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jueves, 16 de septiembre de 2021

Senderos inciertos

- En una esquina del Parque Kennedy, del cual nunca tuve idea de la razón objetiva para llamarlo así, frente a una tienda por departamento todavía cerrada a pesar de ser mediodía, beneficio para quienes no anhelan trabajar temprano, cerca de un concurrido centro de entretenimiento para jóvenes adictos a los videojuegos, debajo de un semáforo prendido casi del mismo color de mi corbata, observando paulatinamente el reloj en la muñeca, con algún cantante de lunes oyéndose en mis oídos, contemplándome en el reflejo de un vidrio a mi lado obra de una tienda de calzado, añoraba expectante que pudiera avanzar y continuar el trayecto hacia la calle que direcciona con la avenida principal; pero que recorre una serie de tiendas de sastre donde en dos ocasiones pude adquirir unas camisas y en donde labura apasionadamente una muchacha de elegante atuendo, quien jamás mira hacia atrás por estar sumergida con el cuerpo inclinado en el corte y confección de tejidos sofisticados para clientes o maniquís y cuya única atención se resuelve en el sonido de la puerta pasado el mediodía. Curiosamente, cada vez que solía atravesar la calle, a veces intencional, a veces de casualidad, la miraba glamurosa como aquellas chicas italianas que caminan en desfiles de alta moda y uno piensa que así deberían vestirse en una capital infectada de basura musical, modista e ignorante.

Al filo de la siguiente avenida, exactamente en el paradero donde iba o podría abordar un bus que me trajera a casa, olvidando por completo a la apuesta modista, pensaba en la sucesión de hechos que realizaría en la soledad de mi habitación debido a que tanto mis hermanos como mis padres seguramente andarían en sus respectivos trabajos y yo, atesorando la fortuna de ser escritor, estaría en absoluta soledad pudiendo consolidar la hegemonía de las letras dentro de mi cabeza. Sin embargo, apareció una mujer totalmente distinta a los prototipos en mi mente basados en la sastre de camisa, falda y tacones, a quien podría recitarle versos de Neruda y tratarla como Darcy para enseguida volverme Hyde y otro tipo de hombre.

Me saludó emocionada como si nos conociéramos de alguna parte y yo que suelo tener la cabeza en otra órbita cuando empiezo a maquinar situaciones ficticias (y no tanto) respondí a su saludo por cortés a pesar que no tenía idea de quien era y mucho menos de dónde era; no obstante, la atención minina provocó en la mujer a mi lado, exactamente frente a un quiosco de esos que te venden todo caro, un sentido amical por querer socializar, algo que para lo que no soy tan bueno.

Nos saludamos teniéndonos cerca con un beso amigable en la mejilla, repito, -como si nos conociéramos- y me di cuenta que ella también sostenía un morral como franja en su cuerpo aplastando ligeramente la playera roja que llevaba puesta debido a que dentro de unas horas, y lo había olvidado por completo, estaría jugando la selección peruana por la Copa América. Me percaté en ese momento que el tiempo literario podría verse achicado debido a que un montón de primos y el conato de hermanos asistirían al cotejo dentro de mi casa, según revisé en una veloz vista al celular, para dentro de tres horas. Y, según rápidos cálculos, yo debía de estar en casa en aproximadamente veinte a treinta minutos lo que llevaría a la consecuencia que solo tendría dos horas (media hora menos si cuento el almuerzo) para realizar mi trabajo. Algo que me ofuscaría y pondría de mal humor porque llevaba dentro de mi mente un nuevo episodio para el siguiente capítulo. Pero estos pormenores mentales poco le importaban a la muchacha en frente, quien, de cabellos ondulados, castaños y largos, altura mediana, sonrisa amplia, rostro pequeño y tez blanca, ojos claros, tan claros como dos mieles, silueta como si pudiera comerse una pizza sin reparo y afán vertiginoso por ser sociable, motivo por el cual, no dejaba de parlotear sobre el sitio donde me conocía.

Compartimos la clase de inglés en el aula 203, me dijo. Me siento a dos filas a la izquierda. Siempre llevas lindas corbatas, alguna vez quise preguntarte la razón, añadió sonriente como si tuviéramos tiempo de conocernos, con esa forma tan simpática como alguien afronta una charla con un hombre aparentemente serio.

Para entonces, había terminado la universidad -o al menos eso creo- porque todavía tenía que rendir unos protocolos tediosos que iba atrasando; terminé un romance con una profesora de inicial y primaria del Humboldt por el desgaste del tiempo, mis sueños por conocer el mundo y su afán -al inicio bonito y más tarde nocivo- de no poder desprenderse de la familia, si a esto le incluimos una sarta de niños rompe pelotas a quienes decía adorar y amar como los suyos y le impedían salir del país como yo anhelaba. Había escrito el manuscrito de un nuevo libro, que también había vuelto a reescribir y sentí que nuevos episodios cabían en mi cabeza; y, para ocupar el día en vicisitudes literarias me escribí en un instituto de inglés altamente conocido para aprender algo de la lengua universal (aunque en la universidad me dijeron que era el latín, hubiera preferido italiano, no me gusta el portugués; pero lo estudié y amo mi castellano aunque lo maltraten).

En ese proceso, tras el ruedo de la primera semana donde se realizan grupos de trabajo o prácticas entre compañeros, la joven elocuente frente a mí, me había estado observando de cuello hacia abajo, haciendo mención en más de una ocasión a la corbata que llevaba puesta durante los distintos días de la semana.

No niego que como autor suelo mirar a las personas, sacar caracteres, atrapar movimientos, anotar ciertas actitudes y hasta recordar atuendos; pero es porque soy escritor y necesito descripciones sigilosas que no comparto con nadie y las reservo en la memoria; aunque a veces me doy cuenta que más personas actúan igual sin ser autores como fue el caso de la joven a mi lado, quien me invitaba muy amigablemente, las galletas de fresa que acababa de abrir con cuidado.

Recuerdo que el miércoles viniste con una corbata de moño muy preciosa, era de color morado con lugares rojizos, quedé encantada. Me hubiera gustado tocarla.

De todo lo que andaba mencionando al tiempo que disfrutaba de su golosina, la compartía conmigo y yo la masticaba gustoso porque estaba sabrosa (o tenía hambre) esa frase me pareció sacada del vagón de un pedazo de su mente que quizá no reconocía del todo.

Digo, digo, tocar la corbata. Sentir su textura. Es que… me parece genuino que alguien vaya a clase en corbata. La mayoría de muchachos visten con capuchas, pantalones sueltos, polos con estampa y tú vas en camisita y corbata de moño luciendo intelectual y…

Por un momento pensé que diría sexi. Y, si lo hubiera dictado, me estaría riendo.

Bonito.

Me gustó más esa palabra porque reflejó lo que era la persona en una radiografía. Una muchacha con kilos de más que poco le importaban porque volvió a sacar otra galleta del bolsillo, carisma completo en cada sonrisa y elocuencia en su voz a pesar de ser lunes a la tarde y mucha gente suele andar muerta; cabellos relucientes, castaños como sus ojos pequeños y aunque vestía lista para alentar a la selección, me dijo, cuando se dio cuenta que me quedé viendo su playera, que exactamente, como la gran mayoría de personas, iría a ver el partido a casa de sus primos. Y, en ese momento, entre ademanes, risas, comentarios y demás, añadió: ¿No quieres venir conmigo? Se mantuvo en silencio, incluso, sin darle un mordisco a la galleta, y yo que tenía otra en mi mano la introduje a la boca para no responder rápido.

Me negué, obviamente; pero con sutileza. La acababa de conocer, no sabía su nombre ni dirección, tampoco conocía si realmente compartíamos el aula. Éramos casi treinta cuando entré y dentro de la multitud mi visión atrapó a una venezolana de cabellos ondulados, morena, alta, de un cuerpo de ensueño; una mujer de ojos verdes vestida con uniforme de Columbia, excitante, por cierto, por el glamur para caminar en tacones que pocas chicas pueden obtener y mi compañera, la típica atrapa libros que solo busca aprender y no socializar. De repente por eso fue la única que me cayó bien. El resto eran los típicos muchachos que no llegan al tercer básico, algunos señores que vienen y no vuelven hasta la otra semana y nenitas de quienes podía ser su padre; sin embargo, la maestra vestida de traje sastre cuando no estaba obligado en la institución (válgame dios como me encanta cuando lo usan sin obligación) era muy atractiva, americana, según dijo al inicio, rubia y de ojos azules, guapísima y amable; pero el hecho de emancipar alguna idea de citación con ella podría ser forzoso, cliché, aburrido, tedioso y no aprendería por estar coqueteando. Acababa de salir de una relación, ese asunto; aunque a veces no parezca, te nubla. Te impide cometer nuevas intenciones románticas a pesar que existan mujeres simpáticas y aunque puedas realizar acciones cercanas no logras amoblar una relación hasta un grado de tiempo. Lo digo por experiencia, nunca se empieza otra vez cuando terminas un romance. Deja que pase el luto.

Insistió en tres ocasiones para que la acompañara a casa de sus primos a ver el partido. E, incluso, a la cuarta, me cogió de la mano como quien intenta dirigir hacia un lado. Sonreía de forma cándida, simpática y apacible; llevaba zapatillas blancas y grandes de esas que tienen como una especie de barra que eleva a las personas, las cejas como si fueran dibujos y no dejaba de sonreír a pesar que yo mostraba extrañeza y ligera incomodidad por sus actitudes que me condujeron a decirle acerca de mi inminente partida. Ella no quiso que me afuera, de hecho, volvió a insistir para que camináramos juntos rumbo a la otra esquina porque, según dijo al tiempo que andábamos, solía abordar un bus en especial que la dejaba en su puerta.

Se me hizo altamente raro porque todos los buses de la Avenida Benavides van directamente hacia la Avenida Caminos del Inca sin doblar por ninguna esquina. No obstante, como seguían saliendo galletas de su mochila y yo tenía cierta hambre, resolví acompañarla.

Me gusta tu corbata, ¿es roja o guinda? Quiso saber mientras andábamos a paso lento.

La recogí por debajo elevándola de a poco para recordar su color.

Creo que es guinda, le dije.

¿Puedo tocarla? Me gusta conocer la textura de las cosas, dijo tiernamente.

No me pareció inapropiado y dejé que lo hiciera.

Vi una especie de éxtasis en sus gestos cuando tocó la corbata como si estuviera gozando interiormente al tiempo que la amasaba y jalaba causando un estrago en mi cuello.

Perdona, no quise jalarla, añadió después con una sonrisa.

Descuida, le dije y la devolví a su sitio.

¿Dónde trabajas? Fue su pregunta inevitable.

Me dedico a las letras, le dije ambiguo como siempre.

Yo quiero estudiar psicología, comentó. Pero antes de postular estoy aprendiendo inglés, me dijo.

Su respuesta me alteró sutilmente.

¿Te puedo preguntar la edad? Le dije viéndola de lado, era como de mi tamaño.

Es muy pronto para las preguntas personales, me dijo con seriedad.

No es tan personal decir los años. Muchos tienen la misma edad que tú y yo y algunos nos duplican o nosotros a ellos, le dije en broma.

Ella sonrió y soltó una breve risa.

Eres gracioso; aunque al inicio no aparentas.

Reservo mis chistes para momentos oportunos, le dije.

Me dio una mirada tierna y al instante realizó un gesto de molestia.

Llevaba un morral que parecía cargar rocas en lugar de cuadernos.

Te doy una ayuda, le dije.

Me volvió a mirar con ojos cristalinos como si estuviera notablemente agradecida.

Lo cargué con facilidad hasta llegar al paradero indicado. Nos detuvimos entre la Avenida Benavides y Larco como quien espera un bus entre la multitud. Ya no hablábamos tanto, miramos los respectivos celulares, yo visualizando el tiempo para ver si tenía acceso a la escritura por más de una hora y ella visualizando algún chat, quizá.

¿Me das tu WhatsApp? Me dijo en un tono seguro.

Se lo di.

Me agendó y mandó una carita diciendo que era su número.

A veces creo que nunca di dárselo; pero tenía una carita tan dulce que no iba a poder negárselo.

Apareció uno de los tantos buses que conducen a mi casa, el suyo no pasaba o tal vez sí y no quería abordar; yo estaba apurado, mi labor de autor no entiende de caprichos. Me despedí diciéndole que ahí me iba y lo siguiente que mencionó traicionó a la sensatez.

Te acompaño. Yo bajo en la Merced.

Soy de las personas a quienes les gusta mirar el paisaje urbano por la ventana oyendo canciones que recreen lo que siento o pienso sin hablar con nadie el tiempo que dure un trayecto. De hecho, me fascina viajar solo porque suelo tener grandes ideas en largas avenidas; pero ella se acomodó a mi lado habiendo varios asientos libres, pidió que compartiéramos audífonos de los suyos porque quería mostrarme las canciones de su bendito Spotify, el cual, en dicho entonces, no tenía instalado, y en absoluta confianza, dijo que podía ayudarme a desajustar la corbata.

Le dije que lo haría en casa porque tenerla en el morral podría arrugarla. Aclaré que sus canciones estaban chéveres aunque no me haya gustado alguna. No soy una persona que adhiere gustos nuevos con sencillez. Suele ser un proceso pesado, hay que prácticamente meterme los nuevos géneros por los oídos.

Me habló de Katy Perry, Selena Gómez y no recuerdo quien más, quería que las oyera para conocerlas; aunque luego las viera en fotos y dijera que están simpáticas a pesar que la música no sea del todo de mi simpatía.

¿Hasta qué nivel de inglés piensas llegar? Preguntó después quitándome los audífonos para conversar. Pasábamos el Parque Reducto cuando consultó, quedaba algo de tiempo para su destino y más para el mío.

Pienso acabarlo, le dije.

¡Yo también! Quizá podríamos compartir el aula los próximos seis meses, aseguró entusiasta.

Se me hizo absolutamente raro que alguien tuviera tanta emoción por pasar ciclos de estudio a mi lado cuando suelo ser una persona a quien le importa aprender y no socializar.

Pero, naturalmente, desconocía mis verdades y como niña contenta se llenaba de entusiasmo de solo imaginar el futuro.

El bus se detuvo en la Avenida La Merced, ella se alistó para bajar, me dio un beso en la mejilla mostrándome una sonrisa muy tierna y dijo: Nos vemos mañana, cuídate y estudia. Si tienes dudas, me escribes. Yo te puedo enseñar, no te preocupes. Salió del bus y estiró la mano desde afuera.

Me pareció uno de los actos más dulces que me habían pasado hasta entonces debido a que el caudal de nefastas sensaciones ocasionadas por la ruptura todavía se encontraba como sarro dentro de las pieles del corazón. Y, curiosamente, como suelen suceder en varias rupturas, la ex me escribió: Hola, ¿Qué tal?

Leí su frase gélida, deshumanizada y sepulcral, a diferencia de las veces que hablaba con cariño y aprecio y no me dieron ganas de responder quedándome con el acto tierno de la gordita de cabellos castaños hablando de enseñarme inglés y despidiéndose con elocuentes gestos porque a veces en la vida hay que apreciar los buenos ratos.

Al día siguiente, anudaba la corbata para salir rumbo al instituto, siempre formal y elegante como solía vestir continuamente, deteniendo la labor para responder el mensaje de Fernanda, mi ex novia, quien, en un acto eléctrico de intento por aferrarse al pasado, me dijo: Oye, estoy cansada de esta situación, ¿hablamos o no? Habían pasado tres semanas sin conversar, su último mensaje fue ayer y le clavé el visto más grande del mundo porque estaba agotado de su falta de compromiso con la relación y acérrimo poderío con otras aficiones.

Reflexiono, yo entiendo que tengamos otros pasatiempos, personas que disponen de nosotros y demás; sin embargo, en una relación existe un compromiso con la otra persona, quien, en muchos casos tiene más valor que el mundo.

Acabado el moño pegado al cuello, le escribí: Hola Fer, ¿hablar de qué?

(Confieso que disfruté muchísimo de responder de esa manera tan fría).

De nosotros, ¿de qué más? O, ¿ya andas con alguien?

Sabía que diría algo así, pensé entre risas y colgué una foto de estado a la que contestó con rapidez: ¿Por qué tan formal?, ¿adónde vas?, ¿con quién estás saliendo?

Algunas personas se exasperan cuando pierden a alguien o creen que otras lo están ganando.

Fer, ¿Qué tal? Espero que estés bien. Para ser honesto, no quiero hablar contigo. No lo tomes a mal.

¿Tomarlo a mal?, ¿Por qué? Yo solo quiero hablar, me dijo.

Bueno, vayamos a tomar un café, ¿te parece? Le dije saliendo de casa.

¿Hoy puede ser? Al mediodía estoy libre, le dije sabiendo que a esa hora estaría en su trabajo.

Bien, nos vemos en Starbucks de Velasco Astete, aseguró.

No, Fer, nos vemos en Starbucks del Parque Kennedy, le dije y accedió.

Habíamos tenido un romance de ocho meses, ciertamente duradero, con sus buenos ratitos y recientemente unos pésimos momentos. Me había gastado el hecho de tener que insistir a que hiciéramos algo distinto a la rutina de ir a su casa, ver televisión, jugar a la Play que tanto le gusta y hacer el amor durante el resto de la noche. Lo último, definitivamente, la excepción; pero yo quería viajes, planes, metas y sueños, y ella pensaba en su hermanito de cinco años, el otro de diez y sus hijos en la escuela, decía en más de una ocasión: No sé con quién voy a dejarlos si vamos de viaje.

Yo terminaba yendo con mis amigos o a veces en soledad, de hecho, lo gozaba; pero no tenía a nadie con quien ir acumulando sucesos y recuerdos que solidifiquen la relación.

Ella a sus veinte y seis y yo con mis tantos años no hacíamos una ecuación formidable porque nos envolvía la monotonía.

En varias oportunidades le dije: Fer, ¡Tu madre puede cuidar a los niños!

Y la escuela es de lunes a viernes. Los sábados y domingos eres libre. Pero ella tenía esa fascinación de mamá pollito tal cual mi vieja y aunque los franceses quieren a novias como sus madres, yo no nací en París y tampoco anhelo a alguien con cola.

Sin embargo, la pasábamos bien cuando queríamos gozar del día; pero yo andaba en otras etapas, quería algo más que una simple relación y ella seguía estancada en ser niñera.

Mi compañera de aula se había cambiado de asiento y la muchacha gordita de los cabellos castaños estaba reemplazándola a mi lado durante la conversación acerca de pasatiempos que tendríamos frente al público como examen oral.

Poco me importaba con quien hubiera establecido el examen, quería aprender y aprobar y la nueva compañera tenía un carisma sinigual que me llevaba a aprender con facilidad al punto que llegué a pensar que en lugar del básico uno podría estar en un nivel más avanzado si lo deseaba.

Nos lucimos en el examen, la profesora, la guapísima Miss Smith, pidió un aplauso para el público, alagó la vestimenta formal del protagonista en poco o nada sintonía con su compañera vestida de camiseta holgada y pantalón jeans rasgados y nos colocó una nota en señal de excelencia.

A la salida nos fuimos juntos como dos personas que todavía quieren hablar acerca de su gran trabajo anterior, ella conversaba sobre la forma como los alumnos nos miraron anonadados exagerando los gestos y yo la escuchaba sonriente agradecido por enseñarme a dictar un inglés mejor que la vez anterior. Además, le pareció estupendo el detalle de mi nueva corbata de moño el punto que volvió a tocarla sintiendo su textura y esta vez no tuve inquietud en dejar que lo hiciera, se emocionaba cuando la sentía, le agradaba ajustarla, sentirla, aplastarla y hasta ajustarla, tenía cierta fascinación sobrehumana con las corbatas y yo que andaba sin preocupaciones no tenía por qué negarle sus pretensiones si con ello aprendía y avanzaba en el inglés hasta que a medio camino recibí una llamada.

Hola, ¿Dónde estás?

Hola, dime. Ah cierto, estoy en camino.

Te espero, no tardes, por favor, me dijo.

Colgué y vi el rostro cambiado de la joven a mi lado.

Debo irme, le dije.

¿Hacia dónde? Quiso saber.

Al Parque Kennedy, le dije.

Vamos por ahí, propuso tiernamente.

Sí, claro, vamos le dije como quien quiere su compañía.

Andaba pensativo, preguntándome, ¿Qué es lo que me dirá Fer?, ¿Qué habría pasado por su cabeza en las últimas tres semanas? Y mientras eso ocurría oía a lo lejos las conversaciones de mi compañera acerca de sus platillos favoritos, pasatiempos y aficiones en un fluido inglés que no asentía como hace unas horas.

Ahora, cuéntame de ti, me dijo en español.

¿Puedo hacerlo en nuestro idioma? Es que estoy hostigado del inglés.

No pues, debes decirme algo de ti en inglés.

Le dije que me gustaba el mango, que disfruto de las baladas y que me apasiona lectura.

No mencionaste aquello en la clase, me dijo en español.

Dijiste que te gustaba el surf, las olas, la brisa, las noches de estrellas, jugar a la Play y practicar natación.

Había mentido rotundamente durante la clase porque me parece divertido intercambiar aficiones para no contar lo mío.

Ella, sorprendida tras mi sonrisa, me dijo: ¿Cuál es tu verdad?

¿Cuál es tu edad? Le respondí para que lo tomara como broma.

¿Por qué tengo el presentimiento que no eres honesto conmigo? Me dijo con una raspadita de mentón. Y a la vez siento como si te conociera, añadió.

No lo creo, le dije a primera impresión.

¿Eres escritor, verdad? Pero… ¿Quién no lo es en estos tiempos? Dijo entre seriedad y broma. Dime, ¿Quién no lo es? Porque vas a una feria y te encuentras con una enorme cantidad de libros cuyos autores resultan ser como arenas de una playa desierta.

La analogía, por la seriedad en sus palabras, parecía estar resonando en mi cabeza.

Todos tienen derecho a ser abogados, contadores, psicólogos o escritores, ¿o acaso crees que seremos los únicos en el mundo? Todavía eres muy pequeña para pecar de soberbia, le dije con una distendida sonrisa.

Acabo de cumplir diecisiete. Tengo lógica, sentido común y le gano en inglés a cualquiera del salón, dijo con aires de arrogancia.

Le di una mirada inquieta y le dije: Tranquila, no soy yo a quien le debes esos argumentos.

Debo tomar otro rumbo, nos vemos mañana, añadí para zafar de su impertinente presencia.

¿No piensas acompañarme? Dijo media ofuscada.

Tengo que ir a otro lado, le di una respuesta cuando no debí.

¿Quién eres? Me dijo confundida.

Tú lo acabas de decir, le dije sonriente y aceleré el paso tras mostrarle una señal de despedida.

Ella me siguió deteniéndome con un aparatoso jalón de manos como si fuésemos una pareja discutiendo.

Podemos ser muchos dentro de muchos; pero los mejores de cada género. Lo mío no es soberbia, tampoco soy una niña, ¿lo entiendes? Dijo como si estuviera actuando de seria.

Escucha, no soy yo a quien le debes explicaciones. Nos conocemos hace poco, compartimos una clase, somos… creo que amigos y nos llevamos chévere, no te ofusques y disfruta, le dije para que aliviara su malestar repentino.

Y entonces quiso arremeter conmigo en un beso. Un beso en plena calle infestada de gente que viene y va, un beso entre un hombre aparentemente serio por el atuendo y una chica de menos de veinte por las prendas y las caretas. Un beso que no podía suceder; pero ocurrió.

Confieso que el beso, apasionado por cierto, produjo sensaciones optimistas dentro de mí, al punto que cuando quiso abrazarme fuertemente volví a una situación pasada, tan lejana que parecía olvidada, un evento entre una muchacha similar y yo, un suceso tan longevo que el instante recobró y otro momento olvidó. Ella en el abrazo me habló: Me gustas un montón, lo admito y siento que estoy enamorada de ti. Lo siento; pero así ocurren las cosas, el amor no se delimita, solo se siente.

Iba diciendo a medida que la escuchaba avergonzado porque le llevaba como diez años, tenía una novia (o ex novia) a la espera en una cafetería, me estaría mensajeando, la corbata se acababa de desanudar por las pasiones en sus brazos y los choques de los cuerpos, cualquiera me podría haber visto con una “chibola” y yo estaría a disposición de los chismes de curiosos y en definitiva, acababa de perder el sueño de acostarme con la maestra debido a que ella solía sacar el auto por el estacionamiento avanzando por la pista donde estábamos pegados como una pareja de intensos tortolos enamorados en dos semanas.

Un momento, le dije tiernamente desajustando el abrazo como quien quiere y a la vez no alejarse. Ella me veía con los ojitos dulces, su carita bonita, angelical y efervescente en sensaciones, que seguramente podrían ser claras y sinceras, a pesar que yo creía solemne que nadie se enamoraría en dos semanas; sin embargo, era partícipe de la teoría que nadie sabe lo que siente más quien lo siente.

Se preocupó por el nudo de la corbata antes que cualquier otro asunto. Se vio entusiasta en anudarlo de nuevo, conocía de memoria la forma como atar una pajarita de forma correcta, bien ajustada al cuello, como según mencionaba, le gustaba y yo al tiempo que ella la amarraba, intentaba esclarecer lo que habría ocurrido minutos atrás.

Esto ha sido inesperado y lindo; pero hay pormenores que todavía desconoces y yo también por parte de ti, empecé a decir.

Ella continuaba atando la corbata con la lengua hacia a un lado, la mirada fija en que el nudo saliera espléndido y con la parsimonia de un artesano.

Y creo que tanto tú como yo debemos conocernos un tanto más para saber si podemos involucrarnos en algo sentimental, añadí con seriedad.

No era por el paso de los autos y sus bocinas, tampoco por los buses y su griterío, mucho menos por la gente y su andar veloz con calzado impactando en la acera; era porque estaba concentrada en la corbata por lo que no escuchaba atenta a lo que decía.

Cogí sus manos y le dije frente a su mirada: Paciencia, ¿sí? Vi mi celular y volví a comentarle que me iba.

Fer me estaba reventando el teléfono con mensajes que todavía no miraba; pero sus preguntas, ¿en cuánto vienes?, ¿Dónde estás?, ¿ya andas cerca? Aparecieron primeras en la fila.

No tengo novio. Nunca tuve uno. Esto que siento es real. He indagado en redes sobre ti. Me atrae como te vistes, amo tus corbatas, adoro tu sonrisa, tienes un humor nefasto y hermoso y me fascina que sean tan maduro.

El problema, que espero no sea así, es tu decisión por saber qué es lo que quieres conmigo, me dijo finalmente con una madurez absoluta.

No hay ningún problema conmigo. Lo que existen sus circunstancias, le dije rápidamente.

¿Te parece si hablamos mañana con más calma? Tengo un asunto pendiente que no puede seguir esperando, le dije con un gesto por irme.

Me dio otro beso y dijo: Mañana hablamos. Te quiero.

Se dio la vuelta y se marchó luciendo un caminar noble, con morral enorme surcando la espalda, el trasero firme y grande, los cabellos ondulados y dando un giro final para volver a despedirse con un gesto. Era una completa ternura.

Cuando se fue aceleré el paso rumbo a la cafetería donde estaría esperando ansiosa y molesta la novia que acababa de dejar hace no más de tres semanas.

Por fortuna, Fer se hallaba parada en el umbral de la cafetería con los brazos cruzados, el ceño fruncido, los cabellos largos y lacios hacia atrás, los tacones intercalados entre sí, una blusa blanca, ceñida, de manga larga, falda negra y medias altas, los ojos diabólicos, sin gesto para con mi venida; pero hermosa, divina, elegante y grotescamente sexi ante mi apremio voluntario que no disculpé ni excusé, solamente di un saludo a pesar que la vi completa y no imaginé desnuda porque a veces las pieles con prendas resultan ser más atrayentes que la propia anatomía al aire y aunque esto parezca obra de un fetichista o masoquista, que estuviera enojada, vestida como maestra de primaria y tenga esa mirada absolutamente malvada me introducía a un mundo lujurioso el cual, para suerte de ella, la cafetería podía impedir (no del todo, si tuviéramos la llave del baño) en gran parte la resolución de los hechos en la mente.

Maldije para mis adentros con una duda en la cabeza: ¿Por qué carajos terminé con ella?

Han pasado tres semanas, empezó diciendo sentada con las piernas cruzadas luciendo esos tacones negros que podían haberme calentado si los llevaba consigo a la cama.

¿Qué has pensado, hecho y sentido estos últimos días? Quiso saber con seriedad.

No me interesa lo que hayas hecho si se trata de otra persona. Quiero saber y conocer las cuestiones que puedan unirnos, añadió con sobriedad.

La camisa manga larga estirada cogiendo la taza de café con gemelos en las puntas, sensualmente elegante, la hacía lucir sofisticada como tantas veces la vi cuando la recogí de esa abominable escuela primaria donde criaturas malévolas la hacían jalarse hasta de los cabellos; salir a la calle con furia y enojo, a pesar que luego decía que los quería; pero su coraje no iba contra o por ellos, sino por la desatención de padres de familia irresponsables y desadaptados que no respaldaban en nada a la crianza de niños ajenos a mí y no tanto a ella, que los veía como suyos, razones por la cual, cuando me abrazaba y relataba los estragos yo trataba de minimizar escuchando y asintiendo y tratando de decirle que son de ellos y no de ti, y que cumples siendo buena maestra y que si no realizan tareas no es por tu atención, sino por la ausencia de educación en el hogar; pero Fer, tan noble de corazón como elegante para vestir, con ese saco detrás de la silla que había olvidado para salir a esperar, se metía dentro del personaje de maestra como yo a veces de autor y quería ser también la madrina de los nenes perdidos de la escuela a pesar que no debía ni podía por estar ajena a otros mundos. Situaciones que yo entendía, obviamente; pero no comprendía porque se nublaba estando conmigo y siempre he creído que uno debe dejar el trabajo en el trabajo y dedicarse a la familia o pareja en extremo tras hablar o compartir lo justo sobre el oficio, labor o pasión sin que afecte el bienestar.

Y, sin embargo, Fernanda tenía el corazón grande, quería curar al mundo de la ignorancia y su capacidad como maestra alcanzaba aunque no era muy bien respaldada, salvo por mí, que la daba abrazos cuando se agotaba; aunque finalmente me terminé por desgastar porque se olvidaron de mí.

Allí estábamos, dejando de lado los primeros matices, la impresión por verla tras tres semanas, luciendo preciosa como mandan los cánones de su profesión, nunca sonriente, sobria y resoluta; clara para con sus argumentos que iban desde mejorar en la performance de la relación con separación de sectores, hablaba en ademanes acerca que iba a dedicarse a su labor y también a su novio, pidió disculpas por las veces que tuvo el trabajo en la mente y no estuvo para mí en ocasiones; quiso llorar cuando habló de extrañar las noches de películas en su casa; pero no iba a hacerlo, no era débil, el ser profesora te vuelve sensible o fuerte, ella era ambas cosas a la vez y nunca dócil ante un evento que podía ser para bien o para mal; sin embargo, la conocía porque fuimos amigos o conocidos antes de ser novios y sabía que era verdad lo que mostraba a pesar que me sentía dolido por sus detonantes, sobre todo por la vez en la que no pudo asistir a la feria del libro de Arequipa, donde estuve presente dando una charla sobre mis obras, por andar lidiando con la ruta de unos exámenes para el fin de un curso cuando pudo seguir con el tema en el viaje; pero decidió comerse las hojas y no acompañar a su pareja. Esa noche en Arequipa algo se perdió, di mi charla, hablé de mi labor y no la encontré; sentí que estaba dedicada a otro sector, donde yo no estaba y quienes lo estaban no la valoraban, la vida es un racimo de ironía, ya lo dije.

Pero había aprendido y quería valorar lo nuestro; lo hablaba clara, segura, con elocuencia y estirando la mano al finalizar con una sonrisa bonita que miré después de verle los senos por encima de la camisa con dos botones abiertos, el cuello pulcro y duro, un collar en el centro y un reloj impactando por la mesa hasta juntarnos de la mano como señal de algo en beneficio de ambos.

Fer… le dije mirándola esbozar una sonrisa ligera. Se veía tan hermosa que podía pararme de la silla y plantarle un beso a quemarropa; pero yo era orgulloso y a la vez resentido, no me gustaba que nadie quisiera sobrepasarse conmigo, los intentos por lastimar mi ser eran destruidos por la indiferencia que constituía mi personalidad; pero también solía ser muy romántico y no iba a arrojar al infierno ocho, casi nueve, meses de relación por asuntos que bien podían mejorar al son de sus palabras.

Yo… realmente me sentí molesto y triste por tu accionar. No estoy siendo resentido (obviamente lo era) pero quiero decirte que te quiero, que quiero que sigamos juntos; aunque antes me gustaría tomarme un respiro, una semana para meditar bien lo que requiero, porque estoy dolido y puede que esa sensación me haga actuar de indiferente manera.

Era real. Me dolía que me haya plantado de esa manera por los cretinos de la escuela. Pero… comprendía. Y, para aplicar bien mi reingreso a la relación debía de demoler las emociones negativas. He allí mi petición.

Deshizo nuestras manos juntas al ritmo de una pregunta: ¿Crees que soy idiota?

Dime, ¿crees que soy idiota?

Me sentí confundido. Ella siguió hablando: A mi oficina llegan muchachos mentirosos que esconden los cuadernos en la mochila. Jovencitos que intentan mentirme olvidando que soy mucho más astuta que cualquiera. Dime, ¿me quieres engañar?

Reconozco lo que ha pasado en tu vida en tres semanas; y también conozco esa mirada tuya que implica inquietud.

¿Qué ocurre?, ¿Quieres o no volver? Se lanzó con el ultimátum.

Creo que estás actuando de forma injusta, le dije.

Yo soy… (Iba a decir la víctima; pero podría verme como un lerdo). Bueno, estoy acongojado por tu conducta y si quiero unos días para pensar, no lo veo para nada mal. ¿O existe un repentino apremio por volver?

Reitero mi pregunta, ¿eres idiota? Te estoy diciendo para retornar porque te extraño y te quiero, ¿no es suficiente?

Yo también te quiero; aunque no te haya extrañado tanto que digamos. ¿Ves cómo empiezo a decir cosas de molesto?

Ella cruzó los brazos ofuscada.

Puedo aliviar esta incomodidad para que podamos estar en paz. ¿Te parece?

Dime algo, ¿tienes a alguien esperando en carpeta?

Jamás te vi vestido tan formal para ir a una clase.

Aunque… te ves muy apuesto. Las chibolas del Basic 1 estarían loquitas por conocer al sujeto sentado en la esquina.

Las mujeres tienen un don o una virtud, o una especie de modus operanti, por saberlo todo sin hacer mucho.

No. No hay nadie. Y eso de que se vuelven locas, no lo creo.

No te hagas el idiota conmigo, dijo entre sonriente y seria.

Te doy hasta el domingo para que decidas.

Era martes.

Hasta el viernes, le dije.

Así se habla, me dijo, ahora sí, solo sonriente.

Vio el reloj de muñeca, me dio una mirada y aseguró: Debo volver a clase. Toca lenguaje, ¿crees ayudarme?

Verbo, sustantivo, predicado, objetivo directo e indirecto, adjetivos y adverbios, ¿no es tan difícil para ti, verdad?

Cuando lo mencionas parece como si hablaras de jeroglíficos, le dije con humor y sonrió mientras se levantaba de la silla cogiendo su bolso.

La acompañé a abordar un taxi y arribé hacia mi casa borrando durante el trayecto en bus nuestro chat con mensajes soeces, deprimentes y quejumbrosos dejando únicamente el enlistado de palabreo bonito hasta que un chat sin registrar me envió un mensaje.

Hola apuesto compañero, ¿mañana volvemos a ser el team del aula?

La resolución de la foto en el perfil fue luciéndose al compás de la lectura.

¿Qué te parece si me acompañas a la inauguración del Minimarket de un primo? Habrá comida y licor, ¿Qué te parece? Luego puedes hablarme de tu novela, tus pasiones y aficiones. Quiero conocer todo de ti.

Y, esa foto en tu perfil, me fascina. ¿Me la envías?

Sonriente, haciendo un gesto con dos dedos, con la lengua casi afuera, se mostraba en su fotografía de perfil.

Hola, ¿Qué tal compañerita? Bien, bien. Claro, mañana la rompemos en clase, le escribí.

Tengo descuentos en el Cine, ¿vamos a la noche? Añadió intensa, con emoticonos de corazón y beso.

De curioso, aburrido en el bus, con la reiterativa música, corbata en el bolsillo y adormecido de piernas, indagué en el internet sobre las películas a estrenarse.

Vamos a ser Saw V, le escribí y ella entusiasta sin darme chance de volver a pensarlo, respondió: Acabo de comprar las entradas, ¿vamos saliendo de las clases? Durante la tarde no hay mucha aglomeración de gente.

Añadió un emoticón sugerente.

No sabía en que otro universo me andaba involucrando. Fer, me escribió dos horas más tarde, ¿si no te escribo, tú no lo haces? Hola, ‘cariño’, ¿podemos hablar bonito que estoy cansada de leer tanta cosa rara? Añadió risas y sentenció: ¡Te quiero, baboso! No lo arruinemos. Somos un equipo. Amamos las letras por igual, amémonos nosotros también.

Fer, también te quiero, lamento actuar desinteresado; pero quiero que entiendas que necesito calmar esta tempestad para que podamos retornar a estar en armonía.

Mientras esperaba que ella respondiera, le contestaba a la compañerita desde la otra ventana emancipando letras como oraciones de una libreta.

Listo, a las cuatro estaría bien, le dije sin leer lo que había compuesto en su totalidad.

Llegando a casa terminé por leer su sermón; aunque más pareció ser un plan macabro por retenerme durante el resto del día.

Salimos al mediodía, vamos a comer algo por ahí, quizá algún postre, unos helados o unas empanadas; caminamos hacia el cine Pacífico del Kennedy y compramos canchita con gaseosa antes de ingresar, ¿te parece?

El plan se asemejaba a uno de antaño. Sonreí por esa razón. Accedí a su composición y nuevamente le contesté a Fernanda.

El viernes tendrás mi respuesta para saber nuestro horizonte, le dije ignorando lo que había escrito antes.

¡Genial!, ¿y qué opinas sobre lo que te acabo de comentar? Leí después. Subí el cursor al tiempo que me desvestía para entrar en la ducha y encontré una idea fantástica.

Vamos de viaje a una playa cercana. Rentamos un apartamento para nosotros, nos relajamos olvidando e ignorando al mundo, incluyendo los matices de la primaria en el Humboldt y nos enamoramos como la primera vez todo un fin de semana. ¿Qué dices?

¡Excelente idea! Hagámoslo, le dije de inmediato y me adentré al agua para saciar mis locuras monumentales.

Al día siguiente, en la butaca central del cine, acomodados como una pareja de novios, viendo como destripaban a un muchacho en la película, sentí como una mano se sumergía por mi bragueta cogiendo al muñeco con absoluta confianza. No supe cómo reaccionar por lo inesperado del movimiento; aunque se me ocurrió darle una mirada frenética como quien se siente sorprendido. Ella, entonces, al tiempo que le cortaban la cabeza al tipo en la pantalla, me dijo al oído: Quiero que vayamos a un lugar donde podamos estar los dos a solas.

Me cogió de la corbata ahorcándome un poco, algo que, al tiempo que me sujetaba el muñeco, le causaba un tremendo placer, porque tenía los ojos desorbitados, ignoraba al ente en el cine sin cabeza, y plantaba besos en el cuello abotonado con deseos por cubrirlo con la lengua.

Pero… por favor, no te quites la corbata mientras me besas en la cama, la oí decir después con una voz distinta a la tierna de hace no menos de una hora en la confitería pidiendo como niña elocuente y engreída el tazón más grande de pop corn.

Evidentemente, me sentí caliente. No soy un androide que no siente cuando lo mañosean. Y ella, en su ternura diabólica, propuso lo siguiente: ¿Vamos ahorita o quieres seguir viendo una matanza?

En un abrir y cerrar de ojos, aparecí en un cuarto de hotel ubicado en una calle de Miraflores, lugar donde el portero ni siquiera nos pidió identificación, nos adentramos de la mano, cerramos la puerta y comenzamos a besarnos con ferocidad continuando con los deseos libidinosos propagados durante la película de horror.

El celular timbraba, Fernanda o mi madre, (de repente la suya) llamaban mientras que ella se quitaba las prendas viéndose prístina, hermosa como un copo de nieve, sonriente de forma tímida y aunque ciertas facetas lujuriosas se apagaron un poco por mi mirada en su anatomía regordeta la hice sentir deseada con un mordisco de labios. Se asomó para besarlos, intenté quitarme la ropa; pero no quiso que lo hiciera. Pidió al oído que me quedara vestido en camisa y corbata mientras se colocaba de rodillas para realizarme una felación improvisada, que, de hecho, en plena lujuria, disfruté.

Pude quitarme la ropa porque ardía en calor, me quedé con la corbata por su petición, subió encima de mí y arriba sin saber qué ni cómo establecer, me confesó: Es mi primera vez.

Recobré la cordura si esta se hubiera perdido. Abrí los brazos en alto para que no ofreciera ningún movimiento. Sus senos, su sonrisa, su cabello e incluso su piel se mantuvo quieta ante mi inminente pregunta: ¿Qué es lo que estás haciendo?

Intento tener relaciones con el chico que me gusta, respondió tímidamente.

No. Ese no es el punto, le dije.

Ella se quedó muda.

¿Nosotros no tenemos algo único?

No, ese tampoco es el punto.

¿Cuál es? Quiso saber curiosa.

No puedes simplemente perder tu virginidad con alguien a quien probablemente no volverás a ver… porque yo hoy estaré, quizá mañana o pasado no y esto, realicé un ademan de circunferencia, no será recordado como algo bonito, sino como un mero asunto que quedó en el olvido.

Y tú no quieres eso para tu vida.

Hablé como un padre de familia, de esos que se ausentan en la clase de Fer dentro de la primaria.

¿No quieres estar conmigo?, ¿No me deseas porque estoy llenita? Fueron sus preguntas temblorosas.

No es eso, cariño. Obvio que me atraes, eres bonita y estoy caliente; pero no quiero que te involucres de esta manera conmigo.

¿Por qué? Dijo abriendo los brazos. Ella seguía encima.

Porque no me amas, ni yo a ti y puede que nunca nos lleguemos a amar porque tengo un pasado que quiere reinsertarse y tú tanto por vivir que no puedes perder algo tan preciado y desvalorado con un hombre como yo que no estará para fin de mes.

Mis amigas siempre hablan de perder la virginidad antes de los veinte. Además, yo te quiero. Estoy enamorada de ti, dijo con honestidad a su modo.

Tus amigas mienten. Todo el mundo miente por caer bien o por verse bien. Lo que realmente les pasa es miedo. Miedo a no ser aceptadas y amadas como lo serán cuando encuentren al hombre indicado. Y ese, no soy yo para ti.

Lo eres. Porque te elegí para este momento, aseguró.

Y, puede que no nos amemos como mencionas; pero me gustas y mucho, diría que demasiado, estoy entusiasta e ilusionada contigo y no me importa que no dures hasta el otro mes, yo te quiero para mi vida, me dijo enfática.

Le agregó un beso apasionado inclinando el cuerpo, el cual seguí y continué atravesando mis manos por el resto de su cuerpo provocándole calentura al punto que resolvió volver a realizar el oral.

Bien, si eso es lo que anhelas, lo haremos; pero será bonito, ¿vale? Le dije ante su sonrisa. Me levanté de la cama, sintonicé música ignorando los mensajes de Fernanda y al retornar la besé apasionadamente dejando marcas en cada rincón de su gloriosa anatomía provocándole un frenesí increíble de sensaciones vertiginosamente candentes que nunca olvidaría hasta que me coloqué encima tirándola con dulzura sobre la cama y le hice el amor durante un disco entero de su cantante favorita.

No nos dirigimos la palabra durante la siguiente semana.

Pero, al momento en que terminamos, nos abrazamos, ella sobre mi cuerpo, yo hablándole sobre los tatuajes, ella preguntando sobre mis libros, yo relatándole historias ficticias de mi vida, ella consultando si seguiría en el curso, yo diciendo que no estaba seguro, ella dándome besos en la mejilla, yo sonriendo y viendo cómo se alumbraba el celular en llamada.

Salimos del lugar, la acompañé hasta el paradero en La Merced descansando tenuemente sobre mi regazo mientras que oíamos en audífonos compartimos las canciones de Katy Perry que tanto adoraba.

Ignorando a Fernanda, le dije que la acompañaría a su casa, accedió gustosa para mi asombro y su agrado, caminamos la avenida durante siete u ocho cuadras hablando de distintos temas que iban y venían en cualquier momento hasta que me dijo que aquella casa de rejas negras y pintura mostaza era la suya. Nos despedimos en un abrazo, la vi entrar saludando con gestos de mano a una personita ubicada en la ventana del segundo piso, dio la vuelta para sonreírme en un gesto de despedida y pude contestarle el teléfono a Fernanda, quien no paraba de llamar en un ataque sádico por saber dónde estaba.

El viernes nos encontramos. Habíamos acordado vernos como acostumbrábamos, a la salida de su trabajo en la escuela. Para entonces, había culminado con creces el primer básico en el curso de inglés y al tener las notas más altas mi compañera se asuntó durante las dos últimas clases. Fernanda salió ofuscada a pesar que quería mostrar otra faceta. Según me dijo al momento en que me saludó, había tenido una grotesca faena peleonera con los padres en Apafa. Yo le dije: Cariño, ¿Qué te gastas tanto? No son tus hijos. Si quieren que sus nenes estudien, los ayudarán.

Y si no, así es la vida.

Ella me daba un sermón de porque los maestros deben respaldan siempre a los suyos mientras caminábamos por la acera que circunda el colegio viendo como tal cual una maratón los niñitos salían corriendo rumbo a sus respectivas movilidades o brazos de sus empleadas que vinieron a recogernos; sin embargo, el caso de una niña en particular fue la excepción, porque al tiempo que Fer y yo caminábamos rumbo a la avenida apaciguando su ira con mi carácter dócil, ella comprendiendo sus nuevos ideales para con la relación y sintiéndose más calmada mientras se quitaba el saco por el calor del enfado, noté la presencia de mi compañera de aula parada, estática, de brazos cruzados y sin sonrisa, debajo de un árbol que le daba sombra. Sentí que el mundo se venía hacia abajo, seguramente se asomaría, contaría toda nuestra osadía y mi relación se iría de nuevo al pandemonio; sin embargo, la única niña que vino sin movilidad ni empleada, se acercó a ella corriendo y repitiendo su nombre para caber en sus brazos.

Fernando y yo pasamos por su lado, yo quise ir veloz; pero ella todavía no se sacaba bien el saco, nos vieron de casualidad o por obviedad, Fernanda reconoció a la pequeña o la niña a su maestra y entonces la compañera me vio, y yo la vi y nosotros cuatro nos vimos. Todo de acera a acera.

Maestra, nos vemos el lunes, dijo la pequeña locuaz.

Nos vemos, Fabiola Riva, respondió Fer tan cándida como siempre con los alumnos.

Yo traté de hacerme el desentendido; pero de repente, Fernanda dijo: ¿Eres su hermana mayor, verdad? La compañera se sintió identificada y contestó: Sí, suelo venir a recoger a Fabiolita.

Me llamo María.

¡Yo también soy María! Bueno, María Fernando, dijo Fer amable.

Ambas intercambiaron sonrisas.

Me gustaría hablar contigo sobre el rendimiento de la pequeña, ¿te parece si nos citamos el lunes a la mañana?

Ella me dio una mirada veloz, yo andaba viendo a otro lado, Fernanda no se dio cuenta o sí; pero se adjudicó decir: Tiene un rendimiento muy bajo, requiere de atención personalizada.

La compañera luciendo entristecida y viendo a su hermanita pegada a sus piernas, le dijo: ¿Usted puede darle clases por las tardes? Como encargada de la casa en ausencia de mis padres que están de viaje, puedo acceder.

Fer, a pesar de mis suplicas mentales, aceptó gustosa. De hecho, más que contenta y emocionada, al punto que se arrodilló para estar al alcance de la nena y con dulzura de madre, le dijo: Tu hermana mayor y yo vamos a ayudarte a que puedas pasar de año con éxito.

Acordaron el día y la hora mientras que yo me lamentaba por dentro, se despidieron con beso de mejilla e intercambiaron celulares.

Al momento en que por fin nos íbamos, la oí a la muchacha decir: Se ve muy bien en traje, a mí gustaría usar uno igual, ¿nunca ha pensado en agregarle una corbata?

Fer la miró curiosa, sonrió y respondió: Gracias. Sí, puede ser, ¿no? Dio la vuelta dirigiéndose hacia mí y dijo: Luego me prestas una, amor.

 

El día en que la maestra y su alumna se encontraron en casa de la hermana mayor, salí a caminar un rato dirigiéndome curiosamente hacia la sastrería Hermanas Tagliani ubicada en la Calle Pinos, me adentré timorato siendo recibido por una apuesta muchacha de acento italiano medio españolizado, quien, al verme tuvo una consulta: ¿Requiere un traje para su boda?

A lo que fielmente respondí: Es para un entierro.

Mi entierro, pensé.

¿Elegante para un funeral? Me gusta, el color negro le asentaría bien, dijo sonriendo y también le sonreí por el reflejo del espejo viéndola asomarse con el medidor con un glamor que todavía no logro olvidar.

Se verá muy guapo, dijo colocando sus manos en mis hombros, todavía sonriendo por el espejo en frente.

Se lo agradecí y cuando retornó a su posición para traer una tiza con la que subrayaría el patrón, la oí preguntar: ¿Sabe, tengo dos dudas monumentales?

Dígame, le dije.

¿Por qué el parque se llama Kennedy? No le encuentro el sentido.

Yo tampoco, le dije y sonreímos.

Y mi segunda pregunta es, ¿recién se animó a entrar, verdad?

Espero no sea demasiado tarde, le dije y volvimos a sonreír. 

 


Fin

sábado, 11 de septiembre de 2021

El enigma en la caja

- La rutina tiene caminos que en el infierno se ausentan.

Para quien se despide de los suyos al salir de casa a veces resulta agobiante el desconocido hecho de saber si volverá a abrazarlos a pesar que las responsabilidades intenten matizar los pormenores de una vida incierta aunque las idas y vueltas sean francamente concretas.

Caso contrario ocurre para quien vive en el aire sin la espera de nadie.

Sale a la rutina dispuesto a volver dentro de su propia cápsula sin besos en pausa ni llamadas martirizantes que involucran emociones. Nadie ladra su venida; pero invoca anhelos por volver a la cama.

El mundo está infectado de personas a quienes no conocemos aunque hayamos visto sus rostros en portadas de revista.

Una vez me contaron que este planeta es el manicomio de los seres de la galaxia.

Existen más desconocidos que seres a quienes saludamos y mucha de esa gente ni siquiera conoce el sabor del viento de una calle, ¿Qué nos hace creer que intuimos lo que son en base a sus perfiles en redes? Si la llegada de un paquete puede ser un detonante, una perdición o una fortuna.

Dicen que las personas nunca han evolucionado a pesar que el mundo avance porque la raíz de quienes somos está en qué hacemos cuando estamos solos dentro de nuestros pisos o habitaciones.

La historia a continuación intenta darle un sentido a los rostros que no vemos cuando saludamos a quienes conocemos.

 Raziel era un joven cartero empleado número uno de la agencia ‘Envíos Express’ cuya leyenda ‘Cuidamos tu paquete como un tesoro’ se podía leer en el frontis del local cerca al isotipo de muñeco sonriente con caja en mano, también se podía mirar con facilidad en la fachada de la puerta principal de la furgoneta que manejaba su compañero Javier, quien, a diferencia de Raziel no vestía tan formal para la ocasión. Él, en cambio, tenía un semblante único llevando un traje negro con calzado marrón, corbata a la barbilla y peinado de raya brilloso hasta la tarde mientras que el conductor, que no solía descender, dormía el tiempo que tardaba el empleado en dirigirse a la casa, adentrarse en el jardín, recorrer la acera hasta la puerta, tocar el timbre, recibir al destinatario y mostrar una amplia sonrisa para hablarle un poco de la empresa, la calidad del paquete y esperando gustoso las gracias y la firma, episodio que a veces tardaba más de la cuenta, debido al encanto inigualable de Raziel, quien solía ser invitado a tomar una taza de café, un vaso de gaseosa helada o agua para la sed, detalles que sumaban en su cargo para un próximo ascenso dentro de una empresa monopólica en el rubro de envíos nacionales y extranjeros; situaciones que Javier tomaba inadvertidas debido a que su única condición para ingresar al trabajo fue tener el carné de conductor para buses; aunque dentro de los pasillos se murmure que las faltas cometidas manejando tráileres en sus tiempos pasados habían sido borradas por el organismo judicial de la empresa. Él, reposando con el asiento inclinado, la camisa abierta por causa de la prominente barriga, la barba desafeitada, los cabellos greñudos y con una botella de energizante de anteayer todavía llena a la espera de otro sorbo, esperaba al dócil y según opiniones de otros compañeros, chupamedias copiloto para continuar el rumbo hacia otro distrito siguiendo el esquema de envíos según las estrellas de los emisores. Poco le importaba al conductor cuanto demorara Raziel dentro de una casa hablando y ayudando a cargar o desglosar el paquete porque se adjudicaba minutos para descansar o divisar el celular. Para él no existían ascensos, oía en los mismos pabellones que la empresa se desmoronaría por razón de fuertes competidores que vendrían del extranjero, Raziel también estaba al tanto de dichos divisores; pero se hacía de la vista gorda trabajando como tanto le apasiona para recibir marcos con su fotografía en donde la frase ‘Empleado del mes’ relucía despampanantemente exagerada con caligrafía sombreada.

¿Tuviste un avance con la hija? Oyó a Javier hablarle desde su posición con una sonrisa burlesca, la barba hecha añicos con residuos de refresco naranja y el brazo velludo apoyado en la ventana.

Raziel retornaba sonriente, el paquete había sido correctamente enviado, el padre de Luciana, un empresario de videojuegos había ayudado con la carga, sugirió una cerveza; pero él prefirió el agua con hielo. Hablaron un poco de temas que Raziel desconocía; pero oía como si supiera. Se estrecharon la mano como dos viejos amigos y separaron sabiendo que volverían a toparse por otras entregas.

Cuando volvió recorriendo la acera de la enorme casa con jardín en los lados, viendo a su bufón compañero reír con una pregunta, pensó que debía continuar con los envíos para poder acabar antes que el resto de la manada y seguir asombrando al jefe, el judío que aparece en celebraciones, para que pudiera otorgarle el ansiado puesto detrás de un escritorio.

—Cuéntame, ¿Llevaba su minifalda de porrista? La he visto de lejos y está rebuena Lucianita— mencionaba Javier con aires perversos a pesar de su risa grotesca viéndolo de reojo y dándole golpes en la pierna para que se animara a contar.

—Yo voy a dejar las cajas. Les pido que firmen y a veces ayudo a cargar al segundo piso. No socializo ni veo a las hijas de quienes acogen los pedidos. Además, tengo novia, Javier, no seas irrespetuoso—.

—Ahora comprendo porque hablan tanto de ti— respondió Javier cambiando el tono de la voz a uno más sobrio y menos burlón.

—Sé que dicen de mí; pero no me importa. Estoy aquí para crecer no para hacer amigos— contestó Raziel visualizando un chat especial en su celular.

—Dicen que eres el favorito del judío avaro; pero también dicen que eres su marioneta— añadió Javier interesado en molestar.

Raziel le sonreía a la pantalla ignorando las palabras y las miradas de Javier que conducía doblando una siguiente esquina de manera intempestiva para que el celular se cayera y su copiloto lo viera con ojos de coraje ante la vista irónica de su insoportable compañero.

—Hola amor, me quedan dos entregas y termino mi día, ¿a ti cómo te va? —escribió en un chat que tenía un corazón lado del nombre.

Dentro de uno de los tantos módulos del centro comercial, una chica de cabellos castaños y lacios, delgada como una pluma, luciendo un vestido absolutamente negro a excepción del nombre de la empresa en blanco, ubicado a la altura del pecho derecho, escribía mensajes sonriente teniendo a una señora que le podía duplicar la edad mandándole a cada instante para que moviera accesorios de un lado a otro y atendiera a clientes preguntones que vienen y nunca vuelven.

—Mi amor, me alegra. Dame unos minutos, atiendo a la gente y te respondo— le respondía a velocidad.

La siguiente casa se ubicaba en una amplia esquina, Javier contaba un mito acerca de un encuentro casual con una muchacha que conoció en una web y se empataron en un hotel cercano a dicha calle. A Raziel no le importaba lo que hablaba, se enfocaba en la siguiente intervención, en descender, acomodar la corbata, el peinado y verse al espejo poco antes de asomarse a la casa para la entrega de una caja en especial cuya diferencia a la anterior era que el contenido no iba acorde al tamaño del paquete.

La cargó como si tuviera una fuerza descomunal adentrándose en una reja a paso parsimonioso por si los perros estuvieran atentos a cualquier individuo.

Una anciana de altísima edad apareció en frente, se veía tan longeva que podía haber presentado todas las guerras de la humanidad, Raziel lo reflexionó con rapidez, aceleró el ritmo de su andar para que no tuviera que caminar más, le realizó un gesto de manos para que se detenga; pero la señora seguía caminando hacia adelante intentando converger con el sujeto que traía su pedido.

Los perros corpulentos que cuidaban la casa empezaron a tomar posición y el joven cartero temió por su salud hasta que la dama de blanco por los cabellos con canas que caminaba despacio por bastón ahuyentó al par de sabuesos con un chasquido de dedos haciéndolos retornar a sus moradas como fieles súbditos. Raziel aprovechó el momento para aumentar el paso de su andar y entregarle el paquete a la damisela de larga edad, quien sonriente a pesar de la escases de dientes, le dijo: Muchas gracias, te pondré cinco estrellas.

Cuando volvió sudoroso, cansino y preocupado por lo que podría pasar si los perros no fueran tan domésticos y oyó a su compañero darle buenas noticias tras comentar burlesco sobre la ceguera de la anciana.

—Parece que es todo por hoy, estimado. Mañana continuamos, acaba de confirmar el judío— informó.

A Raziel le pareció extraño porque todavía quedaba una caja; pero se sentía tan agotado mental y físicamente que accedió sin recelos.

—Además— mencionó Javier prendiendo la furgoneta: Quiere hablar contigo cuando lleguemos a la oficina.

Asintió con la cabeza entendiendo el mensaje y revisó su celular con la calma que se le adjudicaba.

—No te ha llamado ni escrito— dijo Javier con serenidad.

Parece que fui el elegido en darte la noticia, añadió distinto en actitud.

Verificando los mensajes se percató que Soraya, su novia, le había enviado varios en diferentes espacios de tiempo, comenzó a divisarlos con lentitud para asimilar su palabreo romántico, estirar sonrisas y contestar acorde a lo que acontece en pantalla.

Amor, la clientela solo viene a preguntar. No importa. Aunque debería, porque mientras más sale mi producto, obtengo ganancias y no me grita esta vieja del lado que dice ser la jefa.

Te extraño, ¿nos vemos para la cena o tienes mucho trabajo?

¿Amor, llegas a las seis? Te cuento que me distraje viendo vuelos, tours y demás. Ojalá podamos estar en Roma. Es el sueño mío tanto como de Enrique.

La sonrisa del cartero fue más grande aun cuando descargó la imagen de su novia mostrándole su vientre encantado.

Te amo, espero verte lo más pronto posible, decía después enviándole una nueva imagen.

A primera impresión, el maquillaje barato no le favorecía ante las ojeras, la barriga todavía no crecía, el vestido aun le quedaba, hace poco habían charlado acerca de las posibilidades, de cambiar de trabajo por un inminente despido o aplazamiento por causa de su embarazo inesperado al cual le agregarían su pobre desempeño. La idea la entristecía porque había gastado los ahorros en inversiones de negocio que no tuvieron fortuna, trabajó para la empresa de cosméticos nacionales que no le entrega productos de regalo, dentro de poco se ancharia el vestido, los tacones incomodarían, la sonrisa se desquebrajaría a pesar que en la foto estuvo feliz, y las opciones se acortarían si Raziel no alcanzaba el ascenso.

Ambos sabían que el piso donde viven es rentado, que el abuelo que renta cobra cada mes más de la cuenta, que no tienen adonde ir si no pueden pagar, que los sueldos no llegan a quincena y los sueños de una velada en Roma con mesa para tres puede que acaben en un nosocomio olvidado con enfermeras parecidas al diablo.

La oficina del judío se encontraba al fin del pasillo, nadie asistía a menos que tuviera cita, generalmente solía llegar para las celebraciones; pero vino un viernes casi a la altura de las seis de la tarde, horario en que finaliza la jornada laboral y las personas como Javier y el séquito de camaradas zafa hacia su hogar, el bar que se encuentra en la otra esquina o hoteles dos estrellas con mujeres a quienes conocen en páginas dudosas.

Parece que hoy me darán el ascenso, le escribo a Soraya caminando el pasadizo rumbo a la oficina de puerta marrón.

Disculpa la demora, preciosa; estoy a punto de hablar con el jefe.

Conversamos en casa, mi amor, añadió rápidamente.

Casi enseguida, mientras se hondaba en el pasadizo con murales llenos de explicaciones de como formular los envíos, calibrar las cajas, ubicar las direcciones y demás, respondió su novia, emocionada por los emoticones usados en el chat.

Amor, felicitaciones. Me encanta la idea, entonces seremos tres y estaremos contentos. ¿Ves que todo se resolvería?

Raziel miró la oración por encima de la ventana, estiró la mano para tocar; pero escuchó a alguien por dentro decir: Pasa. No tenemos mucho tiempo.

No fue como aquellas películas que solía mirar de niño en donde el antagonista fuma un habano de espaldas sobre una silla giratoria.

El judío, tal cual le hacían mención en la empresa, era un hombre delgado, de cabello negro y escaso, sin gesto y vestido de blanco como si estuviera en una ceremonia espiritual. Le ofreció asiento y lo tomó. Se habían conocido hace dos años, Raziel era un pequeño postulante a trabajo de medio tiempo para poder alcanzar el horario de la escuela nocturna, tuvieron una conexión padre e hijo que se fue diluyendo a medida que el jefe se perdía por largos periodos y aparecía solo para celebraciones siempre vestido de blanco cambiando la chaqueta y los zapatos como si fuera una forma de hacerse sentir en un mar de trabajadores con atuendos negros.

Sus ojos jalados y el apellido en una frase lo hicieron acreedor a un primer apelativo que al paso de los años se convirtió en el que Javier denomina argumentado en el retraso de varios salarios; aunque para Raziel, frente a él, todavía era: Mr Ed White.  

¿Qué es la vida sin sus ironías? Reflexionó algunas veces recostado en un viejo mueble individual con vaso de ron en mano, con la radio en silencio para no despertar a Adriana acostada casi al filo de una cama desordenada con las bragas en alto y los cabellos desparramados como una flor de loto.

Salió de la meditación para responder mensajes de casa. Las preguntas, ¿Dónde estás?, ¿ya vienes?, ¿te apresuras? Rellenaban el chat como si estuvieran gritándole por el frente.

No olvides que acaba de salir positivo. Necesito de ti, quiero pasar tiempo contigo. Nosotros requerimos de ti, leía después con más parsimonia.

Vas a ser padre, no lo ignores, por favor, añadían luego con intenciones de querer hacerle entrar en reflexión, una que ya tenía ambientada en su cabeza al terminar la sesión amatoria de la semana.

Recogió la chaqueta distribuida por el piso, le dio una mirada gélida e indiferente a la mujer desnuda sobre la cama y salió de la habitación encendiendo un cigarrillo al sentir el aire frío de la calle y caminar unos pasos para continuar con el pensamiento el tiempo que dure el humo saliendo de su boca. Detuvo un siguiente bus, lo abordó con la cabeza recostada en la luna y no cogió el celular bombardeado de mensajes hasta su esquina. La oscuridad de una calle olvidada por el Intendente con calzada averiada, faros que no se prenden y susodichos amantes de lo ajeno ocultos por la bruma a la espera de desconocidos.

Abrió la puerta del piso que renta junto a Soraya, quien lo esperaba sentada y dormida sobre un mueble individual, vaso de leche sobre la mesa de noche, la televisión con una novela encendida, un beso en la frente la despertó y la amargura que tenía desapareció con el sueño o su presencia, intentó pararse exagerando el embarazo, le preguntó ¿Cómo estaba? Aparte del ¿Dónde estaba? Y le sugirió la cena que no quiso comer. En cambio, bebió una cerveza caliente culpa del refrigerador oxidado, le dio giros al cable encima de la tele para sintonizar otro canal y su fallido intento por acomodarse en una silla lo llevó a la inminente furia.

Desató coraje en palabras soeces, arrebatos en gestos acerca de la mala convivencia de los suyos con los objetos miserables, quiso llorar de impotencia porque el dinero no alcanzaba y aunque Soraya propuso volver al trabajo, sabía que un dilema tomaba forma en su mente, ¿ser padre sería prudente? La sola idea de pecar lo aterraba, su madre que en paz descanse lo había criado a buena voluntad; pero no pudo seguir con sus consejos porque murió en un accidente. Se cuidó prácticamente en soledad junto a un hermano que no ha vuelto a mirar, las cuentas por la renta acumuladas, los sortilegios de amores que no van a ninguna parte lo tienen a veces curado, la mujer que piensa amar embarazada y el trabajo pantanoso y complejo a pesar que se trate de recibo y envíos con un contrato bajo firma de no ofrecer seguros por mordeduras de canes o ira de clientes acabó por darle un giro la tarde del último día laboral cuando asistió a la oficina del jefe.

Raziel pensó, después de aquella charla, que de no haber consolidado un afines hubiera desistido de los sueños de su mujer y de quien alguna vez fue él mismo.

—Eres uno de los mejores empleados que he tenido, empezó a hablar Mr. White, llamado así por la inscripción en la puerta y una barra sobre el escritorio; aunque ante la respuesta de agradecimiento por parte de Raziel, el judío, amigablemente sugirió que le dijera Tom.

—Tom, dime Tom, así me llaman mis amigos— comentó estirando una sonrisa que posiblemente fue lo más brilloso que vio Raziel en el último mes.

Se frotó las manos como quien prepara un siguiente discurso, lo miró a los ojos tan directo que pudo hacerlo intimidar y le dijo: Tengo un trabajo especial para ti.

En un veloz pensamiento, el joven cartero se hizo una cuestión, ¿Qué tendría de especial dejarles cajas a la personas? Y a sabiendas de la espera, de repente, de un comentario asertivo, respondió: Para mí trabajar aquí ya es un hecho especial.

Tom esbozó una sonrisa carismática, por ahí se le salió una risa y con el mismo sentido amigable le dijo: Este siguiente envió es especial, no por el contenido, sino por la persona.

Raziel se sintió emocionado, había escuchado en los pasillos que las personas famosas suelen pedir envíos exclusivos y quienes van suelen recibir un trato distinto subiendo en ponderado. El objetivo no era solo para aquellos que logran realizar un buen trabajo, sino para la gente de pura confianza.

El señor abrió el cuello de su camisa japonesa y dejó contemplar un collar de llave el cual quitó con destreza hincando el cuerpo para abrir una caja fuerte debajo del escritorio ante la atenta mirada de su empleado estrella, de ahí elevó una caja común y corriente, marrón claro, con sello de la empresa, cerrada y destinada, la posó con solemne fuerza sobre la mesa dirigiéndose en palabras al chico en frente.

—Esta caja es especial, se la vas a entregar a mi madre—.

En primera instancia se nublaron las ilusiones de Raziel por tener como destinatario a artistas o gente importante; sin embargo, se dio cuenta de la confianza que tendría Tom para otorgarle dicha misión. Recogió la caja cargándola con sorprendente facilidad a pesar de su impresionante tamaño capaz de ocultarle parte de la cara de sola elevarla y pidió la dirección de la destinataria suponiendo que el plan por alcanzar la cima profesional estaría en las líneas de un mapa virtual que llegó al instante en mensaje al celular.

Poco antes de salir, Tom le dio una recomendación: Ten cuidado, ella suele ser una persona un tanto especial durante estos días del año.

Raziel que había visitado a una centena de personas, ancianas con perros rabiosos, señoras longevas que olvidaron la forma de su firma, tomó la sugerencia como un saludo a la bandera, recogió las llaves de la mejor camioneta, para uso exclusivo de clientes importantes y mostrando una amplia sonrisa en señal de satisfacción y ganas por realizar la última labor, salió de la oficina olvidando avisarle a Soraya sobre su tardanza, agradeciendo a Tom por la oportunidad y recibiendo de su parte un gesto de despedida con sonrisa en línea sin mostrar los dientes. Cerró la puerta y tomó rienda suelta a su trabajo.

Abordó la furgoneta tras colocar a la caja como copiloto, sintonizó una canción que lo trasladó a algún momento especial con su amada y avanzó sin preocupaciones convencido que haría un trabajo excepcional con la experiencia obtenida logrando de esa manera acelerar el ascenso.

Llegó a un barrio exclusivo de Lima, un portero le abrió la reja e invitó a pasar luego de pedirle cierta documentación y estacionó el auto próximo a aventurarse a un camino pedregoso que conectaba con una de las pocas casas ubicadas en la zona. Resolvió recoger el paquete cargándolo con una sola mano, en la otra llevaba un portafolio, el lapicero ubicado exacto en el bolsillo de su pulcra camisa, la corbata con un nudo impresionante y la chaqueta con los botones impuestos, caminando a paso sigiloso para no tropezar, oyendo el silbido de los grillos y sintiendo la brisa de la libertad lejos del tránsito y la gente; se detuvo al mirar el número de la puerta concierne al mismo que le otorgaron y se asomó para tocar el timbre una sola vez como indicaron.

Al cabo de un minuto salió un empleado, era viejo, vestía de atuendo formal, le abrió la puerta para que entrara y le pidió que dejara el paquete sobre una enorme mesa de madera ubicada cerca a la entrada.

Raziel sabía que debía de ser una entrega personal, algo que no había detallado el judío; pero beneficiaba a su meta.

Debo entregarle esta caja a la señora White, le dijo. El empleado hizo caso omiso a su petición repitiéndole que lo dejara y se fuera. Raziel insistió: Su hijo quiere que se lo entregue en la mano.

El mayordomo abrió los ojos bien amplios como sorprendido, entonces, estiró una mano mostrándole el camino que debía seguir para encontrar a la dama.

Avanzó viendo como el viejo se quedaba en su lugar, oyó un sonido de puerta cerrarse con llave que lo sorprendió por un instante, mas no le dio otra importancia que continuar con su labor. Se asomó por un sendero decorado por marcos con retratos de señores longevos a quienes no reconocía; pero veía en similar apellido armando supuestos. Cargaba el paquete con solvencia manteniendo a la vista en frente para no remover ningún artículo que podría valer una fortuna, se estableció en un umbral que conectaba con un jardín. Paró para contemplar lo extraño que era el sitio por encima de su vista, pues rejas como jaula impedían el paso inclusive de las aves y aunque las flores relucían como tulipanes y margaritas, parecía ser una cárcel a un lugar descansar. A la derecha se dio cuenta que se hallaba una anciana de cabellos blancos como la nieve ubicada sobre una silla de madera con los brazos sobre el pasamanos y manteniéndose quieta como quien contempla algo en la arboleda en frente a pesar de la caída de la tarde.

Dio la vuelta para mirar al desaparecido mayordomo y sin dudarlo se introdujo en el jardín a paso parsimonioso sosteniendo la caja con la seguridad y satisfacción que la entregaría en manos de la persona correcta. Se dio cuenta enseguida que nuevamente oyó el sonido de una puerta cerrarse, dio un giro veloz comprendiendo que el empleado había asegurado la mampara que divide la casa con el jardín y fue entonces que al voltear se percató del rostro de la anciana.

Tenía el ceño fruncido como si el odio la invadiera, los ojos llenos de coraje e ira capaces de lanzar fuego y los dientes afilados aplastando los labios al punto que salía sangre; para tener el cuerpo estático había girado la cabeza noventa grados logrando que las venas del cuello se vean rojizas, casi lilas fervientes a una piel blanca como su melena pastosa y desabrida que podía caerse como pelos en el barro. Se dio un susto de aquellos como un golpazo repentino que lo tumbó emocionalmente; pero se mantuvo de pie como laborioso y apasionado trabajador a sabiendas que en frente había una especie rara de ser humano completamente enfermo.

—Señora White, esto es para usted— le dijo timorato.

Ella soltó ladridos de can rabioso estirando el cuello venoso como si pudiera alargarlo con facilidad, Raziel vio hacia atrás con ganas de zafar, olvidando el envió y el ascenso, la doña esbozó una sonrisa con baba hirviendo que cayó al césped pulcro y se echó a reír como poseída.

Giró la cabeza para acomodarla al cuerpo, salió reptando de la silla oyéndose el crujido de los huesos desechos asomándose como gusano burlesco, horrendo y con las prendas manchadas de verde dando giros de cabeza que espantaron al muchacho, quien decidió correr hacia la puerta cerrada ofreciendo golpes y gritos que el empleado no quiso oír, ignoró haciéndose el indiferente hasta apareciendo en frente como una especie de fantasma viendo como la señora se levantaba irguiendo el cuerpo como una mutación horrorosa estallando en crujidos que se confundían con su diabólica risa.

Raziel pensó que se trataba de una pesadilla, volvió a rogarle al empleado que abriera la puerta, dejó al fin la caja sobre el piso para golpear la mampara que parecía de un vidrio como el acero, vio al mayordomo no emitir ningún gesto como exhibicionista de algo grotesco y sabiendo que estaba perdido dio un último giro para contemplar a la vieja demoniaca contemplarlo en su forma humanoide con los cabellos casi a la cara, los dientes afilados, las manos en señal de ahorcamiento con destruidas uñas y los pies descalzos que parecían mutantes más una bata ensuciada con barro y planta demasiado próximo a él, quien únicamente atinó a pegar gritos de susto y desesperación ante la continua vista indiferente del mayordomo cuya frente sudaba víctima de lo que miraba con macabra morbosidad hasta que el pie asqueroso del monstruo madre de su jefe impactó con la caja en el suelo dándole un instante de esperanza a un joven cartero perdido y atención a un extraño y horripilante ser.

Raziel vio como la señora hizo resonar la caja cerca de su rostro estirando una rara sonrisa al tiempo que se percataba de lo encontrado dentro, llevó consigo la caja hacia el asiento, se acomodó plácidamente y abrió las compuertas de par en par mirando hacia abajo. El cartero se dio cuenta como la forma de sus cabellos cambiaban a un tenue color negro, su piel a primera impresión mutaba como si las arrugas grotescas estuvieran estirándose y desapareciendo; de repente, al tiempo que se asomaba sigilosamente para curiosear el contenido, se percató de un cambio radical en su aspecto, el monstruo se volvía una señora de cincuenta y tantos vistiendo trapos asquerosos, con una sonrisa esclarecida, los ojos iluminados que pudieron verlo cuando apareció e incluso desafiándolo a sonreír por causa de su nuevo semblante. Fue entonces que la mampara se abrió, el mayordomo lo invitó a salir, Raziel corrió gritándole un conato de insultos, que no respondió, se dirigió a la puerta de salida y subió al coche a velocidad víctima de una notable confusión.

Sin embargo, en una reflexión a medida que avanzaba rumbo a la oficina para encarar molesto al jefe, pensó en el contenido de la caja con una pregunta que divagó en su mente hasta llegar a la empresa.

¿Qué rayos había adentro?

Con la camisa abierta, la corbata desajustada, absolutamente desabrido con el evento vivido, sudoroso, molesto, confuso y altamente intrigado se adentró en los confines del laberinto que lo condujo a la oficina, no tocó la puerta, la abrió de un golpazo y vio al judío hablar al teléfono.

Me alegra que te haya gustado el regalo, mamá, lo oyó decir.

Raziel estaba ofuscado, despeinado, desecho emocionalmente, buscaba respuestas y las quería de inmediato; sin embargo, White se hallaba tranquilo, de hecho, contento, colgó la llamada y le agradeció por el trabajo con absoluta parsimonia, le estiró la mano que convergió con la suya hipnotizado, lo atrapó en un abrazo dejándolo paralizado y al oí le dijo: Excelente labor, Raziel. A partir de mañana tendrás tu propia oficina. Te encargarás de la logística, no irás más a dejar las cajas, mandarás a otros para que lo que hagan y serás el jefe de muchos.

Anonadado no supo que decir. El judío recogió unos artículos de su escritorio tales como llaves y unas gomas de mascas que puso en su boca y salió del lugar despidiéndose de su empleado con un cariñoso golpe en los hombros.

—Señor White— dijo Raziel casi al momento de sentir a su jefe salir.

— ¿Qué fue lo que entregué? —

Con gesto apacible y comprensivo se acercó donde su empleado y lo tomó de los hombros con una vista que fue elevándose hasta topar con la suya.

—Vivimos en un mundo en donde las personas están infectadas de veneno rutinario que requieren de una salvación— le respondió en calma.

—Señor… no lo logro entender— le dijo confundido.

—Estoy más que agradecido contigo por darle a mi madre su salvación—.

—Pero… ¿Qué le di? — dijo Raziel exhausto y confuso.

—Ella es mujer muy trabajadora, de hecho, fundó esta empresa. Sin embargo, enfermó, dejaron de funcionarle las piernas por un tumor en la columna y tuvo que dejar el trabajo para dárselo a su mayor hijo; desde entonces se pasa la vida sentada en el jardín— relató.

—Encerrada, dirá—.

White elevó el índice como advertencia.

—Cada año— le dijo después. Recibe una caja con un objeto capaz de sacarla del mundo real otorgándole de esa manera un salvoconducto y una nueva perspectiva de vida.

Por eso la viste sonreír y yo te lo agradezco.

Volvió a irse; pero se detuvo para decir una última cosa.  

— ¿Qué es lo que más te apasiona aparte del trabajo y el ascenso que acabas de lograr? — le preguntó reflexivo.

Raziel no tuvo una respuesta.

—Debes encontrarlo, porque cuando te sumerjas en la nada, alguien irá a entregarte una caja que te salvará—.

 


Fin

 


jueves, 9 de septiembre de 2021

A veces

A veces me levanto junto al alba por una pregunta punzante que inquieta al sueño.

¿De qué se trata la vida?

He superado los treinta, -me hubiera gustado quedarme en los treinta; antes, vivía fascinado con los veinte y cinco; pero quería volver a los veintitrés por asuntos netamente del corazón. Jamás lo logré, valga la redundancia, y nunca viviré de recuerdos, es uno de mis dones.

No obstante, es curiosa la forma como mientras uno avanza por la vida se encuentra con distintos matices, sean amorosos, amicales, laboriosos, placenteros o simplemente eventos que ocurren inexplicablemente y generan diversidad de efímeras emociones.

Soy escritor, lo sabe mi entorno, la gente que me persigue en redes o ya no tanto como antes por razones que solo me miran para la foto o algo que no encuentran detrás de mí sonrisa amigable; o, de repente no tengo nuevos textos fabulosos; aunque, mayormente, sé que están ahí los que deberían y quieren estar. Me gusta aglomerar gente fiel.

Ya no quiero ser escritor. ¿Por qué? Porque me he gastado intentando catapultar mis sueños literarios, conocer el mundo en letras, devastar corazones con emociones, engendrar almas con mis prosas y avanzar en una vida fascinantemente poética con mi teclado sonando de día y de noche; pero… ¡Y aunque he sido publicado! No me siento satisfecho, no estoy contento con el trabajo, no propio, sino externo, a pesar que ambos sean iguales y a veces me gana el ego y pienso que debería crecer como autor y otras veces me gana la duda y cuestiono mis letras; entonces aparece la gente que lee y se ahonda en mi trabajo admirándolo y haciéndolo suyo y vuelvo a creer cuando me inspiro y salen párrafos llamativos, llenos de emoción, repletos de pasión, gorditos de sentimiento que van y caen y resuelven construir logrados relatos. No soy yo, lo he pensado, porque mi literatura ha crecido y aunque parezca que tengo un montón de autoestima que se confunde para mal con el ego, siento que las verdaderas oportunidades no se han presentado, manifestado, puesto en escena y demás porque creo que estoy dentro de un mundo paupérrimo donde mi propia gente alrededor ni siquiera se toma el pulso por leer un texto mío y decirme que tal está.

No hay literatura para mí; porque existe carencia de libros en la cara de quienes uno conoce.

¡Rayos! Debí estudiar otra carrera, reflexiono en broma. En una joda propia, en un chiste ante mi propia cara, una maldita burla frente al espejo que me hace reír como un idiota (no desdichado, solo un idiota).

Y es entonces que estiro una sonrisa y suelto otra reflexión: Me voy a morir en unos años, puede que tenga un maldito cáncer, me atropelle un auto, no camine bien viendo el celular y caiga a un abismo, me asesine una ex novia despechada (no hay probabilidades; pero suena a pasional y alguien haría un cuento sobre ello) y puede que me pegue un tiro en la cien y se termine la joda.

¿Te das cuenta como la muerte nos impulsa? Porque tras dichos pensamientos me interno en la literatura, creo relatos, invento textos, formulo nuevas anotaciones, trabajo mejor mis libros, escribo diálogos asombrosos y mi obra toma los rumbos que anhelo.

Y no, no es la muerte quien motiva, sino el hecho de tener que vivir una vida de mierda (con el respeto de quienes la tengan) y lidiar con la nada durante el tiempo que habite este mundo cuando debería luchar por los sueños, trabajar forzosamente por mis letras, fomentar nuevas ideas, relatos que me ayuden a crecer, emocionar a lectores y generar sonetos en corazones; ¿te das cuenta que solo se vive una vez? Pienso y renuevo mi posición de seguir haciendo literatura aunque nadie, ni siquiera en mi propia casa, me lea y sienta satisfacción de lo que es un buen libro.

Me ha dejado de importar el hecho de ser publicado porque en la editorial hay una sarta de pelotudos que no saben realizar su trabajo y yo no soy el pelele que hace de niñero tratando de que organicen su tiempo y dentro de ello puedan darle chance promocional a mis obras, de las cosas que me arrepiento y a la vez no, es haber publicado con ellos, y no es por la plata, no es por gastar dinero que hubiera usado para viajes, sino es por la confianza que yo le tuve a mi obra y por la decepcionante incapacidad de esa gente.

Me explayo mejor a continuación: Mi novela fue como parir un hijo. Amo mi libro, me apasiona y hace feliz. Lo quise publicar dejando de lado ciertas nociones que pude realizar, pero tenía otra luz dentro de mí. Quería publicar, quería seguir creciendo como autor, anhelaba ser visto otra vez en librerías o ferias de libros, y vi una buena editorial, seria y consolidada, no como los grandes monstruos editoriales, sino como alguien con quien podría establecer un vínculo y crecer; pero todo, absolutamente todo, se fue a la mierda.

Yo soy autocritico, no dejo que nadie me critique por mi físico, mis palabras, mis acciones, mis momentos, etc; pero cuando se trata de verme al espejo, me hablo como si fuera el jurado, me entiendo, acepto, comprendo, veo cambios y demás; por eso, con la novela, yo sabía que podía ser mejor que cualquier otros libros que tuvieran en carpeta, porque conozco mis habilidades, sé como la escribí, estoy seguro de lo honesta que fue y la prosa me pareció clara y concisa, sabía que no era una novela simple de primer autor, sino una corrección de alguien que ya va esclareciendo su rumbo. No, no soy un principiante y por eso me molestó tanto el trato, la forma, los modales y demás, sobre todo el hecho tan obvio de haber puesto mi libro en la feria como un maldito compromiso.

Como decir: El autor vendrá, tengamos su libro en el escaparate.

A veces me siento triste. Y no es porque no pueda construir buenos textos, ojalá lo fuera, entonces haría lo imposible por crecer, tal cual lo vengo haciendo; es la forma como se mofan de mi trabajo.

Fui a la feria, vi mi libro posado en un librero, solitario, alejado de la vista, en único ejemplar, sobrio, tranquilo, desolado, puede que le hubiera gustado estar en mancha, tener otros ejemplares, un pequeño afiche, algo que pudiera hacerlo visible; pero ahí estaba, sabiendo que no lo vería nadie, más que su propio autor con la desdicha de la editora al lado con el trato menos afectuoso de todos y la obra posando como si se tratara de la formación de la escuela un lunes. Solo de lunes.

La putamare. Si no hubiera estado mi novia, preferiría no contar lo que hubiera realizado. A veces me controlo. Antes no podía, era muy impulsivo, ahora manejo mis emociones.

Soy un autor completo, no tengo una campaña de marketing, ni un editor, ni siquiera un agente, y, confieso que me importa un bledo, de hecho, me empezó a importar un enorme cero mucho antes de estos sucesos porque comencé a escribir más suelto, liberado, fresco y con pluma de autor haciendo relatos mucho mejores que antes, más propios, más a lo que siento, no a lo que puede caber en catálogos de mierda, y de esa manera me vi envuelto en una nueva perspectiva, de hecho, una maravillosa, que me encandila, hace feliz, tranquiliza, llena de paz y satisface. Qué hermosas palabras las que acabo de escribir.

Y, sí, soy completo porque me encargo de absolutamente todo. Antes, ya no lo siento tan bonito como antes, me aburre, no es mi labor, no es mi onda, yo solo quiero escribir.

Me satisface mi nuevo trabajo de autor con pluma libre sin importar quién me lea, quien me publique, quien quiera mis obras y demás. A veces ni siquiera mi familia o entorno cercano lee mis obras, y no tengo intenciones de presionar, insistir, o darme a conocer, me gusta tanto la soledad, el sentido completo de soledad, que me doy cuenta que este es un novedoso horizonte de autor que comienzo a atesorar.

Lejos quedará el autor que odia al mundo y quiere destruir el librero de su editorial, quien se queja porque sus amigos siguen en Instagram a guerreros y combatientes de televisión basura, el crítico que insulta a las canciones de absurdos disque y supuestos cantantes y aunque el amante de la buena literatura seguirá en pie, no me voy a gastar hablando las verdades de un mundo con la peste en auge. Porque todos sabemos que existe pura mierda en el mundo, y mi literatura y yo, estaremos lejos de esa carroña, porque voy a trabajar en soledad mis obras que nadie leerá y no volveré a quejarme de absurdos y patéticos post con frases horrendas y obvias, canciones realmente bobas, poetas de cuarta y libros que les publican a imbéciles youtubers y demás.

Así viviré cegado dentro de lo mío, amasando la riqueza de la literatura que adoro y escribiendo mis textos con pluma de autor.

He escrito demasiado sobre lo literario olvidando otros factores de la vida misma, la razón es que no encuentro otros elementos que me hagan sentir tanto, es decir; si en el amor me fuera terriblemente mal, estaría hablando de ello; pero soy amado, si me fuera mal con la familia, estaría hablando de ello; pero soy adorado. Creo que uno se expande en lo que siente como una especie de desfogue necesario, voluntario y respetuoso.

Y diciendo todo esto al tiempo que voy escribiendo oigo una voz que me dice: Pa, ¿Qué tanto hablas? Es domingo, déjame dormir.

 Y me doy cuenta que la vida tiene otros bellos sentidos.

jueves, 2 de septiembre de 2021

Amarte o escribir.

A las nueve con diez abría los ojos con el ímpetu de un muchacho aficionado a la escuela; aunque mis ganas de entonces fuesen tan obsoletas como lejanas, diferente al tiempo en que estuve envuelvo en el fútbol e iba cada mañana a Campo Mar para jugar a la pelota de ocho a once con un calor infernal y una multitud de jugadores que soñaban.

No era ni lo uno ni lo otro, sino un año de decisión, si es que alguna vez aquello sucedió, o simplemente se trató de un organismo de progresos voluntarios impuestos por la vida. Desperté ansioso por escribir, por usar las letras de un antiguo teclado para construir las oraciones que irían, en sueños, dentro de un compilado de cuentos que llevaría un nombre simpático ante un público vil y raro que desconocía por completo; aunque, en ese ínterin, en ese proceso revelador como la Virgen María a los tres pastorcitos (valga cómica la analogía), durante dicha mañana aspirante a ser productiva, el autor estuviera emergiendo en mi como cuando la lava sale en erupción; no obstante, olvidaba la forma como suele salir, tan destructiva como inesperada a pesar que acabo de mencionar que el momento de hacer literatura habría creado, es que a veces, lea bien el curioso lector, uno sabe, a lo lejos, de repente en el alma, que es el instante indicado… de joderla toda o crear algo grande.

 No la amaba. A veces pienso que nunca la amé. Llegué a pensar que los siguientes infortunios se trataban únicamente de una conclusión basada en hechos nada amatorios y muy contraproducentes; demasiado, diría yo en mi sensata actualidad, destructivos y egoístas, -sí, mezquinos- a pesar de mi noción cristiana y mágica por crear literatura con el propósito, sacado de los cuentos de Poe, de alejarme del mundo; aunque esto, fuese una falacia. ¡Porque Allan hubiera querido amor a desolación! Y éxito, mucho éxito después.

A las nueve con treinta conectaba la computadora tan longeva como los años de mi abuela; el sonido producido era un cantor espantoso, la pantalla la cabeza de un Frankenstein enamorado y aunque las partes eran desiguales en color, todavía funcionaba para el Word y el bendito y amigo Messenger, allí donde entraba como primera función con una clave tan larga como mi viril (no, esa analogía no va; pero la voy a usar. No va por vulgar; va por real; pero no lo voy a poner). Con una clave tan larga como la barra de letras de un teclado; allí hallaba a los rufianes que madrugan, a los caseros que no se movilizan, a los bobalicones que juegan, a los amigos de siempre, a las nenas con quienes salía y no les hablaba como antes y a mi querida Maritza Casas Zavala, dueña de un Nick enorme, con estrellas, lunas y soles, resguardada por asteriscos raros y un display con su foto en el Cusco, lugar al que asistió en su viaje de promoción, hace, en ese entonces, dos años atrás y sitio al cual no asistí para mi viaje por razones que no quiero compartir ahora; pero alguna vez crearé un cuento para ello.

La tenía bloqueada. Bloqueada para no hablarle, para que no supiera que estoy en línea, para que no me escribiera ese parloteo romántico, sublime y bonito de cada mañana que empezaba a resultarme tedioso y aburrido porque las noches anteriores habíamos discutido porque a ella le gustaba el verano en una playa del sur y yo quería que fuéramos a acampanar para ver la luna en Marcahuasi.

La disputa la ganaba el menos idiota; contradictoramente a lo que se pensaba en tal época, ella me escribía corazones, trabajaba el resentimiento un rato y volvíamos a hablar para acordar vernos a la salida de su primer trabajo como practicante en un estudio de abogados. Ella le decía bufete por las películas gringas, a mí me parecía un estudio de buitres con corbata; también por las películas; pero todo, absolutamente todo lo antes mencionado, las disputas, los bloqueos, las peleas por ir a tal sitio y asistir a otro quedaban nulas cuando nos veíamos en una esquina del corazón de Miraflores, yo fumando cigarrillos para atravesar la espera, con pantalones jeans y remera, una combinación casual y sobria, y ella saliendo con un traje sastre recién salido de la sastrería de la calle Los Pinos, reluciente, fachera, con una camisa blanca altamente sensual, un chaleco elegante, los tacones y la melena al vuelo haciendo que… se me olvidara la literatura, los versos, los problemas amorosos de los amigos, la casa patas arriba por boludeces, las riñas de niños y demás… para sujetarla de la mano y plantarle un beso a quemarropa, subiéramos a un bus porque no había tanto efectivo para un taxi y si hubiera no eran seguros y dirigirnos inminentemente a una estación tres estrellas para hacernos cargo de lo que tanto sentimos y nos apasiona, ella como primeriza y yo como un zaguán con experiencias que ocultaba como secretos del mar.

Creo que eran los únicos momentos en los que podía amarla.

A veces las relaciones sexuales explotan en emociones que se parecen al amor.

Tras los acontecimientos dados por lo enaltecido que es el sexo con los aperitivos necesarios para promulgar placer, me daban ganas de partir, ideas clandestinas atacaban la mente, sucesos por escribir querían salir y como en tiempos de ayer no sabía manipular dichos acontecimientos empezaba a contárselos como si se trataran de historias de terceros, entre propias o inventadas con fines de resguardar la inspiración y compartirla como un Homero que asciende en relatos a sus semejantes.

Ella hablaba de lo suyo, del derecho y demás, la oía, obvio, porque escuchar siempre ha sido mi don; pero no nacían otros deseos, otras costumbres, no quería sujetarla de la mano e ir por la avenida, tampoco deseaba acompañarla a casa a pesar que lo pedía con indirectas o directas, es que sabía, que detrás de esa facha elegante, no cabía mi amor por ella; aunque hallamos cumplido los siete meses juntos.

Culpaba a la escritura cada vez que quería estar solo; me escondía en la habitación con la computadora antigua con ganas de escribir y armaba una hilera de oraciones que no me satisfacían, ella exclamaba vernos, salir con sus amigas, ir a tales sitios, que la recogiera a las seis, que estuviera para el cine y demás y yo anhelaba únicamente tener el espacio para crear olvidando que podía y debía organizar; pero no era de mi interés global el hecho de amasar mi tiempo para ella. Mi egoísmo hablaba y la carne era lo único que buscaba.

Agotada de los constantes rechazos y desafortunados episodios; las riñas en centros comerciales por elegir una película o una comida eran disfraces de lo que realmente ocurría e incluso, salimos a Ayacucho como ofrenda para emancipar nuevos horizontes y nos perdimos en grandilocuentes peleas que no llevaron a ninguna parte y los trajes, el sexo, las risas y la química que pensamos tener desde el colegio, cuando ella iba al B y yo al C y nos conocimos más después que nos cambiamos y perdimos y retomamos se quedaron aisladas como esos romances que simplemente están condenados al abandono a pesar de haber sido gloriosos durante seis o siete meses.

El amor acaba, pensé una vez. Que ideal tan deprimente, lo creo siempre.

Concluimos el romance, no recuerdo el mes ni la fecha, no fue un chispazo de pelea desafortunada, sino una charla en un café, acordamos ser amigos; aunque aquello nunca funcionara y acabamos por perdernos.

Nació el autor. Y no quise asistir a su boda (veinte años después).

 

Fin

 

No es tarde

No es tarde para levantarse con ánimos de cumplir esos sueños que parecen estancados en un sitio de la mente.

No es tarde para realizar la llamada que a otra distancia espera un ser querido, esa amistad pendiente o ese amor perdido.

No es tarde para no pensar en el orgullo y empezar a abrazar la paz.

Si pensamos que el mundo se termina mañana, ¿Qué harías hoy con tanto amor?

No es tarde para decir te amo sin esperar respuestas.

No es tarde para cometer la locura de ir por tus sueños. Si al fin y al cabo, la Tierra es el manicomio de la Vía Láctea.

No es tarde para liberar la carga del pasado y volar con alas nuevas hacia un horizonte que te alegra.

No es tarde para comenzar a ser feliz con lo que tenemos.

¿Acaso la vida se trata de cuánto tienes y cuánto vales? Se trata de cuanto sientes y que tanto atesoras.

No es tarde para retomar esa carrera; volver a las aulas y estudiar lo que te apasiona. Vivir del trabajo que amas, del oficio que te encanta, del deporte que te gusta y abrazar a los amigos que no te olvidan.

No es tarde para pensar en uno mismo ignorando al resto y sus pensamientos retrogradas. No es tarde para aceptarse, amarse y sonreírse frente al espejo rompiendo a los inexistentes estereotipos amasando un nuevo prístino y poderoso.

No es tarde para ser fácilmente feliz.

La vida tiene el formato idóneo para estirar sonrisas; las penas se las lleva el verano y las tristezas las contamos para que se esfumen; sonreír por amor y amistad es el valor del día y apreciar al mundo tal cual nos convierte en valerosos guerreros que viven valientes un siguiente día.

No es tarde para aliviarnos del mal e iniciar el camino al firmamento del éxito.

No es tarde para sentirse satisfecho.

No es tarde para ser uno mismo.

No es tarde perdonar, olvidar y amar.

Busca tu redención, aprecia el momento, valora a quienes te rodean, ama con intensidad, frenesí y honestidad y serás feliz.

¿De qué se trata el éxito en la vida?

De vivir con letras, sonrisas y amor. ¿Y el tuyo?