Mi nuevo libro

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domingo, 6 de marzo de 2016

Frase 64

- Si consigues un amor real y honesto cualquier otra necesidad resulta inverosímil. No lo pierdas y mantén enamorado(a) a esa persona.



sábado, 5 de marzo de 2016

Vero (La chica del chat)

- Me había tirado la pera del colegio para ingresar a una cabina de internet y distraerme chateando hasta la hora de salida.
Tenía mi primer celular, uno enorme, tan grande como una cuarta formada por mis dedos; pero me sentía orgulloso de tenerlo.
Hablaba con Vero en el canal Perú 1 que siempre andaba repleto y restringido; pero por las mañanas lograba ingresar y salir cuantas veces desee.
Le dije que estaba por la Avenida Caminos del inca y ella respondió que se encontraba por la Avenida Arequipa, alrededor de treinta a cuarenta minutos de diferencia.
Le dije para vernos, estaba aburrido y solo chateaba con ella.
Aceptó diciendo que nos podríamos encontrar en la Avenida Javier Prado, a un lado del Museo Nacional, exactamente en una hora.
Yo estaba con el buzo del colegio como mayormente iba a clases; pero llevaba conmigo una bermuda playera debajo del pantalón y un polo azul Quiksilver debajo de la casaca. Podría quitarme el buzo escolar y parecer un tipo cualquiera.
Me dijo que tenía veinte años y que regresaba del instituto, adonde había ido a matricularse.
Salí de la cabina de internet sin terminar la hora, el tipo que atendía se encontraba durmiendo. Eran las 9.30am, era el único en sus cabinas.
Abordé un micro que me llevase por toda la avenida Aviación hasta llegar a la avenida Javier Prado en donde caminaría un par de cuadras hasta llegar al lugar indicado.
Actualmente hubiera tomado otro bus y llegado en cuestión de minutos; pero en ese entonces desconocía el mundo de los micros y buses.
Llegué en una hora y diez minutos, según el reloj de mi enorme celular que no cabía en mi bolsillo y por eso se encontraba en mi mochila.
(Ahora que lo recuerdo, ¿Cómo no sentía vergüenza al andar con tremendo ladrillo?).
Verónica llegó quince minutos más tarde. Yo estaba sentado sobre un muro que hacía de banca a un lado del Museo de la nación mientras que alguien se acercaba sigilosamente. No me di cuenta de su presencia hasta que la escuché decir: ¿Bryan?
A primera impresión me pareció muy simpática. Llevaba el cabello castaño no tan largo, era pequeña y tenía labios realmente tentadores, no lo pensé en ese momento; pero más tarde, mientras charlábamos me di cuenta de una particularidad: Sus labios eran realmente grandes y carnosos.
Resulta que no sabíamos adonde ir, no se puede hacer mucho en los alrededores de dicho lugar, por ello resolvimos ingresar al museo a curiosear.
Realmente no creí que fuese tan divertido. No, no estoy diciendo que el paseo por el museo lo haya sido, lo fue lo sucedido adentro.
Empezamos a besarnos en el pasadizo. Fue raro, no teníamos ni treinta minutos platicando y repentinamente, tras una fuerte atracción, convergieron nuestros labios.
Debo afirmar que esos labios carnosos y grandes me deleitaron. No podía haberme besado mejor, me encantaba. Llegué a pensar, porque tengo la mala costumbre de pensar mucho, que tal vez Vero solo quería besarme. Afirmo aquello porque no dejábamos de besarnos. Me gustaba, obvio y a la vez me parecía singular por ser tan pronto; pero dejaba de pensar en ello y disfrutaba del beso. Cerraba los ojos para no pensar y enfocarme en sus labios.
Lo siguiente que sucedió fue que salimos del museo y caminamos por la avenida, sorpresivamente, cogidos de la mano, tal cual enamorados. Me agradaba ese hecho de tener las manos unidas y besarnos prácticamente en cada esquina. Me resultaba bonito.
Poco antes de despedirnos, exactamente sentados en la banca del paradero esperando el próximo bus le propuse de una manera muy romántica el hecho de formalizar. Nos habíamos besado, expresado atracción mutua; pero no sabía que podría suceder después. Tal vez abordaría el siguiente bus y no la volvería a ver.
¿Quieres ser mi enamorada? Le pregunté en el paradero sujetando sus manos y viéndola fijamente. De repente no fue el lugar; pero sí el hecho. Yo quería seguir saliendo con ella, compartir algún que otro momento agradable, etcétera.
Claro, me encantaría, respondió haciéndome muy feliz. Casi al instante volvimos a besarnos y también enseguida pasó el bus que la llevaría a su casa de Salamanca.
Volvimos a vernos una semana después en el mismo lugar.
Me pareció que Verónica había tenido un mal día, su actitud lo reflejaba. Se encontraba desganada y sin ánimos de platicar, solo respondía con monosílabos y de vez en cuando hacia ademanes.
Yo andaba sonriente e intentando entablar una conversación duradera; pero ella resultaba cada vez más apática.
No tenía el argumento para convencerla de contarme que le andaba sucediendo; pero me molestaba su actitud y no podía seguir aparentando que no.
Le dije, ¿Qué sucede? Me miró sorprendida por el tono serio de mi voz, no vio mi sonrisa y respondió: Nada.
Después de esa respuesta nos sentamos sobre una banca en silencio y cada uno mirando hacia un lado.
Nos encontrábamos a kilómetros de distancia de aquel estupendo momento que pasamos la semana anterior. Me sentí decepcionado; pero quería intentar solucionar el hecho. Siempre he sido optimista y siempre he creído que una charla puede arreglarlo todo.
No obstante, cuando iba a preguntarle nuevamente sobre su estado, cuando estaba a punto de decirle que podía confiar en mí y de repente acercarme a darle un abrazo o alguna caricia, vi en su muñeca una esclava -que había visto antes- pero nunca del otro lado. En el accesorio se encontraba escrito el nombre de un sujeto.
Me sorprendí bastante. Detuve mis intenciones y reflexioné un poco.
¿Quién podrá ser? La idea de un posible amorío, lejos del que supuestamente lleva conmigo, me hacía sentir estúpido; pero curiosamente, resultaba interesante, es decir; tenia dieciséis años, salía con una chica bonita que conocí en Internet y dicha mujer me engañaba con alguien más. Cuando la palabra engañar apareció en la mente se me fue la idea de interesante.
Le dije, ¿De quién es el nombre en tu esclava? Di en el blanco, todo se resolvería en la siguiente conversación.
Vi que meditó un instante; pero imaginé que me diría una posible mentira. Creí que adivinó que lo sabía y por eso resolvió decirme la verdad.
Es mi ex – novio, dijo, de repente para que oficialmente no me haya sentido engañado (Aunque, seguramente haya estado con él cuando me besó). Enseguida, acotó: Esa es la razón por la que estoy así. Hemos terminado hace poco y me siento confundida.
Solté una maldición para mis adentros y no supe qué decir; de repente ahora si hubiera sabido que decir y como actuar, en ese entonces solo atiné a sentirme desilusionado.
Me levanté de la banca y le dije: Creo que deberías arreglar esa situación antes de involucrarte en una nueva relación.
Me sentí bien conmigo mismo luego de repetir esa frase. Fue un momento de inspiración absoluta.
No dijo nada y dejó que me fuera.
Cuadras más adelante nos encontramos. Me dijo para ser amigos y yo muy sonriente le dije: Esta bien. Aunque, obviamente, nunca más volvimos a vernos.
Fuera de haberme sentido desilusionado por lo que imaginaba para con ella, me sentí grandioso por mi efímera actitud madura.
De las situaciones se aprende y esa fue una de ellas.

Fin

La mujer de voz bonita

—Hola, ¿Cómo estás? —, —Hola, ¿Quién habla? —, —Soy María, del chat —, —Ah, ya recuerdo, ¿Qué tal? —, —Bien, me dijiste que te llamara por la tarde —, —Sí, ya recuerdo. Lo siento —,
—Descuida, ¿Cuándo nos vemos? Eso fue lo que íbamos a coordinar —.
Tenía una bonita voz. Era dulce y a la vez sobria como si su trabajo fuese de locutora.
Me gustaba su voz y podía imaginarla mientras la escuchaba.
La había conocido en la misma página de siempre y le di mi número telefónico para acordar un futuro encuentro.
—Pues, no lo sé, ¿Cuándo estas libre? —, —Todos los días, estoy de vacaciones —, —Estamos en la misma situación—, — ¡Genial! Entonces, ¿puede ser cualquier día, verdad? —, —Claro que sí, yo encantado —, — ¿Qué te parece el viernes? —, —Bueno, cualquier día excepto los viernes porque juego pelota —, —Entonces, ¿El sábado? —, — ¡Sí, el sábado! Pero, ¿Dónde nos encontramos? —.
—Tú di el lugar y yo me ubico —. Ante esa afirmación le dije: ¿Te parece en la entrada del cine Benavides?
— ¿Cine Benavides? ¿En qué cuadra esta? —, —A unas cuadras antes de llegar a la Av. Caminos del inca —, —Sí, ya me ubico. En ese lugar entonces. ¿A qué hora? —, —A las… no lo sé. ¿A qué hora puede ser? —.
—Puede ser a las seis o siete —, —A las siete me parece bien —.
Definitivamente su voz me fascinaba. Quise preguntarle si trabajaba de locutora de radio o de algo similar; pero guardé la pregunta para la cita.
—Ya quedamos, eh. No me vayas a dejar plantado —, —No te preocupes, yo nunca haría eso —.
Un par de días después nos encontramos en el cine Benavides.
Recuerdo que fui vestido con una bermuda y un suéter rojo con negro. Llegué, encendí un cigarrillo y la esperé.
Tenía una leve descripción física rondando por la cabeza; pero, de seguro que el bolso lila y la blusa blanca ayudarían a reconocerla. Fue lo que me dijo en un mensaje de texto horas antes del encuentro.
Al rato vi acercarse a una muchacha con dicha descripción. Además, llevaba zapatos de tacón y el cabello suelto.
—Hola, ¿Eres María? —, —Tú debes ser Bryan — dijimos a la vez y nos dimos un abrazo en señal de saludo.
— ¿Cómo estás? — Pregunté, al tiempo que caminábamos sin dirección aparente. —Todo bien, gracias. ¿Y tú, que te cuentas? —.
—Muy bien, gracias. ¿Adónde vamos? —, —No lo sé, creí que sabías adónde íbamos — nos reímos luego de ese comentario.
—Caminemos entonces — propuse, asintió con la cabeza y seguimos andando.
Llegamos a un parque repleto de bancas y nos sentamos en una de ellas instintivamente.
—Estoy agotada. Hemos caminado demasiado —. Yo no estaba cansado porque me encanta caminar.
—Yo estoy bien, si por mí fuera seguiría caminando — dije y sonreí.
—Entonces tendrías que hacerlo solo — sugirió y solté una carcajada.
— ¿A qué te dedicas, Bryan? —Preguntó seriamente, — ¿Qué te puedo decir? — Dije con cierto humor. —Digamos que tengo vacaciones sin fecha de culminación — añadí con igual sentido del humor.
— ¡Estas de vago! — dijo y sonrió. —No lo veo tanto de ese modo. Digamos que me estoy dedicando a vivir —. Sonreí después de aclarar.
—Bueno, yo estudio computación — comentó y enseguida añadió: Luego pienso postular a alguna universidad a estudiar Ingeniería industrial. El nombre me pareció terrible; pero dije: Me parece muy bien. Por un momento creí que trabajabas en un Call Center o un programa de radio.
Ella empezó a reír.
—Es que tienes una voz muy simpática— volvió a sonreír y agradeció el cumplido.
— ¿Y tú qué piensas estudiar? —, —No lo sé. No me he decidido aún —.
—Bueno, si te decides por alguna carrera, seguro que te irá muy bien — respondió con la misma condescendencia, lo cual me dio cierta gracia.
— ¿De qué te ríes? —, —En realidad, de todo. Me gusta reír, siempre es bueno reírse — le dije y de nuevo sonreí. Me miró extrañada y sonrió.
—Ahora eres tú quien sonríe—, —Es que me da risa que te rías de la nada —, —Reír es parte de mí —, —Ya entiendo, chico risueño —.
—Cuéntame algo y de ser gracioso mucho mejor — propuse. —No lo sé, no tengo cara de payasa — aseveró con gracia.
—Quiero caminar— Me sorprendió que lo dijera.
—Vamos pues—. Nos reincorporamos y empezamos a caminar lentamente, nuevamente, sin rumbo alguno.
— ¿Sabes que me pareces un chico interesante? — Dijo de pronto.
Sonreí y pregunté: ¿Por qué lo dices? —No lo sé. Noto frescura en tus palabras, en tu actitud por querer, simplemente, vivir.
Eso me resulta interesante porque soy distinta a ti. Yo tengo planes y tú por lo que noto solo quieres vivir—.
Su argumento fue interesante y curioso. Nunca me habían descrito de ese modo, me gustaba. Y ella también me atraía; tal vez, al ser un tanto diferente a mí.
—Doblemos a la derecha— dije despacio y empezamos a andar por un callejón que une la calle con un parque. Nos detuvimos a mitad del camino. No supo que decirme cuando me acerqué y la apoyé lentamente contra la pared. No pronunció palabra alguna cuando la besé.
Nunca antes lo había hecho. Me sentí con ganas de besarla y como nos encontrábamos solos y en un lugar desolado quise actuar de la manera como lo hice. Admito que me sorprendió mi actitud.
Decidí besarla nuevamente, ella siguió el beso y nos volvimos apasionados enseguida. Me sentía diferente a como era, es decir; nunca antes me había encontrado en un lugar similar teniendo contra la pared a una mujer y besándonos apasionadamente.
Pensaba que en cualquier momento alguien podía sorprendernos o tal vez, un vecino curioso andar vigilándonos y confieso que eso me agradaba; aunque por ratos incomodaba. Era extraño, todo lo era.
Ella no pensaba lo mismo, lo supe cuando de repente, después del beso, me dijo: Tócame los senos.
¡Sí, dijo eso! Hubiera sido el deseo más grande de cualquier adolescente libidinoso; pero no el mío. De hecho, no supe que hacer en ese momento; pero cogió mis manos y las colocó exactamente sobre sus pechos. Me excité, obviamente; pero ella se excitaba todavía más. Parecía como si estuviese en un estado de posesión demoniaca. Sus ojos fuera de órbita y sus gemidos me resultaban no tan candentes como actualmente me podría resultar (quizá porque empecé a pensarlo, no a disfrutarlo) pero si muy particulares y grotescos. No creí que alguien se pudiera calentar tanto con un masaje en los senos.
Pero ahí estaba yo, a mi edad y junto a una mujer sumamente lujuriosa que posiblemente quien sabe que iba a querer luego.
Terminado el acto, acotó con una voz distinta a la conocida y con una enorme y atrayente sonrisa: ¿Sabes donde podrías seguir haciéndome tuya? Sí, eso pensaba, que yo la llevé y arrinconé para cogerla. Sin embargo, solo quise besarla (aunque mis actos dijeron otra cosa).
La verdad es que no lo sabía; pero quería aparentar que sí. Por eso solté una sonrisa pícara y ella imaginó lo que sucedería.
Treinta minutos después, ingresaba por primera vez a la habitación de un lejano y barato hostal.
María se echó sobre la cama e inmediatamente se quitó la ropa quedándose tan solo con ropa interior color negro y sostén del mismo color. Sonreía y me exigía que hiciera lo mismo lo más pronto posible porque, según exclamaba, me deseaba encima.
Timorato e inseguro me encontraba sentado al borde de la cama escuchando sus constantes palabras seductoras, pensaba en la posibilidad de desnudarme y cogerla; pero a la vez, mi romántico pensamiento de hacer el amor me inquietaba.
Nunca antes había tenido relaciones sexuales y deseaba que esa primera vez fuese con alguien a quien amase, siempre lo había pensado de ese modo y no podría permitir que mis ideas se fuesen al diablo por una efímera calentura.
Sabía que no podía explicarle todo el contexto que sucedía en mi cabeza, por eso me acerqué, le di un par de besos que la excitaron todavía más y le dije: Voy a comprar preservativos.
No volví. Y no me arrepiento.
Mientras me encontraba mirando por la ventana del bus que me estaba llevando a casa comencé a reflexionar sobre lo ocurrido y definitivamente no discrepé con mi decisión; aunque, el acto de haberla besado de ese modo fue el detonante para que creyera que deseo algo más.
En el tiempo actual todo lo ocurrido esa noche me resulta gracioso.

Fin

¿Y ese muchacho?

- He visto a un sujeto andar por la acera de al frente, se detiene a mirar la casa y luego sigue caminando. Regresa segundos después y vuelve a observar la casa. Es como si intentara recordar, lo noto al ver su mano en el mentón. Se frota la melena castaña y se quita las gafas. El calor lo satura; pero no se rinde. Quiere encontrar un lugar y empiezo a creer que es aquí, mas no lo recuerda, por eso se detiene a mirar detalladamente.
Se ve joven, parece nostálgico, es como si este espacio le recordara algo o a alguien, creo que ha venido antes, quizá, en otra vida, de repente hace años; pero le ocurrió algo por aquí.
Comienza a contemplar la casa con mayor énfasis, se lleva las manos al rostro sin dejar de observar, parece que ha recordado y cruza la pista para detenerse en la puerta.
Toca el timbre un minuto después, se tomó su tiempo para decidir. Salgo a recibirlo haciéndome la desentendida.
Lo reconozco al verlo de cerca, es el chico aquel; aunque se ve distinto, de repente por el cabello largo o quizá, por su porte físico. Él no me recuerda; pero amábamos a la misma persona de distinta manera.
Saluda cordialmente, pregunta si soy pariente de esa persona, le digo que soy su madre, se asombra y muestra una sonrisa y antes que le comente algo, saca de su bolso un libro, en ese momento, dice: Creo que usted debería conservar el primer ejemplar.
Sorprendida lo invito a pasar porque pienso entregarle un diario que él debe conservar.


Fin


Nuestros caminos

- Yo no soy nadie para retener a alguien. Dar vuelo es natural como amar. Aunque el tiempo de retorno marchite amor y actitud; más no rostros ni cuerpos; lo sé, es irónico. Como quien vuelve después de tiempo creyendo que nada cambia, que nada varía y puede que los ojos sean del mismo color; pero el sentir diferente como el pensar. ¿Cuánto llegamos a cambiar por causa del tiempo? Y ¿Cuánto llegamos a perder por decisiones? Cuando deberíamos aprovechar el tiempo en demostrar y las decisiones pensar. Llega el inminente momento del adiós y la ilusa idea de una espera nos asombra, es que ambos sabemos que al vernos de nuevo seremos distintos, por algo llaman al tiempo un verdugo y ¿Qué sería nuestro amor ante ello? No debería de ser una pregunta retórica. Podemos darle indicio de victoria; pero lo inherente requiere un impedimento, un hecho realista de no alejarnos, de no separarnos, de no abrir caminos, entonces, coge mi mano ahora y no me dejes, que tampoco pienso hacerlo, que no hayan despedidas, que no existan más y empecemos -sabiendo que es lo mejor- una vida unidos no solo por el amor, sino también por nuestros cuerpos.
Nuestros caminos deben convergen como lo han hecho ahora, no te preguntas, ¿Por qué juntarnos en ese instante? ¿Por qué habernos conocido allí? ¿Por qué no ahora ni mucho antes? ¿Por qué justo en ese momento? Y ahora, crees, ilusamente, que separarnos es la alternativa. ¡Pues, no lo creo! Y sigo tocando tu mano sin alejarme, tampoco intento pensar que quiero retenerte, solo anhelo que creas igual, que sientas como yo, que sepas que el destino nos quiso aquí, no allá ni en otro lugar
, sino en este presente. No hay otro camino que no sea el nuestro, porque nuestros caminos ya se unieron por una fuerza desconocida que nos condujo a saludarnos y conocernos, enamorarnos y amarnos con este frenesí, entonces, para ello y en agradecimiento, vayamos a hacer lo indicado, el hecho de permanecer juntos y recorrer el mismo sendero. Yo estoy listo y veo por tu sonrisa y los ojos brillosos que también lo estas. Bueno, sigamos, mi amada.

Fin






jueves, 3 de marzo de 2016

Frase 63

- Ya tuve muchos amores. Uno a distancia, la chica vivía a un día en bus y fui a verla durante cinco veces. Estuve con alguien menor que yo que me enseñó su modo tan honesto de amar. Enloquecimos juntos y vivimos con intensidad, luego amé a alguien mayor que yo (siete años para ser exactos) y tuve gran cantidad de amores cortos. Hasta una asignatura pendiente con alguien que no supe apreciar. Y alguien con quien rompí el récord de tiempo.
He vivido un sinfín de situaciones y acontecimientos que me han ido moldeando y entregando literatura. 
Ya estoy cansado de tanto frenesí e idas y venidas, por eso apuesto por mi estabilidad amorosa y deseo mantenerla.




martes, 1 de marzo de 2016

¿Destino?

- Cuando volví a verla parecíamos destinados, era porque creía que en un mundo tan amplio no cabía la posibilidad de encontrarnos. Además, andábamos en distintas direcciones, cada quien desarrollando sus sueños.
El encanto duró minutos, no porque le haya visto el anillo de compromiso y dudo que mi argumento sensato y maduro acerca de proyectos literarios haya sido muy serio. La razón es que éramos otras personas en nuestros mismos cuerpos. Básicamente con distinto peinado y porte físico; pero diferentes en sentir y pensar.
Si yo creí que volver a verla hubiera sido obra mágica del destino para retomar lo que fuimos, si ella creyó que su fantasía por toparse conmigo se hizo realidad, estuvimos equivocados.
Yo no deseaba un inicio, ella se preparaba para uno bien amplio, yo no era el tipo loco que conoció ni ella la dulce mujer que vi.
Y la vida nos separó después de la inminente despedida.



Fin