- Mi hijo tiene más
fiestas que yo, y en otra contraparte resulta ser más social que su padre. Presiento
que lo heredó de su abuela, la idea se reproduce cuando lo observo jugar y
colaborar con otros niños de distinta edad, en donde se acopla a la dinámica con
facilidad y se entretiene al tiempo que una señora de blusa verde y anteojos me
platica en una duda común, ¿Cuántos años tiene el pequeño? Tres, respondo veloz
siempre con la mirada en, efectivamente, el pequeño, porque no sabes cuándo
puede estar en otro sitio. Ella asiente y comenta, no es su primera vez,
¿verdad? Yo sonrío sin querer contar que hemos llegado de otra fiesta, una en
donde no quiso quedarse más tiempo, a diferencia del sitio presente, en donde
juega alocadamente. Va a más fiestas que yo, respondí con cierto humor. Esta mujer,
con otra mujer al lado, de repente su familiar o amiga, sonríe y añade, a pesar
que di por finalizada la charla, son otros tiempos, ¿no? Ya no podemos ni
siquiera salir a juerguear. Esa palabra, pienso, ¿hace cuánto tiempo que no la
escucho?
Cuando estaba en
la universidad, una de mis maestras favoritas era una anciana de unos ochenta
años, quien, no sé porque enseñaba en lugar de estar reposando; pero recuerdo
que una vez en el estacionamiento, aparcamos de forma curiosa en lados
paralelos, y fue allí cuando le consulté por un cuento que escribí y que ante
el grupo de treinta había tildado como raro. Es decir; me dijo: ‘Es un cuento
raro’.
Fue extraño que
esta mujer de verde, porque nunca quise saber su nombre, me hablara tan
fluidamente cuando yo quería solamente enfocarme en apoyar a mi hijo con su dinámica
debido a que los niños grandes, a veces en su frenesí, se alocaban con los
objetos de una piscina llena de los mismos más bolitas tipo canicas que usaban
para afianzar el lúdico. Yo no entendí el tipo de juego; pero mi hijo quería
rellenar un barril de juguete con tales bolitas de un material particularmente suave,
así que lo apoyaba con algunas y sentía como esta señora de unos cuarenta y
tantos, casi cincuenta, me miraba la nuca, -espero que no evidenciando una
pelada- porque en ocasiones he mencionado que el día que me vuelva calvo, estaré
muerto. Y, a pesar de verme jugar con el niño, agrupaba comentarios sutiles,
tales como: ¿Son amigos de Isabel?, ¿De dónde?, ¿Del trabajo? Y yo siendo un
hombre educado y políticamente correcto le respondía: No, de la universidad;
aunque estudiamos carreras distintas. Y, dime, ¿eres single dad? Procuró saber.
¿Qué es un cuento
raro? Es un relato que no tiene sentido, fue lo que me dijo la profesora. Pero;
no significa que no fuera entretenido. Y es lo importante del relato, mantener
al lector enganchado y derribarlo al piso de un golpazo. Hubo una sonrisa de su
parte, también otra mía, y se adentró en el auto.
Había ido a Chile en
soledad a conocer Santiago y sus paralelos; allí me encontré con una amiga de
nombre Carolina, habíamos terminado la escuela juntos y separados en el
siguiente verano. Jamás fuimos afines, ella iba por un lado y yo por otro; pero
hablábamos bastante, sobre todo de asuntos paranormales, de esos que ahora
abundan en internet; pero que en entonces valían más por el rumor de las
lenguas. Cuando yo estuve por allá no dudé en levantar el teléfono y darle una
llamada. Acordamos en encontrarnos en la plaza principal y cuando la vi sentí
que los años habían acrecentado en su anatomía, mas unos brackets modificado su
sonrisa, por suerte, no esos de ahora que son como gomas de mascar, y lucía un
corte de cabello que, aunque anulada cierto encanto, podría entenderlo como rebeldía.
Mis intenciones nunca fueron establecer contactos emocionales, éramos amigos y
las amistades se valoran; aunque siempre acaban rompiéndose. Una vez oí a un
poeta decir: El romance destruye el puente de lo íntimo cuando dos amigos se
besan. Ella, en cuestión, me dijo para ir a su casa, vivía con sus padres,
obviamente, y yo que pensé en ahorrar en hospedaje resolví asistir con la condición
de que sus padres supieran de mi presencia, y ella aseguró que no habría problema;
sin embargo, fue una noche terrible, tan espantosa que quiero olvidarla. No pude
dormir. Sonaba todo en ese lugar, desde ollas y platos hasta las malditas
cortinas moviéndose y no por causa del viento. Y yo que no soy religioso, oraba
y oraba para que amaneciera. Al día siguiente me fui con una duda en la boca:
Caro, ¿Pinochet asesinó inocentes en este terreno? Jamás respondió.
Le perdí el rastro
de nuevo, yo soy así, ando perdiéndole el rastro al mundo entero, y lo mismo
con la maestra, al terminar la universidad, partí en un viaje de expedición hacia
la Argentina, luego vino la bendita pandemia y no volví a saber de nadie, ni
siquiera de esos demonios de la universidad; por suerte, por uno siempre debe
estar alejado de esa gente rara, lo digo en el sentido porque lo único que
quieren es abolir el país. Y, entonces, la mujer de verde, preguntándome si soy
padre soltero, y yo que andaba compartiendo el juego, pensé, ¿Qué puedo
responder para aniquilar de una vez esta conversación? Así que se me ocurrió: No
lo sé, son cosas que pasan. Ella me dio una mirada de pies hacia la cabeza, así
–literal- y dijo algo salido de una película surrealista: No te creo.
Cuando yo era niño
tenía un amigo, de esos que son alocados porque viven en una fantasía; cada vez
que me lo encontraba relataba una versión distinta de hechos, o sea, me llenaba
de historias que jamás han ocurrido. Era un completo mentiroso; pero de esos
que causan gracia y vale la pena oírlos porque divierten, yo los prefiero antes
de las redes sociales, donde también mienten; la diferencia está en que él sabe
que miente y lo hace para divertirme, y los otros se creen sus mentiras. Entonces,
este amigo de nombre Genaro, era tan gracioso y exagerado con sus historias que
una vez me dijo que mediante la vista de una película antigua llamada: ‘Cien
gritos tiene la noche’ una movie censurada en varios países, a excepción de
este, porque el Perú es un caos andante donde todos hacen lo que quieren, un
niño juega a la guija con sus amigos, son poseídos, van a sus casas y asesinan
a todos. Genaro quería recrear la escena porque estaba seguro que no era
cierta, y yo que siempre he sido un bendito curioso accedí; así que jugamos la
guija sin usar el verdadero material, pues este amigo, en su demencia, se inventó
una forma usando lapiceros y unas hojas de cuaderno con ciertos símbolos, todos
inventados y yo que andaba de curioso y acababa de leer algo sobre los celtas sabía
que ciertos símbolos eran interesantes y llamativos, así que los transcribí; lo
curioso fue que al llegar la profesora se vio sorprendida de las muestras en la
hoja sin saber que era. Yo que sabía de lo que se trataba y para defender a
Genaro de ser acusado como loco por jugar cosas satánicas, le dije: Profe, le
enseñaba sobre los celtas. Sin embargo, y es penoso; pero esta maestra no tenía
idea de los celtas. Es raro; pero estamos en el Perú.
Cuando salimos de
la fiesta, para entonces, mi vieja me había abandonado por su extremo deseo de
no poder estar en un solo lugar, el nene entre mis poderosos brazos y a la vez
cargando sus dulces y sus sorpresas tuve la fortuna de ser guiado por Isabel,
quien me condujo hacia la salida y su pareja ayudó a abrir la puerta del taxi. Les
mostré el pulgar elevado en una despedida entre sonrisas y empecé a enviarles
las fotos al grupo de la familia después de ver como algunos planes se iban
diluyendo y sintiendo a la vez el cansancio de un día feroz.
En el diario de
1990 salió un titular: Niño asesinó a sus padres, será enviado a un hospital psiquiátrico.
Curiosamente, Carolina nunca me dejó ver a sus padres, y la mujer de verde me
quiso seguir en el Instagram.
No sé qué da más
miedo.
Fin