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lunes, 30 de marzo de 2026

Año 1993

 - Hace más de treinta años, -como golpea esa categoría de tiempo- acompañé a un amigo a una reunión en donde al ritmo de El General explotando desde una radio robótica danzaban divertidos los compañeros de barrio, quienes se habían unido para la celebración del cumpleaños de Amanda, mejor amiga de Ariana, con quien mi amigo soñaba despierto mientras que el maestro de Historia Universal explicaba las Cruzadas con una fascinación prodigiosa capaz de enganchar al alumnado entero a excepción de aquel joven enamorado.

Ingresamos timoratos y nos ubicamos en un sofá al final de la sala aprovechando que por el baile los asientos andaban libres y de inmediato, a pesar que yo le hablaba acerca del banquete en la mesa y las gaseosas heladas que pronto iba a asomarme a recoger, mi amigo no dejaba de mirar a Ariana, la muchacha de cabello negro y lacio, en jeans amplios como acampanados y un polo divertido con la imagen de la esposa del conejo más famoso. Ella no bailaba, conversaba con su séquito de amistades, entre las cuales destacaba Amanda por su inherente belleza física, cabello dorado y cuerpo importante, como dirían los hombres en el grupo durante el recreo: desarrollado para su edad. Al lado estaba Fati o Fátima, una morocha de ojos claros y cerca de ella se instalaba Carmen, y no era Electra, conocida en entonces por el sub mundo detrás de la escuela ocultos en la habitación de Harry, alguien quien, este amigo jamás prestó atención, ni siquiera un comentario dio al verla en ropa de baño, era como si, simplemente, no le atrajera; lo cual, ante un grupo de machos escolares, era un motivo de raro interés y en consecuencia un apto para alejarlo del grupo. Poco le importaba. Él y yo hablábamos de lo importante de la vida, que era una pregunta que podía incluso trascender, más después de leer Romeo y Julieta en la clase de literatura, ¿Qué es el amor? No podíamos reconocerlo si nunca habíamos besado a una chica, a pesar que evidentemente mentir era importante para cuajar en los grupos de alumnos más grandes quienes presumían gloriosamente sus conquistas, así como Saladino o Ponce de León, los hombres de las cruzadas.

Hoy es la noche, me dijo tras codearme. Lo he planeado toda semana, aseguró sin mirarme porque tenía los sentidos en los movimientos de Ariana, algunos dóciles como entrando en sintonía con la música y otros tiernos sonriendo en cada palabra con sus amigas; aunque uno en particular alcanzó a hipnotizarlo, era su mirada de reojo buscándolo, hallándolo y haciéndole entender que la noche podría ser perfecta.

La música parecía no terminar, yo miraba a sus amigas tanteando un siguiente accionar, ir por las gaseosas y saludarlas amistoso, intercambiar un palabreo e invitar a la morocha a bailar; pero cuando le dicté mis intenciones, me dijo: Saca a Amanda. Es la cumpleañera y nadie baila con ella. Cuando salgas, se romperá el grupo, y yo iré por Ariana. Pienso pedirle para hablar unos minutos, de repente tendré cinco o diez, antes que los idiotas se den cuenta que estamos solos y empiecen a molestar con sus silbidos y frases. Allí le plantearé la pregunta que ataja en mi mente. Hoy es la noche, mi hermano. ¿Apoyas mi plan?

Yo, todavía mirando el panorama en el baile, veía a los rufianes intentar moverse lo más alocadamente para sorpresa de las chiquillas y ellas entre risas intentaban estar a la medida como en una sintonía, y la morocha me miraba cada vez con mayor evidencia como preguntándose, ¿Por qué miras a otras personas y no a mí? Pero ella no sabía que también se trataba de una táctica. Mi amigo y yo no habíamos ido a beber o comer, sino a ganar.

Bien, acepto, es un buen plan. ¿Te parece en la siguiente canción?

Este hombre no me había prestado ni siquiera la mirada para verme, sus sentidos estaban anclados en la mujer, al punto en que podría gustarle más que demasiado, lo digo porque tuve que prestarle mi cuaderno de Historia para que pudiera ponerse al día con las tareas.

Era la última fiesta del año, acabando el sexto grado nadie sabría qué era lo siguiente que ocurriría, ¿adónde iríamos?, ¿a qué colegio asistirían?, ¿vivirían en el mismo barrio o tendrían viajes de familia? Mi amigo lo había planeado milimétricamente; pero no se dio cuenta de un detalle.

Después de la canción, justo antes de empezar la siguiente, nadie salió a bailar, habíamos llegado en el momento en el que después de quince minutos de dancing, las personas solo querían descansar.

Dos amigos, o conocidos, se asomaron acomodándose en el sofá, lo rellenaron y empezaron a conversar banalidades. Que tal película, que tal serie, que tal actriz, que el porno, que tal revista, y etc; y yo lo miraba, aunque él la observaba a ella, y parecía como si, ambas estuvieran decididas a no verse interesadas en nosotros. De repente, nos dieron la espalda y aunque los amigos hablaban y hablaban, el momento se volvía sombrío sin nadie en la pista, y la incertidumbre a flote sin saber qué siguiente paso realizar. Peor aún, si de pronto, la madre de la cumpleañera, salió de un sitio de la casa para preguntar si desean la cena.

No, no era posible, ¿Cómo podría besar a alguien después de comer? Ambos nos preocupamos, y entonces, le dije: Es ahora o nunca.

Se adelantó sin mencionar más palabras, fue directo donde Ariana, la cogió de la mano sutilmente tras actuar respetuoso con sus amigas y le dio un mensaje al oído. Yo me contuve. No me atreví a emancipar alguna noción con Amanda porque la sentía demasiado como el foco de atención de todos en la fiesta; sin embargo, la morocha me detuvo desde el antebrazo y preguntó, ¿Por qué me estás ignorando? Ah, seguro sigues enamorado de Valeria.

¿Acaso no comprendes que ella se mueve por todas las aulas?

Me resondró esas palabras.

Y yo que pensé que porque una vez me dijo era lindo, ya me sentía especial. Lejos de cualquier otra explicación, me dijo: Baila conmigo y olvídate de ella. De repente, volvió a sonar una canción. Y le perdí el rastro a mi amigo.

Él salió, la calle no era peligrosa como ahora, allí la miró a los ojos y a sabiendas que le restaban tres a cuatro minutos, le dictó un poema de Neruda, sazonado con su propio verso, uno que escribió la noche anterior y estuvo practicando frente al espejo, y ella relució una mirada tierna y encantada, y desde mi posición en la pista de baile, siendo el único hombre con la mujer más espontánea y arpía que conocí en primaria, vi cómo se besaba con la chica a quien día a día, mañana a mañana, por trescientos sesenta y cinco días, estuvo intentando conquistar.

Y entonces me di cuenta que ni siquiera el genio de genios que es William Shakespeare pudo escribir un capitulo así.

Después estuvieron en el sofá, cogidos de la mano y abrazados, enamorados del valor por coincidir y aunque yo no pude establecer una bandera con la morocha por mi inestabilidad emocional al enterarme que la mujer que me gustaba iba de salón en salón, me sentí contento por mi fiel amigo, quien, digno poeta, le recitaba algunos versos sin tener vergüenza y en completa confianza sonriéndole y cogiéndole los cabellos delicadamente.

Jamás vi un amor tan puro y sano. Tan dócil y lleno de curiosas ilusiones, porque cuando el silencio adueñaba, lo oí decirle, (tal vez, la frase más cursi de todos los tiempos): La otra vez fui a una fuente de los deseos y al tirar la moneda pedí tenerte esta noche.

En ese momento lo tildé de hidalgo, y no quise ver cuando se besaba con su chica; aunque sonreía de saber que era feliz.  

Es cierto que más adelante se rompieron, terminaron y no volvieron a encontrarse; pero… ¿acaso no fue amor?

Yo estoy seguro que sí.

 


Fin

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