Mi nuevo libro

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miércoles, 26 de agosto de 2020

Cosas que pasan

Andaba riendo de forma desenfrenada como si hubiera fumado lo que mi amigo Jaimito consume escondido en su habitación, cuando de pronto, me asaltó el comentario de Circe, quien, viéndome desde su posición, acomodada a gusto sobre el mueble teniendo como resguardo a Garfield y Dolly en ambos extremos del sitio, le hizo pausa a Bob Esponja pantalones cuadrados para preguntar con su innata curiosidad: Pa, ¿de qué te estás riendo?

Le di una mirada intentando callar la risa con las manos y como aquellas carcajadas contagiosas ella también comenzó a reír mostrando una dentadura idónea y elevando los brazos como quien festeja una chacota bien dada.

Tu madre tiene el humor más negro que conozco, le dije como si se tratara de una amiga.

¿Humor negro? ¿Qué es eso? Quiso saber, todavía riendo. Me encanta que haya sacado eso de mí. La risa fácil y contagiosa.

Estaba recordando lo que me dijo la vez anterior, le dije.

Ella esbozó una sonrisa dejando de reír.

Tu mami dice que solo un sujeto como yo (realmente usó el termino argentino pelotudo) es capaz de publicar libros en un país tercermundista (dijo otro término que no voy a usar) como en el que vivimos.

Circe ya no reía. Era como si te contaran el chiste después de la risa. Y se hubiera ido la gracia.

Le expliqué: Cariño, humor negro es... como cuando te burlas de la cruda realidad de una forma simpática.

Ella me miró con el ceño fruncido.

Entonces... Es como cuando dices que la abuela Antonia por más que ore y ore tiene visa al infierno por desinflar pelotas de los vecinos.

Solté otra risotada.

Más o menos, preciosa; pero no vuelvas a repetirlo.

Ella volvió a mirar al hombre amarillo de pantalones cuadrados y homosexualidad bien instaurada disfrutando de su cereal con yogurt.

Yo seguí riendo acordándome de las palabras de su madre, las cuales fueron de esta manera: ¡Solo un pelotudo como tú! Es capaz de publicar libros en un país que no lee. 

Y sin embargo, te respeto, porque eres de los pocos que sueñan.

Lo dijo tan seria que me pareció honesto y sensato; aunque, en la sátira, fue gracioso. 

Y yo que suelo tomar los asuntos de tal modo, lo recibí como debía.

Ella es una de las mujeres más sinceras que he conocido en mi vida, te dice las cosas tal cual son y eso es de admirar.

miércoles, 19 de agosto de 2020

Nos vemos, vaquera

El lunes se llevaron a la princesa, vino su madre vestida de astronauta bajando del Volvo gris que conduce a lo meteoro; aunque ahora parece una tortuga en carrera de postas.

Me dio un saludo afectuoso con los codos (íbamos a implementar el saludo mandarín pero nos vimos patéticos las dos primeras veces) y aunque sentí que quiso darme un beso en la mejilla, su paranoia la detuvo, entonces, fiel a mi estilo burlesco le dije: El virus está muerto, vive en los cuerpos, no en los ambientes, lo acabo de oír en la BBC. Puede besarme apasionadamente si eso prefieres.

Adjunté un guiño de ojo seductor que conoce muy bien logrando que se estremezca en nervios a pesar del traje sideral.

La dulce Circe apareció detrás con mochila en la espalda, sonriente, reluciente, divina y con el estómago lleno tras un desayuno importante. Llevaba consigo los libros que quiso llevarse para leer y dejó en mi escaparate libros que ya ojeó más de una vez. Es un trueque tácito que implementamos. Ella viene, deja libros y escoge otros. Yo voy a su casa, recojo libros y dejo otros. Tenemos una sana costumbre que incluso, la abuelita entra en sintonía porque es ella quien le regala libros cada fin de semana. A mi ex novia, su madre, le resulta estupendo; pues ambos sabemos que los libros son un viaje mejor que cualquier canal televisivo.

Sin embargo, en casa también mira dibujos, generalmente a Bob Sponja, personaje al cual llegamos a la entretenida y graciosa conclusión de que es homosexual y aquello nos resulta completamente sano y sensato.

De vuelta al pórtico de mi casa, ella no quiere pasar a pesar que le dije que podríamos tomar un café; se siente apurada por el trabajo y la junta que se aproxima, propone un almuerzo familiar al que siempre digo asistir pero nunca voy, pienso que cuando uno termina una relación amorosa de casi diez años y a pesar que la otra familia te adore como parte de la misma, no puedes ir y venir como si siguieras formando parte de ese conjunto grandioso porque no lo soy y además, prefiero tomarme mis ratos libres para escribir; no obstante, he asistido a lonches o cumpleaños de Circe por devoción total y porque la pequeña insiste en que allá quieren verme. Le caigo tan bien al señor Raulito que es inevitable tenerme lejos, pues sus otros yernos o nueros (no sé cómo exactamente se dice) son unos ñoños que no tienen los temas de conversación que resaltan de mí como sudor de los poros y tampoco, según me dijo una vez, tienen mi cultura bebedora.

Y sí, todo escritor es borracho, le digo al señor y este se empieza a reír haciéndome un salud desde la comodidad de un sofá en el patio al fondo de la casa y cerca de la piscina.

Me despido de la hermosa madre de mi hija con otro símbolo de codo, es gracioso como lo ve como única manera de saludar; sin embargo, se respeta.

Quien no lo hace es Circe, ella me abraza frenéticamente y llena de besos el rostro sabiendo que nos volveremos a ver en unos días, quizá dos o tres, tal vez el fin de semana o de repente mañana mismo pase a recogerla por unos helados en mi casa porque salir a la calle en momentos como estos es complicado y jodido; por eso, en ese caso, mantener la compostura de su madre.

De hecho, es una gran madre, tal vez, la mejor que conozca y yo… Yo soy como diría el señor Raulito: Un escritor necesita tiempo para lo suyo y luego compartir ratitos con el mundo.

Aunque, también soy como dice ella: Bryan lleva más de treinta años en la misma fiesta.

Y como diría mi madre: Haces lo que se te ocurra, lo que te dé la gana, lo que quieras y si así eres feliz, genial.

O como dice Circe: Eres el mejor sin intentarlo, solo siéndolo.

Y bueno… ya extraño a la pequeña princesa de ojos divinos y sonrisa cálida. 

Espero verla en unos días.

jueves, 13 de agosto de 2020

La gran estafa (versión criolla)

Piura, verano 2010

Rockstar junto a su hermano Chuni después de veranear con la familia Guevara en una playa del norte notaron a la salida del mar el nuevo panel publicitario sobre una torre de salvavidas, allí decía con enormes letras Guns N’ Roses en Lima el próximo 06 de Marzo.

La emoción invadió a los hermanos quienes desde entonces planearon la estrategia ideal para conseguir el dinero justo y necesario que los deposite en la primera grada.

Nada ni nadie impedirían que los Guevarita estuvieran cerca de su ídolo Axl Rose, ni siquiera la chamba del tío Nicolás Lucar, quien debía de estar en Piura como sheriff por un periodo mínimo de dos años.

Sin embargo, Rock y Chuni harían lo posible por convencer al tío bigote para dejarlos a flote durante un par de semanas, tiempo que aprovecharían para ir al concierto, visitar a sus respectivos culitos dándoles por agua y desagüe y retornar al norte.

Acordaron todo la noche que vieron el letrero poco antes de dormir juntitos y abrazados.

 Lima, verano 2010.

 Pirri acababa de ingresar a Alas Peruanas, su único presupuesto eran 3 pelucas diarias sin contar la gaseosa gordita y los turrones que suele comer en los recesos, descontando aquello tan solo le quedaban 0.10 centavos como ahorro líquido.

La tarde que vio la valla con el logo de la banda y la fecha del concierto ocurrió cuando salió de la universidad en dirección a la casa de su primito Diego Espinoza (un tipo totalmente diferente a Diego Vildoso, no quiero confundirlos). Él estaba escuchando música desde su Walkman con un audífono averiado y la cuerda mordida cuando sucumbió ante la emoción y efervescencia que produjo el encuentro con la inevitable oportunidad de presenciar a una de sus bandas favoritas en concierto y por qué no, si deja de tragar, adquirir boletos en primera fila.

Al momento de llegar a la Cruceta y verse envuelto en una pedida de mano que comenzó como chiste pero terminó haciéndose real y con esto no quiero decir que culminó en matrimonio; aunque pero todos gozamos de esa particularidad, pues, el chef Lucho (todavía no fucking) Castro se vio en la encrucijada de querer formar parte de los Vildoso (Qué miedo).

Este humilde narrador estaba en la reunión con un culito de alta gama sobre los muslos sabiendo que luego de la tragadera (esperaba un plato sacado de un banquete de dioses) iría a mojar el payaso al Marriot.

Fui testigo clave del momento en que Pirri ingresó lleno de emoción esperando que Lucho Castro terminara su sermón romántico estrafalario para abarcar en comentarios al público presente: El tío Cesarín, Miguel P, Sagat, Shebitas, Bruno, Rosita, Diego, entre otros, incluyendo a Luchito y su ñorsa.

Culminado el acto nupcial, Pirri no pudo contener la rabieta emocional y reventó en argumentos: ¡Viene Guns! ¡Viene Guns! ¡Viene Guns! Y creo que voy a tener que chambear en el internet Us Computer para pagar la entrada. Da igual, pues todo valdrá la pena.

Los primazos asintieron con la cabeza con cordialidad y simpleza; pero el terrible Lucho (ya casi fucking) hizo una mención abominable: Jefferson (le gustaba hablarle a la gente por sus nombres) yo he ido a un concierto de los Guns.

Es de conocimiento general que nunca han venido a Perú, por eso todo nos burlamos en señal de sorpresa graciosa; sin embargo, Lucho Fucking Castro añadió con sobriedad absoluta: ¡Fui a su último concierto en Berlín, Alemania!

El silencio se hizo presente en todos como si fuera la misma muerte.

Lucho Fucking Castro siguió: E incluso, tengo una foto con Axl. Pero, bueno, (siguió contando para que nadie pregunte) la tengo en mi laptop. Claro, una laptop que nunca en nuestra puta vida íbamos a ver y si fuéramos a su casa y preguntáramos por la laptop seguramente nos diría un mega floro como: Ups, se me quemó la habitación con todo y laptop.

Aun así, Dios me perdone, siempre me cayó bien.

Peluca de muerto, empezó un aborigen de sucesos nunca antes suscitados, parloteaba con tanta seguridad que en algún pasaje de esos cuentos sacados de la ciencia ficción, creí ingenuamente o tal vez por presión, que podría ser real; incluso, cuando cambiaron el tema a comidas, este, en su campo, dijo mil y un mentiras, una de mis favoritas fue: Yo he formado una alianza culinaria con Gastón Acurio, mi empate, tengo su celular por si lo dudan.  Enseguida, añadió: Vamos a abrir un restaurante en el Principado de Mónaco, claro que todo después de casarme.

A la tía Juanita le brillaron los ojos como dos esmeraldas, el buen chef millonario los llevaría a la fama, incluyendo a Bochini y Petroleo.

Para no salir del foco, dejemos el rollo de las mentiras de LFC para continuar con los sucesos acerca del concierto.

Pirri, Rock y Chuni coincidieron en un chat de Messenger esa misma noche en la madrugada, la ansiedad no los dejaba dormir, acordaron con lujo de detalles todo acerca de cómo llegar al concierto e instalarse en la primera fila tan preciada por todos los fanáticos.

No pudieron dormir, se amanecieron en la computadora y cuando el manto apareció fueron a la cama para seguir imaginando los hechos de marzo.

Dicen que el tiempo anda rápido cuando piensas mucho en un evento, aquello ocurrió y los meses corrieron como motociclista hasta la llegada del inevitable fin de verano pero justo día del concierto.

Esa mañana, Pirri se metió dos panes con tamal y una jarra de jugo de fresa, se puso su remera del grupo y salió de casa a las nueve con diez con una gaseosa KR porque iban a beber un ron Pomalca poco antes de entrar. Ya lo tenían todo absolutamente planeado, ningún alfiler logístico podría salir del armazón.

En la Molina City, Rockstar y Chuni acababan de llegar desde el norte en Maleño, las rayas de sus culos habían desaparecido pero las 24 horas en bus estaban valiendo la pena debido a que llegaron a tiempo para enlistar todo para su ansiado suceso. La emoción y la felicidad los invadía en todo instante como choques eléctricos.

Se adentraron con tanta vehemencia en la casa que encontraron al tercer hermano de ellos, el terrible Drack, ahogándose en el desagüe de su culito, en una posición particular y exquisita poniendo a prueba su lengua de piedra.

No he llegado a imaginar el trauma de estos dos (en esa época) cero kilómetros.

Drack los mandó a rodar porque a nadie le gusta que lo molesten cuando estas en plena sesión black kiss. Se adentraron en sus respectivos cuartos, cogieron lo necesario, ni siquiera se dieron una ducha y salieron en busca de Pirri, quien ya los esperaba en el pequeño Banco de Crédito ubicado a unas cuadras.

Cuando se encontraron se dieron un abrazo memorable, estaban felices y esa euforia conlleva y genera fuertes descargas de adrenalina lo que conduce a que los saludos también obtengan besos.

Bebieron un trago. Eran las dos de la tarde, el concierto empezaba a las ocho de la noche, había mucho tiempo para conversar, beber, planear la estrategia  final y -en un acto altamente irresponsable y frenético- comprar las entradas en reventa.

 

El tiempo fue andando mientras el Pomalca se iba secando, el trío los cuatro

iba caminando hacia la congeladora Monumental donde se realizaría el recital y la euforia saliendo hasta por los poros.

Es difícil contener tanto impacto, tantas ganas interiores por estar allí, tanto delirio por ver a sus cantantes favoritos soltar las rolas predilectas de antaño, por eso las cuadras se volvieron largas y las ideas imaginarias convulsionaron cada vez con mayor proyección.

A las 6.36pm según el reloj del Nextel de Rock llegaron al recinto. Enseguida, solicitaron la presencia urgente de un revendedor para que los habilitara con tres entradas en primera fila.

La última misión, el escalón final del plan perfecto, la máxima determinación, la puerta al sueño, estaba en manos del mayor, es decir; Pirri. Él era el encargado de seleccionar a un ente honesto que les vendiera entradas.

Con el tumbao que tienen los guapos al caminar apareció un sujeto de elegante traje a rayas sacado de Smooth Criminal, quien se asomó a la banda de ingenuos con cara de pavos, para ofrecer tres entradas por debajo de la butaca. Su accionar se manifestó con un movimiento tembloroso de manos al tiempo que mostraba las entradas y giraba el cuello mismo drogo paranoico para que la tomberia no lo viera.

—Loco, te dejo las tres entradas en primera fila a 1,000 soles. ¿Habla, que dices?

Pirri cogió los boletos, examinó como experimentado reconocedor de estampitas originales y resolvió preguntar al resto de los muchachos, quienes, por el aspecto macabro del sujeto, que de nuevo miraba hacia todos lados altamente noico, decidieron desistir con un seguro ademán de izquierda a derecha.

—Lo siento, compañero, pero creo que no llegamos a la cifra, respondió Pirri como partidario del grupo.

Y sin embargo, en ese instante, en un acto de rebeldía, Chuni, gritó: ¡Pagamos las mil lucas y nos quedamos misios! No hay problema. Pero hay que entrar de una vez.

El fulano abrió los brazos en señal de solidaridad y fue un gesto leal que los muchachos no supieron descifrar.

—Chuni, tú no sabes de entradas; este tipo es raro, me resulta extraño su proceder, dijo Rock totalmente seguro.

Terminaron por desistir y el sujeto se fue semi enojado.

Enseguida, apareció un hombre con un tatuaje de lágrima a la altura de la mejilla, pantalones anchos y camiseta gigante color negro con la imagen

de un reggaetonero del momento. Llevaba un collar de material rompible que llegaba hasta la mitad de su cuerpo, unas zapatillas tal cual astronauta de marca Adibas y lentes a pesar de la noche.  

—Hola muchachos, me llamo Yandol y tengo tres entradas para ustedes cuatro, dijo y se empezó a reír expulsando un desagradable aroma a marihuana pateada.

Ni siquiera tuvieron que ver las entradas. Desistieron de inmediato.

El tipo se fue arrastrando el pie, seguro era cojinova, pensaron los tres.

Estaban preocupados, ya no habían más revendedores, pues la policía implantó un nuevo proyecto para evitar ese asunto de las reventas lo que ocasionaba la escases de tigres que vendan entradas. Tal fue el motivo por el cual, el primer sujeto andaba recontra paranoico.

El señor tiempo fue pasando rapidísimo al punto que la hora del concierto estaba a punto de estallar y el trío todavía no lograba hallar a alguien suficientemente honrado como para venderles una entrada legal.

Y en ese momento, como en las películas románticas, como en los capítulos de la Rosa de Guadalupe, ocurrió un milagro. Una señora de avanzada edad físicamente parecida a la abuelita Nelly Guevara Espinoza, se fue acercando al grupo luciendo un pulcro hábito de monja de la secta de los testigos de Jehová, quien al tenerlos cerca, comentó con tenue y dulce voz: Señoritos, ¿buscan entradas? Yo tengo tres y debo venderlas para poder alimentar a mis cinco nietos pequeños cuyas madres luchonas se fueron a la discoteca.

Pirri, Rockstar, Chuni se derritieron en amor y ternura, incluso, Pirri, el comandante del grupo, se puso modo Eduardo y respondió: Abuelita, nosotros te compramos las entradas, confiamos ciegamente en ti porque con tu atuendo y el rosario colgando nos entregas franqueza. Le dio un abrazo en señal de saludo como si la vieja necesitara cariño.

En un cosquilleo de pesada armonía, hicieron el pacto macabro.

Pirri preguntó por el precio, la abuelita respondió con una pregunta, ¿Cuánto tienes? Los tigrillos vieron la hora y contestaron: Exactamente mil soles. La abuelita sonrió sin mostrar los dientes y aseguró: Uy, justo el precio por las tres.

En ese instante, el sujeto del traje oyendo y viendo lo acontecido dio un pequeño giro de cuello para ver al grupo realizar el contrato con una mirada perpleja en señal de confusión y asombro, podría decirse que hasta sintió un toque de lastima y ciertamente vergüenza; pero al verse rechazado optó por evitar dar comentarios. Solo se hizo el loco.

La abuelita sacó las entradas del sostén, Pirri las cogió y repartió al grupo sin sentir el papel, sin ni siquiera observar con lupa el material, el holograma o el código de barra, tanta fue confianza por la abuelita que no dudó un instante y pagó los mil soles uno sobre otro ante la lengua recorriendo los labios de una vieja mañosa con mil y un trucos detrás de ese hábito maldito. Pues, cogió el dinero, guardó en el sostén, les dijo: Dios los bendiga, hijos. Ahora podré comprarles un pollo a la brasa a mis cuatro nietos.

¿No eran cinco? Fue la pregunta que podría haber cambiado el curso de la historia, pero estos muchachos confiados, ingenuos, enamorados de la cándida voz de la vieja salida del mismísimo infierno, sucumbieron ante el vil encanto de esta dulce abuelita con sonrisa sin dentadura.

Se dieron la vuelta para darse un abrazo de grupo en señal de satisfacción, una victoria perfecta para el plantel comandado por Pirri, un sueño próximo para Chuni, un anhelo para Rockstar, el ver a su banda predilecta estaba cerca, tan cerca que solo bastaban metros de cola para aventurarse en una música grandiosa que solo ellos sabrán gozar mejor.

Cuando se dieron la vuelta la abuelita ya no estaba. Desapareció como haz de luz, como esos demonios nocturnos que se marchan con el alba y los muchachos corrieron como Naruto rumbo a la cola con una sonrisa intacta y sin dudas en la mente hasta que lo inevitable ocurrió.

Trágicas son las líneas que estoy a punto de contar, pues esto no se lo deseo ni a mi peor enemigo.

Como niños emocionados se enlistaron en la cola y cuando poco a poco iba llegando el ansiado momento de la revisión de tickets por parte de un gorila con polo VIP tuvieron los tres una horrorosa premonición; aunque dicen que la realidad resulta ser muchas veces peor.

El primer infortunio fue Pirri, pues el capital se hunde con el barco, mostró su boleto con la alegría de Eduardo y fue rechazado como si un martillazo le cayera encima, como balde de fría con hielos e incluso, con toda la necedad y jolgorio de seriedad, le dijeron: Ponte a un lado, gordito. Que la cola tiene que avanzar, gil de goma.

El siguiente fue Rockstar, quien en su mente fue maquinando el propósito de haber tenido un boleto afortunado, pues pensó que sería el único en entrar, no quedaría de otra. No se iba a perder el concierto por nada del mundo, por las huevas no se vino en bus 24 horas y perdió la raya del ano.

Ticket bamba, ponte a un lado, le dijeron con un lapo incluido.

Lágrimas cayeron de sus ojos, Pirri quiso consolarlo pero no pudo. El dolor fue más.

Chuni, conociendo el destino inevitable de sus compañeros, sabía que todo se estaba viniendo abajo como avalancha, no tuvo tiempo de pensar un suceso positivo, tampoco la actitud ayudó, pues comenzó a llorar en plena cola, lágrimas honestas mojaron el suelo y con cara de chicle fue donde el VIP quien con rudeza y crueldad, le dijo: Chibolo, te estafaron. A ti y a ese par de huevones.

Se dieron un abrazo al encontrarse a un lado viendo como todos pasaban con sonrisas de emoción entusiastas por ver el concierto y entre ellos, con culito de la mano, el bigote perfecto y la camisa roja, se hallaba el terrible tío Raúl, ingresando al concierto como Pedro en su casa.

Sin embargo, solo se trató de una fantasía. A veces la mente es brava.

Lloraron abrazados, tristes y desconsolados hasta que el VIP se llenó de ternura al ver a un trío de sanos llorar como bebés cuando no tiene teta, que se le ocurrió darles un consejo: Chicos, basta de llorar, deben aprender a no comprar entradas de reventa, pues la gran mayoría, salvo ese señor de allí, señaló al tipo de traje, te ofrecen boletos falsos.

— ¡Les dije! ¡Les dije que el tipo era leal! Gritó Chuni y se le ocurrió la brillante y atrevida idea de ir al restaurante de Lucho Castro para pedirle un préstamo de otros mil soles y pagarle las entradas al revendedor.

La odisea los condujo al Restaurante Niyagui, entraron con toda la confianza y soberbia del mundo, pues Lucho, el chef, siempre se había portado con carisma y cariño con la familia, creían que los recibiría con amor y los impresionaría con un saldo.

Sin embargo, la sorpresa fue mayor cuando al entrar preguntaron por el dueño y el empleado les indicó que andaba en Miami. Confundidos recordaron ver a Lucho devorar un sabroso caldo de gallina en una carpa cercana, no había sido una visión, por ello, todavía en el esplendor de su ingenuidad que roza la estupidez, preguntaron otra vez: Amigo, el dueño, Lucho Castro es nuestro familiar, queremos saber dónde está.

La carcajada que se metió el hombre gordo que limpiaba la mesa fue abominable, un estruendo grotesco que podría remecer la Tierra con facilidad, a esto le incluyo, un dedo señalando al trío de sanos en señal de completa burla y una sobada de panza para intentar calmar tanta risa.

Sarta de sanos, quiso decir, pero dijo: Amigos, Lucho Castro es quien le limpia las bolas al dueño. Es el empleado del mes, es quien lava los platos.

Derrotados volvieron a casa. Abrieron la puerta sigilosamente y al no ver moros en la costa se lanzaron al mueble; pero Chuni resolvió ir de frente a su habitación para continuar con el lloriqueo.

En ese momento salió Drack totalmente desnudo y con el muñeco al aire (3cm para ser exactos) comiendo chifles de Piura (los mejores del mundo). No se le ocurrió que decir, los vio y les invitó. Inclusive, dejó la bolsa porque debía de seguir con el tratamiento sexual, algo que para entonces, el trío todavía no conocía.

Camino a su cuarto escuchó las lágrimas de un desconsolado Chuni y aunque pudo y debió consolar a su hermanito, prefiero al culito en la habitación. Cualquiera lo haría.

Chuni salió de la habitación para empatarse con los vencidos y comer chifles para apaciguar en algo el dolor y la acidez. Hablaron de Lucho y sus mentiras para entrar en alguna que otra risa, tal vez, girar un poco el tema a otro sentido; pero en ese preciso instante volvieron a abrir la puerta. Carlitos Guevarita y la tía Carmela ingresaron con besos desaforados pensando que nadie estaría en casa; pero hallaron a unos nenes con los ojos rojazos y la cara larga como una haba.

No fueron necesarias las preguntas ni los argumentos porque cuando empezaron los sonidos metálicos del concierto a pocas cuadras se echaron a llorar como maricas.

— ¡Mariconas carajo! Dijo Nicolás Lucas y se dirigió a su cuarto, mientras que la tía Carmela con ternura fue consolando a los muchachos que con chifles y algo de cariño se fueron sintiendo algo mejor.

Al rato apareció Drack, quien al enterarse de todo fue mofándose de sus camaradas y sugirió ir a buscar a la abuelita; pero todos sabemos que ese acto sería en vano.

Cenaron olluquito y bebieron chicha hasta que tuvieron que despedirse.

Al otro lado del sitio, en una cantina de mal beber, una vieja se hallaba rodeada de sujetos cuyos abdómenes podrían rayar quesos, colocaba billetes en sus calzones y la agasajaban como una reina, se cagaba de la risa de su suerte y contaba a los ebrios del local que estafó a unos huevones con unos boletos impresos en casa llevándose mil soles en un par de minutos.

Se sacó el rosario, el hábito de monja y siendo cargada por strippers se adentró en una habitación oscura en donde disfrutó del sexo el tiempo que duró el concierto de los Guns N’ Roses.

 

 

Fin

 

 

 

Autor: Diego Vildoso.

 

domingo, 2 de agosto de 2020

¿No te ha pasado que a veces las personas simplemente se alejan?

¿No te ha pasado que a veces las personas simplemente se alejan?A veces sin motivos, otras veces sin dar razones y tantas veces de forma repentina; pues un tiempo son grandes amigos(as) y al rato dejaron de serlo. Te eliminan de redes y tampoco te saludan en persona. La gente a veces es media extraña.

Uno se pregunta, ¿Qué pasó?, ¿Qué le hice? ¿Qué actitud tuve para que actuara de esa manera?,
¿Por qué no me dijo algo antes de alejarse?
Tras una importante reflexión dejando al lado los egos y verdades únicas, te empiezas a dar cuenta que nunca hubo un error o un acto que sustente su actitud; entonces, piensas que meramente se trata de un asunto personal y dejas que pase el tiempo.
Por mi vida han pasado muchas personas con etiquetas de toda índole y las he visto partir sin justificaciones.
Al inicio pensaba preocupado si alguna actitud mía los hubiera molestado o espantado; pero después me di cuenta que no hubo nada que los hubiera mortificado y con afanes por retomar una situación amical resolví hablar sin hallar respuesta. Entonces me di cuenta que la gente a veces actúa de forma rara y está bien, porque son así, porque lo quieren de ese modo y porque resulta beneficioso para ellos. Yo no tengo un título en estudios de la mente y la actitud de la gente; sin embargo, me he dado cuenta que muchas veces prefiero que sean como son, así con rarezas y actitudes bizarres que a veces los hacen alejarse sin razón, porque si así lo quieren y lo tienen; entonces genial. Si te gusta estar y luego zafar, entonces bien; yo no me hago problemas, porque me di cuenta que la gente puede hacer y ser como quiere ser y no hay nada de malo en eso. Me entrega la libertad de sentirme tranquilo con quienes están y sabré que estarán el tiempo que quieran estar.
Yo siempre digo: La gente puede hacer lo que quiera. Si te eliminan de las redes o no te saludan en la calle, está bien. No tienes que rebuscar en tu interior después de varias reflexiones para entender sus razones, porque a veces simplemente es un proceder suyo inentendible.
Claro que el tema puede abarcar para mucho, pero solo estoy acaparando los hechos de que porque las personas se alejan de uno sin avisar.
Personalmente y sería genial, me gustaría que dijeran: Hey, no me simpatizas y prefiero no juntarme contigo porque tus ideas son… etc, etc, etc.
¡Bien! Eso sería justo y honesto, te ganarías mi admiración.
Sin embargo, no siempre ocurre y creo que me estoy extendiendo en algo que simplemente va a terminar con mi clásica frase: La gente puede hacer y actuar como quiera… con tal que no anden jodiendo o dañando, todo bien. Yo realmente respeto todo el accionar, a veces como hoy lo cuestiono pero siento que la vida corre tan veloz que no quiero invertir mi tiempo en bobadas.
Al fin y al cabo, yo estoy con quienes quieren estar y sé que ustedes también. Por eso a la próxima que alguien se aleje: Mucho gusto, sayonara.
Saludos.

jueves, 16 de julio de 2020

El hurto (del tío)


- Tras un agitado mes laboral, Pirri había podido reservar 1,200 soles para su viaje al Cusco junto a su flaquita, algo que, por muchas razones, lo hacía muy feliz.
Comentó que el vuelo saldría a las seis menos quince de la mañana del día siguiente, por ende, debía de madrugar en al aeropuerto. Razón para estar más que preparado y emocionado.
Antes de salir al cine con su novia, me invitó un cigarrillo y zafó en un extraño horario (casi cuatro de la tarde) aunque comprensible debido al viaje del siguiente día. Su plan, seguramente, volver, recoger las petacas y aventurarse al aeropuerto teniendo a la película en estreno todavía nítida en su cabeza evitando así todo tipo de spoiler. Razón por la cual, debía de asistir al cine antes del vuelo.

La presencia del tío Raúl siempre genera una mistura de sensaciones y todas como tormentas de arena resultan inesperadas y peligrosas. El paso del tiempo y su accionar belicoso lo tildaron como un sujeto inadaptado a cualquier ámbito familiar; merecido reconocimiento tiene por ser partidario de situaciones, que por más que terminaron siendo pintorescas, podrían haber culminado de peor forma si quienes componen el círculo familiar no fueran tan… Eso, pintorescos.
Y sin embargo, hay momentos en los que –por la acumulación de tarjetas amarillas- resultan, en definitiva, ser la gota que derramó el vaso.
La tarde de un lunes de un julio que queremos olvidar, Raúl, apareció por la esquina con el porte de oficial de policía que comió menestras en el almuerzo durante seis años, con el bigote exacto y la camisa roja extraída de un closet sin la aprobación del dueño, zapatos de charol y eterno cigarrillo Camell en la boca, andando al tiempo que bocanadas de humo se elevaban al cielo y los vecinos chismosos en ausencia de relaciones sexuales matrimoniales, miraban con binoculares su nefasta aunque para ellos dulce presencia direccionada hacia mi casa en Manuel Wagner 666.
Desde la ventana lo vi y de inmediato le avisé a Nipo, quien iba por el segundo round en una faena calamitosa junto a su chica; Bruno no estaba en casa y mi vieja yacía mirando una telenovela mexicana con tanta atención que incluso mi llamarada de palabras en referencia a la presencia del tío parecían inhóspitas.
Personalmente, impartía simpatía hacia el tío Raúl, debo confesar, entre copas, que me resultaba ligeramente gracioso (hasta esa tarde). No obstante, como conocedor de sus artimañas sabía que debía de cuidar mi habitación de su mano con pegapega y salir a sonreírle un rato cuando lo viera entre las filas del feudo, especialmente en la cocina, en donde engendra su néctar sagrado.
Nunca en mi santa vida le he negado una taza de café a un ente, e incluso, si el mismo Satanás apareciera, le invitaría una tacita de café.
Nos abrazamos fervientemente cuando nos encontramos en la cocina y compartimos el néctar de los dioses en un par de palabras que iban más allá del saludo. Mantenía su sonrisa por debajo del bigote, se encontraba delgado pero lucia pulcro como si el tener la misma ropa no fuese motivo de suciedad. Mi vieja descendió cuando la novela acabó, pensé que lo habría hecho pasar, señalado el café y devuelto a la telenovela hasta que terminara.
Los chismes familiares salpicaron como lluvia torrencial mientras que el tío Raúl afirmaba su adicción al oro negro vertiendo una y diez veces su taza, la cual, por motivos de salubridad, no volveríamos a usar, es que había una leve leyenda que el tío tendría sida y muchas personas son paranoicas.
Mi vieja, en su completa amabilidad e ingenuidad, le pidió encarecidamente que se quedara el resto del día a compartir el lonche y la cena, Raúl accedió con sonrisas queriendo ingresar un rato a la computadora de Bruno para inspeccionar la lotería. Algo que intentó sacarse en sus más de 69 años.
En ese tramo, Nipo salió de su habitación para estrecharle la mano y darle un abrazo, yo subía para empatarme a la risa de ambos cuando oí una pregunta y una respuesta crucial.

Sobrino, ¿tienes cigarrillos?
Tío, creo que Pirri tiene.

No me di cuenta, hasta dentro de veinte minutos, lo que ese intercambio verbal ocasionaría.
Nipo y yo nos abrimos paso entre nuestras diversas actividades para dejar al tío Raúl en solitario visualizando una aburrida carrera de caballos virtuales y ambos, no nos percatamos de lo que, cualquier agente, podría deducir y lo cual voy a describir en el siguiente párrafo:

Aproveché que los dos bajaron para sigilosamente subir a la habitación de Pirri con la excusa de ir por cigarrillos si alguien llegara a verme.
Adentro verifiqué en el escritorio con prendas, calzones y encendedores si había alguna cajetilla, encontrando algo que más que eso en una rápida búsqueda por los cajones cerca a la computadora.
Mil doscientos soles esperando por mí, la lotería y el humo, reposaban en un cajón. Los cogí y de inmediato me fui.

-         Conjetura de lo que sucedió.

Efectivamente, veinte minutos después, se oyó el sonido de la puerta, salí por la ventana y vi al tío Raúl zafar con el mismo porte con el que vino.
Se me hizo extremadamente extraño y por la noche nos enteramos todos de lo hurtado.

El resto es asunto cerrado pero nunca olvidado. Le sacamos tarjeta roja y no hemos vuelto a verlo, a menos que sea en el entierro.


Fin

viernes, 26 de junio de 2020

Vecino Vecinin


- Hoy salí temprano a comprar el pan para desayunar poco antes de entrar a mi clase virtual en donde no pongo cámara web porque suelo tener cara de pocos amigos durante la mañana, algo que la mascarilla, el gorrito y la sudadera logran disimilar con facilidad.
Si hay algo que me gusta de la pandemia (suene esto totalmente paradójico) es que ningún conocido se me acerca. Ni siquiera mi primo, con quien compartí el campo y la bebida, a quien solamente saludo de lejos respetando el distanciamiento social cuando por dentro estoy contento de tenerlo lejos porque el sujeto habla y nunca para y a uno no le gustan ese tipo de situaciones a las siete de la mañana. A partir del mediodía si puedo hablar con normalidad.
En el recorrido vi a mi queridísimo vecino de la derecha, un tipo cuyos gustos musicales van en contra de los principios básicos de la música, le gusta desde Walter y Yandol hasta Ozuna e incluso canta y vive las canciones de su amo y señor Maluma, a quien admira, tiene un afiche de él en su habitación y le promulga sus votos de amor. Además, sin tener un cuerpo alucinante con un six pack bien marcado, va al parque sin camiseta para regar las plantas. Algo que aprecio; pero siempre pienso: Debería usar una playera, pues el sujeto tiene una panza que fácilmente podría iniciar en el cuello y acabar en la cadera dificultando la visión de su miembro, al cual, seguramente no logra mirar desde que estaba en la escuela. No obstante, es un amante asiduo de los animales, adora a las palomas y las nutrias, le gusta ir de pesca y a veces me trae unos buenos bogas y truchas y aunque he llegado a detestarlo por su música, una vez vi leyendo un libro de German chupamedia, un youtuber de esos que abundan y no suman ni restan ni dan risa y empecé también a odiar sus gustos literarios. Bueno, no son literarios, sino de libros. Bueno, no son libros, sino de letras. Si es que se llaman letras.
Al verlo me percaté de una extraña situación. El vecino, a quien nunca hago referencia a su nombre, estaba ligando con una muchacha simpaticona. Era alta y sin tacones, llevaba jeans pegados, remera y el barbijo abajo para que pudieran hablar sin reproches. En algún pasaje de mi mirada vi que se dieron la mano e intercambiaron miraditas galantes. Fue entonces que, al momento en que los atravesé, oí a mi vecino con acento singular decir lo siguiente:
'No sé cuál sea el nuevo rostro de los calzones Calvin Klein que nunca compraré pero tú eres el único rostro en mi corazón'...
Entonces, inevitablemente, pensé: Es todo un poeta, digno de publicar en Wattpad. Allá donde las portadas parecen afiches de música chicha.
Y lejos de irme riendo, sentí la necesidad de una fémina en mi vida; pero ese asunto se me pasó cuando recogí el pan recién salido del horno.

jueves, 4 de junio de 2020

Lo que dure el juego

- Año 1993. Junto a un primo desenchufábamos la Nintendo para sintonizar el único canal de deportes instaurado en la televisión cuadrada, sin control remoto y mucho menos cable, para ver el partido entre las selecciones de Francia y Bulgaria previo a la copa del mundo del año siguiente.
Al momento en que Carlos quitó la consola para guardarla en su caja y llevársela a su casa como parte de un acuerdo que hicimos al comprarla entre los dos, oí a mi madre dar un grito estremecedor diciendo: ‘Te llaman por teléfono, una chica pregunta por ti’. Me asomé a velocidad con el interés de siempre hacia las féminas, cogí el teléfono y me oculté detrás de un escaparate para que nadie oyera mi conversación.
Hola, soy Dania, ¿te acuerdas de mí?
Por motivos de fuerza mayor, ese año me habían cambiado de escuela trasladándome a una más cerca de casa para así tenerme vigilado. Eran tiempos en donde mi actitud era un tanto explosiva y desenfrenada; sin embargo, durante la llamada de Dania, me vi sometido a una importante parsimonia. De repente, por el sonido de su voz con acento, la cual me resultó melodiosa cuando estudiamos juntos en el anterior colegio durante seis meses y nos hicimos no solo amigos, sino compañeros especiales cuya atracción física y química genuina nos llevó a evitar la clase para aislarnos por los confines de los alrededores conociéndonos mejor entre besos y caricias.
Era algo que mis amigos de entonces no entendían; Carlos, entre ellos, que solicitaba mi tiempo para el Nintendo y la pelota, que también me gustaba; pero Dania requería de mi virilidad por pubertad precoz para saciar esas idas y venidas que a las mujeres se les hace más rápido sentir.
Nadie me entendía mejor que la mano derecha a las dos de la madrugada sin poder dormir por causa de esas imágenes mentales que revoloteaban en la cabeza.
Alejarme de Dania, de alguna manera u otra, me volvió un onanista nocturno, animal salvaje recaudador de ficciones mentales que trasladaba a los actos repulsivos por iglesias pero satisfactorios a esa edad moviendo la cama con mesura y durmiendo como angélico tiempo después.
Su llamada repentina interrumpiendo para bien un juego de Nintendo tan aburrido como la charla de Carlos acerca del nuevo Mario Bros 3 reanimaron mis ganas por tenerla con la falda cuadrada en mis piernas como aquellas veces en el jardín de un parque aledaño al colegio, en donde a besos intensos y manos inquietas nos empezamos a dar cuenta del deseo que nos congeniaba, el cual, más de una vez, nos condujo a un hotel barato a distancia importante del colegio, en donde un empleado incapaz (por suerte) nos hacía entrar a treinta soles la hora.
Allí saciábamos toda necesidad de nosotros, deseos que iban más allá de los simples besos y fronteras que las manos empezaron a romper para avivar las flamas que iniciaron en quincena de marzo, cuando volví al colegio y la vi sentada en la última hilera, piel mulata, piernas largas, sonrisa amplia pero difícil de mostrar, calidez con timidez y frescura y humor cuando nos hablamos por primeras veces. Toda la conjunción necesaria para gustarnos enseguida y todo el ornamento de deseos locuaces que no tuvieron calma en los jardines cercanos y es por eso que tuvimos que saciarnos en los hostales con luces de neón y empleados que dejaban entrar a escolares.
Nació en Cuba un mes antes que yo, sus padres llegaron a Lima para un comercio, no sé de qué, jamás especificamos, solo sé que dijo que estaba de visita, pues en un año o quizá antes, volvería a su Habana querida.
Valga la ironía, que al instante en que un vecino soplón nos delató por comernos a besos en el césped durante la hora de clase y con uniforme escolar, ambos padres nos sacaron del colegio. A mí me expulsaron debido a un par de acusaciones anteriores que no voy a mencionar y a ella porque su tiempo se acabó y debían retornar.
Solo nos divertimos tres veces en el hotel Houston tres estrellas donde un inepto de gorra que nunca te miraba a los ojos nos daba la llave a cambio del dinero en monedas. Nos quedábamos más de una hora, yo calculaba como suelo medir el tiempo: en canciones o partidos de fútbol. Adentro no había tele ni baño, una cama grande bastaba para saciar todo deseo libidinoso y las luces apagadas de un cuarto al final del pasadizo, en donde, nos volvíamos las fieras salvajes que éramos por dentro.
¡Dania! A los tiempos, compañera. ¿Cómo estás?
Estoy en Lima, mis padres volvieron por una semana. Nos vamos mañana, pero no quisiera irme sin verte un rato.
Acepté y acordamos el encuentro en cuestión de segundos porque el tiempo en línea era caro.
No pensé en mi escases de dinero, tampoco en Carlos, ni siquiera en mi madre, quien cocinaba con Camilo Sesto cantando mientras que mis hermanos jugaban a las peleas con figuras de acción de Batman y Las tortugas ninja. Lo único que tenía en mente era saciar esa imperiosa necesidad que tenía por tener a Dania… sobre mis hombros.
El partido comenzaba, Carlos me llamaba con un silbido para mirarlo juntos y comentar las hazañas de los jugadores porque ambos soñábamos con ser futbolistas. Mi vieja cocinaba y cantaba entretenida como de costumbre mientras que sigiloso me adentraba en su habitación, abría el closet que por suerte no hizo ningún chillido y accedía al cofre del tesoro en donde yacían un par de billetes, los cuales, tras hacerme la cruz para que alguien arriba me perdone, hurtaba mirando hacia los lados.
Después di una ojeada al cuarto de mis hermanos, quienes jugaban ingenuamente a las peleas sin pensar ni imaginar lo que su hermano mayor por un año estaba a punto de hacer.
Le dije a mi vieja que saldría un rato a comprar. Accedió con que volviera para el almuerzo. Era el mediodía, acordé con Dania para dentro de una hora, imposible llegaría a comer pero acepté su petición.
Lo más difícil era deshacerme de Carlos, fanático del fútbol, amigo y primo, pero no compartía mi mentalidad por descubrir la flor y nata de las mujeres.
Salí por otra puerta sin que me viera. Según él, yo seguía al teléfono, para mi madre había ido al mercado y para mis hermanos estaba viendo el juego.
El barrio estaba desolado, el partido eran tan importante para los apasionados al deporte rey que nadie salió de su casa.
Recuerdo que junto a Carlos habíamos visto toda la eliminatoria para el mundial, hinchábamos por Bulgaria porque el 9 jugaba en el Barcelona y metía goles hasta con el trasero.
Yo andaba en un bus rumbo al colegio, era verano, no había clases, Dania me esperaba en la esquina con un atuendo distinto, casual y bonito, fue la primera vez que la vi con ropa de calle. Nos saludamos con un abrazo y un beso en la mejilla, la sujeté de la mano y caminamos hacia el hotel.
Era como si lo tuviéramos mentalizado, era una especie de obsesión mutua la que teníamos, un delirio en conjunto que debíamos de saciar de una vez antes que comience mi locura onanista a tiempo completo.
El chico nuevo del hotel no quiso dejarnos entrar por no tener documentos de identidad. Dania no hablaba, era una mujer de pocas palabras y muchas acciones, yo tuve que manejar la situación diciéndole: Mi documento está en espera. Solo tengo que ir a recogerlo, ¿vas a perder treinta soles por eso? El tipo no quiso. Insistí: Oye, te doy diez más. No accedió.
Miré a Dania y en voz baja la oí decir: Toma, dale esto.
Bien, tienes 18. Pueden entrar, dijo el muchacho.
Reservé mis pensamientos y confusiones para más tarde.
Recorrimos el pasadizo rumbo al cuarto 35 con besos desenfrenados como si tuviéramos hambre de nosotros. Los cabellos despeinados por las manos que sujetaban las nucas y los deseos haciendo hincapié en las partes íntimas.
Nos desnudamos al compás de los besos una vez que logramos entrar.
Caí sobre la cama con la bermuda abierta y ella se encargó de quitarla por completo usando sus dientes y mostrando una sonrisa en contraste a su piel.
¿De verdad tienes 18? Le dije por idiota.
Olvídate de eso, respondió callándome.
Zafé las zapatillas en un dos por tres poco antes de que calzara su boca en mi miembro tan erecto como obelisco y succionara su ser a un ritmo vertiginoso que podría hacerme perder la noción del tiempo y por ende causar la explosión de los nibelungos. Acto que no debía realizar tan pronto, según una revista, por eso pensé en otros factores para mesurar la excitación que venía sintiendo y ella sabiendo que yo estaba en éxtasis aprovechaba para seguir a ritmo veloz y lento para luego ofrecer tiernos besos en su cabeza. ¡Y sin avisar volvía a devorarlo en una seguidilla exquisita e indescifrable!
Se oía el partido desde una radio en la caseta del portero. Empataban las dos escuadras mientras que Dania se dejaba quitar la blusa y luego el pantalón para quedarse en bragas grises que la hacían lucir divina.
Pensaba en como las mujeres pueden moldear su figura a tan corta edad mientras divisaba sus senos para comerlos a besos y tallarlos con las manos ocasionando el fulgor de sus sentidos sobre todo con besos en el cuello.
Anotaron el primer gol del partido, Dania subía encima adueñándose de la situación, pues hace un rato susurró que tenía tiempo esperando este momento y yo le repetí entre balbuceos de caliente que también lo esperaba. Sus frenéticos movimientos me llevaron a algún sitio en el averno en donde me vi disfrutando de la candela y los demonios; cerraba y abría los ojos para mirarla en cueros mordiéndose los labios y con los cabellos oscuros como la noche recogidos en una mano. Ella gozaba y yo me mordía los labios mientras que el imbécil del empleado tocaba la puerta pidiendo silencio. Reímos por eso porque no nos percatamos de lo loco que estábamos al borde de romper la cama.
Se escuchó el empate de Bulgaria, lo celebré como si fuera mi país, le pareció extraño a la mulata de piernas gruesas y caderas instauradas arriba, quien no deseaba cambiar el formato del encuentro, le gustaba tanto quedarse arriba que hasta me dio calambre en ambas piernas.
Fue entonces que solicité ir arriba y la tuve con las piernas en los hombros un largo periodo, cuarenta y cinco minutos para ser claro, lo sé porque acabó el primer tiempo con mi calambre, descansamos un rato y subí hasta que Bulgaria hizo el gol que eliminó a Francia y lo llevó al mundial del 94.
Desde entonces suelo cuantificar el tiempo sexual con partidos de fútbol, es una tradición que con los años quedó olvidaba.
Ese gol a los 45 del segundo tiempo ocurrió un instante antes de mi estallido estelar a un lado de la cama para no tener graves consecuencias. No alcancé a sus senos y tuve que disculparme con las manos entre risas conjuntas.
Ni en doscientos partidos me sentí tan agotado. Tenía la lengua afuera y requería de un Gatorade. Compramos un par en la tienda en frente y caminamos una cuadra larga hasta separarnos en la esquina de un semáforo con un abrazo afectuoso y sonrisas amplias como si el lunes nos volviéramos a ver. Pero no ha vuelto a suceder.
Todos los gritos que pudieran ocurrir en casa ya estaban saltados.

Fin