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martes, 31 de marzo de 2026

El cine, el polo y el apuro.

Según el periódico la película comenzaba cuarto para las seis, y alrededor de las cinco salía de la ducha presuroso en busca del celular para escribirle a mi novia que tras una revisión veloz de atuendos iría en su búsqueda implacable. Ella, fiel a una serenidad asombrosa, casi divina, me dijo una de sus frases más dulces acompañada de un conjunto de emoticones, los cuales, de muchas formas, me generan cierta calma; sin embargo, el hecho de tener parsimonia no cambia al reloj, así que para llegar debía de prácticamente volar o usar mi técnica favorita de Goku, la tele transportación, la cual intentaba de niño y después de joven cada vez que los tiempos me apremiaban; aunque la pregunta, ¿Por qué tanto apuro?, ¿acaso no es fácil calcular los espacios? Sí, la respuesta puede ser afirmativa; pero un hombre como yo tiene mil y un cosas por realizar, muchas de las cuales no público en redes como suelo ofrecerlo con distintos asuntos, es que, resulta claro decir que, uno siempre debe mantener su vida privada alejada de las pantallas. Así que tras resolver mis pendientes a una altura vertiginosa pude salir de casa despeinado, con una media distinta a la otra, desaliñado y sin el conato de cremas para el sol.

Y sí, lo sé, lo tengo claro y no tengo dudas, debí planear mejor los horarios; de repente someterme a las labores previas a la cita o anticiparme a los momentos de descontrol, los cuales, escapan de mí; pero como yo siempre intento hacer todo a la misma vez, logro salir victorioso.

Al abordar el bus, uno con el logo de una enorme G, allí donde la última vez perdí mis lentes en un descuido, situación que no he tenido tiempo de lamentar, es que lo material es irrelevante, tanto que, a veces creo que debería preocuparme, es decir; me ha costado, debería al menos mirarme al espejo y decirme: Fuiste un bobo al olvidarlos. Pero, luego pienso y digo: Son cosas que pasan, ¿no? Y el siguiente momento solo sigue. Y el siguiente momento es bello. Entonces, yo me pregunto, ¿Por qué voy a molestarme por una tontera si puedo gozar de un siguiente instante de alegría? No me detengo a pensarlo, simplemente actúo así por naturaleza y me ocurre de varias formas y modos en donde mi ser por situación personal siempre le mira el lado positivo, y así es como sucede lo mejor.

Bueno, no lo pensé durante el trayecto, pues le escribía a mi novia, quien pronto será mi esposa, y aquella situación me emociona como nunca nada me ha emocionado antes, es que, ¿no es acaso lo más hermoso del amor el hecho de casarte con la persona que amas? De solo pensar me hinca el pecho y resuena el corazón; baila el alma y me crecen sonrisas. Aunque todavía resta tiempo y debemos seguir fortaleciendo lazos, pensarlo y quererlo, es un paso espléndido y honesto.

Subió una señora con sus dos cachorros, y yo que estaba adelante me paré sosteniendo un par de calendarios que me regalaron para votar por la hija del chino, y yo, por joder a mis amigos comunistas de la Uni, les envié la foto con la frase: Tengo más para regalarles. Enseguida, dejé que una guerra política comenzara en el grupo. A veces me divierto comentando como pequeños fuegos para que el resto arda. Después me hago el desentendido. Es gracioso ver como un simple comentario desata el frenesí. La gente suele ser débil mentalmente, y yo lo disfruto siempre en el buen sentido de la acción, jamás con maldad.

Aquella señora empezó a dialogar fervientemente con la cobradora, una mujer robusta y de cabello corto, más una voz ronca y feroz cobrando sin alegrías a las personas, y a mí que no me interesaba su performance, pues en mi mundo todo es paz y amor, le clavé una moneda rumbo a mi destino; pero tuve cierta intriga por su actitud con la madre y sus hijos, a quien le cobraba un peso más por ir a tal sitio. Y yo, parado, mirando el celular y oyendo, le dije: Yo le pago el resto. Se me hizo sencillo. Tan fácil como respirar. Dejé caer una moneda sobre la mano de la cobradora y tuve su silencio. La madre me agradeció y yo sonreí sin mostrar los dientes, pues lo vi como un acto cordial, algo que sí puedo realizar, lo haré. A veces ando diciendo que odio al mundo porque son estúpidos, sin sentimientos y atados a lo superficial; pero otras veces pienso: Si yo puedo hacer la diferencia, dar un mensaje, lo haré.

Al cabo de un minuto descendí en mi paradero. La antigua Reniec, allí donde jamás pude sacar mi DNI porque a los 18 yo andaba en Roma. Quería solo conocer. No quería estar en Lima. Deseaba estar en mi tierra, a la cual fui a visitar, la hermosa Gran Bretaña; aunque por azares de la vida tuve que retornar. Es así, y la frase que repito me la dicta el pecho: Uno puede tener mil planes pero a veces la vida tiene mejores.

Nunca negativo. Siempre optimista.

Descendí donde siempre, esperé que los desesperados avanzaran y una vez despejado pude cruzar en absoluta calma alucinando a mi novia como en una obra de Manet, nunca lo confundas con Monet. Esa Olympia con la que soñaba de niño, ¿es acaso difícil entender que no todos amaron a Carmen Electra? Malditos mundanos. Me causa gracia –siempre a medida que existo- burlarme de la gente y sus pasiones vagas y absurdas; alejados del sentimiento verdadero, de esa maravillosa poción romántica, hechos que el mundo actual no se permite sentir y me apena; aunque por suerte yo nunca voy a cambiar y seré siempre un romántico golpeado. ¿Por qué golpeado? Pues llevo varias esquinas en este ring de la vida amorosa.

Tema aparte.

Al bajar noté cierta particularidad en el entorno, las personas me miraban como si fuera un extranjero; quizá, por el amuleto que llevo en la cabeza, la melena larga o mis osados tatuajes. Más de un sujeto o mujer me observaba con raro y profundo detenimiento y yo comencé a entender que, tal vez, de tantas ocasiones yendo y viniendo en los últimos tres años, puede que, me empiecen a reconocer; aunque para lo único que podría importarme sería para que compren los productos que vendo. Curioso y raro, califiqué el hecho de ser víctimas de intensas miradas, seguidilla de ojos contemplándome a gran volumen, incluso, pescuezos largos saliendo de las ventanas vecinas, el asunto fue muy incómodo, puedo decirlo; pero siendo yo un hombre de una frescura inmensa no me pude llegar a sentir exhausto. Al llegar a la casa de mi novia, todavía con esos dos calendarios, los cuales, no sabía dónde rayos colocarlos, ya me había aburrido de la broma, de tenerlos, y de llevarlos, necesitaba botarlos en alguna parte; pero no alcanzaba mi mirada encontrar un buzón de esos de basura y tampoco allanaba mi presencia, cada vez más próxima al hogar de mi esposa, (suena lindo, eh) un pícaro sitio donde simplemente dejarlos reposar como quien se los olvida. Digo todo esto porque me desespera tener que llevar cosas en la mano.

‘Ella no me conoce, yo me enamoro’ tarareaba una canción y a la vez la cuestionaba. ¿Cómo rayos vas a enamorarte de quien no conoces? Hay que ser bien imbécil. Pero… más irresponsable.

Le envié un último mensaje comentándole que estaba en las afueras, resolvió decir la típica frase alentadora como ese pase en cortado para estar mano a mano frente al arquero y me apresuré víctima de la gravedad de mi cuerpo por el suyo hallando su mágica presencia a la altura del umbral y nos abrazamos tras darnos sonrisas.

De muchas maneras afortunadas todavía no era tarde y el cine quedaba a metros del hogar. Puntos a mi favor, pensé sonriente; pero ella, en su aguda mirada había notado algo que pasé totalmente inadvertido de la manera más irresponsable e ilusa que puede existir.

No era solo el peinado desalineado ni una bermuda repetida, ni siquiera el calzado, factores que se volvieron consecuentes desde que las responsabilidades atacaron, y las finanzas aunque altas se fueron directo hacia un espacio / tiempo único, era la elección errada. Era no haber mirado el closet, o tal vez, ir de apurado; presiento que fueron ambos factores unidos los que desentonaron en el atuendo, que, ella, para bien (siempre para bien) lo había notado en segundos.

Aquel polo que alguna vez tuvo un blanco angelical, era de un hueso con días regado en un plato para perros; el color perdido como su insignia de marca; el desgaste de las orillas en las mangas y vestigios incluso de tabaco y un desodorante barato, por la misma razón de las responsabilidades, y me causa mucha gracia decirlo, porque siempre debo darle el enfoque divertido; no obstante, verse bien no implica gastar, una vez me lo dijo mi abuela.

Lejos de cualquier argumento eufórico, pidió serenamente que me acomodara en la silla como a puertas de darme un concepto en total docilidad, y yo que no entendía la situación a pesar de considerarme aprendiz de los secretos del universo, le di una sonrisa leve y una mirada de intriga antes que su veredicto sacara información de la luz de sus ojos, los cuales, aparte de amor, o en señal de amor, podían también hablar de verdad, y es curioso como la verdad tiene varias tomas, algunas asienten en el alma y otras provocan la risa. Aquella, lejos de cualquier vergüenza, era un acierto. Debió serlo, porque nunca ni siquiera me abuela me dijo tanta verdad, y asumí el control de esa penuria de ir a una cita con mi futura esposa vestido como un harapiento, irónicamente, alguien que no soy; pero que el apuro y la negligencia consumieron en una tarde.

Lo que le ocurrió a la prenda es puramente similar al infierno, unas brasas consumiendo su fisionomía hasta calcinarse en cenizas por el bien de las futuras generaciones. O, alguien que pueda usarlo cuando vaya a botarlo.

Con el cine en los tráileres, la película, de esas que piensas que son buenas porque leíste comentarios en redes, casi a punto de iniciar, y yo sin prenda superior, solo podía haber espacio para la incertidumbre hasta que ella, en uno de esos arrebatos de iluminación, resolvió recoger de un barril sin fondo un atuendo de un azul tan claro como el escudo de mi equipo y en detalles de blanco que casi zigzaguean que le entrega un perfil divertido, de un material deportivo que bien puede servir para la rutina del ejercicio o la salida al cine, aunque el valor real, aquel que no se mide ni se toca, fue su mirada de resolución, su sentir por la solución, su honor por hacer que funcione, mas unos adjetivos bonitos hacia el performance de como quedaba en mi piel.

Una vez resoluto con una piel que se asemeja a la prenda, o una prenda atada como piel, véase como guste, y no hay foto que evidencie, nos instalamos en el cine y el resto fue historia que no se cuenta.

 

 

Fin

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