio o la salida al cine, aunque el valor real, aquel que no se mide ni se toca, fue su mirada de resolución, su sentir por la solución, su honor por hacer que funcione, mas unos adjetivos bonitos hacia el performance de como quedaba en mi piel.

Una vez resoluto con una piel que se asemeja a la prenda, o una prenda atada como piel, véase como guste, y no hay foto que evidencie, nos instalamos en el cine y el resto fue historia que no se cuenta.

 

 

Fin

lunes, 30 de marzo de 2026

Año 1993

 - Hace más de treinta años, -como golpea esa categoría de tiempo- acompañé a un amigo a una reunión en donde al ritmo de El General explotando desde una radio robótica danzaban divertidos los compañeros de barrio, quienes se habían unido para la celebración del cumpleaños de Amanda, mejor amiga de Ariana, con quien mi amigo soñaba despierto mientras que el maestro de Historia Universal explicaba las Cruzadas con una fascinación prodigiosa capaz de enganchar al alumnado entero a excepción de aquel joven enamorado.

Ingresamos timoratos y nos ubicamos en un sofá al final de la sala aprovechando que por el baile los asientos andaban libres y de inmediato, a pesar que yo le hablaba acerca del banquete en la mesa y las gaseosas heladas que pronto iba a asomarme a recoger, mi amigo no dejaba de mirar a Ariana, la muchacha de cabello negro y lacio, en jeans amplios como acampanados y un polo divertido con la imagen de la esposa del conejo más famoso. Ella no bailaba, conversaba con su séquito de amistades, entre las cuales destacaba Amanda por su inherente belleza física, cabello dorado y cuerpo importante, como dirían los hombres en el grupo durante el recreo: desarrollado para su edad. Al lado estaba Fati o Fátima, una morocha de ojos claros y cerca de ella se instalaba Carmen, y no era Electra, conocida en entonces por el sub mundo detrás de la escuela ocultos en la habitación de Harry, alguien quien, este amigo jamás prestó atención, ni siquiera un comentario dio al verla en ropa de baño, era como si, simplemente, no le atrajera; lo cual, ante un grupo de machos escolares, era un motivo de raro interés y en consecuencia un apto para alejarlo del grupo. Poco le importaba. Él y yo hablábamos de lo importante de la vida, que era una pregunta que podía incluso trascender, más después de leer Romeo y Julieta en la clase de literatura, ¿Qué es el amor? No podíamos reconocerlo si nunca habíamos besado a una chica, a pesar que evidentemente mentir era importante para cuajar en los grupos de alumnos más grandes quienes presumían gloriosamente sus conquistas, así como Saladino o Ponce de León, los hombres de las cruzadas.

Hoy es la noche, me dijo tras codearme. Lo he planeado toda semana, aseguró sin mirarme porque tenía los sentidos en los movimientos de Ariana, algunos dóciles como entrando en sintonía con la música y otros tiernos sonriendo en cada palabra con sus amigas; aunque uno en particular alcanzó a hipnotizarlo, era su mirada de reojo buscándolo, hallándolo y haciéndole entender que la noche podría ser perfecta.

La música parecía no terminar, yo miraba a sus amigas tanteando un siguiente accionar, ir por las gaseosas y saludarlas amistoso, intercambiar un palabreo e invitar a la morocha a bailar; pero cuando le dicté mis intenciones, me dijo: Saca a Amanda. Es la cumpleañera y nadie baila con ella. Cuando salgas, se romperá el grupo, y yo iré por Ariana. Pienso pedirle para hablar unos minutos, de repente tendré cinco o diez, antes que los idiotas se den cuenta que estamos solos y empiecen a molestar con sus silbidos y frases. Allí le plantearé la pregunta que ataja en mi mente. Hoy es la noche, mi hermano. ¿Apoyas mi plan?

Yo, todavía mirando el panorama en el baile, veía a los rufianes intentar moverse lo más alocadamente para sorpresa de las chiquillas y ellas entre risas intentaban estar a la medida como en una sintonía, y la morocha me miraba cada vez con mayor evidencia como preguntándose, ¿Por qué miras a otras personas y no a mí? Pero ella no sabía que también se trataba de una táctica. Mi amigo y yo no habíamos ido a beber o comer, sino a ganar.

Bien, acepto, es un buen plan. ¿Te parece en la siguiente canción?

Este hombre no me había prestado ni siquiera la mirada para verme, sus sentidos estaban anclados en la mujer, al punto en que podría gustarle más que demasiado, lo digo porque tuve que prestarle mi cuaderno de Historia para que pudiera ponerse al día con las tareas.

Era la última fiesta del año, acabando el sexto grado nadie sabría qué era lo siguiente que ocurriría, ¿adónde iríamos?, ¿a qué colegio asistirían?, ¿vivirían en el mismo barrio o tendrían viajes de familia? Mi amigo lo había planeado milimétricamente; pero no se dio cuenta de un detalle.

Después de la canción, justo antes de empezar la siguiente, nadie salió a bailar, habíamos llegado en el momento en el que después de quince minutos de dancing, las personas solo querían descansar.

Dos amigos, o conocidos, se asomaron acomodándose en el sofá, lo rellenaron y empezaron a conversar banalidades. Que tal película, que tal serie, que tal actriz, que el porno, que tal revista, y etc; y yo lo miraba, aunque él la observaba a ella, y parecía como si, ambas estuvieran decididas a no verse interesadas en nosotros. De repente, nos dieron la espalda y aunque los amigos hablaban y hablaban, el momento se volvía sombrío sin nadie en la pista, y la incertidumbre a flote sin saber qué siguiente paso realizar. Peor aún, si de pronto, la madre de la cumpleañera, salió de un sitio de la casa para preguntar si desean la cena.

No, no era posible, ¿Cómo podría besar a alguien después de comer? Ambos nos preocupamos, y entonces, le dije: Es ahora o nunca.

Se adelantó sin mencionar más palabras, fue directo donde Ariana, la cogió de la mano sutilmente tras actuar respetuoso con sus amigas y le dio un mensaje al oído. Yo me contuve. No me atreví a emancipar alguna noción con Amanda porque la sentía demasiado como el foco de atención de todos en la fiesta; sin embargo, la morocha me detuvo desde el antebrazo y preguntó, ¿Por qué me estás ignorando? Ah, seguro sigues enamorado de Valeria.

¿Acaso no comprendes que ella se mueve por todas las aulas?

Me resondró esas palabras.

Y yo que pensé que porque una vez me dijo era lindo, ya me sentía especial. Lejos de cualquier otra explicación, me dijo: Baila conmigo y olvídate de ella. De repente, volvió a sonar una canción. Y le perdí el rastro a mi amigo.

Él salió, la calle no era peligrosa como ahora, allí la miró a los ojos y a sabiendas que le restaban tres a cuatro minutos, le dictó un poema de Neruda, sazonado con su propio verso, uno que escribió la noche anterior y estuvo practicando frente al espejo, y ella relució una mirada tierna y encantada, y desde mi posición en la pista de baile, siendo el único hombre con la mujer más espontánea y arpía que conocí en primaria, vi cómo se besaba con la chica a quien día a día, mañana a mañana, por trescientos sesenta y cinco días, estuvo intentando conquistar.

Y entonces me di cuenta que ni siquiera el genio de genios que es William Shakespeare pudo escribir un capitulo así.

Después estuvieron en el sofá, cogidos de la mano y abrazados, enamorados del valor por coincidir y aunque yo no pude establecer una bandera con la morocha por mi inestabilidad emocional al enterarme que la mujer que me gustaba iba de salón en salón, me sentí contento por mi fiel amigo, quien, digno poeta, le recitaba algunos versos sin tener vergüenza y en completa confianza sonriéndole y cogiéndole los cabellos delicadamente.

Jamás vi un amor tan puro y sano. Tan dócil y lleno de curiosas ilusiones, porque cuando el silencio adueñaba, lo oí decirle, (tal vez, la frase más cursi de todos los tiempos): La otra vez fui a una fuente de los deseos y al tirar la moneda pedí tenerte esta noche.

En ese momento lo tildé de hidalgo, y no quise ver cuando se besaba con su chica; aunque sonreía de saber que era feliz.  

Es cierto que más adelante se rompieron, terminaron y no volvieron a encontrarse; pero… ¿acaso no fue amor?

Yo estoy seguro que sí.

 


Fin

lunes, 2 de marzo de 2026

Me salva

Incluso las estrellas y los grillos dormían. La luz todavía estaba lejos de sorprenderme por debajo de las persianas y aquel olvidado montículo de ropa parecía el protagonista de la última película de horror que miré haciéndome titubear en dos ocasiones. A la tercera froté la mirada para ver mejor. Era un silencio abrazador, posiblemente también inspirador, si no tuviera en la mente tanto peligro y un golpe en el pecho que dictaba la sentencia de una nunca curada acidez. La vista en el techo nebuloso como nubes próximas a la lluvia confundía al iris y el mutismo de la habitación me ocasionaba una rara ansiedad como si la misma muerte podría asombrarme de repente. En un bus, hace no más de doce horas, había conversado sobre un mal nocturno que te aplasta el cuerpo mientras duermes, una parálisis terrible de la que los mitos más grotescos se han creado, y supe que, de repente, de tanto mencionarla, la habría llamado; pero yo estaba despierto, aunque cansado, y con un extraño temor que no me permitía dormir, recordando, a parte de las escenas más terroríficas del filme visto antes de cerrar los ojos, aquella pesadilla que me acompañó durante el sueño. Yo era perseguido por una especie de asesino inmortal en uno de esos tantos laberintos a los que en sueños me conduce el cuerpo con la mente apeligrada a sabiendas que era imposible escapar, porque he muerto en sueños a causa del mismo criminal, a quien, no puedo vencer en ninguna de mis pesadillas. Una vez, empecé a recordar con la vista en la nada, para no distraer a la mente con figuras horrendas, que ese ser que me buscaba con cuchillo y paso ligero en ocasiones, era yo en una versión alterna y monstruosa como si en otro universo me habría consumado la locura y la misantropía para buscarles finales a las vidas humanas. Dulce ironía, pensé con una sonrisa en la oscuridad, y un viento repentino sopló las cortinas. El corazón se aceleró e intenté volver a acostarme para conciliar el sueño en bella caricaturas al menos hasta que me sorprenda la luz; pero no pude, reinaba el maldito insomnio, y la mente viva, más veces que otras, fotografiaba vertiginosamente escenarios que siempre quise olvidar y a la vez recreaba situaciones inventadas previstas de pura maldad. Pensamientos que a veces no queremos tener; pero que ocurren inesperadamente cuando la noche y el insomnio dominan la situación. El calor fue también determinante, verano degenerado que me impide cubrir el cuerpo y aquella figura de prendas pareciendo asomarse o moverse, de repente el ser que de niño me daba miedo oculto debajo de la cama, y muertes de personas que alguna vez vi cara a cara apareciendo en frente de mí como fotografías de una morgue. Testimonios de una mitad de la noche caótica fue lo que comencé a vivir. Sofocado, colerizado y preocupado por un ojo rojo y creyendo que al alba mi cadáver estaría pegado a la sábana sentí que la mente divagaba en casos extravagantes. Peor aún, ni siquiera Dios podría ser capaz de salvarme porque no tengo esa creencia locuaz de mi madre que dicta que la oración te cura de los males. ¿Cómo es posible si los males provienen de mi mente?, ¿Cómo si yo mismo soy el monstruo que se persigue?, ¿Cómo puede ser si he inventado asesinos que vienen detrás de mí? Todo, causa del agotamiento mental, de los estados físicos decaídos y de mirar muchas películas que estoy canalizando no volver a observar.

Un sonido se oyó a la lejos cuando el asesino estuvo a punto de clavarme por enésima vez su puñal en el corazón; estiré la mano y recogí el celular. Hola mi amor, me acabo de levantar. Ella me habló de estar a cinco cuadras de mí, y yo recordé haber acordado en encontrarnos a la mañana siguiente plan del horario establecido; y, a pesar de mi cabeza temblando, mi rojo ojo y mis orejas de insomnio, quise ir a su encuentro sin saber lo que acontecía en los siguientes espacios. Usé la ropa del día anterior de forma irresponsable; pero presurosa, quería bromear con respecto al atuendo para que sepa que lo sé y que aun así lo hice; pero ella se adelantó dándome una risa ubicados en las banquetas de una tienda de jugos. Ella a mi lado, brillando como el sol; preciosa y diurna, con unas ganas increíbles por lograr sus cometidos desde temprano para ganarle al alba y una actitud dulce y la vez comprometida en sus labores y en los hechos por verme como si fuera un ser importante, -y sí, lo soy, y me encanta- y entonces al verla supe que, -o de repente fue natural- que las pesadillas y los sueños crudos serían cuestión del ayer. Ella, de mil maneras, solo brilla. Evoca luces, irradia auras coloridas, y no solo es hermosa, es perfecta. Y yo la amo, y cuando la vi por primera vez cruzando la calzada supe que quería quedarme por siempre a su lado y aunque solo compartimos un néctar, curiosamente, rojo, pudo destruir todos los monstruos de la noche como si los estuviera cogiendo de los cabellos y guardándolos en un bolso negro; o, tal vez, simplemente, los mirara con sus rayos de luz y los aniquilara sin ni siquiera saberlo. He allí, uno de sus poderes. Y pensar que yo soy quien le ofrece paz; pero ella me enamora a diario e ilumina siempre. Pues, de pronto, ya no había miedos, ni mareas de terror y mucho menos patrones por no dormir de domingo a la madrugada, porque únicamente hubo alegrías, calma y serenidad. Y todo lo antes mencionado sin ni siquiera alcanzar a contarle lo que viví. Es su magia. Es su amor. Es ella.

Una mujer capaz de darme luces en todo el principio del momento.

No es anécdota, es verdad.

viernes, 4 de octubre de 2024

En el sauna

Alguien abrió y cerró la puerta para posar frente a mí. El vapor no me permitió saber de quien se trataba; pero acostumbrado a tales muslos y pantorrillas conocí el nombre de la persona erguida. Me mantuve quieto y en silencio esperando que pudiera hablar antes que yo. El humo se disipaba y los rostros de a poco se notaban; aunque mi mirada aún permanecía atorada en las piernas largas y blancas de aquella mujer anclada que alzaba vuelo a las manos para poder atarse los cabellos. Solo enseguida supo comunicarme su presencia: Debemos charlar. La oí imperiosa. Se sentó a mi lado en un movimiento rápido y dobló las piernas para que no pudiera visualizar más porque estaba seguro que en una siguiente acción, cuando el humo desaparezca, iba a intentar reconocerla a fondo con la vista en uno de los que fue, alguna vez, mi atractivo favorito. Con las manos cruzadas reposando en la rodilla, el cabello cayendo en cola hacia a un lado, creo que el izquierdo del hombro, me veía serena, crédula y quizá, desafiante. Yo todavía no contestaba, deseaba verla de pies a cabeza para reconocer al fin el completo de su presencia como si hubiera perdido la memoria de manera voluntaria causa de uno o dos, o de repente ninguno, de sus anteriores pormenores.

—Disculpa, ¿De qué quieres conversar? — Fui firme en mi ornamento.

—De lo que dejamos en pausa— respondió como si tuviera un guion.

—No sé a lo que te refieresme sentí desafiante, quizá, de manera innecesaria. Pues, me sentía incómodo, más allá del paraje de sus piernas, recordar ciertos hechos me resultaban tediosos.

Creo que por ello, prefería ignorar.

—Acerca de nosotros— capituló siempre serena, todavía con el mismo porte como si le hubieran recomendado mantenerlo.

—No existe un nosotros. Expiró— me planté seguro olvidando el camino de sus piernas al recordar el compilado de sus acciones.

—Bernardo— me dijo airosa. ¿Acaso olvidaste nuestras promesas? — Abrió las manos como queriendo sostener algo del cielo, aparte del agua por el vapor.

Ya no sentía al coraje invadirme el pecho, habían pasado cinco semanas de nuestra ruptura y los matices entre trabajo y estudios ignoraron a la pena e incertidumbre por el futuro que alguna vez juramos inventar.

Nada dura para siempre, lo han dicho desde cantantes hasta los poetas más cliché.

—Terminamos, Valentina. No existe vuelta atrás. Lo nuestro se acabó. No podemos remediarlo— le hablé con claridad y serenidad.

Ella, lejos de entender mi posición, pareció enfurecer como algo típico en una mujer que no logra atesorar lo que anhela o presiente que merece.

— ¿Por qué? ¡Tenemos dos años juntos! ¿Acaso piensas arrojar lo nuestro a la basura? ¿Tan fácil te olvidaste de mí? — Salidas de un guion de telenovela barata producida en el Perú fueron sus palabras hacia mí, más una actitud exagerada en la elocuencia de sus ademanes y el gesto de su rostro partido casi al borde del llanto cuestionando en el ambiente caluroso del sauna acerca de una inminente ruptura.

Sonreí. Y no me sentí un ser repudiable. Tampoco un corazón de hierro. Era solo un hombre manifestando honradez en la sencilla forma de su sonrisa.

—Por favor, ¿crees poder repetir lo que acabas de decir? — Fui irónico a apropósito, pues, no creía que, siquiera ella, podría tragarse sus propios ornamentos falsamente románticos. 

—Bernardo, amor…— recuerdo que estiró la mano para que pudiera converger con la mía observándome con el iris húmedo, tal cual laguna, los cabellos mojados, ya sueltos, cayendo por detrás y adelante, tal vez, queriendo lucir sensual, olvidando que, cualquier atractivo físico, se esfuma ante la mediocridad en el alma.

¿Acaso haz dejado de amarme?

La pregunta, en cualquier telenovela del canal 4 aquí en Lima, hubiera recaudado cierta audiencia; sin embargo, en aquel sauna, donde únicamente estábamos los dos por ser primerizas horas de la mañana o quizá, por fortuna, resultó ser tan patética como su teatrera actitud debido a que yo conocía el trasfondo real de los hechos.

No obstante, ella parecía no saberlo. Me di cuenta de aquel detalle en la siguiente cuestión que lanzó.

—Yo no dejo de pensar en ti. Sigo enamorada de ti. ¡Te amo, Bernardo! ¿Por qué no quieres volver conmigo? Dame una razón, por favor— imploró con dos hilos frecuentes en lágrima y las manos unidas a la cara para masajear la mitad.

—Escúchame con atención— recogí su mano para que no la mantuviera estirada y aunque sonrió ligeramente tuvo un gesto de asombro cuando le dije: Yo sé lo que hiciste la semana pasada. Y sé lo que haces en el presente. Pero; no es la principal razón por la cual no vuelvo contigo, sino es porque ya he dejado de amarte por otro montón de razones que pudieron ser esquivas si no hubiera acontecido el primer motivo.

Ilusamente, a pesar de la sorpresa, preguntó, ¿Qué es lo que sabes?

— ¿Tengo que decirlo? — Sentí que insultó mi inteligencia.

Nos miramos fríamente. De pronto, ya no lloraba. Y yo, intentaba resguardar a cualquier acto de coraje.

Asintió.

—Te acostaste con Efraín. Es más, presiento que tienen una relación— no pensé hablar de manera tan simple algo tan nefasto.

No creo que haya empezado durante lo que tuvimos; pero me resulta embarazoso que iniciaras un romance tras una semana de ruptura.

Lo que me hace preguntar, ¿acaso tenían algo detrás de mí? Quizá, no físico, tampoco creo que emocional; pero supongo que, ¿algo, no?

Seamos honestos. Porque si mientes, me iré. O no hablaré más.

Evidentemente, su silencio fue condena.

— ¿La verdad? No me interesaba; yo estoy enfocado en mis cosas. Sin embargo, -de nuevo estiré una sonrisa, en modo burlesca- ya que pones en órbita al tema, siento lastima por Efraín. Me cae bien, es un buen muchacho, ha sufrido bastante los últimos años; pero no deja de ser alguien agradable.

Quien me cae mal eres tú. Porque le estás mintiendo a él, que te abrió su corazón, y luego pretendes mentirme como si yo fuera un tonto que anda desprendido del mundo. -Sonreí y reí- y, es algo que me resulta absurdo, es decir; ¿Qué tienes en la cabeza para querer embaucar a dos tipos a la misma vez?, ¿Es acaso que no puedes estar sola? Te sugeriría un psicólogo; pero –volví a reír-  parece que más necesitas de un abrazo. Me apenas, Valentina. Eres un ser triste que no puede permanecer consigo misma y por eso deambula en busca de otros cuerpos.

Cuando la vi llorar a cántaros sin poner detener el grifo en los ojos creí haber sido duro en mis palabras; pero a la vez tuve la impresión de ser justo y sincero al punto en que alguien debió serlo con ella para que pudiera detener su habilidad absurda por timar a los demás.

De repente, como noches anteriores, tal cual flashback, pasaron por mi mente situaciones similares en las que, simplemente, decidí no creer. Pues, no me convencía la voraz imagen de mi novia queriendo inmiscuirse en otras cuestiones; de hecho, hubo un tiempo en el que quiso el compromiso conmigo –y, durante ese tramo de charla en el sauna, tuve optimistas sensaciones por haberla rechazado en su momento- y unos aleluya por mantenerme firme en la decisión de no retomar la relación.

—No, no es del todo verdad lo que afirmas— se defendió.

No me acosté con él. Solo nos besamos. Pero; ese no es el punto sino que…

— ¿Qué ocurre contigo? Debes reformar tu vida. No puedes vivir buscando tu sitio en otros cuerpos. Tómalo como gustes— apliqué ya harto de la conversación.

—Puedo dejarlo si me lo pides. Cortar de raíz. Volver contigo es lo que necesito. ¿Entiendes? — Habló con una mano en el pecho como si estuviera ofreciendo una verdad del corazón.

Te lo juro, añadió. Lo dejo enseguida. Le escribo y le termino. Es más, le digo que no quiero saber nunca de él. Pídemelo y lo hago porque quiero regresar contigo, amplió el argumento de forma segura; aunque errática.

—Valentina, ¿Qué pretendes?, ¿Crees que voy a arrinconarme a ti después de que tuviste como prueba a un conejillo de indias?, ¿son acaso las relaciones de pareja un juego? Es patética la forma como actúas. Deberías de madurar, saber lo que quieres y para dónde vas. Pobre de Efraín, no de mí, porque yo, por suerte, me di cuenta pronto— compartí junto a un suspiro exagerado.

Ella me miraba con un rostro molesto, lo supuse por el ceño fruncido.

¿Imaginas que hubiera pasado si existiera un compromiso? ¡Dios me libre! Actué en oración ante su enfado.

Antes que pudiera decir algo, me anticipé: ¿Por qué no, simplemente, hablaste antes? Oye, Bernardo, voy a empezar una relación con Efraín. Te lo comento por respeto.

— ¿Qué te voy a decir?, ¿Acaso voy a enloquecer? Si ya hemos terminado. Imagino que a lo mucho diría una sugerencia, tal como, ¿Por qué cambias de pareja como de ropa interior? Y listo. El resto sería un asunto netamente tuyo— manifesté tranquilamente.

—Escúchame— dijo tras frotarse la cara.

—No hay nada que pueda remediar mi decisión— fui sincero.

—Me equivoqué. Me sentí sola. Creí que el mundo me comía. Pensé que no volvería a tener novio. ¿Quién se enamoraría de mí? Me sentí abrumada, estúpida y alocada. Creo que por eso elegí a Efraín— se mostró humana.

— ¿Escoges a tipos para reemplazar tu soledad? — Cuestioné.

—No, solo que… no lo sé. Me descontrolé. Llámalo despecho, que sé yo; pero soy una estúpida— habló proyectando una idea distinta a la que empezó.

Ni siquiera me gusta Efraín.

Es buen muchacho; pero no mi tipo.

Pienso que si lo conozco bien, difícilmente llegaría a gustarme. Él fue solo un puente.

— ¿Un puente? — Dudé confuso.

— ¿Qué quieres que te diga? Ya dije que fui una tonta. Pero; lo estoy remediando, ¿no?, ¿No es acaso lo que querías? — Abrió las manos enfática, su rostro parecía estar entre enojado y dolido.

—No me interesan tus acciones desde que terminamos, yo solo te di una sugerencia. Lo que me importa es tu actitud burlesca hacia mí, porque pretendes volver después de haber intentado algo con Efraín. Aquello es ridículo, y pareces no darte cuenta— sonreí al terminar.

—Te acabo de decir que no quiero estar más con él, sino contigo— direccionó su argumento.

—Y yo te estoy diciendo que no quiero volver contigo. Así de simple. Es más, siento lastima por él. Deberías prolongar la oportunidad. De hecho, si tanto te sientes sola, quédate con ese sujeto. Yo no me opongo— me sentí totalmente libre de hablar.

— ¿Por qué?, ¿Acaso tienes a alguien contigo y por eso no te interesa oponerte? — jamás oí algo tan descarado.

—No, y no tengo que darte más explicaciones— afirmé.

—Esta será nuestra última charla— dramatizó.

—Entonces, adiós— le estreché la mano; pero ella no la cogió, se apalancó y me besó.

—Eres un desgraciado. Si no querías nada con ella, ¿Por qué la obligas a besarte? — Un hombre en el umbral de la puerta habló como un demonio.

Maldije.

—Efraín, estás demente si te enamoras de esta mujer— le dije alejándola.

Ella se victimizaba. El hombre quería atacarme. Yo lo contuve con las manos abiertas y la frase: Los dejo a ustedes hablar. Entre locos se entienden. Me largo de este sauna y no pienso volver.

 

Al cabo de unos días, ambos colocaron en una relación en sus redes sociales; y, sin embargo, a veces ella todavía me escribe.

 

 

Fin

 

 

lunes, 23 de septiembre de 2024

Fui por un café

¿Qué es más placentero que un café cargado a puertas de la noche?

Preparé de manera artesanal el elíxir para los días pesados y atareados, necesario para abrir los ojos y alumbrar a la mente. Regenerador de ánimos y placer solo concebido para quienes tienen dicho gusto.

Dicta la frase de un autor peruano que, existe un lugar en el infierno para quienes no saben apreciar un buen café.

Alrededor de las seis, con las galletas recién horneadas para acompañar al brebaje de dioses, recibí una inesperada llamada de un número no registrado, que, más por curiosidad que voluntad, resolví contestar.

Una voz femenina me habló cándida y segura: Hola, ¿podemos vernos en media hora? Estaré en la estación Angamos.

¿Cuántas veces a la semana te llama una mujer con una propuesta similar?

Detrás de la estación que mencionó habitan hoteles mediamente caros y por ende decentes en los que el cuerpo se funde y arroja toda la maldad como el veneno luego que la diversidad de sensaciones impuestas en el tratado amatorio haya infectado a dos entes en pasión y lujuria.

No soy un asiduo conocer de tales habitaciones; aunque confieso haber asistido a alguna que otra en mis tiempos universitarios.

Enseguida, cuando aquella mujer puso su nombre en escena recordé cuatro ocasiones específicas –aunque imagino que debieron ser más- en las que nos comimos a besos dentro de hoteles ubicados en los confines cercanos a las estaciones de tren de manera poco romántica y nada ortodoxa por los gustos particulares de tal persona (hablo de los dos para no ser injustos) causa, favorable de contar, que, su real casa se ubica muy alejada a la mía y en consecuencia el tren es una especie de puente para las pieles.

Como detalle, que no tuviera grabado su celular, presiento que es parte de su personalidad, ella suele cambiar de número como de calzón, poco me importa, a veces no registro a la gente, contesto todo tipo de llamada y mensaje, siempre pensando y a veces por robotizado, que algo atrapante me pueden informar.

No obstante, andaba a puertas de un proceso creativo, llevo semanas sin escribir un cuento, el café se veía negro y reluciente, las galletas horneadas con cannabis como ingrediente me harían volar en imaginación y la noche entrante me llenaría de magia; pero la voz de una mujer seduciéndome en una descripción precisa y con afanes por inventar un futuro me hipnotizaba logrando que poco a poco cayera en su red de palabreo sensual.

Acordamos, casi inevitablemente, en vernos dentro del tiempo estimado, las causas fueron razonables: Su cuerpo y mis ansias por su cuerpo.

Y el café, las galletas y la literatura debían de esperar a que volviera anhelando su sorbo y bocado tras una importante jornada sexual que omitía el protocolo literario.

Asumí el rol de amante como tantas otras veces invirtiendo el tiempo en la conducción de la anatomía rumbo a la estación más próxima para abordar el vagón y aparecer en dicha estación, todo tan rápido como nunca lo imaginé, e incluso, llegando a pensar que, aquel café y tales galletas todavía podían seguir calientas para cuando volviera.

Denis, la voy a llamar, me esperaba descollante a la salida de la estación, hermosa, obvio; deseosa, también; pero amistosa y alegre como si aquella salida únicamente sexual fuera el trasfondo para mostrarse amigable y simpática cuando en realidad es una leona voraz e insaciable. La conozco, no desde hace mucho, sino más bien poco, y puedo decir que, durante las jornadas amatorias que tuvimos pudimos desarrollar cierta conexión, y en consecuencia, se inventan estos espacios de placer, en donde algunas veces, tristemente, debo dejar el café por la vagina.

¿Qué hombre no lo haría? ¡Qué levante la mano quien inclusive ha perdido a su familia por un coño! Yo, mi café. Y mis galletas.

La literatura puede esperar, las letras y las musas también. Pero; Denis, nunca. Esa mujer es una bomba nuclear en la cama. Me vio, cogió de la mano tal cual novia y nos adelantamos, primero al centro comercial de la avenida, para distraer la mente de los confines diarios, de lo absurdo y de lo simple, ella hablándome acerca de su rutina, de su trabajo de aeromoza; aunque nunca de los viajes ni de las ciudades, era como si se divertía más siendo ella que yendo, y me acordé de Séneca hablando sobre adonde quiera que vayas siempre debes de llevar tu alma, y queriendo ser pulcro, solté la frase, y ella estiró una sonrisa, y después otra, entonces, me dio un halago: Nunca es solo tu físico. Me encanta tu cerebro.

Y yo que solo quería ser elegante. Y de repente, me acordé de la última vez que fui al centro comercial, caminaba en busca de nada, o tal vez, de algo que me gustara, no tenía mucho sentido mi andar en entonces, quería distraerme y en el presente camino junto a Denis; aunque ambos sabemos que no iremos a ningún café, tampoco a hacer las compras del hogar y mucho menos esperaremos aburridos mientras uno de los dos realiza las compras. Solo cruzábamos el sitio con distinción para salir del otro sector y hallar la oscuridad y los caminos de Las Torres, allí donde ocultos por la luna entraríamos a un hotel, cualquiera, realmente, no había favoritos y nunca recordaba nombres. Ella iba adelante y yo por detrás. A veces yo dejaba el documento y otras veces ella. La cuestión es que nos besamos al ingresar, desnudamos las prendas e hicimos el amor –no, el amor no- tuvimos sexo. Sexo duro. No suave. Nadie quiere suave cuando te acuestas con la amante. Es duro y veloz. Frenético y locuaz. Atrevido y punzante.

Es clavar y clavar como si fueras un taladro y ella estar arriba y moverse alocadamente como si no existiera el mañana. Todo durante un tiempo determinado debido a los matices aparte de lo que somos, los cuales, a nadie le importa; pero ambos sabemos que existen y no nos podemos separar de ellos.

Acabamos en un oral. Primero fue ella y luego yo. Se disfruta más con la sesenta y nueve. No quiero dar detalles, ¿has tenido o no sexo? Sabes a lo que me refiero. Sabes a lo que refiero en todo el relato. Cogimos, nos reímos y nos bañamos. Después salimos del hotel, nos acompañamos hacia el paradero, ella subió a un taxi de aplicativo y le di un beso como si fuera su novio. ¿Olvidé mencionar que tiene unos lindos ojos verdes? Me cuesta creer que fuera tan promiscua. O no lo es y estoy juzgando. Nunca le he preguntado si tiene familia, pareja o alguien a quien darle explicaciones de sus repentinas ausencias. Jamás quise saber más allá de lo que hacemos, o más a fondo de lo que nos contamos. Es mejor así, no lo pienso, solo lo desarrollo.

Lo curioso de esta historia viene al final.

Volví a la estación y por mala suerte, hubo cola. Una horrenda y larga como serpiente cola. Gente vendiendo pasajes, otros dulces y algunos canchita. Felizmente, nada se puede comer adentro, eso me alegra. No me imagino los olores si fuera al revés. Recuerdo que antes, hace unos años atrás, solía ir muchas veces en tren a la casa de mi novia, una anterior, de hace varios años, y por eso, conozco las rutas y los esquemas del tren. Sin embargo, suele pasar desapercibido, es la rutina, ¿entiendes? Tantas veces haces algo que resulta menos especial. Y de pronto, vuelves al tren y te sientes como niño en un parque de diversiones. Pero; yo estaba cansado.

El sexo agota. Me hubiera gustado dormir con Denis, abrazarla, ver sus tatuajes en los muslos, preguntarle sobre ellos, darle caricias, meter mi dedo a su vagina, besarla y coger toda la noche; pero no puedo. Vivo solo y debo cuidar la casa. Además, ella, parece no ser alguien que quiera quedarse. O, no lo sé. Nunca le pregunté.

Qué diferente se siente el cuerpo después del sexo, ¿no? Aliviado. Tranquilo. Inspirado. Con ganas de estar en las nubes. Es mejor que la marihuana, de hecho. Que todas las drogas juntas, me atrevo a decir.

De buen humor, desciendo del tren y camino a casita pensando en comer algo, causa del apetito que también produce el sexo, y me doy cuenta que debí ofrecerle una cena a Denis. No romántica, tampoco en mi casa, mucho menos en la suya, solo ir a una hamburguesería y comer como dos amigos.

Al llegar a casa, ya había dejado de acordarme de Denis, me distrajeron una tonelada de mensajes de WhatsApp que tuve que responder mientras caminaba sintiendo la fortuna de vivir en un barrio donde la delincuencia no suele transcurrir; atrás quedaron las ganas de echarme a dormir porque debía de trabajar y deseaba cambiarme de ropa por el aroma a fuego que yacía en mi ropa interior.

Pero… recordé el café y las galletas acomodadas en la sala a la espera de mí. Así que me emocioné y aceleré el paso para poder llegar y atenderlas.

Aquí quiero reiterar que vivo solo, la casa tiene llave y generalmente los vecinos duermen temprano; por eso, me sorprendió que mi taza con café estuviera por la mitad y mis galletas con mordida.

Y yo que no tengo perros.

Y aquel poeta que tuvo razón. Hoy vinieron por mí.

 

 

Fin

 

 

 

 

jueves, 1 de agosto de 2024

Se te olvidó

Se te olvidó tatuarte los poemas.

Las palabras que salieron del corazón,

se esfumaron cuando el coraje habló.

Olvidaste pintarte en el pecho las promesas.

Los abrazos que entregaste fueron efímeros

como brisa de un verano que se esfuma.

Se te olvidó que yo te amaba.

Y dinamitaste nuestro amor.

Construiste un muro entre tú y yo.

Y abandonaste la ilusión.

Se te olvidó que éramos tú y yo.

Romeo y Julieta de una eterna historia de amor.

Tristán e Isolda de una brillante obra de amor.

Las canciones que dedicaste las copiaste y pegaste

en conversaciones con distinto nombre y apellido.

Los versos de un Neruda enamorado volvieron a caer en tus estados

sin que nuestra imagen estuviera pegada.

Y me ausentaste de tu vida tan fácil como quien sopla

la vela de un amor que alguna vez encendió

como si se tratara de un fulgor

de elocuente pasión.

Se te olvidó pensar en mí.

Actuaste corajuda cuando solo faltaba paciencia.

Desataste la ira de tu huracán cuando solo debías de escuchar.

Hundiste en pena nuestro amor cuando solo me tenías que abrazar.

Cuando solo me tenías de besar.

Se te olvidó que yo te amaba.

Y dinamitaste nuestro amor.

Construiste un muro entre tú y yo.

Y abandonaste la ilusión.

Olvidaste que nacimos para ser tú y yo.

E ignoraste al destino que un poema nos escribió.

Y huiste de quien te amó

para comprobar que solo fue tu perdición.

Se te olvidó que yo te amaba.

Y dinamitaste nuestro amor.

Construiste un muro entre tú y yo.

Y abandonaste la ilusión.

Se te olvidó que soñamos con el mañana.

Se te olvidó que unidos éramos el espacio.

Se te olvidó que de la mano alcanzábamos el horizonte.

Y que juntos éramos el espacio.

El mar y su encanto.

El sol y su fuego.

El viento y sus versos.

Se te olvidó que yo te amaba.

Y dinamitaste nuestro amor.

Construiste un muro entre tú y yo.

Y abandonaste la ilusión.

Se te olvidó quien eras tú…