Mi nuevo libro

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domingo, 28 de agosto de 2022

Titi, en tres días.

— ¿Crees que puedes vivir arreglando tus desastres? — la oí decir airada. 

—Si estoy aquí es porque quiero afrontar mi culpa— le dije sereno.

Ella estiró una sonrisa media irónica.

De alguna manera u otra, siempre cuando se enfada, se ve más que radiante. Detalle absurdo de una romántica y errada forma de amar.

¿Cuántas veces nos hemos visto envueltos en las mismas circunstancias?, ¿Es que acaso no te das cuenta de lo que realizas? — fueron dos palabras reflexivas.

Yo me frotaba la cara como signo de angustia. Aquellas caricias ásperas llegaban a los cabellos para culminar en sus puntas.

Era infinitamente menos de lo que ella sentía.

Me lastimas con tus actitudes reclamó entristecida cuando la voz airada ya no servía.

¿Todavía sirve una disculpa? le dije tras haberme sumergido en la reflexión.

Una, dos, tres, cuatro… veinte, treinta… ¡Siempre es lo mismo!

 Arremetió en un soplo de la tráquea sabor a coraje.

Yo te disculpo; pero a los dos días me entero de lo mismo. Me siento triste y me cuestiono, ¿es que acaso tanto amor en verso no es más que una falacia de su léxico? A veces prefiero que no me digas ninguna frase y solo me des un escalón. Algo para subir, para saber que podemos seguir avanzando.

Sentí que las disculpas no cabían sobre la mesa.

No era como aquellas otras veces en las que me mostraba arrepentido, reflexivo y sentido para que pudiéramos acabar en la cama con frescas sonrisas y nuevos escenarios. Podríamos ir al cine después de hacer el amor, nos sacaríamos un conato de fotos para demostrar que estamos bien y hablaríamos de sueños y viajes para crear escenarios futuros; y, sin embargo, tan real como sus menciones, a la semana siguiente, yo seguiría siendo el hombre que la daña.

¿Por qué no puedes amarme como te amo? Lo hubiera dicho si no quemara en el alma, si no hubiera sido algo orgullosa. En cambio, le salieron lágrimas, y me acerqué para abrazarla con el afán imperioso e idiota de detener lo que yo mismo activé.

Aléjate dijo con la mano en alto.

Hice caso omiso tratando de interponer el cuerpo.

Aléjate, por favor añadió con la voz entrecortada.

Seguí queriendo asomarme para que un abrazo pudiera detener el dolor.

¡Aléjate, carajo! gritó con la rabia de un amor dolido.

 Abrí los brazos en señal de no querer alarmar.

¡Lo único que haces es lastimarme! adjuntó a un índice corajudo señalándome.

¡Eres un imbécil! por fin lo dijo. Seguro lo tenía guardado dentro de su mente, no lo soltaba a pesar de la calentura, no lo manifestaba porque en casa le habían enseñado a dirigirse con prudencia, no lo dictaba porque amaba.

Nunca me valoras acotó con tristeza. Las lágrimas parecían dos olas de grifos abiertos con fuerza. Siempre actúas para lastimarme, añadió solemne y dolida soltando verdades inquietas que cayeron en mí como balas.

Me recordó una serie de episodios que creíamos haber superado. Lanzó flechas de momentos en los que no demostré lo que dictaban mis párrafos. Teledirigió su dolor y frustración a una verdad en palabras que antes no supo decir; tal vez, porque el amor tantas veces nos hace creer.

No quiero seguir contigo.

La frase fue la bala que pudo perforar al corazón.

Nunca antes la había mencionado.

Estoy cansada dijo en un suspiro.

Callaron las lágrimas.

Se ubicó sobre la banqueta de donde nos paramos y se secó el rostro con las manos.

No dijo ‘harta’, no dio pie a un conato de otros insultos, simplemente se cayó dentro de sí sintiendo ese cansancio agobiante de siempre dar el granito de más que se termina acabando aunque a veces no parezca.

Mis intentos por reanimar lo que fuimos fue un vano. Le repetí cientos de veces palabras que murieron sin llegar a sus entrañas. Bailaron promesas y disculpas que se tiraron al suelo. No hubo nada que pudiera detener su decisión. Pues, era amarse o no parar el sangrado en el alma.

La relación, había culminado.

 

Lunes:

 

La borrachera del viernes y sábado con el asunto en la cabeza de tener que olvidar al mar de amores se había difuminado. La resaca me hizo socavar en una tristeza indomable y aunque un par de veces intenté alejar al teléfono de mí, en otra docena de ocasiones quise llamarla; pero ella jamás respondió. No era orgullo, era algo que siempre había admirado silenciosamente, su voluntad.

Le llené la bandeja del correo con mensajes a sabiendas que las palabras; aunque cientas, siempre van a morir ante la anulación de acciones.

Debía de hacer algo; pero, ¿Qué?

¿Nuevamente ir a buscarla? Adentrarme en su trabajo de oficinista de turismo dentro de una empresa a la cual gozamos en nuestros viajes; ir a su casa por la tarde esperándola en la entrada a la hora de su regreso o reanudar la operación teléfono y mensajes con intenciones de acceder al menos a su oído. A veces es difícil ser quien reconquista cuando vives prácticamente arruinándolo todo. ¿Cómo las personas no pueden pensar antes de joderla? Es decir; ¿Por qué tenemos que intentar mover cielo y tierra cuando nos dejan en lugar de manifestarlo mientras nos soportan?

Es curioso el caso del hombre promedio que expresa amor cuando todo se encuentra perdido, es rara esa fascinación voluntaria de los poetas por acaparar la tristeza en versos; pero aunque sirve para las tardes, no ayuda en las noches, no reemplaza a la ausencia y no reaviva las llamas del ayer. La relación parecía perdida desde el momento en que sentenció lo que éramos, o, mejor dicho, desde el instante en que pensé que podrían disculparme otro error.

 

En el trabajo me sentía expuesto a distracciones. Pensamientos subí y baja me atraparon en una montaña rusa. No pude conciliar los manifiestos en la computadora a las horas pactadas, no pude contener la explicación del jefe en frente hablando de la nueva tecnología para el área donde vivo y olvidé el almuerzo con los camaradas porque repartían sonrisas y chistes malos de oficina por andar metido, introducido, abducido por una serie de reflexiones que me hacían sentir un ser patético.

¿Cómo podría estar perdiendo a tal magna mujer? Pensaba acordándome de sus virtudes, caracteres simples y sólidos como la sinceridad o el hecho de tener una pasión acomodada. A veces las personas son un despliegue de inestabilidad; pero ella a los veinte y tantos, era todo lo contrario, favorecía a un empleo que adoraba, tenía la condición de ser la mujer ideal para cualquier parroquiano que desea establecer un sendero de años; pero no para un sujeto como yo, quien de día era el empleado del mes del conglomerado de computadoras más dotado del país, y de tarde era un escritor de medio pelo con sueños imposible, siendo de noche, quizá, por tragedias de vidas literarias, el Mr. Hyde que no soy y que pretendo ser, y en tal ínterin, ignoro que tengo a la dama celestial conmigo, logrando lastimar sus entrañas con mis voluntades inconexas.

Debía de hacer algo, o podría lamentarme las siguientes décadas de abandonar una relación estable, algo que, irreparablemente (sin saberlo) era un tesoro.

O, al menos, en entonces, lo era.

Salí aprovechando un hueco en el área. A veces la vida no tiene sentido si no recibes los mensajes de amor correspondientes, los valoras cuando no los tienes más. Es cliché, reiterativo y demás; pero absolutamente cierto.

Abordé un bus exclusivo que me permite estar en la entrada de su casa; descendí en el arco de Plaza San Miguel y caminé rumbo a Marina Park, que en entonces era una estación de juegos y cine, también bolos, puestos de cerveza y dulcería. Allí nos acomodábamos para ser felices con facilidad. El mundo parecía estar desolado como el camino silencioso rumbo a su casa conociendo un Nick de Messenger que dictaba su ausencia en el trabajo por un mentiroso mal de cabeza.

La pena nos afecta por igual.

Dos toques de puerta y un timbre largo, lo siguiente fue una espera.

Nadie salió durante los primeros diez minutos.

Volví a intentarlo.

Salió su madre. Una mujer robusta, alta y de enorme cara. Todo lo contrario a su hija frágil, delgada y de pecas simpáticas que pretendía no extrañar tanto. Los cabellos eran semejantes, ondulados, frescos y aromatizantes, no iba a descubrir ese último detalle en un saludo porque la señora Roberts, quien antes me saludaba de manera cándida, me miró furiosa, con ese ceño crujiente de odio, diferente al abrazo y la sonrisa de los días acostumbrados a quedarnos viendo películas en su sala, apretaba sus manos con coraje capaz de lanzarme un puñete, y no un beso en la mejilla como beneficencia a una despedida con ansias por volver a celebrar con el asado en familia.

¿Qué haces acá? Por tu culpa, mi hija está mal. Ha llorado todo el fin de semana. No quiere ir a trabajar y tampoco a sus clases de francés. Ha tirado todo de ustedes a la basura y no quiere dejarme entrar a la habitación.

Cuando la madre mostrándose como tal habló con dicha claridad sentí que mis actitudes habían arañado fibras del corazón que mi supuesto amor no supo nunca curar.

Seño… yo…

Será mejor que no vuelvas

El resto de palabras que hizo mención he preferido omitir.

Sin embargo, es allí cuando colmas un límite. Y, a veces, eres tan culpable que tu mejor reacción debe ser alejarte.

Cabeza agacha, desvalido y reflexivo iba de regreso al paradero por aquel bus que tomaría por última vez.

Dos años parecían irse por el drenaje cuando en la celebración por al aniversario le dije que saldría un rato con los camaradas antes de encontrarnos para tener una cena romántica; sin embargo, esos demonios de la noche que conocí en discotecas y reuniones ajenas a nuestro núcleo y se convirtieron en indispensables por sus aficiones propias a las mías, entre tardes de frenético licor y líneas blancas se aceleraron las horas y donde se entra con permiso se sale al alba hecho añicos y derretido por un sol que hace de madrastra.

Había, no solo perdido el sexto mes de relación por causa de una fiesta que me mantuvo en vigilia el resto de la madrugada en un martirio voluntario de alucinógenos y birras heladas. Estuve en guardia una tarde en el trabajo ayudando a la nueva empleada con su labor a medio acabar en vez de devolverle la llamada que pidió. Preferí una tarde de fútbol con vaso de cerveza en redondéela en lugar de salir a su afamado zoológico tras acordar durante los anteriores días nuestra visita. No estuve cuando le dieron un ultimátum en el empleo por sus negativas calificaciones, causa de, mi actitud venenosa que la intoxicaba sin darme cuenta. Le dije que no cuando pidió que fuéramos al siguiente escalón de novios creyendo que me harían atar cuando en realidad, ¿Quién era yo para que me quieran amarrar? Salvo un bridón, irresponsable, en un laburo que detesta y acorralado en poesía inmunda que no comparte por timidez. La soberbia, a veces me cegaba, y le decía que las chicas querían acostarse conmigo y que tenía suerte de tenerme, solo porque tuve yo la suerte de que ciegas me miraran como un Adonis a media noche. Le mentí cuando le dije que no asistí a la reunión de mi ex pareja. Le mentí cuando le dije que estuve en casa el viernes y me fui a la fiesta de Claudia. Le mentí cuando le dije que no a la parrilla en casa de sus padres. Le mentí cuando le dije que me dolía la cabeza. No quise verla cuando quería activar otros sistemas para mi vida. Quería, estúpidamente, ser Mr. Hyde cuando debí disfrutar de Romeo. Y, tal vez, había sido fortuna mía que me soportara tanto.

Era posible, en reflexión, que jamás la haya amado como se lo hacía creer. Y era verdad, que ella, me había dado lo mejor de su vida cuando solo debió darme una semana.

 

Viernes:

 

Recibí una llamada clásica a las nueve de la noche casi en punto.

El hombre detrás del teléfono era el típico forajido que pretende, a sus veinte, comerse el mundo empezando por el ano. Me motivó hablándome de una fiesta en La Molina pintándome el escenario femenino con la vulgaridad de un hombre que nunca ha estado con una verdadera mujer; y yo, dolido, molesto y frustrado, necesitaba de esa parte de mí para emancipar la tristeza cuando debí de escribirla.

 

Sonaba David Guetta, los tragos se habían mezclado en mí, la cocaína circulaba en mi sangre y la euforia vibraba en sonrisas como espejos.

La gente abrazada alzando vuelo en brincos, la música reventando, los aires de humo y el ambiente a oscuras; de pronto, una mujer, las pieles turbias por el vestido escotado, los cabellos lacios y al viento, la sonrisa clavándose en mí, y yo viéndola sugerente, mutamos compañías para estar más cerca, olía exquisito como a perfume y vodka; yo a cigarrillo, hierba y un caramelo. Le hablé sin dudar: La música es el lenguaje del cuerpo. Ella acertó en otra frase: Es el idioma universal. Ambos sonreímos, ya habíamos dejado de movernos, el resto realizaba los corpulentos estragos del cuerpo, y nosotros intercambiábamos sonrisas; deleite de arriba hacia debajo de miradas, yo contemplando su anatomía en pierna y pecho por los lugares donde el vestido permitía mirar y a su vez imaginando situaciones posibles, y ella analizándome con una postura real y sin evidencia como quien sugiere conocerme de alguna parte y a la vez quiere dominar el contexto. Ambos, aparte de la atracción y la música, teníamos en común los vasos amarillos que teníamos en mano.

 

¿Alguna vez te has preguntado a qué suena la cama cuando haces el amor?

Ese sonido chillante de las patas de madera. Ese sonido horrendo del tablón impactando en la pared.

Ella sobre mí, desnuda y tatuada, una mariposa multicolor en el abdomen y un beso en el cuello; yo empezaba con la tinta en la piel, todavía no alcanzaba mi éxtasis. Su cara era la de un goce eterno, boca abierta, ojos casi cerrados, cabellos desbaratos al son de sus manos jugando con ellos y más ruido de cama contra la pared, chillido de patas de madera y nuevamente mis manos encajando con sus senos. A veces besándolos y otra vez contemplándolos como dos duraznos, o más bien, melones. Eran grandes y dóciles, puedo acordarme de ellos, y eran desiguales.

¿Alguna vez te han dicho que los senos de las mujeres no son pares iguales? Es curioso cuando comencé a verlos meticulosamente mientras que arriba, la mujer de la canción del DJ del momento vertía movimientos elocuentes que de rato en rato me hacían perder la reflexión.

Pensaba en fútbol para no arruinar el disfrute, en una anécdota del ayer, en algo que no me hiciera perder el equilibrio porque primero es el disfrute de ella y luego el propio.

¿Qué infeliz proclamó esa frase? Ah, cuando se trata de sexo, no importan los matices. Ella de nuevo encima; pero hablándome con obviedad:

¿Te gusta?, ¿Lo disfrutas? Dime, ¿Cuánto lo disfrutas? Y yo mintiendo: Bastante, te deseo mucho, muñeca. Ella sonriente y otra vez con ojos cerrados.

Yo con las manos en sus caderas acordándome de la mujer a quien dañé. Yo queriendo borrarla de mi mente y ella apareciendo, tierna, dulce, hogareña, confesándome que no ha pisado discoteca en su vida, diciéndome que se dedicó al estudio y el trabajo, alejada de cualquiera de esos eventos en los que me envolvía por el deseo raro de monetizar nuevos episodios en mi vida.

Y nuevamente, Teresa, asomándose a mí para en susurros decir: Te voy a arrancar la piel a base de sexo.

¿Cuándo se ha escuchado a alguien decir eso en la cama? Podría incluso hacerme perder el apetito. Si estoy en un sitio arrinconado de una enorme casa de campo y una desconocida me habla de esa manera puedo llegar a sentirme aterrado.

Asentí sonriente. Ella siguió su recorrido por los confines de mi cuerpo hasta que concluyó satisfecha y nos quedamos de lado como dos bobos que se quedan sin lengua hasta que incómodos de tanto silencio recogimos las prendas para huir sigilosos.

 

Sábado:

 

Quedé en ir a almorzar con Iris, mi amiga de una clase de portugués que cumplí como quien camina, a uno de esos novedosos restaurantes que abren y se muestran en redes únicamente para salir de la rutina, aquellos monótonos escenarios que me devuelven una y otra vez a la posición pasada que a veces me aterra extrañar tanto.

Ella conversaba sobre sus novedades en los sentidos superficiales que parecen importan mientras que yo andaba envuelto en el ayer iniciando una batalla campal dentro de mi cabeza para no querer manifestarlos tanto.

Inés supo sobre mi inevitable ruptura por unos estados en el Messenger a los cuales nunca le di respuesta exacta. De acuerdo a esa relación de sucesos empezó a actuar de forma persuasiva. Primero, sonriente, amable y cortés pagando el almuerzo, y luego invitándome unos cigarrillos clásicos sentados en la banca de un parque miraflorino para relajarnos un rato. Allí, sintiendo desvalidos en mi interior, tales como, angustia, tristeza y cierta confusión, me dijo en acciones valerosas, lo que pretendía desde el comienzo de nuestra clase de portugués cuando coincidimos cercanos en el trabajo grupal.

El beso pudo decir más que cualquier argumento, y yo siendo un hombre generalmente de palabras, estaba aprendiendo a expresarme antes de escribirlo; o quizá, viceversa.

Nos besamos. Obviamente porque Inés es preciosa. Tiene los cabellos rubios, la sonrisa clara y aunque la anchura de su cuerpo similar a una osa puede que hagan doblar mis brazos si quiero cargarla, su personalidad carismática y su semblante optimista, ayudan a afianzar la atracción para cualquiera. Lejos de ello, siempre la vi como amiga hasta aquel fatídico beso que se volvió en una seguilla de los mismos incluyendo una muy próspera y a la vez inesperada visita a uno de esos hoteles de la Avenida Benavides como si los deseos libidinosos no pudieran interrumpirse. En esos caminos de manitos hacia el lugar, pensé en mi ex novia, quien acababa de dejarme, sus reacciones para surgir en una nueva vida tras dos años de relación e hice un cuadro comparativo con mi actitud avasalladora sin dirección, con Inés a mi lado, quien podría ser cualquier otra persona; pero desarrollando yo algo que no sirve a pesar que el disfrute en la cama, menos tosco que con Teresa, no tan armónico como era hacer el amor verdadero, sino, más bien, algo débil y frágil como si nos cuidáramos por mostrarnos y a la vez dudáramos de lo que hacemos; aunque, de igual manera, acabamos en un mítico silencio post actos sexuales y tuvo que ser ella quien hablara primero tras un tiempo a solas con cuerpos desnudos cerca.

Y bien, ¿podemos empezar hoy, no? Dijo, quiero pensar que inocente, quiero creer que ilusa, a pesar de llevarme unos cinco años. Pero es que yo todavía no entendía o más bien no quería saber que el amor nos aferra y nos vuelve vulnerables a decir lo que sentimos sin vergüenza.

Inés confesando su amor desde la primera vez que nos vimos en cursis palabras que quise callar a como dé lugar porque me sentía a mí mismo tratando de convencer a la mujer que perdí.

Una amistad cayó. Yo seguí el rumbo de la vida olvidando el contexto cuando me dejé caer sobre la cama para observar el techo con los escenarios pasados aglomerados en la cabeza tal cual películas cortas que la desalmada mente te genera para que de ese modo se aprenda de los errores.

La extrañaba, obvio; y, sin embargo, no podía con mis debilidades carnales. O, simplemente, no sabía negarle a una situación.

A los veinte, ¿acaso eres capaz de discernir entre el deseo y el freno cuando sabes que varias situaciones no volverán a pasar? Es una moneda al aire.

A Tamara la conocí el sábado; aunque por ahí nos habíamos visto en alguna que otra reunión que aquel demonio de la llamada sugería. Coincidimos en baile cuando tocaba ‘Los Bacanos’, curiosamente, la canción que más le gustaba a mi ex y a mí; pero nadie cuando baila con alguien le dice que la música le recuerda a un ayer.

A menos que no te importe nadie más.

Esta canción se la cantaba dije en un pensamiento libre.

¿A quién? consultó confusa.

No respondí.

¿Tienes novia? — sentí que era inevitable su pregunta.

Y sabía que cualquiera respuesta negativa podría ser una mentira.

¿Por qué mienten cuando les preguntan por la novia?

Me habían hablado de Tamara. Aquellos demonios con quienes andaba, me dijeron lo que debía de saber. Se conocía que tras unos tragos, especialmente de ron con dos peces de hielo, ella se convierte en una forajida que deja de lado a su cachorro sobre una cuna dentro de la habitación de su madre y despierta pasiones en noches de discoteca o reuniones de gente en común y otras con nada en común. Ella, te envuelve de inmediato, seduce y atrapa. Le dicen, la viuda negra; y aunque suena a terrible reiteración de mil y un novelas y películas, es una gran verdad, pues, no deja que nadie tenga un romance a cierta ciencia con ella. Algo que, me hizo confiar en que si debo de ser sincero, debo de empezar a manejarlo con alguien a quien le importará poco o nada la verdad.

Mientras bailábamos, podría haberle dicho incluso que estaba casado, tenía dos hijos, un estudio de abogados, mi sueño, aparte de ser autor y una tonelada de dinero en el banco, (lo último lo diría por diversión) y ella, de igual manera, se iba a acostar conmigo porque eso, acostarse con rufianes de noche, es su manera de divertirse. De allí a que tenga un hijo o hija a quien darle un ejemplo de lunes a viernes es mi misma historia, salvo que yo debo darme el ejemplo mirándome al espejo.

Se oía ‘Summer’ cuando nos escurrimos en una habitación del segundo piso, la casa era de unos de esos demonios cuyos padres salieron de viaje, maldije el primer día en que me acomodé a su lado; pero a la vez me sentía anclado en nuevas pasiones. Irónicamente, ella todavía seguía en mi cabeza. ¿Cómo puede ser posible tener a alguien en la mente mientras subes de la mano con Tamara? A veces uno no tiene el nivel de conciencia que su amor proclama. O es, tal vez, una especie de revuelo. Algo contrario. Una trama rara. Yo. Una raza única. Algo. Algo debe ser.

Cogimos, obviamente. Tuvimos el mismo sexo que se lo dio a todos los hombres que vinieron y fueron de la cama de aquí, allá o en cualquier lado. Tamara no era una santa, era alguien que disfrutaba del sexo, sea casual o pagado, hoy en día tendría su página de venta de contenido sexual si es que no hubiera muerto por un Sida letal dejando a su hijo o hija al cuidado de su abuela. Una alterna realidad que años más adelante descubrí.

Mientras tanto, nos envolvimos en una sábana llamada sexo durante dos horas. Mi rendimiento más alto de los últimos años.

Pero… ella estuve en todo momento dentro de mí como una antítesis de las mujeres con quienes me acuesto por querer, estúpidamente, olvidarla.

El domingo desperté con una resaca magistral, hombres martillaban mi cabeza, reflexiones me azotaban, reacciones ilógicas querían apoderarse de mí, las cuales se manifestaban en llamadas o mensajes desesperados hacia la persona que me había eliminado del Messenger y el Hi5 dejando únicamente al correo como vía para comunicarnos. Y, sin embargo, no contestaba a ninguno.

Desesperado, sin poder asistir a su casa y mucho menos a su empleo debido a que en ocasiones, deambulando por las avenidas de las primerizas redes sociales, me di cuenta que sus amistades me tachaban de varios modos e incluso amenazaban con verme y arrancarme las pelotas. Si en una oportunidad, pensaba ir a su casa debía de ser un día en que sus padres no estén, porque el ex oficial de la marina, no debe estar contento con el corazón roto de su hija y en el área donde trabaja, aunque hayan varios del otro equipo, es preferible no recibir arañazos. Y; aunque podría pedirle a uno de esos demonios que me acompañen, estoy seguro que solo se trata de hombres de la noche.

En entonces, si desconocía el origen verdadero de un amor, mucho menos iba a conciliar la esencia de una amistad.

Eran los veinte, hay tiempo para joderla un poco; no obstante, a veces la mente te dilata ideas, es decir; si se te presenta la oportunidad de empezar a ser feliz en el amor a los veinte, ¿Por qué arruinarlo? Era el pensar presente, alejado de toda esa tonelada de situaciones que iba a evitar o nunca vivir a pesar que quiera. A veces el destino es nublado y uno debe tener visión nocturna; sin embargo, no todos nacen con ese don.

Indhira estaba en el momento justo y a la hora justa para no hacerme cometer una locura. Pues, al instante en que me dispuse a ir a su trabajo, afrontar a cualquier sujeto con aires mariposones que intenta persuadirme, la encontré en el mismo paradero de siempre, allá donde van a abordar los autos que llevan a todos lados. Ella, vecina de mi casa, recién mudada hace no menos de un  mes con un prontuario bastante elocuente porque la gente murmuraba más antes que no habían redes, me vio de pies a cabeza alucinándome con los tatuajes al aire por el polo y la bermuda, los cabellos saltos y casi atados y la mirada frenética en querer volar. Quizá, sintiendo excitación de solo observarme delirando o apresurado.

Era algo que no entendía porque les gustaba a algunas mujeres, ¿es que acaso siempre desean a hombres que aparentan ser bravucones? Yo era tal. Estaba enojado, sabiendo que si iría tendría que derribar a idiotas y luego hacerme el bueno para que compensáramos en algo productivo.

Su mirada de arriba abajo podría evidenciar cualquier cosa menos ternura, se mordía los labios y acomodaba los cabellos solo para seducirme.

Disculpa, ¿adónde vas? me dijo en un toque dócil en el antebrazo.

A San Miguel. Digo, a Miraflores le dije confuso.

Yo voy para la casa de una amiga, ¿compartimos taxi? propuso.

El apuro me nubló. Subimos al mismo auto y conversamos para romper hielos.

— ¿Qué harás en Miraflores?, ¿Vas a recoger a una chica?, o ¿Al gimnasio a tonificar más tus músculos— dijo cogiendo mi bíceps y enseguida el pecho. En menos de lo que tarda el carro en llegar al sitio de la ciudad, ella se encontraba sobre mí, besuqueándome y tocándome como si hubiera espiado mi rutina durante semanas. Como si aquel encuentro en el paradero no fuera casual. Como si tuviera deseos por mí desde que nos vimos en una panadería. Supuse que era su debilidad. O tal vez, su fetiche. Y nos convertimos en amantes dentro del taxi; aunque se trataba de besos pasionales, mordedura de labio y manos inquietas. Desconocía absolutamente cualquier hecho antes o después de conocernos y no me importaba; tal vez, tampoco a ella. Quizá, nada de mí, aparte de mi físico y mi ida y vuelta a la casa de apuestas. A veces lo que ellas quieren es solo plasmar sus deseos sin importar más y así lo lograba. Y así lo manifestaba y así lo tenía dentro de aquel auto que nos condujo a la casa de su amiga para unos tragos de tarde a los cuales no pude negarme.

Un flashback me hizo entrar en razón. Adentrándonos en la calle Comisario Ramírez, pude percatarme a pesar del conato de besos presurosos que recibía, que conocía el sitio en cuestión de alguna reunión a la que asistí no hace mucho tiempo atrás. Sin embargo, desconocía la realidad. Es decir; ¿era un pensar irracional de una mente desequilibrada o algo cierto?, ¿Por qué de tantas casas o apartamentos debía de ir a uno en concreto? Es decir; no creo conocer los rincones más oscuros o brillantes de la ciudad.

Pero la mala fortuna es así.

Adentro me di cuenta que la amiga era una conocida, al menos tuve esa leve fortuna, de mi ex novia. Su nombre voy a omitir como sus padres que no estuvieron allí. Era, según dijo, su primer día de vacaciones del trabajo, uno nuevo al que compartió con mi ex novia, allí donde se conocieron y luego nos conocimos en una reunión de compañeros adonde fui para darle ese gusto que tantas veces me negué. Es curioso como a la única cita a la que vas te genera un revés extraño años más tarde.

La vida es un racimo de ironías. Y yo, el cretino más grande.

Y, sin embargo, a los veinte, lo disfrutas. Es un apéndice a quien eres, es decir; ser un idiota es algo que viene con el paquete; pero que en alguna determinada ocasión debes de eliminar, tal cual, una cirugía de apendicitis.

No voy a fantasear, estábamos a años luz de realizar un trio, porque la amiga de mi ex pareja me miraba como quien trata de recordar, ¿de dónde lo conozco a este sujeto? Y yo trataba de no dar datos existentes sobre mi procedencia. Pero; al ser únicamente los tres, era difícil de no hablar sobre mí. Pues, las preguntas, ¿de dónde se conocen?, ¿Qué es lo tienen en común?, ¿Qué hacen por la vida? Y demás, subrayaban de a poco a quien soy. Entonces, al cabo de una hora, ella pegó un grito: ¡Ya sé quién eres!

E Indhira, cuyos pensamientos me importaban poco o nada, me vio cuestionada, de repente como quien piensa: Me acabo de besuquear con un conocido de mi amiga. Raro, tal vez. Pero; reitero, no me interesaba. Yo miraba a la chica en frente y le decía con la mente: ¿Qué vas a decir, loca del demonio? Y ella habló, obviamente, con todo lo que realmente era.

Y lo que se suponía que sería una reunión entre risas y chacota poco a poco se convirtió en un encuentro entre tres amigos que comparten sus emociones y sentimientos a carta cabal, en tragos y cigarrillos que iban moviéndose sobre la mesa y el aire. Inevitablemente, debido a tantas cuestiones por parte de la amiga, tuve que contar una versión absolutamente errada de mi ruptura debido a que es normal que cada persona tenga una historia propia, a veces llenas de mentiras, beneficencias y más mentiras. Me hice la víctima, el triste, el que extraña, el hombre perfecto que pierde a una mujer incomprendida y entre ese proceso de argumentación, Indhira me miraba como pollo a la brasa, pensando, tal vez, ¿Cómo un hombre tan rudo puede ser tan tierno?, o quizá, entonces, no iba donde dijo, sino donde su chica. Qué se yo. A veces me da por querer robar pensamientos. Por suerte, empezaron a caer las siete de la noche y sentía que debía de devolverle el favor a mi amigo el demonio.

No pasó mucho para que un auto se estaciona. Descendió el hombre de capucha con una colección de cervezas y con la confianza que me dieron le abrí la puerta. Los presenté amablemente e iniciamos una plática bastante amena. Él, lleno de artilugios por querer conquistar, se enganchó velozmente con la amiga, quien, aunque cándida y bromista, sentía que no iba a caer con sencillez. Todo lo contrario para con Indhira y yo, quienes, por obra de su decisión zafamos hacia la cocina por algo de comer.

Ella cerró la puerta y supe que no íbamos a improvisar en la cocina.

¿Qué les pasa a estas mujeres con mi persona? Fue una lejana reflexión que tuve al momento en que me arrinconó sobre una esquina de la cocina para besarme con vertiginosa pasión.

En ese tiempo, estuve pensando en la amiga con el demonio charlando de cualquier situación que esperara no fuera de mí.

Tenía cierta fortuna de que los teléfonos inteligentes con mensajes instantáneos no hayan nacido aún.

Indhira me desnudó del medio hacia abajo, tuvo una redención y se encargó de mí logrando que me inspirara a pesar de tener los pensamientos en otra realidad. Creo que lo único que deseaba era cometer su fantasía. Ese delirio propio y egoísta por desarrollar su anhelo sin importar lo demás. Algo como yo en una versión femenina. No obstante, yo no quisiera ser así a los treinta.

¿Alguna vez has pensado en el miembro viril del hombre como una especie de ser autocrático? Alguien que prácticamente tiene raciocinio propio. Modesta, aparte, personalidad orgullosa y elocuente a pesar que la mente estuviera en otra galaxia. Pues, yo pensaba en lo que podría estar pensando su amiga de mí en relación a mi ex novia mientras que Indhira me practicaba una felación. Y luego, estuve pensando netamente en mi ex novia mientras que devoraba sus pieles dentro de la cocina. Ella sobre un muro gélido y yo penetrándola al tiempo que sus brazos como tenazas advierten mi cuerpo al suyo; enseguida, no dejé de ver su espalda al son de la dura penetración; aunque altamente simbólica y corporal como si estuviera en una montaña rusa y no tuviera miedo ni nervios, era como si cogiera sin sentir, pues la mente estaba en otro rumbo y el cuerpo plantado al suyo. No podía entenderlo si llegara a analizarlo. Sencillamente, me sentía robotizado, y aunque pensar en un esclavo sexual podría ser eso, sexual, yo seguía creyendo que el demonio la distrajera para que no tuvieran chisme de mí con otra mujer. Qué recontra cretino. Luego de cogerte a varias, tienes el primer descaro de buscar conciencia.

Al salir de la cocina con los cabellos desorbitados, la bragueta abierta y la playera jeteada por causa de su mano traviesa me di cuenta que el demonio charlaba entre carcajada y carcajada con la amiga, se me hizo extraño que no dominaran sus artimañas de conquista y tuviera una sesión de risa con alguien, al parecer, de su completo agrado. Era curioso, pues, no lo había visto así nunca en los anteriores cinco años que había llegado a conocerlo, casi desde la escuela. Por otro lado, Indhira iba al baño. Yo me asomé al dúo sin ánimos de interrumpir, cogí una cerveza y los oí preguntar, ¿y, dónde estuvieron? Seguro que comiendo.

—Sí, freímos el pollo de la nevera, espero no te moleste— le dije a pesar que sabía que no me creería. ¿Quién podría creer algo así?

El demonio me dio una mirada cómplice, la amiga se tragó el cuento, lo supe cuando me dijo: Descuida, era para la cena; pero tendré que comprar una pizza. ¿Qué dices, Wilson, te provoca?

Wilson, jamás había oído su nombre de pila, siempre lo conocí como el demonio, a veces el demonio de la tinta porque le gustaba escribir rap, y otras veces como simplemente Del Cabo (su apellido, porque en el colegio lo llamaban así). Que se llamara Wilson como la pelota me hizo entrar en una gracia; además, la amiga no se había dado cuenta de la tremenda cogida que tuve con Indhira en el baño que podría rozar en parte un poco de suerte para mis próximos capítulos.

¿Por qué las personas mutan en desinterés luego de su cometido? Indhira salió del baño, cogió unas cervezas y siguió sin reparos en aventurarse en una conversación de distintos matices junto a los demás alejada de cualquier hecho por querer coquetearme como si tras haberme tenido ya no tuviera más deseos.

No le di mucha importancia. Los cuatro hablamos con claridad, risas, experiencias y demás; formulamos cuentos basados en ficciones, alegamos puntos de vista y compartimos pensamientos teniendo a la música en el ambiente y a los tragos en la mesa. Llegando la noche supimos que el asunto inesperado iba terminando; Indhira a kilómetros de mi a pesar de estar a mi lado, la amiga y el demonio hablando como si se conocieran de años, sonriéndose e intercambiando teléfonos, haciéndose amigos y a la vez presenciando una conquista lenta y suave, algo totalmente distinto, pues el hombre que parecía estar enamorado, era diferente, antes, hubiera sido una máquina de sexo, un demente que solo busca follar; pero al momento en que conoció a la amiga me di cuenta que algo distinto iba naciendo en sí. Quizá, eso a lo que muchos le tememos por desconocido: Hallar a la correcta. Y sin saber cuándo ni dónde, solo hallarla.

Maldije totalmente mi fortuna. Si el demonio de nombre Wilson estaba conociendo a su futura pareja, yo iba arrastrando una ruptura y teniendo a una rara mujer a mi lado, a quien poco iba a importarle tras el sexo tal cual yo con ella. Entonces, en reflexiones veloces me di cuenta que no estaba en el sitio correcto. Yo no, el resto sí. Y por ende, me fui.

 

Lunes:

 

Aparecí en su oficina con flores rosas dispuesto a arrancarle el alma con la mirada a cualquiera que se me interponga en la camino.

La encontré en un pasillo, preciosa como de costumbre, tratada de manera dócil por el clima laboral, se veía sonriente; aunque no fuera exactamente así, y a pesar que al verme tuvo una reacción de sorpresa corrió hacia su cubículo para no toparse conmigo.

La seguí. No iba a perder la oportunidad de remedir.

—Hola, he venido porque no puedo construir caminos sin ti— me mandé.

¿Cómo es que el tiempo desgasta al rencor y aflora las emociones? Las personas pensamos que no deberíamos perdonar porque no sabemos que es lo que sienten los demás.

Ella, tenía la bondad en su interior y estallada en amor propio cuando fuera necesario, y, sin embargo, también sabía que las nubes negras son efímeras y que tras aquellas puede que el sendero se ilumine.

Creyente de Jesús sabía que la gente merece oportunidades, y yo con sus flores favoritas, era una de esas debilidades que había no querido soñar y tampoco pensar; pero ahí estaba, parado frente a ella dispuesto a que volvamos sin tener que lidiar con perdernos otra vez.

La verborragia que solté inspirado en mis autores favoritos hizo que sus ojos se iluminaran adjuntos al sabor del aroma de las rosas y el ambiente bastante romántico que se estaba suscitando. Ella, fiel a los detalles, caía rendida con cierta sencillez, tras haberse marchito sus emociones negativas, y dándole cabida a nuevas oportunidad. Pues, dentro de todo, sabía que el amor es lo más importante de la vida y no iba a perdérselo por una o cien equivocaciones de su pareja. Era algo que nunca entendí de ella, ¿Por qué amarme tanto si yo era tan bridón? Pero; en esa luz pequeña, pude entender que debía de lanzarme a ese único estrecho camino de luz.

Volvimos. Un abrazo selló el encuentro. Hubo un beso. Varias sonrisas. Alegrías. Palabras bonitas. Y muchas promesas. Demasiadas diría yo, incluyendo un plan de viaje a una provincia central del país para relajarnos. Y ella, segura de cada una de mis palabras e ideales los adhirió porque confiaba, -de nuevo o por última vez- en mis palabras, las cuales eran fuertes y resonaban con pasión porque había entendido que las personas nobles no pueden ser pérdidas o quizá, andaba desesperado por anclar.

—Lo único que espero de ti— me dijo apuntando su vista a mis ojos después de algunas expresiones de afecto dentro de su lugar de trabajo.

—Pídeme lo que quieras, prometo cumplirlo— le dije seguro.

—Quiero que me cuentes que es lo que has hecho durante los últimos tres días. Si logras ser honesto, yo te aseguro mi amor al infinito—.

¿Por qué cuando se enamoran son capaces hasta de revelar los secretos más ocultos? Pensé.


Fin 

martes, 23 de agosto de 2022

Nuevos hechos

Qué soporífera sería la vida si todo el tiempo hiciera lo mismo.

Un día me aburrí de las fiestas en discotecas hasta el amanecer, de darles explicaciones a las gentes en las redes y de hablar de mi vida airadamente.

Invertí mi tiempo en el conocimiento, en saber de temas fascinantes tales como la historia, el arte, la astronomía y la filosofía. Evidentemente, siempre he amado la literatura y la reconozco en cada letra.

Tengo una vida maravillosa e igual de intensa en una relación formidable a puertas de recibir a un nuevo heredero y contento de descubrir mis sueños en cada mañana y de irme a dormir soñando que estoy cerca de las fantasías más alocadas.

La vida no es una repetición, creo que son momentos, es decir; capítulos, porque no todo el tiempo vas a realizar lo mismo, alguna vez tienes que reinventarte, hacer algo que te apasione, ir a un destino que deseas, estudiar lo que te atrape, ser quien quieres ser, adueñarte de tu propio tiempo, amar a una mujer, despertar y ver los ojos de tu niño o niña, incendiar la vida con otros parámetros, caminar nuevos senderos, creer en otras aficiones, ser feliz en otros rubros y vivir constantemente en distintas etapas.

De eso se trata, en poco, esto de vivir.

Y yo, escribo, cada vez, episodios únicos.

 

jueves, 7 de julio de 2022

20 semanas

En un tiempo como este hemos sabido apreciar en mistura de maneras lo que se siente ser padres de una criatura de origen único compuesta por nuestras propias partes y genes catalogándonos como seres primordiales y primerizos de este suceso maravilloso que es enmarcarse a la tarea mágica y titánica de ser capitanes del sendero de la vida de un ser pequeño con corazón enorme dándome cuenta que es difícil, a veces, asimilar lo bonito que es y sobre todo, lo mágico que resulta ser, debido a que estoy tan emocionado y a la vez tan feliz que algunas veces me pongo en cuestión la gran duda del momento, ¿si será mucho más enorme de lo que puedo ser? Y me gusta tal desafío porque inunda y nos conforma en preámbulos de muchas formas para pensar en cómo será aquel momento en que venga y reine en nuestras vidas, algo que, en definitiva, es emociónate, bello y paulatinamente dulce como tierno, frágil y lindo, místico y mágico, entre otros hechos y tantas emociones que van a ir apareciendo. Lo que quiero decir es que me gusta que sea un hecho enorme y fantástico porque no podría preverse de otra manera y satisface a la idea de que no podría existir algo tan maravilloso como este nacimiento y entiendo totalmente los pormenores siguientes porque me gusta y confieso la felicidad que tengo en ánimos por ser el mejor por el ser que viene a conquistar este mundo.

Debido a ello la inspiración elabora su parte y los cánones de los sentimientos reales constituyen un genuino acuerdo para que todo sume en pro de una criatura hermosa que nos hará felices el resto del tiempo, no cabe ni la menor duda. Razón más que suficiente para sentirme capaz y audaz de poder amar y manifestar ese amor en una completa locura fabulosa en pro de quienes pronto vamos a tener en brazos y cuidar, educar, querer, alegrar, guiar y demás. Aprecio todo lo que vivimos, lo atrapo, lo escribo, lo incorporo y lo sueño tanto como vivo porque es netamente maravilloso este sentir que me arrastra, inspira y llena de felicidad.

Te amo mucho y también amo al bebe y espero que todo sea como sueños hechos realidad durante cada día.

viernes, 24 de junio de 2022

El contrato

- Abrí la puerta y la vi. Era una señora de altísima edad con ojos blancos y apariencia tétrica. Los cabellos cortos y blancos, las grietas en la cara parecían cicatrices en lugar de arrugas; vestía de blanco con calzado negro, era enana y escondía las manos por detrás como si fuera a darme un obsequio.

Nunca la había visto en mi vida, razón más que suficiente para preguntar: Disculpe, ¿Quién es?

Ella pronunció mi nombre y apellido en voz lenta y cruda denotando su escasez de dentadura para enseguida sacar el brazo derecho de su espalda señalándome con el índice en una frase que difícilmente he logrado olvidar: Tú y yo nos veremos en el infierno.

Recuerdo que el dedo carcomido como si de tocarlo se hiciera cenizas fue acercándose a mi pecho logrando que sintiera inmovilidad de mi cuerpo, quizá, por el estado en shock donde me encontraba por obra de su frase o puede que por alguna fuerza hipnótica proveniente de su ser.

No llegó a tocarme. Se deshizo poco antes como humo negro siendo reemplazado por una risa horrenda con boca abierta como si los labios untados se hubieran despegado con brutalidad y se notara destrozos en sus cartílagos.

Al apagar la risa, comprendí la situación –o de repente, resolví asimilarla de otro modo- respondiendo a su acusación con una duda irónica: ¿Satán tiene ron para este especial invitado? A lo que, ante dicha pregunta totalmente bromista, ella contestó: Nadie es especial en los vagones del infierno. Todos se queman por igual.

Volvió a reír como si se tratara de un chiste luciendo un fétido aliento y desquebrajando las grietas en la cara como si tratara de una momia.

¿Por qué? Le dije con rotunda seriedad.

Ella silenció. Sabía que iba a acotar algo más.

¿Por qué me han invitado al más allá?

Me di cuenta que el otro brazo empezó a salir de atrás con la misma intención que el derecho, el cual, curiosamente, había dejado de existir; pero no me daba la impresión de estar ante alguien sin una extremidad, sino que, era como si, simplemente, de nuevo, lo hubiera ocultado.

Al instante, la anciana contestó a mi duda con seriedad: ¿Recuerdas el vagón treinta y tres de las seis de la tarde en noviembre hace ocho años?

La miré asombrado, porque juro, no lo recordaba.

Allí comenzó a escribirse tu nombre en este recordatorio.

Abrió la palma de su mano izquierda débilmente estirada como si pesara y pude notar una hoja muy pequeña capaz de caber en aquel vejestorio.

Inevitablemente, la recogí.

Abrí la hoja con la punta de los dedos ante su espera nada ansiosa y al notar la numeración minúscula del uno al diez de frases que no leí con atención, salvo la inicial, me clavó un dejavú.

Sentado en el vagón de un tren de la capital rumbo a un destino en entonces conocido; pero en el presente tan olvidado como un pasado nunca habitado, me hallaba con la cabeza agacha secando la ansiedad con frotes de palma en el rostro ignorando la música en los oídos por parte de los audífonos y el resto de personas que me acompañaron dicha tarde de un mes alejado de los recuerdos contemporáneos, pensando en hechos angustiosos que hoy son meramente monumentos a la experiencia que he dejado de usar y que en algún momento rompí; desaforado en un frenesí interno por descubrir las razones que afectaron un camino y que dolieron mucho en tal época, me hallaba indispuesto a luchar por el sendero que vi venir y de pronto se oscureció como si fuerzas de otro mundo obstaculizaran una buenaventura; opacado en sonrisas y aguantando decibeles que querían estallar, sentía como el vagón avanzaba hacia la respuesta inevitable de una verdad que no quería que pasara porque añoraba el contexto opuesto a la tragedia.

Allí, al borde de un colapso emocional, me di cuenta que la existencia de un Dios protector parecía estar nula como si su nombramiento fuese tan solo una fantasía de seguidores ciegos; y alguien, de pronto, asumió un rol ubicándose a mi lado a pesar de las sillas dispuestas, preguntándome una trivia que no dejé de repetir; aunque al cabo de los años olvidé.

¿De qué lado quieres estar?, ¿De quién abandona o de quien concede?

No fue difícil asimilar el contexto si con ira y coraje me sentía como si estuviera indefenso y a la vez pusilánime buscando indirectamente algo o alguien que pudiera darme una solución contraria a la situación; y, justo al rato, una presencia particular, de traje, rostro sobrio, conocido como cualquiera, habitante de la misma tierra y sin singularidad para no olvidar, apareció para consultar sin saludar como si conociera mi sentir sin conocerme.

Del lado de quien concede, le dije automatizado.

Entonces, ¿Por qué el agobio? Si de buscarlo, tendrás lo que quieres.

¿Cómo?, ¿A quién? Le dije confuso.

La parada se acercaba.

Búscalo, él recluta sin prejuicios, me dijo el hombre común y corriente.

¿A quién? Le dije al borde de la llegada.

Pronuncia el nombre que más le gusta y te dará lo que buscas.

Araziel, lo oí cuando me levanté para acercarme a la puerta y presionar el botón verde de arriba.

Nunca lo dije.

Nunca dije su nombre, le dije a la anciana frente a mí, quien parecía estar levitando. Lo curioso era que nadie de mi casa salía preocupado a curiosear por la inesperada visita o preguntaba por detrás de quien se trataba.

Al parecer, estaba solo y aquello le gustaba. Lo intuía, porque me esperaba mientras que yo pensaba en tales recuerdos leyendo atento. Tras el viaje al ayer, cada oración en enlistado que a mi criterio era como si me hubieran incriminado por hechos nunca antes realizados; aunque, en efecto, dicen que las fuerzas oscuras conocen mejor tus secretos que nadie porque ellos se aprovechan de la maldad que raras veces concierne a personas que viven humanamente en una faceta superficial de bondad mientras que los seres angelicales ignoran tu dolor y agonía que se fermenta en repudio para eventualmente transformarte en quien cometió tales atrocidades que no cuenta a nadie.

Es una ironía. Es como cuando Dios arrojó a Lucifer por querer ser como él. Porque en el fondo, Dios no quiere que nadie sea como él. Y por eso, los deja ser como el otro disfrutando de ese vaivén entre ser del bien o del mal.

¿Por qué vino si nunca dije su nombre? Le dije a la anciana a pesar de leer las frases en la numeración con mayor atención.

Siempre creí que se trató de mí, pensé antes que la vieja dijera algo.

Cuando quieres algo con el corazón no tienes que gritarlo, dijo la longeva con suavidad en su voz.

Satán entiende a las personas desesperadas, ellos vienen a él cuando Dios los abandona, les concede lo que buscan y piden y después se los lleva a su reino, dijo estirando una malévola y asquerosa sonrisa sin dentadura.

Pero… todo lo que he leído no ha ocurrido al pie de la letra, traté de engañarla.

Por ejemplo, le dije, el dinero me costó la muerte de un amigo, comenté mostrándole el punto cuatro. En ningún momento dije que debía de morir alguien para que yo tuviera tanto en los bolsillos, le recriminé olvidando que trataba con alguien con la fuerza suficiente para ahorcarme.

Por cada acción, alguien debe morir.

¿Qué hizo Dios para que creyeran en él?

La inquisición, comentó segura.

Pero…

Pero… ¿acaso te duele? Te hemos visto reír con el dinero en tus manos al punto que olvidaste su funeral, dijo de nuevo con una carcajada diabólica.

Las personas solo piensan en su bienestar. En su propio beneficio. Ellos son el núcleo de sí mismos, filosofaba la anciana.

Bueno, tienes razón, no me importa, de hecho, estoy satisfecho con el trabajo del inciso cuatro. Quería dinero, lo tuve, lo disfruto y soy feliz; pero… todavía hay tiempo para contar sobre los otros puntos, ¿verdad?

Por ejemplo, el sexto, ¿Por qué no soy inmortal como se lo exigí?

¿Y quién dice que no lo eres? Recriminó la vieja.

Irás a construir palacios al infierno por el resto de la eternidad, añadió solemne.

Me gusta la idea, le dije. Este mundo me aburre. Ya no puedo comprar nada con tanto dinero, tenerlo todo es un martirio voluntario porque no puedo; aunque quisiera, colgar a la luna en mi sala, le dije simpático.

Ella no se mostró así.

Quisiste tener hijos, añadió la vieja.

Sí; pero cuando se volvieron mayores se fueron por sus propios caminos usando el dinero que les doy para sus goces nocturnos. Fue divertido durante la niñez, le dije con otra risa que no soportó mirar.

¿Qué tipo de ron toma Satán? O es un hombre de whisky. Yo lo he visto en pinturas bebiendo sangre, a mí no me gusta eso. Prefiero la cerveza antes que la sangre, le dije en broma.

La vieja se mostraba cada vez menos comprensiva y más furiosa luciendo una vena en la frente en señal de rabia.

¿Te resulta divertido morir en el infierno? Me dijo irónica.

¿Acaso voy a morir?, ¿No es que iba a estar quemándome por el resto de la eternidad? No me cambien el trato, eh, le dije imitando su actitud.

Bueno, dijo serena, ¿a qué hora nos vamos? Preguntó como si se tratara de una invitación cordial.

Supongo que ahora mismo, porque despedirme de todo lo que me han regalado, no me resulta apetecible; e incluso, ¿sabes? Dije en un gesto de pensar, ella me miraba asombrada, me agrada mucho la idea de salir de aquí e ir a las flamas del Hades, porque estoy aburrido en este lugar, le dije en un ademán por cerrar la puerta adelantándome un par de pasos de ella, quien, efectivamente, no tenía brazos y tampoco pies; levitaba, tal cual, un fantasma endemoniado.

Me pregunto, ¿Quién se quedará con tu yate de tres pisos y veinte habitaciones? Dijo de nuevo con ironía.

¿Cuál yate? Le repetí la duda.

El yate que pediste, dijo viéndome de reojo. Yo encendía un pucho.

Ah, se hundió. Vino jodido, le dije fastidiado. Creo que a tu jefe lo estafaron, añadí displicente en una piteada que cayó en su cara.

Pediste el yate de un actor de cine famoso con quien te encontrarás en el mismo infierno, dijo con su horrenda sonrisa.

¿En serio? Y yo que amo sus películas de vaqueros. Dime algo, ¿Sabes si también está la Srta. Monroe? Porque me encantaría conocerla. No pedí una máquina del tiempo para tenerla por el resto de la eternidad, ¿notas lo inteligente que soy? Le dije sonriente, ella no compartió ninguna gracia de mi argumento ignorando responder a mi segunda duda.

Podía notar que la señora, la empleada del Diablo, se sentía acorralada e irritable con mis argumentos, tal vez en anteriores ocasiones tuvo que recibir oraciones, ruegos y demás para que no se llevaran a alguien. Sin embargo, yo estaba feliz de irme al mismísimo averno.

Nunca conocí a nadie que quisiera irse para abajo, me dijo, todavía caminábamos con rumbo desconocido por unas calles silenciosas como si se tratara de una pesadilla que disfrutaba.

La gente se aferra a lo material, a lo absurdo, a lo que dura poco, en cambio yo, quiero tenerlo todo mientras estoy abajo. ¿Sabes? He leído mucho sobre el Hades, allí te encuentras con los sujetos más locos de la historia.

Ella asintió viéndome de reojo con la cara confusa.

Ellos están ahí por asesinos, criminales y desgraciados, mientras que tú, pobre angelito, irás por un contrato con mi rey, dijo tratando de darme temor.

Qué suerte la mía, ¿no? Invitación sin asesinato. Un golazo, le dije sonriente y nos adentramos en un bosque oscuro que apareció de pronto.

La idea es que no lo disfrutes, me dijo irritada.

¿Por qué? Quise saber.

Porque es un lugar horrendo donde nadie quiere ir y quienes están no la pasan bien a pesar de sus tragedias.

Pero, a mí me gustaría estar ahí y tal vez entablar amistades honestas, le dije.

No se trata de eso, debes de sentir miedo, pavor y rogar por quedarte, me indicó encarecidamente logrando abrir una especie de hoyo frente a nosotros.

Creí que habría una compuerta rumbo al sótano, no un agujero de mago, le dije y fue la última frase que soportó.

Entonces, ¿tu vida en la Tierra es miserable? Me dijo parándose frente al hoyo negro.

Asentí con un puchero. Más o menos. El único problema es que odio a la gente, le dije con una risa.

Ella sonrió, sacó el contrato de alguna parte de su interior como quien mete una mano renovada a su cuerpo y me dijo: Voy a destruir esto y te quedarás a vivir noventa años aquí.

¿En serio? No, que tragedia, le dije sobreactuado.

Ella me hizo un gesto de dedo medio elevado y se adentró en el hoyo.

No volví a verla. De repente, el bosque se volvió la calle de mi zona con luces y gente, caminé a la casa, abrí la puerta, me recosté en el sofá y tras una palmada, dije: Ya se fue la visita, salgan todos.

Sentí el sonido del zapateo en la escalera, adentré la mano por debajo del sofá y sentí el filo de un cuchillo.

De alguna manera u otra, quiero irme para allá.

 

 


Fin

 

 

 

 

Te esperamos

Te esperamos, preciosa,

Para tenernos al ritmo de la creciente luna

En noches que parezcan infinitos en pasos

Porque amarte es tan perpetuo como este cielo

Que nos concede coincidir en manos

Tu madre y yo dentro de este mundo sólido para ti.

Te esperamos, preciosa

Porque te amamos desde antes de conocerte

Y la vida nos aclara que estamos enamorados

De tus pies, tu carita, tus caricias y tus pasos

Tus manitos, tus besitos y tus momentos

Tus cabellos, tus voces y tu misterio.

De todo lo que provenga de ti.

Te esperamos, preciosa

Porque la vida nos ha mostrado que amarte

Es lo que haremos de hoy en adelante

En este porvenir que juntos hemos creado

Para tenerte y cuidarte

Durante el tiempo que dure la vida

Porque estamos aquí para amarte debido a que ya mucho te soñamos

Y tendremos el amor que nos resta unidos

Para concederte el placer de amor de cada mañana.

Te amamos, preciosa,

Para amarte hasta que el amor nos contagia

Y se vuelva eterno como tu risa en luna.

sábado, 4 de junio de 2022

Quiero

Quiero hacerme cargo de tu gracia al ritmo de tu magia en la sonrisa.

Que los componentes que inventan mi literatura sean los matices que provienen de tus suspiros.

Que nos sujetemos de la mano y bailemos enamorados de una vida que nos ha querido untar como dos brisas en un verano infinito.

Quiero que las esmeraldas en tu mirada penetren y descubran los estigmas guardados en mi corazón. Que despiertes en mí las emociones que los humanos no supieron germinar.

Que nos quedemos un rato de la eternidad mirando las estrellas que el pintor nos regaló.

Yo estaré ahí para tus dudas, tus risas y tu elocuencia. Para la gracia divina salida de un pozo estelar dentro de tu alma. Para la calma en el abrazo compuesto por orquídeas. Para el silencio debajo de una terraza mostrándote el reino. Para el motivo de tu existencia a los compás de la maravilla que es convivir en una vida que nos aprieta en dulzura.

Quiero que nos miremos y sentimos las semejanzas de las almas como dos mitades iguales.

Quiero que mi inspiración tenga tu nombre y la luz del sendero tus pasos de porcelana sobre una planicie conquistada por tu magia.

Que los astros del cielo te envidien, divina. Que bajen autores para manifestar versos en tu nombre. Que artistas de los barrocos te inventen inmortal y hermosa como aquellas flores que solo nacen cuando tú las evocas.

Quiero que sujetes mi mano y entiendas que el destino es nuestro.

Que somos un hoy y un futuro sin fronteras, que has venido para que la vida surja como un imán de buenaventuras hacia nuestros cuerpos en adelante. Que la risa sea mutua y los besos constantes, que el amor nunca se detenga y el calor jamás se apague. Que podamos vivir unidos con los porvenires magistrales que esta coincidencia maravillosa ha querido para nosotros.

Quiero amarte hasta que el amor se reinvente cada mañana que te vea abrir la mirada y sentir que estoy aquí… solo para ti.

¿Quién es Luis?

Eran las cuatro de la madrugada cuando desperté sobre el asiento trasero de un auto desconocido. Delante no había conductor y tampoco copiloto, salvo una mochila antigua tan gordita que parecía estallar. El contenido misterioso no lo quise averiguar y supuse que debía de inspeccionar en las afueras antes de salir a caminar.

El celular era tan de antaño que solo me indicaba la hora. La calle se veía desolada, en neblina como en una historia de Stephen King y no pude diferenciar a las personas con los autos que iban, imaginé, que despacio.

No recordaba bien la razón por la cual estaba allí; aunque por la falta de seguro en las puertas, la ausencia de esposas o cadenas, no habría sido secuestrado; quizá, me habían abandonado mientras se enlistaban en la cola de un restaurante o un banco; en el trayecto de ida y vuelta a la casa para recoger algo olvidado o tal vez, simplemente era mercancía de un contrato entre fulanos y oficiales. Los pensamientos se aglomeraban en mi cabeza y el cuerpo no se movía por miedo a lo que ocurriera en las afueras.

No estaba seguro que lugar era más sensato para estar. Si abría la puerta y un auto impactaba contra mí por estar en la avenida o si caminaba y me devoraba algún ser maligno inventado tras una catástrofe nuclear. Había visto tantas películas y leído tantos libros que cualquier escenario podría manifestarse sin asombrarme.

De pronto, golpearon el vidrio de la ventana. Una cara conocida apareció sonriente como si estuviera emocionada de verme. Era mi madre, tendría unos años menos que ahora; aunque lucia casi idéntica. Del otro lado, abrieron la puerta, mi padre ingresó tan amable como de costumbre, afectuoso fue mostrándome el calor de su cariño en palabras al son de preguntas que iban desde, ¿Qué tan bien dormiste en el auto nuevo?, ¿ahora si podemos sintonizar música? Ambos rieron cómplices de sus cuestiones y mientras que él prendía el motor, ella volteaba el cuerpo para verme sonriente como si el reflejo de aquella cara estuviera en mí. Pensé de inmediato en mostrarme frente al retrovisor, algo que había ignorado por ansioso o meticuloso, por analítico o temeroso, y puesta en escena mi cara frente al vidrio entendí que era yo, en el presente, ubicado en un pasado distante sin que los presentes en frente lo supieran.

Mis viejos se mantuvieron con la vista adelante creyendo que todavía andaba medio sonámbulo, razón por la cual, no hablaba y actuaba extrañado como perdido. Mi padre me miraba por el espejo cada cierto tiempo mostrándose preocupado y luego sonriente, mi mamá escogía emisoras para deleitarnos con su voz al ritmo de la música y aquel camino de neblina y penumbra iba deshaciéndose al tiempo que avanzábamos en una carretera que, al parecer, acababa, dándole inicio a una calle más angosta y luminosa que conducía a nuestra casa.

Nos detuvimos. Ellos bajaron pidiéndome que hiciera lo mismo. Hice caso como si tuviera la edad con la que me miran. Adentro, todo era igual que ahora, salvo algún que otro detalle, no tenía hermanos y tampoco mascota, me indicaron que fuera a la habitación hasta la hora de la cena, y para allá me dirigí sin poner excusas.

Me sentí desentendido, era como si estuviera tranquilo y a la vez inquieto, como si estuviera en casa y sintiera la sensación que no lo estoy; motivos por los cuales callaba y aunque para mis viejos fuera un acto distintivo de mi durante la niñez, entendían que debían de preguntarme, de rato en rato, con gritos desde abajo, si me encontraba bien. Yo estaba regado sobre la cama con la vista en el techo, por ciertas raras razones, me sentía agotado; quizá, también por eso no hablaba. Era como si hubiera salido de un hospital y me habrían dicho que repose. De repente, esa era la verdad de tanta amabilidad; aunque, ellos siempre lo han sido.

Al cabo de unos minutos, mi madre subió para advertir la cena y comentar que, por el atuendo estelar que llevaba consigo, saldrían juntos a una reunión de amigos. De nuevo vi la hora como automatizado. Eran casi las diez de la noche de un viernes. Supuse que también debía de salir a divertirme; pero me percaté de, ¿Cómo y a quien voy a avisar si tengo un celular tan antiguo como la piedra roseta? Aquello me resultó chistoso, le regalé una sonrisa a mi mamá, ella correspondió en un beso rápido y comentó que, cuando quisiera, bajara a servirme la comida. Le dije que lo haría, se vio en el espejo de mi habitación y salió con destino junto a mi padre a dicha festividad.

Cuando oí la puerta cerrarse aproveché en levantarme de la cama con intenciones de indagar en la casa; pero al momento en que impactaron mis pies sobre el suelo aparecí de nuevo en la parte trasera del auto. Otra vez con la calle en neblina, la soledad y las puertas cerradas sin seguro.

Decidí aventurarme tras recoger una monedas en el buzón del carro si por ahí requería de algún alimento o bebida. En tal ínterin, moví la palanca y por torpeza puse en marcha el carro sin saber cómo detenerlo por mi falta de experiencia, debido a la edad, tal vez a la insensatez, de repente a la ausencia absoluta de conocimiento de autos o meramente por casualidad. Me di cuenta que el carro avanzaba lento; pero directo hacia un sitio desconocido por la neblina que iba diluyéndose mientras nosotros estábamos dirigiéndonos, yo tratando de detener el rumbo con curiosos movimientos, queriendo acordarme de unas clases de manejo hace muchos años, olvidando por completo ni siquiera como frenar la llanta y viendo que en frente aparecía –como esas escenas repentinas- una muchedumbre en un paradero. Todos desconocidos y a la vez perdidos, enfocados netamente en lo suyo: La espera de un bus. Que, al parecer, sería un auto familiar que viene de atrás con un idiota que los iba a atropellar.

Antes que pudiera suceder la tragedia, aparecí de nuevo sobre la cama, asustado, tembloroso, miedoso y con sudor cayendo por las sienes.

Me pregunté, ¿Qué rayos ha ocurrido? Y rápidamente volví a levantarme de la cama sin volver al pasado como hace un rato.

La casa era la misma, nada había cambiado, ni siquiera el confort de la sala, tampoco el movimiento de las sillas y la mesa, era como la recordaba; pero… ¿hace cuánto que no estaba aquí?

De pronto, antes que pudiera realizar alguna actividad más de curioso, oí al timbre inquietarme.

¿Quién es? Pregunté en voz alta.

Yo, dijeron por atrás.

Era una figura mediamente alta, de cabello corto y aparente cuerpo voluptuoso.

Soy yo, abre, repitió.

Pero… ¿Quién yo? Repetí preparando una voz dura para no poder evidencia mi intriga.

Luis, dijo seguro.

¿Quién rayos es Luis? Pensé tratando de hallar un rostro conocido en la memoria.

Luis, tu amigo, añadió.

No tengo a ningún amigo, pensé.

El hombre movía el pomo de la puerta a sabiendas que estaba detrás.

Abre, hombre, que debemos hablar, vengo de muy lejos, dijo apurado.

¿De dónde? Quise saber.

De Camerún, me dijo.

El asunto se ponía todavía más inestable.

Me ganó la curiosidad y abrí.

Era un hombre no tan grueso como pensé, su casaca enorme de esquimal lo hacia verse gordo, era de tez morena, mediamente alto y con el rostro sereno como si fácilmente pudiera parecer un tipo amigable.

Hola, le dije estirando la mano.

¿Quién eres? Añadí velozmente.

Luis, tu amigo, me dijo intentando pasar.

No le di ese espacio.

Debemos hablar, me dijo.

Asentí y lo dejé pasar.

Luis ingresó sin verificar la casa, fue directo al sofá y se sentó como hombre educado.

Fui asomándome despacio y sospechoso por su repentina actitud tan encandecida.

No temas, soy tu amigo, repitió Luis.

Bien, ¿Qué ocurre? Le dije parado frente a él.

¿Te das cuenta que estamos en una situación irreal, no? De hecho, no es un sueño, sino una realidad alterna, me dijo tan sereno que no parecía tomarme el pelo.

Es lo que creo que es, le dije inquieto.

Asintió suavemente.

En primer lugar, esta casa es una bomba de tiempo. Va a explotar si sales. En segundo lugar, tus padres no son tus padres y en tercer lugar, yo tampoco existo, soy nada más que una creación de ti para ayudarte a salir, me dijo con igual sentido de pertenencia capaz de llenarme el nulo de la incertidumbre.

Espera, ¿es un sueño, verdad? Como en esa película ‘El vengador del futuro’ o Terminator cuando el T-500 llama a la casa de John. ¿Verdad?

Luis, mi supuesto amigo, sonrió. Tienes razón, me dijo. Tiene mucho que ver lo que mencionas. Eres ingenioso como siempre, acuñó con una larga sonrisa que no compartí.

Bueno, la pregunta es, ¿Cómo desactivamos la bomba para poder salir de aquí e irnos a la realidad de dónde vienes? Dijo como si se tratara de una mera situación banal.

¿Esto es real? Le dije.

Más real que una banana, dijo sonriente y se levantó para cogerme el hombro y decir: ¿Me ayudas?

¿A qué? Dije pareciendo un lerdo.

A que sobrevivas, me dijo adentrándose velozmente en la alacena. Perseguí sus huellas hasta llegar a la estufa de la cocina la cual desmanteló con tenacidad y comentó, ¿ves? Aquí no hay ninguna bomba. Vayamos hacia el otro sector.

Espera, ¿quieres decir que mis viejos quieren matarme con una bomba?

Así es, asintió en una frase cortante. Y no lo olvides, no son tus padres, añadió seguro.

Yo seguí confundido; pero no dejé de seguirlo por la casa hasta que se detuvo en el baño debajo de la escalera. Un clásico para ocultar cosas raras.

Allí nos detuvimos en busca de dicha bomba, la cual, a principios, creí que era nada más que una ilusión; sin embargo, Luis la halló dentro de una mochila.

El artefacto era pequeño, tanto como un limón. Pudo recogerlo asombrado y fascinado colocándolo en la palma de su mano preguntándome si quería tocarlo. No quise, obviamente. Luis dejó su fascinación porque oímos el sonido de la puerta. Maldijo, yo me mantuve quieto y él creyó conveniente no realizar ruido para evitar que nos descubran y de ese modo poder desmantelar la bomba con sus manos a fin de zafar sin que nos vieran.

Luis demoraba, desarmar la bomba era como construir de un color un cuadrado lúdico. La angustia aumentaba porque mis viejos preguntaban por mí con una voz distinta, como si estuvieran intuyendo algo, quizá, una revolución silenciosa.

Apúrate, le dije. Luis siguió trabajando a paso lento.

De pronto, mi vieja se asomó a la escalera, dio una pregunta en busca de mi respuesta, al no escucharla quiso subir a la habitación, ambos oímos sus pasos, se sentían metálicos, no por los escalones, sino por su calzado. Por un agujero verifiqué que subía tratando de encontrarle fallas en su anatomía. Era ella, mi madre, ¿Quién más podría ser? Pensé confuso hasta que, de pronto, al bajar, creyendo que estaría dormido, me sorprendió demasiado que se quitara la peluca y mostrara una cabeza ovalada y metálica como si hubiera perdido el color blanco de sus mejillas para enseguida transformar su mano de jebe piel en un artefacto de fuego, el cual, cándidamente[B1]  ayudó a encender el cigarrillo de mi padre, quien se asomó por detrás pidiéndole un favor. Ambos sonrieron. Yo quise gritar. Luis seguía trabajando. Ellos algo pensaron; pero se fueron al otro sector. Definitivamente, no eran humanos.

Listo, lo tengo. ¡Vamos! Me dijo, gritando. Yo seguía inerte, idiotizado y confuso. ¡Hey, vamos! Repitió sujetándome de la mano. Volví a la realidad, a esa realidad, y salimos juntos del baño andando en cuclillas hasta llegada la salida.

Voy a tirar la bomba en la sala, salimos y nos tiramos. O corremos tan rápido como podemos, sugirió.

Abrió la puerta. Uno de ellos se dio cuenta, enseguida los dos nos vieron. Yo corrí, Luis quiso dar la cara, tenía la bomba en la mano, ellos vinieron hacia mí; pero mi amigo se interpuso diciéndome: Te estoy devolviendo el favor en África.

Mis padres, de caras extrañas por lo exagerado de sus gestos, olvidaron las pelucas y los guantes para mostrar sus verdades, no pudieron manipular en emociones porque me di cuenta que no eran. Corrí hacia la calle sin voltear oyendo una explosión detrás de mí.

Afuera, me encontré con un niño lloriqueando en una esquina, de inmediato me asomé a preguntarle, ¿Qué ha pasado? A lo que el muchacho respondió: Mi abuela es un robot.

 

 

Fin.