Mi nuevo libro

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jueves, 13 de agosto de 2015

El choque más estúpido

- Caminaba rumbo a Ipae, allá por el año 2012, fumaba un cigarrillo como solía ser la costumbre de los viernes. Crucé la primera avenida ingresando a Los ingenieros, previamente me detuve en el semáforo en rojo junto a una gran cantidad de estudiantes, todos dirigiéndonos al mismo lugar; pero ninguno hablando entre sí. Tengo la idea que no todos solemos hablar con claridad y euforia durante la mañana, salvo los presentadores de noticia y algunos otros con muchas energías. Entonces, quizá por ello nadie charlaba entre sí a no ser que de repente anden ocupados en otros temas o simplemente, no se conozcan.
No me puse a pensar en ese hecho, lo acabo de pensar a profundidad en este momento.
Seguí mi camino con audífonos puestos y escuchando un latín, raro en mi; pero era viernes, sabía que más tarde me tomaría unos tragos y sería feliz. ¿Pero qué tiene que ver eso con el género musical? Pues, que las reuniones o fiestas se escucha latín y me estaba, como dicen, empilando desde muy temprano.
Al terminarse el cigarro resolví encender otro a pesar de encontrarme cerca de la puerta de entrada. Era temprano, Donna todavía no llegaba -siempre demora- y seguramente nos toparíamos en cuestión de minutos. Sin intenciones de esperarla, sí de fumar otro cigarrillo, me detuve a encender otro.
Lo hubiera hecho adentro, sentado en una de las bancas y observando el panorama; pero hace no menos de seis meses dieron la regla de no fumar en las instalaciones. Por eso era cotidiano ver a las personas encender cigarrillos a un lado de la puerta.
Ahí estaba yo, fumando y esperando a mi amiga, viendo el reloj de vez en cuando sabiendo que aún no empezaba la clase. Era extraño que haya llegado temprano, lo pensé un momento; pero me hizo bien, porque tenía tiempo de disfrutar el cigarrillo.
En ese momento, vi a Donna asomarse a lo lejos, era imposible no verla, dada la magnitud de su cuerpo -esto sonó gracioso; no te enojes si lo lees- arrojé las cenizas dentro de un tacho de basura y le di otra piteada.
Un auto nuevo, bonito y conducido por una dama se detuvo al frente, en la calzada contigua esperando que el semáforo cambie.
Otro auto, uno también bonito, -suelen transcurrir buenos autos por dicha zona cerca a Las Casuarinas- se detuvo del otro lado, en la misma avenida; pero de ida. Iba seguramente a doblar a la izquierda y seguir de frente.
Yo veía a Donna avanzar a pasos de tortuga y naturalmente a los dos bellos automóviles que si pudiera elegir entre ambos escogería cualquiera porque son geniales los dos.
Vi que avanzaron los dos a la misma vez, fue extraño, no debió suceder eso, uno debe de parar y el otro seguir, es lo normal; pero ambos, por suerte, no aceleraron. Avanzaron impactando estúpidamente. No fue un choque estrepitoso; pero valga la repetición del término: Muy estúpido.
Era simple, uno se detiene y el otro sigue, cualquiera de ambos pudo parar y dejar que pasara el otro; entonces se hubiera evitado.
Además, no es una avenida transitada, es raro ver autos conduciendo, los lindos autos que se ven mayormente están estacionados.
Claro está, en términos de reglamentación que uno tenía la preferencia; pero en ese momento, con la avenida vacía y siendo esos dos únicos autos los dueños de la pista, diez segundos no te quita nada.
Oye, ¿Viste ese choque?, dijo Donna al acercarse. El más estúpido y gracioso que he visto en mí vida, le respondí sonriendo y naturalmente soltando una buena carcajada. Todo fue en cámara lenta, par de idiotas, dijo Donna también riéndose.
La dama y el sujeto discutían; aunque evidentemente, ambos, por sonsos, tenían la culpa.
Oye no puedo creerlo, que gracioso. Los dos estúpidos están solos en la avenida y se chocan, dije todavía con la gracia del encuentro.
Uno pudo pasar y el otro esperar, tan sencillo como eso. Par de sonsos, dijo mi amiga sugiriendo a los conductores.
Entremos, que se sigan peleando hasta mañana, le dije, dejé el cigarro dentro del tacho y caminé. Son tan idiotas que ni a un acuerdo van a llegar, dijo ella soltando una carcajada y siguió mis pasos. Adentro, caminando al salón recordé otro choque igual de estúpido y decidí comentárselo.
Recuerdo haber sido participe de un choque igual de estúpido.
¿Qué si?, ¿Cuál? Cuenta pues, dijo llena de curiosidad.
Nos sentamos en la banca a pesar que la clase estaría empezando y relaté.
Hace años junto a Jeremy alquilamos una moto. Tendríamos dieseis e irresponsablemente le dijimos al tipo que teníamos dieciocho; aunque seguramente él hubiera ido preso por no pedir identificación.
Resulta qué ninguno de los dos sabía manejar; entonces, un amigo nos dio unas breves indicaciones. Jeremy fue el conductor y yo el copiloto durante las primas vueltas. Después intercambiamos puestos y pasamos gran parte de la mañana deambulando por diversos lugares, saludando a los conocidos y riendo a carcajadas. Claro que conducíamos la moto por lugares cerrados, no pasaban autos, todo era libre.
Sin embargo, quisimos pasar por un colegio, donde casualmente estudiamos en primaria. Queríamos darnos de bacanes y que nos vean en moto. Tú sabes, de chibolo uno siempre quiere figurar.
Hasta entonces todo iba bien. Jeremy conducía, yo iba atrás, dimos una vuelta y nos vieron los chibolos por la ventana, saludamos también a los profesores y resolvimos dar otra vuelta para seguir figurando.
Pasamos de nuevo saludando a todos, sonriendo y haciendo diversos gestos con la mano, todos muy graciosos. En ese momento, no nos percatamos que un camión, para describirlo con exactitud, un camión cisterna de agua avanzaba por la calle donde volteamos en dirección al parque y nos topamos cara a cara.
Oye huevonazo, ¿Por qué no te diste cuenta?, ¿Cómo crees que me voy a dar cuenta, imbécil? Si estamos haciendo estupideces. Nos dijimos rápidamente, nerviosos y muy asustados.
Por suerte, el camión era lento; pero la moto lo era más. Resolvimos zafarnos tan veloz como se pudo y dejando la moto tirada en medio de la pista. Lo hicimos por nerviosos y asustados, fue una reacción inmediata ante el peligro que se asomaba.
El chofer detuvo el camión luego de chocar y por poco destruir la moto. Enseguida, nos insultó. Pero ello fue poco ante la vergüenza que tuvimos que pasar porque todos, absolutamente todos, nos vieron.
Devolvimos la moto y no le comentamos nada a nadie; aunque por la noche nuestros padres ya sabían de lo acontecido.
Desde entonces no manejo ni manejaré moto.
Donna empezó a reír cuando terminé de contarle la historia. Me dijo que debería escribirla; pero no tuve oportunidad de hacerlo, hasta hoy que quise compartirla.
Con Jeremy siempre recordamos esa anécdota, a ambos no nos volvió a gustar conducir moto. Es posible que no volvamos a hacerlo; pero si de algo estoy seguro es que esta anécdota va a perdurar por mucho tiempo.
En conclusión, ese fue el choque más estúpido que he visto, casualmente, también lo viví.

Fin

miércoles, 12 de agosto de 2015

La tienda del mal

- La tienda a la que suelo ir estaba cerrada, a medio camino noté las luces apagadas y regresé pensando, ¿Adónde voy? No hay muchas tiendas a la redonda. Existió la posibilidad de ir a Metro; pero por un par de cosas no valía la pena esperar en la cola.
Resolví ir a la tienda de la vuelta, le decían "La viuda" cuando una vieja amable atendía hace varios años atrás. Ahora poco sabía de sus empleados.
Está vacía, pensé al entrar. Me acerqué al mostrador y toqué el vidrio con una moneda.
Salió una señora. Le pedí los productos (Unas galletas y una máquina de afeitar) amablemente y los colocó sobre el mostrador.
¿Qué más? Preguntó con una voz irritada, se hallaba a años luz de ser un poco amable.
Ah, una gaseosa, por favor, dije señalando el envase de Coca Cola que puse encima al llegar.
¿Cola Cola?, preguntó de la misma manera.
No, Inca, por favor, le dije de un modo muy gentil.
Pero; tu botella es de Coca Cola.
Claro; sin embargo, deseo Inca Kola.
Es que no puedo darte esa gaseosa porque tienes otra botella.
En ese momento recordé a mi cotidiano vendedor y sentí extrañarlo con mucha intensidad, por no decir algo más vergonzoso.
Siempre me la cambian, es el mismo envase de un litro, no existe mucha diferencia. Además, es la misma empresa.
Pues, sea como sea, aquí no se puede.
Buena, dame Inca Kola, le dije al final, resignado y muy incomodo. No por el cambio de gaseosa, sino por su actitud.
Así haya ido con un envase de dos litros el tipo de siempre te hace el favor de cambiarlo, pensé consternado.
Su apatía era obvia, creí que había tenido un mal día y por eso se comportaba de ese modo; pero entendí que realmente esa es su forma de atender y por ello no vuelvo a ir.
Pagué e imaginé inocentemente que me daría una bolsa; pero no lo hizo.
Al contrario, realizó un ademán como diciendo, ¿Qué esperas? Y yo esperando mi bolsa.
¿Me puedes dar una bolsa? Por favor, le dije sereno y con un sonido despreciable se agachó para coger una y ni siquiera, repito: Ni siquiera, pudo colocar los paquetes de galleta dentro.
Lo hice tan rápido como pude y aunque pensé desistir y pedir reembolso, me fui enojado.
Nunca he conocido a alguien que sea tan despreciable atendiendo.
En casa conté esta anécdota y muchos compartieron el pensamiento.
Luego otros amigos me dijeron lo mismo aseverando que no solo ella atiende así sino también el resto de trabajadores. Incluyeron una anécdota: Le compramos una gaseosa de tres litros, galletas y demás, después de un partido y cuando le pedí vasitos descartables me dio tres, pregunté, ¿Tienes más?, por favor y respondió: Tres vasitos por tres libros. ¡Pero si le compré más cosas! Al menos por calidad de servicio, buena atención, agradarle a los clientes, etc.
No vuelvo a esa tienda y sugiero que quien lea esto no vaya.

Fin

martes, 11 de agosto de 2015

Frase 19

- Cuando estoy con mi novia solo tengo ojos para ella, cuando no estamos juntos la tengo en la mente. 
El respeto en toda circunstancia

- "Una noche, una musa y un teclado"

Espero que puedan leer el libro.



lunes, 10 de agosto de 2015

Suele pasar

- Esperaba a un tipo salir de la universidad, iba a venderme un producto que adquirí en Mercado libre. Mientras tardaba vi salir a los nuevos estudiantes, lo supe por el rostro y las aparentes edades, un grupo de cinco muchachos salió y lo primero que hicieron fue encender cigarrillos. Lo chistoso es que no tenían idea de cómo fumar, al punto que oí cuando uno de ellos se atoró. Me dio bastante risa y pensé, ¿Para qué fumar si no saben? Y pensé, para crearse los bacanes. Ese pensamiento aumentó la gracia.
Enseguida, los oí relatar sus ficticias aventuras del fin de semana, lógicamente sus compañeros creían asombrados y admirados la sarta de situaciones difícilmente reales que vivió uno de ellos. Yo me seguía riendo ocultando la risa con la palma de la mano.
En ese momento, al lado de adolescentes que inventan situaciones para hacer interesante su vida, que intentan llamar la atención a toda costa, me hice una pregunta: ¿Fui tan ridículo como ellos cuando tuve 17 años? Y creí, por fortuna, no haberme topado con un tipo como yo en ese momento porque se hubiera burlado como yo lo estaba haciendo.
Luego, el sujeto salió, ya era un tipo de mayor e hicimos el negocio. 


Al final del mismo le comenté lo que vi y este me respondió: Esos chibolos son unos giles. 
Fue imposible no soltar una risotada.

Fin

sábado, 8 de agosto de 2015

Ridiculez

En el supermercado Metro, exactamente haciendo la cola para pagar, me encuentro con un amigo, nos saludamos cordialmente y empezamos a conversar para hacer pasar el tiempo.
—¿Qué planes para hoy?, pregunto amablemente y a la vez frotándome las manos.
—No lo sé, lo que salga, responde inseguro; pero noto en sus ojos el deseo que le diga algo alentador.
—Tengo una reu, le comento y lo veo frotarse las manos.
—Entonces, somos, dice auto invitándose y frotando sus manos con rapidez.
—Claro, vamos. Ven a buscarme a eso de las diez y media, ¿Qué dices?
—Ya pues, chévere, a esa hora te busco, dice y enseguida añade: ¿De quién es la reunión?
—De un tal Zavala, vive por la zona C. No lo conozco mucho; pero el resto de los chicos irán, entonces genial, le digo y empiezo a reír como suelo hacerlo.
—¿Zavala?, pregunta confundido.
—Roberto Zavala Zavala, le digo acordándome del nombre.
—¿Y vive por la zona C?, pregunta, esta vez un tanto más seguro.
—Sí, ¿Por qué?, ¿Lo conoces? Entonces mucho mejor, le digo entusiasmado.
—Sí, lo conozco. Es de mi promo de colegio, dice notablemente incomodo.
—¿Colegio? Bueno, ¿y por qué esa actitud?, ¿No se llevan?, pregunto intentando saber lo que ocurre.
—¡No! ¡Nos odiamos desde quinto de secundaria!, dice muy eufórico.
—¿Odiarse tanto tiempo?, me pregunto sorprendido.
Entonces empieza a contar mientras que la cola, por suerte, se mueve con rapidez.
—Jugábamos pelota, era la final de las olimpiadas, íbamos 5 - 5 y resulta que me cometió una falta penal al último minuto; pero el árbitro no marcó y yo me la agarré con él, primero a base de insultos y luego a puñetazos. Terminamos expulsados.
Sabía que estaba exagerando, lo conozco, suele ser histriónico; pero asentía mientras relataba, me daba la sensación de no sentirme estresado por la cola y menos cansado por el peso de los productos en el brazo.
Antes que diga algo, él siguió con el relato.
—Además, nuestras promociones, Juan Pablo II y la otra no recuerdo el nombre, siempre se han odiado y esa pelea incrementó el odio, dijo con mucho coraje y realmente; aunque quiera equivocarme, bastante ira.
Pensé en mi edad, luego en la suya añadiéndole un par de años y me atreví a responderle con solemne honestidad y muy fiel a mí estilo directo y sin rodeos.
—Bro, tienes 32 años y sigues pensando en las estupideces que se pueden haber hecho en la época de colegio y la payasada de las promociones y demás. ¡Madura carajo! Y enfoca tu mente en prioridades, huevonazo.
El tipo se quedó callado, pensando en mis palabras. La cola avanzó y pude cancelar mis productos.
Afuera de Metro, le dije: Vamos a la fiesta, saludamos al tipo, tomamos unos tragos y la pasamos chévere. De repente ni siquiera se acuerda del rollo ese, añadí después soltando una risotada.
Asintió dándome la razón y dijo: Esta bien, te busco en unas horas.
Tan viejo y pensando en estúpidas riñas pasadas, pienso en la ridiculez mientras entro a mi casa a obviamente, dirigirme al escritorio y preparar este texto.

Fin

miércoles, 5 de agosto de 2015

Yo no podría ser infiel

- Yo no podría ser infiel. Es como ser hipócrita ante mi corazón. Sería el hecho de contradecir lo que intento expresar. En el término más cursi; pero realista, diría: ¿Para qué?, si tengo a una gran chica a mi lado.
La infidelidad destruye el puente entre el error y el perdón para luego asesinar al amor, dicta una frase en mi libro.
No comprendo la infidelidad, estoy lejos de asimilarla y lo que hago e idealizo en lo que escribo y vivo es el hecho y el placer -diría también el honor- de compartir maravillosos momentos con una gran persona a quien no solo afirmo amar, también demuestro y uno de esos pilares es el respeto, por ende, la fidelidad.
Más inteligente es el sujeto que respeta a su novia y le demuestra el amor que siente e idiota suele ser el tipo que anda de cama en cama y cuando lo dejan extraña lo que no encuentra en esas sábanas.
Ser fiel es una silenciosa e impresionante manera de decir, te amo.




domingo, 2 de agosto de 2015

Frase 18

- Algunas relaciones terminan de forma brusca, con un intercambio de insultos, un par de posibles bofetadas, la promesa de no volver a verse y un estruendoso golpe de puerta.
Otras veces ocurre un silencio acongojado, el suave movimiento de la mano que se va alejando de la otra, las miradas pérdidas, las muecas sin brillo y el adiós con una hipócrita despedida que luego arde en llanto sobre la cama.
De alguno u otro modo, culminan.
Con el tiempo ninguno de ambas partes recuerda como acabó, se acuerdan del hecho que existió, de lo bonito que fueron los momentos, de alguno que otro en especial, de un instante en particular en donde se sintieron dueños del mundo, etcétera.
Pienso que uno debería de acordarse de lo bueno, relacionar lo negativo como experiencia y sonreír porque existió.