Mi nuevo libro

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viernes, 19 de julio de 2024

Tiempo

Nunca he pensado en el tiempo.

Ni siquiera en los ayeres o los atardeceres.

Jamás me importó detenerlos.

Eran efímeros como los días y las madrugadas.

Adonde quiera yo fuera, o con quien sea que me encuentre,

siempre existía mi vocación por huir.

Y, de repente, conocí al amor.

Y no un amor de mujer.

Tampoco de hombre.

Sino, un amor de padre.

Me di cuenta que comencé a detener el tiempo…

Aunque aquel no tenga misericordia.

Me di cuenta que debía de parar los días.

Aunque aquellos solo anhelen la noche.

Y entendí que debo plasmar cada instante en la retina;

a pesar que la memoria falle.

Resolví inventar un diario.

Allí podría recrear las aventuras con mi hijo.

Retomar los días que creí inadvertidos.

Las risas primerizas.

Las diabluras espontáneas.

Y la magia inherente.

Comencé a convertirme en el autor de una vida prístina.

Comencé a ser el escritor fantasma de unos días maravillosos.

Comencé a ser el poeta de versos inspirados en una sonrisa.

En poemas transcritos desde un suspiro.

En cuentos creados por un primer andar.

En sucesos curiosos que recreo de manera mágicamente realista.

En ocurrencias diarias que podrían ser olvidadas; pero perforan a la memoria quedándose por siempre.

En los hechos más maravillosos que he vivido.

Y, de pronto, me di cuenta que puedo detener al tiempo.

Que los meses se convirtieron en episodios.

Que los días se volvieron unos versos.

Que las noches se transforman en leyendas.

Me di cuenta que escribir acerca de la vida diaria de mi hijo es un regalo hacia mí mismo.

Un obsequio para no olvidar.

Un detalle que nunca se irá.

Y yo, rendido ante tanto amor, quiero hacer todo inmortal.

Quiero que los instantes duren horas.

Que los días se vuelvan perpetuos.

Que la noche dure un siglo.

Que los juegos sean la montaña rusa.

Que las risas se repitan.

Que los bailes tarden mil canciones.

Que las palabras exploren mis oídos.

Que su voz cautive al alma.

Que sus pasos inunden la planicie de mi casa.

Que su alma se confunda con la mía.

Que volvamos de este mundo nuestro planeta.

Que aprendamos a conocernos siempre.

Y que juntos seamos el universo rendido ante un espejo.

Yo, solo espero, tener tiempo.

Para vivir… esta fabulosa nueva vida.


Fin

sábado, 13 de julio de 2024

Vivo al otro lado de la luna

Me tienes enamorado desde que coincidimos en la órbita de esta vida.

Aprecio cada plática que mantenemos emergiendo de ahí algunas aficiones que vamos sabiendo.

Lamento si estoy lejos; pero es que nací en otro sitio para que pueda buscar al amor en otra frontera.

Allí donde te encuentras tú.

Con esa energía saludable que me ilumina.

Con esa dulzura natural que me ilusiona.

Con esa magia auténtica que me inunda.

Con tus ganas por estar aquí para seguir coincidiendo porque no podríamos sentir si no fuéramos a seguir, porque no podemos cuajar si no tuviéramos la intención de engendrar.

Crear un amor prístino y fantástico como aquellos que sueñan los autores.

Inventar un amor espléndido y de luces como los que alguna vez soñaste despierta.

Escribir una novela basada en nosotros dos en donde el amor reine en un imperio como siempre lo he imaginado.

Debemos seguir en este camino, preciosa de los viernes a la noche, de los domingos a la mañana y de los lunes cuando no quiero saber del mundo; pero lo conozco en gracia por ti, y lo aprecio en sonrisas por causa de tu aura.

Debemos continuar forjando vitrinas donde lo nuevo resalte y podamos seguir maquillando quienes somos, así viéndonos en ventanas donde podemos saber el uno del otro. Donde podemos construir charlas en onda amistosa y pasional para que los matices de nosotros se puedan ir conservando y también avanzando.

Quisiera seguir sabiendo de ti.

Sin prisa ni apremios.

Solo sabiendo de ti desde la óptica de mi posición.

Saber de ti desde tus verdades.

Desde lo que quieras decirme.

Y desde lo que puedas sentir en base a quien puedo ser.

viernes, 14 de junio de 2024

Sofi

Dos policías ingresaron al apartamento de Gerardo tras oír las quejas de los vecinos acerca de un hedor nauseabundo proveniente de su interior. Preguntaron por alguien antes de derribar la puerta con vehemencia observando cuidadosos cada uno de los objetos olvidados por el tiempo hallando al filo de una escalera un cadáver en descomposición.

Gerardo es un abogado poco exitoso, algunos de sus casos tuvieron fallos negativos debido a su intensa forma de ser, peleándose airadamente con jueces, fiscales e incluso clientes, desafiando al jurado en ocasiones y terminando sus jornadas sobre un escritorio debido a su nula cordura.

Vive en un apartamento de una zona empobrecida por el paso de los años en donde el edificio suele estar rentado por gente que llega y se marcha, aplica su vida nocturna a la televisión y la lectura tratando de sobrellevar la perdición de su carrera con programas de talk show y libros de autoayuda que no asimila por ese déficit neurológico que lo lleva a actuar de forma desenfrenada, furiosa y en ocasiones egoísta. La tele ha sufrido daños en las esquinas, la antena tuvo que ser reparada y sus obras en volúmenes grotescos los reventó en la cabeza en unos de sus arrebatos. Cuentan que lo han acusado de feminicidio cuando invitó a una prostituta a su casa y no volvió a salir siendo hallada muerta en un basural con contusiones en la nuca causa de un artefacto duro. La fiscalía no pudo armar un caso sólido motivo de una simple razón, a nadie le importan las putas; sin embargo, su mala racha lo condujo a culminar sus mañanas y tardes en un desván de la oficina donde trabaja solo porque su colega así lo intenta respaldar.

Gerardo llega a casa y lo primero que realiza es quitarse la sofocante corbata, arroja el saco al piso y se dirige a la nevera, recoge una cerveza y se deja caer en el sofá. Enciende la televisión o abre un libro, es relativo, dependiente siempre de lo que quiera hacer. A veces los programas de talk show renuevan la creencia de que su vida no es tan trágica y los asesinatos y perfiles de monstruos en documentales lo escandalizan saboteando así una conciencia maltrecha. Además, acumula frituras en la mesa que devora como toma latas de cerveza barata y en su nevera abundan cereales del mes anterior junto a carnes podridas que no tiene intenciones de arrojar. Tiene un ventilador que a veces parece querer degollarlo y un mueble desteñido y polvoriento que su trasero grande afloja. Nunca nadie lo ve salir y tampoco volver, a nadie le importan los abogados de poco éxito, dijo el encargado del edificio cuando preguntaron por él a la llegada tras la telefoneada.

Lo único que sé es que tuvo un perro, un tierno animal que se ha cobijado en mi escritorio y he tenido que adoptar para evitar que los vecinos me discriminen por la cicatriz, añadió el gerente mostrando su acribillada mejilla.

Y de repente, aquel dulce sabueso, lejos de ser como lo describe, apareció en escena luciendo tímidamente su hocico para derramar afecto con la lengua a la mujer oficial que se acercó para saludarlo.

Se llama Sofi, admite el gerente.

¿Cómo conoce su nombre? Quiso conocer la señora.

Tenía una correa en la que decía Sofi. Imagino que ese es su nombre.

¿Cómo es que un rufián como Gerardo Zavala fue capaz de ponerle un nombre y comprarle una correa a un perro? Cuestionó el hombre. Parece que lo ha secuestrado o lo encontró como usted, reflexionó ante el asombro del gerente.

¿Ha oído usted que los animales enternecen a pesar de su fealdad? Comentó el encargado.

Señor, no vamos a quitarle al perro. Puede quedárselo, no está implicado, arropó un comentario amistoso, la señora oficial.

Entonces, confieso que me he encariñado, añadió el hombre abrazando al pequeño sabueso, quien lamía su rostro cortado.

Parece ser que tiene un gusto extraño por los amigos, ironizó el policía.

Una noche de borrachera, alguien tocaba la puerta, Gerardo, sin playera y con los pies descalzos, luciendo su gran barriga, se acercó para preguntar de quien se trataba deseando insultar al gerente o cualquier otro ser para así remediar en algo su cólera. Al abrir la puerta vio a la mascota perdida, llevaba un collar fino con el nombre Sofi. El perro le dio un saludo de lengua que Gerardo ignoró por tratarse de sus pies a pesar de estar oliendo fétido. Quiso recoger al sabueso por si alguna recompensa por parte de un vecino despistado vendría enseguida; pero el can avanzó veloz entrando a su apartamento perdiéndose entre la cochinada. El abogado ebrio lo buscó y buscó, mas no encontró, incluso, trató de hallarlo a la orilla de la nevera. Sofi no se hallaba por ningún lado, y Gerardo recordaba su placa, una fina, quizá de afuera, de la ciudad, de un sitio exclusivo, de una mujer con cartera de lujo, que de repente pasó de casualidad, andando perdida, desapercibida, y preocupada por su mascota; aunque con miedo por volver a la zona. Él podría recoger al can, arroparlo y devolverlo por una suma importante debido a que conoce que la gente da mucho dinero por las mascotas extraviadas.

Pudo sostener al perro que lamía sus botas, lo recogió abruptamente de las piernas y trató de callarlo a gritos. Se recompuso feliz y volvió a su asiento para observarlo deteniéndolo con fuerza para que el inquieto animal no se moviera hablándole acerca de la recompensa por su piel entre risas alocadas e imágenes mentales de fortuna. De pronto, Sofi pudo escabullirse, salir corriendo rumbo a la puerta para rasguñarla como queriendo zafar y Gerardo corrió para detenerlo; aunque la perra lo esquivó y se adelantó a otro sector, la puerta del desván, quería empujarla a rasguños, deseaba alejarse del abogado malévolo, no deseaba estar de nuevo entre sus fauces; pero Zavala era grande y no iba a impedir que se le escurriera hasta ser pagada la recompensa. Sin embargo, la puerta se abrió, una de esas bisagras viejas que fallan, Sofi logró eludir al abogado y algo ocurrió, porque Gerardo, ebrio y gritando en lamentos, cayó por las escaleras.

¿Cómo alguien tiene una caída tan aparatosa? Parece como si lo hubieran empujado. Nadie se viene abajo con tanta fuerza, meditaba el policía en el auto. Tranquilo, seguro fue solo un accidente, despreocúpate y cerremos el paso, comentaba la mujer.

 La siguiente noche, dos oficiales volvieron. El gerente había muerto.

 

Fin

 

 

sábado, 18 de mayo de 2024

¿Por qué?

Me hubiera gustado que tuviéramos un final muy diferente al presente, le hablé convencido de poder cambiar el rumbo si cerráramos los ojos.

Ella estiró una sonrisa incómoda.

¿Por qué? Salió una duda.

Yo la seguía mirando encajando en mi mente los recuerdos acerca de su rostro.

¿Por qué? Repitió seriamente.

Sonreí estúpidamente.

Dime, ¿Por qué? Insistió ante mi ingenuo asombro.

Me sentía un novato enamorado de un ayer contemplándola vigoroso por tener un contacto más allá de la mirada con la mujer en frente.

Quiero saber, ¿Por qué? Le añadió una intensidad.

¿Por qué, qué? La pregunta fue lerda.

¿Por qué siempre haces lo mismo? Abrió las manos para darle un gráfico a su cuestión.

Desapareces.

Apareces.

Quieres, o intentas, cambiar el rumbo de mi vida con tu sola presencia.

Pretendes hacerme creer, sutilmente, que eres un hombre distinto cuando yo sé perfectamente que no es así.

La vi idiotizado, siempre sonriente, actuando asombrado y pecaminosamente ingenuo para con su habladuría.

¿Sabes?

Se llevó la mano al rostro trazando el cabello.

Fue una mala idea venir aquí.

Es mi culpa.

No sé porque siempre termino volviendo contigo.

Yo seguía sonriendo como si tuviera atorada la sonrisa.

Ella, rendida, tras un gesto y un respiro, también sonrió. Pero no fue por alegría, sino por una especie de resignación.

Cruzó los brazos y enseguida de recostó sobre el espaldar de la silla.

Y, entonces, ¿Por qué?

Abrió de nuevo su gran duda.

Amanda, yo te amo.

No, no me vengas con ese mismo relato.

Quiero algo distinto, señor distinto.

Chaqueta negra. Remera blanca. El mismo peinado de hace años y esa estrecha y desfachatada sonrisa que tanto odio. ¿Acaso no puedes ser otro? Me da coraje el solo hecho de pensar que estoy aquí por culpa mía como si algo en el interior me convenciera para volver.

Maldijo.

Y otra vez se removió los cabellos; aunque ahora miraba hacia un lado dejándome visualizar su perfil como para una fotografía.

Amanda…

Estiré las manos por sobre la mesa tocando tibiamente su antebrazo.

¿Puedo empezar diciendo que lo siento?

De los ojos le cayeron dos gotas resbalosas que no se atrevió a ocultar.

Eres cruel, ¿lo sabes?

Conoces mi vida. Sabes que estoy en crisis. Que asisto a terapia y me siento sola. Sabes que este lugar es mi favorito. Este maldito sitio me encanta. Y yo tan… tontamente anclada a ti, no puedo escapar.

Me vio a la cara. Se veía maltrecha. Llorosa. Dolida. Frustrada.

No, Franco, no puedes decir que lo sientes, porque no es lo que verdaderamente sientes. Es una mentira para venir aquí. Es un gancho para rodearme de ti. De tu encanto. De esa postura segura. De tus ojos. De tu mirada. De tu perfume. E incluso de tu léxico.

Amanda, escúchame, verdaderamente, lo siento.

Lo he repetido una, dos o tres veces; pero de corazón, lo afirmo –me puse la mano al pecho melodramáticamente- estoy arrepentido.

¿Crees que cogerte al sindicato de mujeres se disuelve con una disculpa?

Yo te creí una vez. Y lo volviste a hacer. Es una quimera creer en ti.

No puedo. Y no quiero, habló en voz elevada.

Amanda…

Dime, ¿Por qué tienes esa fantasía de querer volver a llamarme para citarme y decirme este porcelanato de cosas?, ¿es que acaso eres una especie de sociópata? Aparte de egoísta, ególatra y patán.

Su miraba indicó rabia.

Hubo fuego en su iris.

Franco, yo ya no soy la misma débil mujer. Estoy llorando, sí. Lloro porque estoy furiosa, jodidamente molesta, contigo y conmigo; pero, ¿sabes? Tú desconoces algo. Quizá, crees que volveremos a revolcarnos en la cama como las últimas veces; pero te equivocas.

¡Esta vez soy yo quien no regresa!

Vete a la mierda, Franco.

Se levantó imperiosa, cogió la cartera y se apalancó hacia la puerta mostrando una, curiosamente, muy reluciente sonrisa.

No pude detenerla.

Y al salir ya no estaba.

Subió a un taxi y se marchó.

Nunca antes había huido.

Jamás volví a verla.

Un corazón roto solo es capaz de curarse siendo tan valiente como para decir adiós.

 

sábado, 18 de noviembre de 2023

Chatín

- Su hidalguía se mofaba de su anatomía. Era grande a pesar que encaja en un rincón. Solía estar tiernamente inquieto en una caricia sana y locuaz ante los némesis de la calle. Amó a alguien de excelso tamaño con su advenediza personalidad pudiendo robarse el cariño de una casa lejana. Relatan que los seres de luz reciben afecto a donde quiera que vayan alejados de una casa ingrata porque los corazones nobles corresponden a almas puras. Solía abrir el hocico para capturar atenciones en un enérgico movimiento de cola que culminaba en una mano sobre la nuca, la barriga o la mandíbula. El alimento lo acogía después, devoraba desesperado por obra de un hambre feroz, por causa de un estómago ligero, prócer de dueños nefastos que nunca supieron valorar su existencia, que no tuvieron ojos en el alma para mirar más allá de una cara extraña. Pues, caracterizarlo de lindo era difícil, razón por la cual, siempre se logró amar, es que el amor es oxígeno de seres brillantes que deambulan sin arribo, despejados de sus patrones, eximidos de un respeto, y cobijados por suerte en hogares donde sí aprecian su efímera existencia. En sitios cálidos donde se entiende sin ciencia, solo por bondad, que amar a un sabueso es el fruto de la nobleza, aquella que engendra el alma sin nombre, y el corazón sin culpa. Los animales nunca tienen la desdicha de tener paupérrimos hospederos que los presumen en collares y agobian en áticos. Cuando Dios creó al hombre y lo vio tan débil decidió dibujar al perro para acompañarlo.
Chatín, un nombre acorde a su cuerpo, más nunca a su ferocidad, llegó a casa un julio de lluvia torrencial huyendo de la trágica vida debajo de una mesa a oscuras en el fin de un sitio empobrecido de afecto. Al inicio, cayó cristalina su melena cobijado en el rincón del umbral a la espera de alguien capaz de abrirle la puerta para regocijarse en calor. Era tímido; todavía sin mostrar su verdadera nula cordura, entrando a casa para acomodarse al filo de un mueble gris que le propició un lugar donde no recibir las aguas del cielo. Tenía la cara esquiva, metódicamente extraña como si al dibujante de su anatomía se le hubiera escapado el lápiz, la piel blanca, jamás como la nieve, siempre con los estragos de la calle y su suciedad, tal cual, sus muelas perdidas abiertas para los bocados más particulares de la mesa, nunca indispuesto a comer, pues, él, era incluso capaz de devorar panes con mantequilla, pasando por camote, carnes y, por supuesto, pescado.
Fue adoptado a medias debido a su ímpetu por vivir en las afueras, esa naturaleza rara por abandonar cualquier casa para incursionar en las aventuras de la frenética calzada, dispuesto naturalmente a rebuscar en los escombros de la pálida sociedad algo que nadie ha logrado entender, hallando a su vez, a enemigos mortales por obra de su caliente temperamento.
Chatín solía deambular por un mercado cercano cada vez que escapaba de casa luego de devorar los alimentos necesarios para la incursión natural de su enigmático viaje a un destino incierto. Él quería, a como dé lugar, salir por los desconocidos recorridos del laberinto de afuera a pesar de las vicisitudes altamente peligrosas de un mundo inhábil para con el cuidado de los seres de cuatro patas. Anhelaba, sin el entendimiento de la restricción necesaria, ir en busca de una vida rítmica en parafernalia peleonera como si la contraparte a su aspecto dócil y tierno fuera el hecho de querer hallar líos, esquemas vagabundos y situaciones peligrosas que, a mi parecer, nunca comprendió lo difícil que eran. Pues… solo vivía.
En los compendios del mercado, tenía un archienemigo, un enorme sabueso de múltiples razas, vigilante del planetario de vegetales y frutas, destinado a morir entre tales laberintos, un cancerbero del mercado negro cuando la noche apremia, un perro con garras filosas, dientes gigantes, cuerpo musculoso y rabietas feroces, un ser que nunca conoció el amor, solo el desenfreno, el odio y el coraje, razón por la cual, jamás se le vio con una caricia, y debido a ello buscaba motivos para morder, tal vez, por ello, andaba anclado a una cadena tan gruesa como sus piernas siendo liberado únicamente cuando los comerciantes se iban y el local podría ser atracado; aunque nadie podría ser capaz de entrar a sabiendas que ese monstruo andaba suelto. Sin embargo, Chatín no le temía, jugaba a ser el héroe o el idiota, lidiando con su actitud viajera y ese afán de reyertas, poniéndose cuerpo a cuerpo ante el ser más terrible del sitio.
Los ladridos solían ser débiles, mordiscos ligeros, mirada penetrante, ¿Quién sabe cuál habrá sido la historia de aquellos dos enemigos mortales?
Que destinados a una batalla final estaban como si los matices de la vida misma se juntaran para atraparlos en un último combate, en un imperioso deseo, totalmente insano, de asesinarse.
Una vez comprendí que tanto desamor por parte de sus verdaderos dueños le dejaron un estigma de coraje en el interior, y por tal suceso en su corazón, creyó despertar de noche, partes que no mostraba en el hogar que lo adoptó. Él deseaba la lucha, la riña y la locura cuando el mundo dormía, cuando las calmas parecían perpetuas, cuando los alimentos se hallaban en la barriga y cuando la cama no era su sitio acostumbrado.
Creo que, Chatín tenía una duplicidad dentro de sí, el ser gracioso, divertido, dócil y tierno, y el ser laberintoso, desquiciado y frenético. Ambas dualidades, pronto, llegarían a un colapso.
Hubo un romance, se enfrentó a su inevitable compromiso con Dolly, con quien convivía como un matrimonio en el presente, entre lucha libre y complicidad, entre peleas por la comida, y juegos amatorios en las esquinas, entre poses para la fotografía y ladridos estruendosos, así como las parejas se aman en un eterno pasión – rencor que hemos normalizado en la sociedad ignorando que también se trata de animales.
La vez que se pegaron no estuve, dicen que fue a hurtadillas, jamás se corroboró el ligue ideal, Dolly nunca manifestó pruebas de embarazo y ante la supuesta disciplina de no tener más animales, le dieron un antídoto ante cintas. Al parecer, el romance sería puramente sexual, mas no con correspondencia en crías. Presumiblemente bien porque el mundo es una carta al azar cuando se trata de adoptar cachorros.
Además, el vertiginoso Chatín, tenía una cita final con el destino.
Cuando las vías del destino se encienden y las luces te señalan el recorrido, uno asienta y acepta su porvenir. La noche de un viernes trece, se oyeron voces en las afueras de la casa, un repertorio de gritos agónicos, lisuras y desespero llegaron en coro a mis oídos. No quise salir. Sabía que algo había ocurrido. Que la muerte al fin, nos tocaba el timbre.
La batalla final traslució por completo. Dos enemigos mortales compuestos por un mismo objetivo, matarse a sí mismos. Era imposible luchar contra la naturaleza, no tendría sentido pensar en evitarlo, hubiera sido aquel viernes o en unos años, habría ocurrido alguna vez. Se enroscaron en un poderoso desnivel emocional y de adrenalina, dicen que fue brutal, tanto que ni siquiera un autor de horror sería capaz de descifrar. Literal, se acribillaron.
El can murió en el sitio donde nunca salió. Chatín tuvo tiempo de caminar a paso cansino hacia el umbral donde durmió aquella noche de lluvia cuando por primera vez se asomó y se dejó caer escondiendo con su pelaje una herida de gravedad.
Es curioso pensar que nunca vimos el cadáver, no hubo misa y tampoco entierro; quizá, se desvaneció en destellos de luz, el polvo de estrellas o en brisas de primavera, en aquello en lo que se convierten los puros de alma.
Y, unos meses más adelante, como tantas otras veces sacándole la vuelta a su idiosincrática forma de ser, Dolly dio a luz, y una hija de nombre Sofi, carga con el aspecto como reflejo en un lago, del perro tildado Chatín, cuyo ladrido es el eco de cada alba.

Fin



viernes, 3 de noviembre de 2023

Santino: Primer año.

La luz de luna se halla en el iris de tu mirada,

Y los hilos de las capas doradas de dioses cuelgan de tus cabellos.

Es multicolor tu aura, y mágica como un cuento tu existencia prístina.

Asomas de repente por una vida mostrando el sendero con brillo

Y emerges un renovado amor dentro de un corazón aventurero

Que le puso fin a mil y un historias…

Para escribir la obra maestra junto a ti.

Todavía es imposible descifrar el soneto de tu risa,

Aunque poetas intentan escribir sobre tu sonrisa.

Y es estéril recordar cómo era la vida sin ti

Porque de repente los días se pintaron del color de un alba

Dentro de una eterna primavera

Y las noches se convirtieron en jornadas de inspiración perpetua.

Quiero decirte, hijo, que nunca voy a dejar de sujetar tu mano,

Y a pesar que el mundo sea un vidrio roto,

Te voy a mostrar los lados opuestos

¡Para que puedas anidar con alegría en esta vida!

Tus pasos de porcelana por la planicie de mi casa

Dejan huellas imborrables como playa en el cielo

Y la melodía de tu carcajada inocente

Es el fruto de cuanto amor he plasmado en ti.

Un día como hoy, hace un año atrás, viste la luz del atardecer

Y me enseñaste a amar sin distinción ni restricción.

¡Eres el humano más perfecto que existe!

Un escalón encima de cualquier ser llamado Dios.

Con el corazón sano como caudal de lago en un olimpo inventado

Con el alma pura como nube pintada por un infante

Con la mirada impuesta en el horizonte de la verdad.

Con el andar parsimonioso de quien tiene un destino escrito.

Con la fortuna de nacer en la cosecha ideal.

Con el ADN de tu padre impregnado.

Y con una carita feliz que me entrega años luz de vida.

Te amo, mi Santino, feliz primer año de vida.

Y que alguna vez, todos tus más locos y extravagantes sueños se hagan una realidad; 

aunque, mientras tanto, goza, ama y ríe que tu padre siempre estará aquí para elevarte.

 





miércoles, 25 de octubre de 2023

Bartolito

En el tercer cumpleaños de mi hija le compré una piñata de Bartolito, su personaje favorito, se veía muy emocionada con ganas de jugar con la figura de cartón; pero enfermó poco antes de la celebración y tristemente no pudo vencer a la trágica neumonía.

Cuando ella murió, su madre y yo nos separamos, ella se fue a vivir con los suyos porque no podía seguir viviendo en la misma casa donde crió a su hija y yo me quedé a la espera de que alguien pudiera comprarla.

Poco antes de su cuarto cumpleaños empecé a despertar de madrugada por causa de un inesperado sonido proveniente de la televisión en la sala.

La voz salida de la pantalla era la del personaje cantando un solo teniendo como bailarines al resto de sus compañeros de granja. La canción no la había vuelto a oír jamás con tanto detenimiento, quizá, por el silencio y la pena.

Bartolito, el gallo carismático y colorido, flotaba y flotaba sobre una terraza manifestando onomatopeyas erradas a su propia condición para que los niños que vieran la televisión le mostraran su equivocación. Enseguida, la imagen del animal a quien pertenece el sonido, se asomaba al lado del gallo en cordial simpatía, mientras que el ave seguía danzando para volver a su terraza de inicio y soltar, otra vez, onomatopeyas erradas desesperando, quizá; a más de un infante que corregía su error como lo dictaba el narrador: Bartolito, ese es un gato. Bartolito ese es un pato.

Finalmente, aquel irritante gallo –luego de dos noches sin poder dormir por causa de su voz- podía soltar su verdadero cacareo siendo ovacionado por el narrador y los niños en frente de distintas casas con televisión.

Fui a apagar la tele antes que pudiera terminar. No soportarlo era mi única ambición, y no por pena; aunque al inicio lo fue, sino por desesperación y angustia. No es fácil conciliar el sueño de madrugada después de una derrota emocional, y se convierte en un sistema irracional mi ser de mañana al no poder tener horas de descanso.

Lo odiaba. Odiaba a Bartolito despertándome en la madrugada al punto en que resolví desconectar la televisión y esconderla en un desván. Allí, en donde por casualidad, hallé la piñata olvidada del año pasado.

La pena aumentó, mi dolor no se pudo sofocar y aunque tuve un conato de melancolía, pude reponerme golpeando fuertemente al cartón con los ojos clarísimos y profundos de aquel desgraciado gallo que no sabe su propio idioma; aunque, no pude destruirlo, era una especie de pena y cólera que solo me llevó a doblegarlo.

 No obstante, a pesar de ello, no pude volver a dormir tranquilo.

La noche siguiente, sin televisión y sin bulla, dormía plácidamente hasta que me despertó un cacareo. Uno raro y sigiloso como si un gallo viviera sobre mi techo; pero al abrir los ojos y mirar al lado me di cuenta que la piñata repuesta se hallaba quieta a mi costado mirándome con esos ojos altamente brillosos y pronunciando su cacareo final sin previa confusión.

 

Fin