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sábado, 2 de septiembre de 2023

Gabriela, canela y clavo

Desde la entrada de la Biblioteca de Barranco podía asegurarme de su llegada apareciendo tímidamente al fondo a la izquierda surcando suavecito a las personas que van y vienen turisteando y charlando. Ella lucía una casaca mediamente oscura con el logo y el nombre de su promoción estampado en el lado derecho del pecho, semi abierta para que tibiamente se pudiera observar su polo corto de adentro. Llevaba los cabellos sueltos y castaños, largos y lacios; las manos, a veces, dentro de la chamarra o en ocasiones una en el bolsillo y la otra cogiendo un libro, seguramente de su escritora predilecta, Isabel Allende, el cual elevaba para saludarme con una entrañable y mágica sonrisa cada vez que conectábamos en mirada para enseguida abrir paso a los abrazos. Yo me detenía en la biblioteca a sabiendas de dos factores importantes, lo céntrico y claro del lugar y el acompañamiento para el recorrido de obras durante nuestra cita. Sin embargo, antes de encarcelarnos voluntariamente entre las paredes empiladas por magníficas obras –muchas leídas por duplicado por ella- atesorábamos los cuerpos en un abrazo afectuoso de viernes por la tarde en un agosto soleado de un dos mil cuatro que iba iniciando. Olía a vainilla, y durante el mes que nos instalamos en relación, solo una vez la vi con distinto atuendo, parecía que, adoraba su casaca de promoción, y la mostraba orgullosa debido a que no quería aceptar el ayer. Por otro lado, yo acababa de terminar la escuela hace unos años, quería olvidar ese paso con otras etapas, todas locuaces, intensas y memorables, razón por la cual me aventuré en una plataforma de Chat para rebobinar mi séquito de personas conociendo de esa forma a una dulce muchacha de nombre Gabriela, quien al cabo de unas frases, me dio su Messenger y congeniamos con facilidad hablando de libros, poetas y musas en un sitio familiar. Acordamos el encuentro pasado un tiempo de chat para que podamos allanar la confianza y así vincularnos mejor al vernos en persona.

Hubo una conexión veloz, los temas en común eran pólvora de flores y lo ameno de la charla germinó campos en destino que ocurrieron en el instante en que nos conocimos, de manera curiosa, en Barranco, causa de ello, su vivienda ubicada en el distrito y la mía; aunque ligeramente lejos, placentera en moverse por otros lares. Yo llevaba el cabello corto en cerquillo, la sonrisa intacta y el cuerpo nada tatuado, usaba un canguro con un bloc y lapicero para mis inspiraciones inesperadas y pantalón jeans con playera casual encima para dar un aspecto sencillo. Subimos al Puente de los suspiros y nos detuvimos un rato en el centro evitando a los ambulantes y los osados fotógrafos, allí viendo el atardecer nos besamos tras una mirada pura y cómplice uniendo las manos por debajo, bastante tímidos más por parte de ella, que afirmaba después, que era su primer beso e inmediatamente como inevitable, su primer romance. Yo me sentí orgulloso, por ese ego que siempre atenta, por esa solemnidad por ser tan imborrable para la gente que me recorre, o tal vez, por esa aventura locuaz por querer crear mundos adonde vaya. Le dije para ser enamorados porque era un romántico empedernido y me dio un sí con sonrisa grande e intenso abrazo. Así iniciamos. Majestuoso tiempo el del entonces, caminando bajo la tarde, de la mano y en risas, charlando de obras y poetas locos, templados por una ilusión y besándonos como si el tiempo se acabara mañana. Para la noche tuve que partir, había acordado con unos camaradas en ver el partido de Cienciano contra Boca Juniors por la Recopa de Sudamérica y el reloj apremiaba. Además, un sabio me dijo una vez, que siempre debes dejar a una mujer pidiendo más. Así te extrañan, puntualizó un amigo de quinto de secundaria cuando yo estaba en primero.

Al llegar a casa, me di cuenta que ella puso en su Nick: ‘El día más hermoso de mi vida al lado de un gran muchacho’ le añadió un corazón y unas estrellas. Me sentí emocionado, ella me atraía, me gustaba, y tuve vibraciones positivas por su performance romántico y fantasioso, su cadera grande y su compostura pequeña; aunque, mi fascinación venía por su cabello, su aroma y su fragilidad. Ella hablaba de libros durante horas que sonaban a segundos en donde películas mentales crecían en mí al son de sus reseñas.

Gabriela, canela y clavo, le dije antes de capturar su anatomía en el abrazo.

Te he extrañado, ladrón de corazones, dijo en un piropo, uno de tantos, afianzó la calidez del abrazo como si de lunes a jueves solo pensara en el viernes.

Yo también, preciosa, respondí acalorado debido al exceso de afecto, escapamos de los cuerpos y nos untamos naturalmente de manos para recorrer los senderos establecidos por la caricatura de nuestra historia.

Primero, asistimos a la biblioteca, ella dejó unos libros y recogió otro, a veces solo uno, otras veces dos, siempre dependía de si traía bolso o no. Enseguida, dábamos volteretas por el sitio a paso cansino, con besos en esquinas, con pasiones quietas por los besos, con charla y sonrisas cotidianas hasta ubicarnos cerca a la mar, allí dejábamos que los besos nos poseyeran algo más y las caricias tuviera otro tipo de efecto, tal como, una mano recorriendo su seno, otra palpitando su trasero y en particular besos frenéticos en el cuello que la desintoxicaban de tanta ternura y dulzura para volverla sagaz, traviesa y ciertamente con otra intención de intensidad.

Yo, prócer de aventuras libidinosas en otros sectores, sabía donde calzar la mano y el beso para explotar sus deseos más íntimos al punto que en ocasiones pedía a gritos silenciosos que la desnudara y la hiciera mía de una vez. Allí mismo, cerca del mar, sobre el muelle, en la arena si fuera posible, o la llevara con engaños a un cuarto de hotel, o le dijera para viajar a mi casa, o, simplemente, la hiciera imaginar con versos, que es lo que desarrollaba con mis besos en su cuello hablándole al oído sobre los deseos que carcomían mis entrañas. Gabriela, quisiera desnudarte para poder plantar besos en tus senos –mi mano descendía sigilosa entre sus pechos- acariciarlos, repetía, y devorarlos a besos –ella gemía- luego sentir la humedad de tu intimidad, y flotar en ella con otros besos. Gabriela cerraba los ojos, me sentía por debajo, me quería tocar, a veces; pero mucha timidez la paraba, me deseaba arrancar las pieles; aunque toda su ternura la detenían; quería, siempre quería, que acabáramos sobre algo, totalmente desnudos y deshumanizados –así como lo veía- para darle rienda suelta a sus lujuriosos anhelos.

Gabriela, a pesar de mi incisiva idea por hacer el amor en donde quiera que nos envíe la pasión, todavía no se sentía segura de dejar su virginidad ante el hombre a quien decía amar –a pesar de tener dos semanas de relación- pues, uno nunca sabe lo que es capaz de sentir la otra persona. Ella, estaba insegura y exigía comprensión. Detenía la parafernalia lujuriosa para decir: Lo siento, no puedo más. Estoy a punto de enloquecer. Sonreía tibiamente, y yo sabía que algo en su interior parecía estar mojado. Esa solía ser la razón de mi pícara sonrisa. Le daba un abrazo, un beso frágil y le comentaba continuar el camino. Recuerdo que ocurrió en una diversidad de ocasiones, generalmente en la barrera enorme que divide al mar con la tierra, que une a Miraflores con Barranco, un sitio desolado, de tardes mágicas, en donde dos personas se reúnen para que los besos florezcan en otros aspectos sin que nadie observe. Pensaba, en entonces, ¿Cómo es que nadie puede aparecer, ni siquiera un agente de seguridad? Y tarde comprendí que aquella zona era residencial. Nosotros nos involucrábamos para que nadie nos vea, deseábamos algo más que solo tiernos besos; pero Gabriela, canela y clavo, según su Nick, parecía no poder dar ese siguiente paso, y yo entendía; aunque mi cuerpo no.

A los dieciocho pica el cuerpo por los deseos instalados desde tiempos inconmensurables, creo que desde que el hombre existió, y el tácito rechazo de la pareja, genera una diversidad de puertas que, de manera curiosa, solo se abren. Yo iba a las reuniones de la promoción de escuela, recordaba hechos con mujeres del salón y otras secciones involucrándonos en situaciones intensas que terminaban en cuartos de hotel barato o casas ajenas, no exclusivamente en camas. La pasión era una flama desenfrenaba cuya única manera de apagar era con el orgasmo. Y lo disfrutaba dejando a Gabriela en verde a la espera de mí dentro del Messenger. Sin celulares inteligentes ni rastreos de ubicaciones, era un aventurero sin sombra, un dios de la noche brincando en muebles ajenos una y otra vez sin detenerme, solo cambiando caras y habitaciones, preservativos y rostros, gemidos y voces, anhelos y adioses veloces.

Los viernes a la tarde empezaron a complicarse cuando los peloteros del barrio volvieron a juntarse. Siempre se me ha hecho complicado dejar de lado al fútbol por alguna que otra actividad, y por tal razón, hubo dos o tres viernes en los que no pude ir a visitar a Gabriela. Sin embargo, ella se las ingeniaba para verme en otras oportunidad, así que transformamos a los domingos en viernes, y a los martes en viernes, y a veces a los miércoles para que no perdiéramos lo asiduo y mágico que era compartir una tarde charlando de obras, poetas y versos adjunto a besos, abrazos y caricias; aunque yo, por momentos, vivía encrucijadas cada vez más peligrosas, de aquellas que me fascinaban y comenzaba a dejar de darle interés a los nobles ratos de paz con Gabriela. Pues, prefería la locura de una mujer descollante con sexo casual en un hotel dos estrellas de la avenida Brasil, el frenesí de acostarme con la prima de un primo por un tema de buscar nuevos desafíos o la fortuna de un tridente con mi mejor amigo. Pensaba, en toda esa locura, que quería llegar a los veinte como un rockero y sus postales en mujeres, olvidando e ignorando que la vida, a veces, es tan larga que los ayeres se desvanecen.

Confundido, y con falta de tiempo para desarrollar actividades rutinarias debido a que me hallaba sumergido en el instituto de inglés y tratando de armar una carrera de escritor –ambos parámetros usados como excusas- resolví terminar con Gabriela casi a punto de cumplir un mes. La verdad es que quería acontecer el hecho de vivir notas divertidas con chicas de un rato que me dieran placer y no tanto la convicción de florecer en charlas. Me sentía con ánimos de locura, no con avatares de calma.

Ella no aceptó.

Me dio remedios para sobrellevar la relación.

Dio planes para mejorar los dos.

Sus indicaciones fueron tan maduras como sensatas pareciendo una mujer de veinte y tantos en lugar de sus casi diecisiete, así que no tuve opción que seguir con la relación y a la vez mantener mis desbordantes locuras aventureras sin que nadie, evidentemente, se diera cuenta.

Cuando buscas en la despensa un pan a altas horas de la noche no te percatas que puedes coger cualquier otra cosa, puede que la analogía sirva para lo que me pasó.

En entonces, mi telefonía era Tim, y a veces no solía tener saldo en el celular debido a que no andaba en laburos, así que usaba su página web para enviar mensajes de texto a quienes quisiera, era una de sus tantas ventajas.

Era domingo, me sentía ansioso por tener un encuentro sexual, Gabriela andaba en el mismo chat, conversábamos de rato en rato, y a la vez mandaba mensajes a los peces en el mar para que alguna cayera y me dijera el visto para la siguiente enmienda. Mandé unos cincuenta mensajes a personas diferentes con la palabra: ¿Un postre corporal hoy a eso de las ocho, te animas? Soy tu animal nocturno.

Sonaba, incluso, hasta gracioso. Pero… no cuando Gabriela, me dijo: Me acaba de llegar un mensaje bastante raro con firma tuya al final.

Lo estúpido; aunque no debió serlo, era firmar siempre con mi nombre. ¡Sí, a pesar de poner mi apodo! Era algo que el ego me permitía, tal vez, por ciego y loco.

Aunque lo cruel… no sería la infidelidad.

Para el primer mes de aniversario, antes de mi graso error, nos citamos en el sitio de siempre, la emblemática Biblioteca de Barranco; pero en aquella ocasión, no nos dirigimos a una osadía librera, sino que nos acompañamos a un cuarto de hotel miraflorino que me costó un ojo de la cara; aunque, el lugar lo valía.

Los fuegos anclados en los cuerpos se esparcieron por las paredes dejando que en las camas posaran dos anatomías descubiertas al filo de una pasión desbordante que no tenía reparos en dejar a las limitaciones, los tabúes y los miedos en el piso. Nos desnudamente frenéticamente como si dos horas no fueran suficientes, como si mañana no existiera otro día, o como si, sencillamente tuviéramos tanta carga libidinosa a punto de explotar.

Desarrollamos actividad física elocuente, suave, a veces dura y siempre romántica en un tiempo que se asemejaba al infinito. Le hablaba de amor, de promesas, de versos robados a poetas y otros míos inspirados en su alma.

La frase, ‘Quiero que seas mi primer y único amor por siempre’ me carcomió el corazón mientras penetraba su intimidad ignorando sin vacilar sus peticiones porque fuera más delicado. Ella gemía, despacio y suave, y yo usaba más fuerza en contra su voluntad. Despacio, por favor, decía, y yo lo olvidaba. Recogí sus cabellos y fui más duro, más crucial y más pasional. Gabriela, intimidaba, no quiso que parara, tal vez, tenía dudas entre querer o no, entre dejarse llevar o temor; o quizá, pensaba que era mi manera de amarla, y se aferraba a ese ratito.

Entre gemidos, sudoración, lujuria y pasión, me dijo: Quiero ser completamente tuya. Y yo, en mi completo libido, creí que hablaba de otro tipo de penetración, así que sin más pensamientos, actué de esa forma.

Al rato, nos quedamos quietos y asombrados como si fuéramos dos desconocidos. ¿Qué ha pasado? Pensé y lo dije. Me lastimaste, dijo entristecida. Lo siento, preciosa, creí que… íbamos en una misma dirección. Lo lamento. La abracé, se dejó y lloró. Luego se calmó, enseguida me abrazó, dijo algunas palabras de amor, versos robados a poetas, otros que yo le dije en cartas que escribí y se quedó a oír los latidos en el pecho. El tiempo en el hotel no moría, y yo sin pensar que retornaríamos al placer, vi como ella, valientemente, propuso regresar colocando su mano en mi miembro maniobrado con calma y gracia para después devorarlo sin preguntas como si una llamarada de pasión la hubiera devorado. Y después a mí; aunque en el oral existieran tensiones por su boca y sus dientes, su risa y mi risa, y luego, tras minutos, la maniobra fuera más dócil y placentera. Disfrutado el momento, se subió encima de mí y armó una pose que sentí que gozó.

Nos quedamos dormidos. Mi celular no dejaba de vibrar. Lo apagué para que nadie molestara. Gabriela se acomodó a mi lado tras agradecerlo en una sonrisa que se mantuvo durante una frase que no olvido.

Diles a esas mujeres que te dejen de molestar.

Me di cuenta que mi error posterior, el cual dio el puntapié al fin de la relación, no fue el primero.

Un día, simplemente, dejamos de vernos, tuvimos una ruptura por Messenger, causa de un tumulto de infidelidades que puse estúpidamente en evidencia y sentí que, en lugar de armar escándalos, insultar o lanzar odio, sencillamente, me dejó de hablar; quizá, por vergüenza a sí misma o tal vez, por pudor. Seguro pensó, ¿Cómo pude ser tan inocente? O, de repente, sintió que hacer el amor fue el punto álgido de nosotros en un mes que, únicamente, ya no podía quedar más y debía de quedarse con un sitio en particular. Quiero creer eso por ego y por egoísta; pero la verdad es que una tarde dejó de aparecer conectada ‘Gabriela, canela y clavo’ para no volver jamás. Me bloqueó del chat y también de su vida, y yo avancé en la bitácora del destino porque doy pasos adelante así se acabe el mundo atrás.

Lo único que supe de ella fue que estudió psicología, -lo vi en su Hi5 hace unos veinte años atrás- y le perdí el rastro como suelo hacerlo con toda la gente que se involucra conmigo, mientras que yo, creo historias, y ellas, no me olvidan… aunque, a veces, me persiguen.

 

 

 

Fin

jueves, 11 de mayo de 2023

De Santino para su mamá

 

I

El amanecer se detiene en tu mirada

Cuando abro los ojos y contemplo la luz

El beso es el rayo del sol

Que se esconde de la cortina

Para sentirlo en la mejilla.

La gracia de tu carisma se prende al alba

Como si la dicha vespertina fuera estar en la misma cama.

II

Mamá, amarte es el deseo del corazón por tenerte frente a mí,  

La altura de mis brazos por querer rozar también tus mejillas,

El deseo imperioso y jubiloso por atraparte en un abrazo,

El ronroneo de tu boca por sobre mi barriga,

Mi risa por causa de tu gracia,

Los besos mancomunados que nos repartimos todavía al alba,

El sol que brilla en tus ojos,

La caricia dulce de tu mano en mis mejillas,

El aura pura de tu ser,

Las ansias por hablarte de mi amor,

Y las ganas por querer estar siempre entre de tus brazos,

III

Es mi amor que flota para ti,

Es mi amor que sopla en dirección a ti,

Es mi amor en auge que lleva el título de tu nombre,

Es mi amor en melodía al ritmo de una risa,

Y es mi sonrisa clarecida la magia de un amor sin comparación.

 

IV

Te amo mamá, por tus velas y tus besos,

Por tus cuidados y tus versos,

Por la confusión de nuestras risas,

Y por la emancipación de un amor completo.

Madre mía, un día sabré elegir los poemas justos para soplarlos al viento diciendo tu nombre.

Un día sabré manifestar lo que mis labios todavía no liberan.

Un día sabré decirte en versos cuanto te amo.

V

Pero por hoy, a seis meses y semanas,

Te pienso y te extraño,

Amanecer a tu lado es el festival que adoro,

Encontrarme en tus abrazos el concierto más pausado y dulce de la historia,

Recibir tu amor en palabras y caricias es el sentido de la existencia que me ha tocado.

Gracias por tanto amor, paciencia y protección,

En este mundo y en este ahora no puede existir mejor poema

Que una madre enamorada de su hijo,

Y no puede existir un hijo tan afortunado como yo

Enamorado de su madre.

Feliz día.

 

Autor: Santino Barreto.










miércoles, 10 de mayo de 2023

Defensa mortal

El gasfitero dejó su caja de herramientas a un lado de la cañería para saciar su hambre con un surtido y barato menú dentro del mercado a unas cuadras de mi casa. Recuerdo que lo último que dijo fue: Regreso en una hora, procura no abrir el grifo que aún no termino. Me sentí molesta, un apuesto muchacho de mi confederación cristiana se sentaría a mi lado durante la lectura de la palabra, y podría ser allí cuando al fin nuestras voces se confundan más allá de los tímidos roces de vista. Adrián, es como se llama, suele lucir un elegante traje estilo italiano, lleva el cabello atado en un moño causa de su particular y especial modo de vida en su natal Buenos Aires, y aunque al inicio tuvo la barba frondosa de cualquier profeta, presiento que me ha llegado a gustar más rasurado debido a que tengo la impresión que el cambio ha iniciado frente al espejo de su hogar. El sitio más íntimo de una persona, donde las culpas se gritan frente a frente, el lugar donde uno suele soltar sus pecados y llora viéndose menos pecadora como si las aguas de la regadera pudieran apoyar a los rezos en la purificación de lejanos ayeres. Rezo después, de rodillas ante mi Jesús clavado por encima de la cama, en ropa de dormir, con los cabellos secos y el alma un tanto más pura, quizá, liviana, tal vez, inundándose de nuevos valores, todos aprendidos en la iglesia, mi segundo hogar, como a veces la llamo y siento como el Padre me salva del pasado que a veces domina, de esos ajetreos que quiero olvidar porque me han perturbado de noche; aunque, el hermano que nos dirige, puso en escena y prueba sus palabras conmigo: Ningún camino es fácil; pero la redención tiene sus frutos. Los tiempos de Dios siempre son perfectos. Me aferro día a día a tal ideal, a creer que puedo ser mejor y en tal transito divino encuentro la posibilidad oportuna de hallar al amor. Casarme es mi sueño a escondidas, y Adrián, el bonaerense precioso, es el indicado, no solo lo digo yo, sino las escrituras con sus tiempos idóneos.

Me siento en nubes cuando lo recuerdo, los ojos cristalinos como si su marcha horizontal tuviera por fin un objetivo, esta Lima lo ha cautivado, no solo por su gastronomía y sus iglesias, sino por la causa de su gente, convivimos dos semanas en el mismo atrio, él leyendo versículos con pasión y yo andando en reflexiones, intercambiamos miradas y sonrisas repentinas, las cuales mantenemos en los bancos a pesar de la lejanía de los cuerpos; aunque a sabiendas que en las mentes nos tenemos debido a que cuando nos cruzamos los corazones laten con fuerza, y una pureza en mezcla como si estuviéramos destinados, ¿y si lo estamos? He pensado entre Salmos y he deseado abrazarlo más allá de un saludo en las ocasiones que lo encuentro en la entrada sintiendo como intuición femenina que le atrae con igual veracidad mi sonrisa y Dios disculpe, también el lunar a la altura del cuello. No me he confesado por pensar que quisiera sentir sus labios sobre aquel, y no he dictado en voz alta los pensamientos que me encomiendan a la fortaleza de sus brazos desnudos sobre su la cama o la mía. Pienso que si alguna vez Jesús quiso a Magdalena, ambos podemos querernos y acorralar al amor en un casamiento para ofrenda de nuestros padres celestiales. De repente, los pensares intensos se vuelven tiernos, tan dulces como las miradas que camuflan lo que sentimos, puras como los roces de mano y profundas como las pasión que brota al leer el santo libro.

Hoy lo veré, si es posible antes de las seis, no hemos acordado la cita; pero nos hallaremos en la puerta principal, intercambiaremos un saludo distinto y lo voy a invitar a estar conmigo en la lectura. Tal vez, podamos hasta conocernos más a la salida de la ceremonia. Conozco una pastelería increíble capaz de hacerle olvidar a su amado dulce de leche.

Sin embargo, el gasfitero y su demora, su longeva edad hace lento su trabajo, la charla vívida que quiere tener conmigo acerca de su esposa fallecida, sus nietos en Norteamérica y sus hijos perdidos con mujeres que lo quieren lejos. Tiene un encanto singular para la conversación, puede hablar sin distinciones, cualquier tema es prodigio de su ser, lo he contratado en ocasiones debido a que el grifo principal se malogra constantemente, se lo hice saber a la dueña del apartamento que estoy rentando hasta que pueda graduarme en la enfermería que me apasiona y tratar de conseguir un mejor sitio, quizá, junto a Adrián, si Dios y el destino así lo tachan.

Señor, debo ducharme porque tengo ir a la iglesia en dos horas, se lo hice saber. El gasfitero aseguró que no demoraría, primero una hora, después más tiempo, debido a la complicación del trabajo, y ahora me ha dejado sin ducha porque se fue a almorzar y no tengo derecho a obligarle que no coma porque debe culminar. A veces la vida tiene esos matices medio irónicos, yo debo estar lista para la ceremonia, y él tiene que llenar su estómago. Puede que Dios no se enoje por mi tardanza; pero Adrián, ¿y si alguien más comparte mis anhelos?, ¿Y si lo atrapan antes que yo? Pensarlo me mortifica; aunque, si es para mí, pues lo será debido a que aquellos tiempos de Dios tocan de hoy en adelante. La idea me mantiene motivada, seguramente Rodolfo, el gasfitero, vendrá muy pronto, voy a bañarme, estar lista, y salir con tiempo para converger en la puerta, hablaremos un rato y quedaremos en juntarnos más tarde. El plan resultará beneficioso como el inicio de una amistad y un inevitable romance.

Maritza esperaba al gasfitero ordenando sobre su cama al vestido elegido. Daba vueltas por los rincones de su habitación al ritmo de la música de moda suponiendo que el galán argentino bailaba con ella cuando un inesperado sonido proveniente de afuera le aumentó los ánimos estirándole la sonrisa y llevándola a velocidad hacia la puerta principal. Todavía se podía oír la música cuando preguntó, ¿tanto se ha demorado en almorzar? Son casi las tres, señor; seguramente se vio con una amiga y le invitó un pastel, dijo en un chiste de emoción. Sabía que, el tiempo estaba a su favor, la ceremonia comentaba iniciaba a las cinco, bañarse le tomaría media hora, alistar su melena completaba la hora y salir de casa en el auto que esperaba cambiar la dejaría en la iglesia en otra media hora. Para que la función empezara a las cinco, a sabiendas que las personas llegan media hora más tarde, tenía suficiente alcance de tiempo para lograr una charla previa, acordar una cita posterior y acumular conocimientos de ambos; pero al abrir la puerta se dio cuenta que no se trataba de Don Rodolfo, sino de un sujeto vestido complementa de negro con una aterradora máscara en forma de media cuyos ojos rojos emancipaban rabia y desenfreno.

No tuvo tiempo de salir del asombro cuando el hombre furioso la cogió del cuello devolviéndola a la casa asfixiando su grito de ayuda, le dio un taco a la puerta y la tiró al suelo para acabar con su vida como sicario con su víctima.

Adrián viste un sutil traje crema, ella un vestido blanco divino, ambas parejas de padres están en el altar, ella se asoma sonriente compartiendo su risa con él, el hombre de su vida, quien coge su mano y aclama con honestidad: Siempre has sido bella; pero hoy le ganaste a la luna. 

Maritza le regala otra sonrisa y contesta: ¿Cómo llegamos aquí? Este amor no puede ser real. Entonces, el muchacho, sonriente, proclama: No, no es real. Ella se sorprende. ¿Cómo que no lo es? Su cara se transforma. Adrián se vuelve oscuro y tenebroso, y Maritza abre los ojos viendo al hombre de la máscara ahorcando sus ilusiones.

Señor… tengo dinero, puede tomarlo e irse, le dice en un respiro. El sujeto no se detiene parece consumado por la ira, las drogas y la locura. Maritza intenta recoger algo del suelo en estériles intentos; pero, de pronto, recuerda una clase de defensa personal de sus tiempos en la armada, poco antes de su temprana jubilación por situaciones que ha preferido olvidar, de un golpe duro y certero logra derribar a su oponente y con la leve fuerza que le resta se levanta para huir. El hombre parece estar encaminado en asesinar. Ella le reitera que tiene dinero y una computadora. El sujeto se detiene, piensa en la fortuna, le pregunta en una voz cruda acerca del lugar. Ella sabe que es lo único que le queda; pero su vida vale más. Le menciona la mesa. Allí está la laptop. El hombre la observa. ¿Y el dinero? Pregunta. Maritza aprovecha tal momento para intentar escapar por la puerta trasera cerca de la cocina; pero el criminal corre furioso cogiéndola otra vez.

Ella se siente perdida, el pomo de la puerta ha fallado, quien sabe cuándo fue la última vez que quisieron abrirla.

¿Dónde está el dinero? Le pregunta el ladrón sujetándola por el cuello. Dímelo, o te rompo en dos, le dice furioso. Ella no puede hablar. En el baño, le dice con la poca voz que tiene. Ambos caminan hacia allá. Él la aprieta con el brazo jalándola hasta el inodoro donde dice que está la plata. Maritza intenta zafar; pero no puede. Sus pies resbalan con el piso. No tuvo fortuna en siquiera ponerse un calzado, las medias no apoyan. Quiere gritar, y no puede. Se siente ahorcada y su vida pasa por delante.

Adrián… Buenos Aires es precioso. Me encanta Puerto Madero, ¿podríamos vivir aquí? Le dice sonriente. El apuesto caballero le muestra unas llaves. Adivinaste, aquí es donde viviremos, le dice con una sonrisa logrando emocionarla hasta las lágrimas. Se abrazan y proclaman amor en un beso.

¿Dónde está el maldito dinero? Le repite el hombre dentro del baño.

Ella no se dio cuenta de cómo o cuándo llegaron. Él la suelta un poco a sabiendas que tal vez se encuentra desmayada, ella aprovecha tal instante para zafar; pero el sujeto la detiene de la cintura, y Maritza de un golpe de codo lo derrita. Aunque el hombre no se detiene e intenta cogerla de nuevo de la mano. Es allí cuando con la mano derecha recoge lo primero que siente desde la olvidada caja de herramientas y de un potente como vibrante golpe tumba al sujeto de la máscara.

Empieza a gritar en un llanto desconsolado y desesperado, ¿Qué rayos ha pasado? Se dice en preguntas sin respuesta. ¿Quién eres?, ¿Qué es lo que querías? Dice al rato menguando su dolor. El hombre está muerto, un hilo de sangre inunda el piso del baño, Maritza lo evita parándose en una pausa a su desespero, quiere y a la vez no, quitarle el antifaz; aunque antes, se devuelve a la habitación para coger el teléfono y llamar a la policía. De repente, suena el timbre en un asalto de ansiedad. Señorita, ¿Qué ha pasado? Oye en el celular. Le cuenta velozmente. Le dicen que irán de inmediato. El timbre vuelve a sonar. Ella teme asomarse; sin embargo, lo realiza. Es Rodolfo, respira tranquila al verlo por el agujero de la puerta.

El hombre anciano ingresa, ¿Qué ha pasado? Le pregunta preocupado por su cara de susto y su cuerpo tembloroso. Ella le cuenta a grandes rasgos y le señala el sitio donde está el cadáver. Rodolfo se asusta, le dice que llame a la policía, Maritza le dice que es lo que acaba de realizar y se acuesta en el sofá para deslizar tanta emoción.

Los oficiales de policía se adentran en la casa tras estacionar sus patrullas en el pórtico, armados hasta los pies, creyendo que el fulano estaría todavía con vida inspeccionan el lugar hasta corroborar la muerte.

Señorita, disculpe, soy el sargento Harry, ¿puedo preguntarle si conoce al sujeto? Pues, acabamos de encontrar su dirección anotada en un papel dentro de su bolsillo, le comenta un tipo alto de placa y bigote.

Maritza, fanática de las novelas de misterio y las serie de casos sin resolver, piensa conmocionada por lo siguiente que puede llegar a ocurrir, y aquellas fantasías mentales que tuvo mientras se hallaba entre la vida y la muerte, se derrumban de repente como vidrios rotos; se levanta imperiosamente para caminar junto al oficial, quien la ve con delicadeza debido a su estado de shock, analizando paulatinamente cada uno de sus movimientos hasta que juntos abordan otra vez el sitio censurado. Ella entra, Harry la sigue, la mire y le comenta, solo serán un minuto. Ella asiente a sabiendas de lo que puede llegar a venir rompería su mundo en dos, entonces, el hombre de placa desliza la manta y la mujer se horroriza a pesar de intuir lo que pasaría.

¿Lo conoce? Pregunta el policía con cierta obviedad por la reacción de la chica.

Sí, sí, sí, claro, lo conozco, por supuesto, dijo traumatizada.

Es un ladronzuelo de poca monta, drogadicto y acusado de violación, se mudó al vecindario y parece que le estuvo siguiendo el rastro durante días, creo que supo que vivía sola y al momento en el gasfitero se fue, pienso que vino y pasó lo que pasó, dio un resumen el policía.

Nunca hemos hablado, salvo saludos cordiales, yo paro en el trabajo, mi comunidad y mis estudios, generalmente solo tengo tiempo para ir al mercado y hacer mis compras.

Quizá ahí la vio, le atrajo y quiso más que robar para su vicio, tratar de abusar, por suerte, actuó en digna defensa personal, y quedará absuelta.

¡Maritza! Se oyeron gritos. Soy su amigo, dijo un muchacho. Déjenme entrar, soy su amigo, volvió a decir. Maritza se dio cuenta que Adrián ingresaba presuroso. ¿Es algo de usted? Quiso saber el oficial. Ella asintió y le abrió los brazos para que pudiera consolarla. Cualquier cosa, estoy afuera, dijo el policía y se fue. Ambos se quedaron unidos en un abrazo.

Me preocupé que no fueras a la iglesia y vine por ti. Creí que algo malo habría pasado al ver patrullas en el pórtico y entré presuroso para intentar salvarte, le dijo durante el abrazo y ella sonreía sintiéndose protegida.

Siento que es parte del destino que estuvieras aquí, lo deja oír en un suspiro y Adrián le clava un beso a favor de su comentario.

 

 Fin




 

domingo, 16 de abril de 2023

Setiembre 1998


El mes de setiembre de 1998 hubo tanto calor como si el infierno se hubiera trasladado al suelo donde vivimos, en la habitación donde me hallaba el bochorno se multiplicaba por tres a pesar que en ocasiones anteriores propuse la compra inevitable de un ventilador para que respaldara a las ventanas abiertas en la creación de viento conciliador; pero mis comentarios entraron por un oído y salieron por el otro. Yo estaba de invitado, uno especial y constante, para las tareas de la escuela, la recreación en videojuegos y la charla interminable acerca de citas.

El buzo del colegio era parte de mi piel, solía llevarlo casi todos los días por causa de mi afanada devoción al deporte rey, el cual practicaba cada recreo como un ritual de fe, razón por la cual, tenía short y playera en lugar del uniforme ordinario, lo que en realidad favorecía del sol de quien intentaba esconderme. Sin embargo, aquella tarde en particular, al astro le dio por ser potente sin misericordia y yo sin el permiso de nadie debido a que solo andábamos dos en la habitación resolví quitarme el polo antes de humedecerlo por completo víctima del ponderado sudor siguiendo el régimen intenso de la etapa final de Mario Bros. 

—Deberíamos ir a Santa Isabel a comprar un ventilador. Caminamos hasta Bolichera y llegamos en cuestión de minutos— le dije con la mano hondeando a la altura del pecho.

—No tiene sentido, el calor es esplendoroso— comentó con una sonrisa brillosa en un giro de cuello que también reflejó la luz de sus ojos azules.

Sonreí causa de su encanto y su simpatía.

—En realidad, hace mucho calor, presiento que estamos en el infierno— compartí un chiste.

—El infierno es demasiado dulce, ¿no crees? — dijo en otra sonrisa.

— ¿Me puedo dar una ducha? — le pedí al instante.

— ¿Y quién va a vencer al monstruo Koopa? — refutó abriendo los brazos.

—Tú hazte cargo, ya lo has logrado en otras ocasiones— le di entusiasmo.

—Sí; pero me gusta verte jugar— lo sentí como un piropo.

Compartimos una sonrisa, le entregué el mando tras una pausa y procedí a vestirme frente a su presencia. Recuerdo que no me quitaba la mirada, algo que andaba lejos de intimidarme, porque sonreía y yo imitaba, reía en sentido distendido y procedía a jugar perdiendo en la primera oportunidad.

—Ya pues, ¿Cómo puedes perder de esa forma tan sencilla? Le reclamé deslizando el pantalón por los pies.

— ¿Acaso crees que me puedo concentrar contigo siendo Demi Moore? — dijo en una broma acertada.

— ¿Crees que tu vieja me vea? — Le dije sigiloso.

—Se han ido al Country, vienen mañana por la tarde, te lo dije en clase de Historia— hizo una mención ocurrente.

—Estaba concentrado en lo que hablaba Gallozo que no te presté atención— le dije con una sonrisa.

—Tu profesor favorito y tu clase favorita, imposible competir contra ambos— comentó haciendo muecas graciosas con la cara.

—Nadie puede competir con nuestras tardes de videojuegos— le dije para que no lo sienta como ofensa. Me regaló una sonrisa y en un revés de manos aseguró: Ve con cuidado que Carla está en celo y no querrás que te confunda con Osvaldo, el perro de la vecina, quien, apropósito, la última vez que la vi, ¿sabes que dijo?

— ¿Qué dijo? — Quise saber detenido en el umbral de la puerta en bóxer.

—No te lo voy a decir porque luego querrás buscarla— dijo en un acto de celos bastante exagerado.

—Siempre me ha parecido simpaticona la morena del doscientos cuarenta— le dije con una pícara sonrisa.

—Es guapa, no lo dudo; pero con tu colección de muchachas desde que entramos a secundaria, me sorprendería que no quieras asomarte— dio en el clavo.

—Klaus, ¿lo recuerdas? — le dije en un pasaje al pasado.

Hizo un gesto de andar con el pensamiento.

— ¿De 5C, verdad? — acertó.

—Sí, fue mi amigo hasta que lo expulsaron— le dije en una risa que no compartió.

—Era un cuero, eh. Alto, cabello ondulado, quijada dura, pepón; pero pésimo jugador—oí la descripción.

—Jugaba malísimo; pero las chicas iban a verlo— le dije haciéndome el desentendido.

—No sé cómo no lo comprendes— escuché un sonido pedorro que realizó con la boca.

—Bueno, el punto es que en un par de oportunidades me dio algunos consejos, entre los cuales, rescato el siguiente: Coge todo lo que puedas antes de casarte.

La carcajada que se mandó pudo tumbar la casa si no se hubiera detenido para reflexionar con la mano en el mentón, un momento, puede que Klaus, sea un filósofo, aseguró con serenidad. Es decir; una vez casado, solo vas a tener a una persona por el resto de tu vida, ¿Por qué no antes te diviertes un poco con su respectiva diversidad? Acuñó la pregunta retórica en una pícara sonrisa.

—Lo de diversidad lo tienes bien en claro— le dije directamente.

Volvimos a sonreír.

— ¿Ah, solo yo? — escuché una duda media irónica.

—Hay quienes prefieren mantenerlo en secreto— respondí para su asombro con la mano cubriendo su boca.

—Voy a la ducha antes que Carla camine por los pasillos— le dije abriendo el pomo para salir.

— ¿Vas a dejarme imaginar? — Oí su frase.

—Es lo que siempre realizas— respondí ante su risa.

—Eres cruel, querido— arremetió con una carcajada que me siguió hasta la ducha.

Al salir, el ambiente se sintió menos caluroso, descalzo; aunque en ropa interior, volví a la habitación encontrando la puerta abierta. Ingresé sigiloso contemplando una escena de ensueño. Carla en los abrazos de la persona que más adora en el planeta, y el juego finalizado en pausa para que juntos viéramos la historia de Mario y su princesa como en tantas otras ocasiones.

—Hola buenmozo, ¿fresco y resoluto? — escuché su agradable comentario.

—Me siento de maravilla— le dije salpicándole gotas provenientes del cabello en un acto divertido.

—Lluvia, Carla. Está lloviendo en el cuarto— dijo con aires de euforia. Volví a colocarme el buzo del colegio mientras que ambos jugueteaban regalándose besos y lenguazos.

— ¿Has pensado alguna vez en tatuarte? — hizo una pregunta observando mi abdomen.

—Tal vez a la salida del colegio, ¿y tú? — le devolví la pregunta.

—Pienso lo mismo. Porque si lo realizo ahora, mi vieja es capaz de lanzarme a la calle con maletas y boleto a España— dijo en una risa.

— ¿Eso no sería conveniente? — le dije mediamente irónico.

—Todavía no es definitivo; pero las leyes están en proceso de aprobación— comentó con serenidad.

Asentí ligeramente.

—Aunque… si bien recuerdo, el profesor Gallozo comentó que en Dinamarca ya está arreglado hace unos años— le di una opinión.

— ¿Quién quiere vivir en Dinamarca? Debe ser muy aburrido. Yo sueño con estar en Buenos Aires siendo libre y feliz tomando birras y bailando tango; y de pasada, observar los partidos en la Bombonera. Tal vez, seas tú quien allí juegue— enfatizó en una curiosa mistura de emociones.

—Ese es mi sueño. Uno grande y complicado; pero espero lograrlo— le aseguré al borde de una súplica al cielo.

—Carla, ¿crees que nuestro querido amigo llegue a cumplir su anhelo? — le habló a la mascota y emuló su voz en un cariñoso acierto.

Me acomodé al lado sobre el mismo mueble azulejo motivado por los augurios recibidos.

—Y, entonces, ¿Qué hacemos? — le dije en primera instancia. Tengo entrenamiento a las cinco en el colegio, el profesor Martínez me quiere de titular, así que tendré que estar puntual, añadí con la idea de que pueda acompañarme.

— ¿Antes piensas ir a tu casa? — Preguntó acariciando a la perrita en celo.

—Es lo que estoy pensando. Aquí tengo mis útiles de deporte, y allá tengo el almuerzo, a menos que pidamos algo de comer, ¿te parece? — propuse y le di clic al Star del mando para que la historia del juego siguiera su rumbo.

—Me hostigaron las hamburguesas y la pizza, ¿Qué te parece si intentamos preparar algo? — dijo en una elevación de cejas bastante simpática.

—Además, cuando me mude, tendré que cocinarme— añadió con una sonrisa sin mostrar su pulcra dentadura.

—Pasarán años para que eso ocurra— le dije distendido. Tan solo tenemos dieciséis, no debemos preocuparnos tanto en lo que pueda ocurrir, compartí un repentino ideal. Yo en lo único que pienso es en el entrenamiento de unas horas y seguir en constante buen desempeño, acoté seguro.

— ¿Acaso no piensas en mi culona vecina? — comentó sugerente ante mi inevitable risa.

—Bueno, en ella pienso en las noches— le dije para que riera.

—Te aseguro que ella también— arremetió para incrementar la risa.

Dejó que Carla zafara de sus brazos debido a que por los sonidos de la carcajada se sintió espantada.

—Tienes una pegajosa risa, y una muy linda sonrisa— me dijo algo sugerente por la mirada azul de sus ojos y la claridad como suavidad de sus palabras y gestos tan cercanos a mí intentando recoger en primera instancia mi muslo y al instante el mentón sin promover ninguna contraposición por su apariencia sublime sacada de un anime y su elocuencia perseverante por querer coquetearme. No dimití dejándome llevar por su romántico performance que terminó en un sutil encuentro de labios.

—Desde que sales con Miranda no me has dejado besarte, ¿Por qué de pronto fluye tan mágicamente? — preguntó al despegarnos.

—Por la diversidad— respondí corto. Oí su risa. Te sugiero que dejes de seguir los consejos de Klaus. Él puede ser muy guapo; pero su cerebro no lo favorece. Un día va a tener una pareja estable, equilibrada y amorosa que va a engañar por un golpe inesperado en un bar o una discoteca. Miranda es buena, no la dañes— aconsejó solemnemente.

—Miranda solo tiene quince años, ¿Qué daño voy a hacerle? — repuse casi en broma.

—Las mujeres se enamoran a esa edad pensando que la relación va a durar la vida entera, no le quites esa ilusión, te lo digo de corazón— me lo hizo saber con seriedad.

Es más, deberías de decirle que te acompañe al entrenamiento de hoy, añadió en un gesto de mandíbula hacia abajo. Debe estar esperándote en el Messenger, acuñó con una ligera sonrisa.

— ¿Y qué le digo a tu vecina cuando salga de aquí con los pelos mojados y la sonrisa en alto? — le dije pensando todavía en una broma.

—Dile lo que Klaus nunca le dijo a Lorena: Disculpa, tengo novia y la amo— aconsejó duramente.

—Pero… no la amo. Recién tenemos tres meses de relación— le dije con una risa.

—Vas a amarla inevitablemente— auguró.

Pensé en los atributos no físicos de Miranda. Su bondad para con los compañeros que olvidan los lapiceros, las veces en las que al inicio me pasaba las respuestas del examen y su inexorable forma de jugar al vóley.

—Tiene más encanto del que pienso— le dije reflexivo.

— ¿Ves? Klaus puede haber sido el tipo más pepa del colegio; pero cuando engañó a Lorena y lo supieron todos se volvió el más imbécil— dio su dictamen severo.

—Y para colmo, lo expulsan— añadió en una risa malévola.

—Creí que se trataba de un hombre ejemplar para ti— le dije en referencia a su anterior concepto.

—Los prefiero con cerebro— englobó su sentir.

—Comprendo— le dije despacio.

—Eres mi mejor amigo, por eso te aconsejo de esta manera— se confesó como tantas otras veces.

—No cabe duda que tu también lo eres— le dije con la misma honestidad. Me dio una mirada cristalina con sus divinos ojos azules y estiró una sonrisa preciosa en señal de encantamiento.

—Te adoro— me dijo después.

Le sonreí.

—Eres más que un hermano, Oliver— le dije abriendo los brazos para que pudiera caber en un abrazo.

—Dudo que a tus hermanos los beses— dijo un chiste bien realizado.

Empezamos a reír.

—Soy hijo único— le aseguré ante su delicado movimiento de quijada para abajo.

—Y, entonces, ¿a qué hora es el entrenamiento? — quiso saber cómo si lo hubiera olvidado.

—En una hora. Creo que voy avanzando porque siempre llegar antes es mejor debido a que a los tardones no los ponen de titular. Al profesor le gusta el respeto y lo puntual— le dije sereno.

— ¿Vas a avisarle a Miranda o quieres que yo le diga? — dijo abriendo los brazos.

—No lo sé, brother. Creo que mejor la veo mañana en el colegio— le dije distendido.

Oliver me dio una mirada dudosa con los ojos casi cerrados.

— ¿Qué tienes pensado? — me dijo con el índice directo a mí.

—Nada— le dije en una sonrisa.

—Conozco la picardía en esa sonrisa— atacó ligeramente.

—Solo quiero concentrarme en el juego. Con ella no podría suceder como imagino— le di una breve explicación. La asumió como una realidad.

Una vez enlistado nos despedimos con un apretón de manos acordando encontrarnos mañana en el salón de clase. Al momento en que salí de su casa fue casualidad –de repente, voluntaria- que la vecina estuviera mirando el parque por su ventana. Le di una mirada veloz observando la silueta de su perfil, el cabello oscuro, la piel canela, las pulseras en la mano y aquel ancho polo con estampado de banda musical como si tuviera una tarde relajante en casa.

—Hola— le dije agitando la mano en saludo.

—Hola, ¿nuevo aquí? — dijo haciéndose la confundida.

—Suelo venir a visitar a Oliver, somos compañeros en la escuela, ¿y tú, qué tal? — le dije parado en la acera frente a su casa.

—Aquí, aburrida— dijo con un gesto de puchero. ¿Conoces el vecindario? Añadió y rápidamente se respondió, ¿te gustaría dar una vuelta? Así podría presentártelo.

No lo pensé, de inmediato, accedí.

—Claro, me gustaría— le dije sonriente. Ella me devolvió la sonrisa e hizo un gesto con su mano abierta en señal de espera. No me quedé en el mismo lugar, caminé un par de pasos y apoyé la espalda en un árbol.

La mujer no era tan alta como suponía su cuerpo desde la ventana, lucía un short jeans ajustado y pequeño, el mismo polo blanco con logo en el centro, los cabellos sueltos y la sonrisa amplia. Me dio un saludo en beso presentándose y yo le respondí con mi nombre. Continuamos sonriéndonos frente a frente como si la química solo hiciera su trabajo hasta que resolvió apuntar a la esquina mencionando que había una tienda con conos de helado bastante sabrosos. La seguí sin dudar y en el camino continuamos conversando primero de Oliver y cómo nos conocemos, después de las escuelas adónde asistimos y finalmente acerca de nuestras aficiones.

Fui allí cuando recordé que debía de asistir de nuevo al colegio para el entrenamiento, para entonces faltaban quince minutos, y era posible que me hallara a media hora del sitio –calculando la distancia en caminata- pero la idea de abordar un taxi me producía la satisfacción de quedarme a culminar el helado.

Ella pidió de lúcuma con fresa y yo traté de seguir el protocolo de nunca probar nuevos sabores atinando a degustar un mango con chocolate bastante exquisito. Recuerdo que sugirió que nos acomodáramos en una banqueta frente al mismo parque donde se ubica la casa de mi amigo solo que aquella se encontraba en la esquina casi ajustando a la calle continua. Nos sentamos a continuar charlando acerca de cursos de escuela, futuros hechos que queremos o debemos realizar dejándome compartir una singularidad de su paso por el futuro, el cual era su anhelo por querer ser bombera, algo que atrajo mi atención, porque, ¿Quién quiere ser bombero cuando sabemos que no tienes beneficios económicos? Pero lo siguiente que ofreció como dictamen a su propuesta era que lo deseaba solo durante un par de años, es decir; quería cumplir una promesa que le propinó a su abuelo antes de su muerte, quien, según un hilo a su comentario, fue bombero de Surco durante muchos años.

Siempre he creído que las personas suelen estar muy ligadas a sus antepasados, sobre todo cuando se trata de profesiones y pasiones; sin embargo, a mí no me ocurría. Mi padre era veterinario y mi mamá modista, y yo, para entonces, quería dedicarme al juego de la pelota. No obstante, la vecina, quería practicar el salvar vidas o recoger gatitos de los árboles durante uno o dos años solo por darle ese gusto al abuelo, quien, era muy probable se encontrara en un sitio donde no se diera cuenta de nada de lo que ocurre. No quise entrar en ese detalle, manifesté una devoción admirable a su proceder; pero no compartí mi propio deseo post escuela, debido a que siempre he sido reservado para con mis sueños, solo le dije que me gustaría seguir disfrutando de buenas historias, ella tomó el comentario de una manera interesante, pues, respondió, ¿Qué mejor que tener recuerdos para llegar a ancianos, no? porque hay personas que no tienen nada que contar. Entendí regularmente su pensar, y vi cómo se asomaba para lo que pudo ser y no fue porque el reloj abrumaba. Yo quería ir al entrenamiento y sabía que podría frecuentar a la vecina en otras ocasiones. Así que le pedí el Messenger, lo apunté en un cuaderno, y acordamos en comunicarnos por allí para otras salidas. No pude acompañarla a su casa; pero ella sí a que abordara un taxi, previa explicación breve a mí siguiente accionar.

No iba a mentir, realmente iba a jugar, y me agradó que lo comprendiera. Siempre ha sido un punto a favor que las personas entiendan lo que me gusta.

Durante el partido del entrenamiento me pusieron de titular, el profesor me había visto jugar en los campeonatos de invierno y el recreo demostrando talento y eficacia a la hora de anotar. Conseguí meter un gol de media cancha debido a que siempre ha sido un poderío mortal mi tiro de larga distancia y di dos acertados servicios para que mi compañero solo la empujara. El equipo titular venció con un marcador de 3 – 0 manifestando lo que el entrenador dictaba previo al campeonato de inter escuelas.

Al culminar el partido me percaté de la presencia de Miranda observando en las gradas con una absoluta emoción en el rostro y las manos en palma, supuse que habría sido parte del cotejo entero o tal vez haya llegado recién. Nos saludamos en un abrazo efusivo tras acabar la charla técnica para enseguida dirigirnos a una de las escaleras para platicar un rato.

—Tenía muchas ganas de verte; pero el autobús tardó demasiado en traerme hasta aquí— la oí apenada.

Iba a avisarte; pero se me hizo tarde, pensé en decirle.

—Oliver me escribió un mensaje de texto diciendo que estarías en el colegio entrenando; yo estaba avanzando la tarea de Aritmética cuando lo leí. Recogí mis cosas y vine para acá. Mi ma’ no estaba en casa, por eso tuve que venir en bus. Demoré demasiado; pero aquí estoy— me contó en una mistura de gestos y emociones acabadas en una sonrisa.

—Me alegra que vinieras, mi cielo.  Espero te hayan gustado los goles— le dije en otra sonrisa.

—Solo vi uno, ¿hubo más?— respondió tímidamente.

—Fue uno que vale por cien— le dije eufórico. Ella empezó a reír y la callé en un beso como en varias otras ocasiones durante los recesos de clase.

—Ojalá pudiera quedarme más tiempo, iríamos a ese sitio donde tanto nos gusta estar— hizo una sugerente mención con su mano rozando mi pecho.

— ¿Cuánto tiempo tienes? — dije con la mano acariciando suavemente uno de sus senos. Realizó una mueca de insatisfacción y respondió: Casi una hora. Lo que pasa es que debo de acabar Aritmética, es para mañana y el profesor Julián es estricto.

— ¿Julián? Ese es un tonto. Cree que estamos en el ejército. Por eso, a veces Oliver y yo tardamos en hacer los trabajos, mucha presión nos hace doler la cabeza— le dije en una risa que no imitó.

—Pero amor, ¿Cómo es que puedes tener tiempo para ir casa y volver a la escuela y no para resolver unos simples ejercicios? — me dijo tiernamente.

—No solo vengo a jugar pelota, también a estar contigo, preciosa— le dije acercándome para darle otro beso.

O, dije después del beso, ¿quieres que me vaya para practicar matemática? Le dije algo molesto.

—No, amor, nada más preguntaba— dijo inocente.

—Ah, creí que querías que me fuera— le dije haciéndome el fastidiado.

—En lo absoluto. Me gusta estar contigo. Es más, te extraño cuando terminamos la clase— dijo dejándose caer en mi regazo.

La abracé despacio.

—Yo también adoro estar contigo— le dije durante el abrazo. Entiendo que te gusten los números, añadí enseguida. Ojalá tuviera esa capacidad.

—La tienes, amor— dijo en un salto.

—Claro que no, ese idiota de Julián me va a desaprobar, y no voy a poder venir a entrenar— dije apenado.

— ¡Claro que no, amor! Escucha, si gustas podemos volver a hacer lo mismo de la otra vez durante el examen. Yo te paso las respuestas en señas y aciertas hasta lograr un once— dijo emocionada.

—Lo importante es aprobar, así que con un once o diez punto cinco, me conformo— atiné seguro.

Miranda apretó el abrazo.

—Te quiero, mi amor. El lunes cumplimos tres meses, ¿no es fascinante? Tres meses llenos de amor— dijo efusiva. Sus cabellos castaños olían a lavanda, le acariciaba las mejillas dóciles y pensaba en los posibles regalos y las opciones de salida para tal día.

—Podríamos al cine— le dije en una idea.

—Amo el cine. Veamos Matrix, dicen que es alucinante— comentó con emoción. No dudé en acceder a su grandiosa idea.

Al cabo de unos minutos, cuando los besos y las caricias ocultos en la escalera empezaban a ponerse candentes en ausencia de las palabras, sonó su celular, de los primeros que habían salido al mercado, era tan grande que podía presionar el botón usando la palma de su mano.

—Es mi mamá— dijo preocupada. ¿Qué le digo? Añadió en la misma sintonía.

—Pues… dile que andas en el colegio. Que viniste para entrar a la biblioteca, y ya estás de regreso— se me ocurrió la mentira.

—Buena idea— dijo asombrada de mi ingenio.

Me hice a un lado para que respondiera.

—Ma… estoy en el colegio, vine por un libro de Álgebra, ya estoy regresando— decía en voz casi baja. Yo me hice el desentendido para que tuviera su espacio.

—Y, ¿todo bien? — le dije al otro momento.

—Va a venir a recogerme— dijo apenada.

—Bueno, al menos nos quedan unos minutos— le dije entusiasta para que cambiara sus ánimos bajos.

—Ven para besarte antes que suene el claxon o el celular de nuevo— aseguró en una sonrisa y yo me ofrecí ante sus labios a pesar que la calentura no tuviera su correlación idónea por los hechos impuestos. Sin embargo, durante el beso, pensaba en que era posible que llegando a casa me escondiera en el baño recordando la última vez que estuvimos juntos sobre una cama.

Lo olvidé al conectarme en Messenger y escribir el correo de la vecina, quien velozmente apareció en escena.

—Hola— le dije en un emoticón de sonrisa.

—Te reconocí por la foto— dijo de frente. Eres más lindo en persona, arremetió segura.

—Pienso lo mismo de ti, eres bastante atractiva. Lástima que nos hayamos quedado corto durante la tarde— arremetí insensato.

—Tenías partido, o ¿ibas a ver a la novia? — leí su duda con emoticonos en señal de asombro y silencio.

Maldije para mis adentros.

—Oliver me dijo que salías con alguien bastante especial— añadió después ante mi ausencia.

¿Por qué Oliver diría algo así? Supuse fastidiado.

—En ese caso, tal vez, podemos ser solo amigos— acotó. Yo me mantuve vigilante a la pantalla.

—Bueno, parece que Oliver no está enterado de mi vida, yo estoy soltero y sin compromiso— le dije en un emoticón de guiño.

— ¿Acaso Oliver no es tu mejor amigo? — hizo una puntual mención.

Estoy jodido, pensé.

—Sí; pero no siempre le cuentas todo a tu mejor amigo— quise zafar de su intriga.

—En ese caso, ¿Cuándo salimos? Realmente me quedé con ganas de probar, digo, saber más de ti— comentó sugerente en emoticonos de beso.

—Fin de semana, ¿Qué dices? Que también me gustaría probar, digo, saber más de ti— contesté acorde a sus intenciones.

Mientras planeábamos la cita para mañana por la tarde pude notar la presencia de Oliver en el Messenger. Acababa de aparecer su nombre resguardado de emoticonos entre beso, corazón y estrella borrándose en un santiamén. Por eso, cuando la vecina dejó de escribir, me dirigí a mi amigo.

—Oye, ¿Por qué le dijiste a tu vecina que tengo flaca? No la malogres pues— le recriminé.

—Hola bro, ¿todo bien? — dijo sereno.

—No, nada anda bien porque le has dicho a tu vecina que estoy con novia— le reclamé en emoticonos de furioso.

— ¿Acaso no es verdad? — dijo prudente.

Pensé en Miranda, sus besos, los planes y los brazos.

—Sí; pero… o sea, quiero hacerla con tu amiga— le dije buscando justificación.

— ¿No has entendido lo de Klaus? — me dijo en modo consejero.

—Una mujer como Miranda es difícil de hallar— añadió después en un corazón.

No sé porque solía pensar que la vida era larga.

—Solo quiero divertirme, ¿acaso tú no lo haces? — le dije en una cara alegre.

—Lo hacemos todos, incluyendo a la vecina— me dijo claro y directo.

Empecé a comprender.

—Ella solo quiere darte un par de besos y luego ser uno más en su registro; pero Miranda busca en ti algo distinto. Por ejemplo, prender el camino más largo— meditó en la pantalla.

Un zumbido me alejó.

—Y, entonces, ¿vienes a mi casa? Mis padres saldrán todo el día— leí a la vecina.

Sabía que era muy probable que pasara lo que hoy no tuve con mi novia, y por la calentura contenida, respondí: A las cuatro estoy allí.

Le seguí el testimonio a Oliver aseverándole razón en todos sus argumentos para que se sintiera menos atacado y más amigo consejero.

Al día siguiente por la tarde, ignoré los mensajes de Oliver desde el Messenger preguntándome acerca de mi rutina, él había faltado al colegio por motivos familiares, según el profesor; pero por causa de una enorme pereza, me lo confesó, y quería saber los pormenores del día a pesar que no hayan sido tan suculentos, salvo una pelea en el recreo entre dos tontos que no saben perder.

No le dije acerca de mi encuentro con su vecina, y tampoco sobre una discusión que tuve con Miranda, sentía como traición que le haya contado a su amiga acerca de mi romance sin preguntarme sobre un proceder debido a que yo en varias otras oportunidades le había preguntado sobre qué hacer o qué decir ante una presunta noticia. Además, para la salida del colegio, el almuerzo en casa y el inevitable encuentro, yo ya andaba pensando con el pene y olvidaba razonar que discutí con Miranda por culpa mía y que en el partido del recreo fui yo parte del mismo pleito. Llegué a pensar que la candela de adentro me empezaba a poner picante, y no era culpa de Miranda y su corto tiempo libre, y tampoco de los peloteros y sus piernas chuecas, sino meramente un asunto mío que no sabía cómo tranquilizar hasta que hallé la ocasión.

Había sido infiel en otros escenarios. Engañé a Marta, Karen y Verónica con personas a quienes conocí por los campeonatos entre colegios e intercambiamos correos o frecuenté en mi incursión en las salas de chat donde conocí a un montón de personas y con quienes solía tener encuentros algunos románticos y otros sexuales, la internet me había abierto un sinfín de puertas que no podía cerrar y la infidelidad se volvió en una rutina hasta que conocí a Miranda; y, aunque tuvimos poco rato unidos, sabía –y no lo entendía- que era una persona especial como distinta a las demás; pero en entonces tal idea no cuajaba en mi cabeza porque llegábamos dos semanas sin acostarnos. Algo que el miembro usó para dominar a los sentidos y actuar de forma desmedida.

Bro, acabo de ver a mi vecina arreglándose para una fiesta a la que estoy seguro no irá sola, dime la verdad, ¿vas a cometer esta locura? Leí su Messenger sin emoticonos.

Loco, ¿Qué te pasa?, ¿estás celoso, o qué? Le dije en un acto de fastidio.

No seas idiota, nunca será contigo; lo digo por Miranda, imbécil, me respondió duro y crudo.

Pero… ¿Qué pasa con ella? No se va a enterar si no le cuentas, le dije con un emoticón de dedo apuntando.

No puedo no decirle, dije en advertencia.

Oliver, eres mi amigo, debes de proteger mis intereses, le dije con un corazón. Quería manipularlo.

¡Maldita sea! Te voy a contar… dijo ante mi asombro.

Le envié un emoticón de sorpresa.

Lo que pasa es que…

Me gusta Miranda y no quiero que le hagas daño, dijo sin emoticonos.

¿Qué? Escribí y añadí varias risas.

Tú eres gay, ella no te puede gustar, le dije tras la carcajada.

¡No soy gay! Soy bisexual, y sí, me gusta, por eso, no quiero que la lastimes, me dijo sin emoticonos para hacer seria la charla.

Escúchame, brother, no te creo nada, absolutamente nada, le dije directamente.

Escribió una grosería.

Ok, soy gay y no me gusta Miranda. Es linda, muy linda; pero no me apetecen mujeres, lo que pasa es algo distinto, fue diciendo de manera desesperada.

¿Qué pasa?, ¿Qué me ocultas? Le dije interesado en su tema.

Te llamo, dijo para evitar escribir.

Recibí su llamada al instante.

— ¿Qué te pasa, hermano? — le dije con gestos durante la video llamada.

—No entiendes lo que pasa— aseguró abriendo las manos en calma.

— ¿Qué es lo que ocurre? — inevitablemente quise saber.

—Esto es una mierda; pero al carajo, ahí voy: Miranda no es mujer, en realidad es hombre— dijo tan serio que quise reírme en su cara.

—Escúchame, Oliver, estoy en el maldito quinto de secundaria, solo quiero cogerme a un par de chicas y ya, ¿Cuál es el problema? Sí, entiendo, tengo una relación con alguien; pero, no se va a enterar nunca de lo que pase si es que mi mejor amigo no se lo cuenta— le dije cizañero.

—Eres como mi hermano, por eso, te digo la verdad, no te enredes en romances que no llevan a ninguna parte, te comento estos profundos argumentos porque Miranda es una persona sensible y puede salir dañada— me dijo alucinándose un sabio del Tíbet.

—Conozco a Miranda, es dulce y tierna, amorosa y alegre; pero a veces no podemos ir al mismo ritmo. Ella debe permisos, busca espacios y no sale mucho, en cambio, tengo mis libertades, hasta para experimentar— le dije en una bocanada de risa.

—Entiendo, claro que entiendo todo lo que mencionas, eres un pibe que quiere cogerse al mundo mientras puede; pero relájate, a veces hay que tener calma y conciencia, ¿vale? — dijo creyéndose un sacerdote.

Le hice un gesto de dedo medio elevado.

—He visto a Miranda entrando al departamento de psicología, parece que sufre de depresión o algo así, no estoy seguro; el punto es que su madre salió acongojada cuando ingresó. Creo que tiene problemas con su viejo, de repente están en planes de divorcio o no se ven, no lo sé; solo sé que debes no ir demasiado intenso con ella, ve suave, ve tranquilo, no la cagues, porque hay daños que no se van fácilmente— dijo punzante y seguro que me hizo pensar.

— ¿Qué? Oye, Miranda no está loca— le dije en primera instancia.

—No seas tarado, no tienes que estar mal del cerebro para ir al psicólogo, simplemente tiene problemas en casa, y tu desfachatez no la hará sentir peor, ¿comprendes lo que digo? — dijo alzando la voz.

— ¿Cómo va a saberlo si no se lo dices? — le dije claro y directo.

—Yo no se lo diré; ¿y la vecina, que?, ¿Y algún otro chismoso? En el colegio todo se murmura. La gente habla a tus espaldas. Todos saben que estuviste en Adriana, Camila, Gladis y Claudia; pero nadie te lo dice a la cara. La gente lo sabe. Simplemente lo sabe. Y Miranda lo sabrá porque a veces eres tan obvio que te escabulles de clase para verte con las otras chicas. A veces eres tan arrogante como Klaus— sentí como acuso su argumento.

—Bueno, todo esto me corta la calentura. Al carajo, no voy a ir. ¿Feliz? No voy a romperle el corazón a nadie más, me dedicaré a tener una vida sana, ¿te parece, hermano? — le dije entre distendido y desgastado.

—Puedes hacer las estupideces que quieras, solo no con personas como Miranda, entiende eso— dijo puntual.

—Bien, ya entendí, voy a escribirle para cancelar— le dije abriendo las manos como en un asalto.

Oliver me dio una sonrisa.

Y tampoco vamos a estar experimentando juntos, añadió en una risa.

No, definitivamente, no, le dije en una aclaración.

Miranda es una buena persona, tiene un gran corazón, dijo algo que sentí real.

Sí, le dije suavizado.

En fin, te dejo, debo sacar a pasear a Carlita, comentó y se desconectó. En ese mismo instante, la vecina, me envió una imagen que tardaba mucho en descargar. Era ella en un atuendo bastante provocativo con la leyenda que dictaba, ¿así estoy bien para ti? Recuerdo que se trataba de una ropa interior oscura con una textura atrayente que deseaba quitar con los dientes. Volví a sentirme excitado.

—Espero que todo eso sea mío— le dije en un disparo.

Cambio de planes, acoté rápidamente. ¿Qué te parece si nos vemos por la Bolichera? Se lo hice saber conociendo que en sus alrededores habitan hoteles, aparte de económicos, discretos.

Ella dudó lanzando un emoticón en señal de pensar.

Yo andaba recontra caliente.

—Tus padres podrían llegar en cualquier momento y no querrás que nos hallen en una conexión física— se lo hice saber sin media tinta.

—Me gustas porque eres un hombre que sabe lo que quiere— dijo en un corazón. Y yo que solo escribía por la lujuria.

Dejé el Messenger abierto en No disponible y al cabo de unos minutos salí en dirección al sitio acordado para que la marcha libidinosa del cuerpo se encargara del resto. No pensaba, y si lo hacía era con el pene; no meditaba sobre mis siguientes actos, y si por ahí se colaba una idea moral, la borraba su anatomía desnuda sobre la cama. No me acordé de Miranda, y si por ahí quería aparecer su entrada en tristeza por mi culpa, quedaba nula con los senos de la vecina sobre mi cara. Y tampoco aparecían las palabras solemnes de Oliver, y si por ahí querían derrumbar mi erección, un oral la construía a cabalidad. Me divertí demasiado, tanto que esas dos horas de tiempo rentado parecieron cuestión de minutos.

De pronto, la vecina empezó a vestirse con suma rapidez, le dije que todavía no nos molestaba el recepcionista; pero ella hizo caso omiso a mi comentario y continúo con lo suyo.

— ¿Y si vamos por unos helados? — propuse suavemente.

— ¿Qué? No puedo. Tengo que ver a mi novio— me dijo de un golpazo.

— ¿Novio? — dije confuso.

—Sí, vive en Estados Unidos desde hace un tiempo, creo que estudio en tu colegio— acogió un comentario que me confundió.

— ¿Sabe que lo engañas? — dijo con inocencia. Ella se echó a reír.

— ¿Sabe tu novia que la engañas? — reformuló su pregunta.

Me mantuve en silencio.

Solo tenemos unos meses de relación; aunque antes solíamos coger de rato en rato. Ya sabes, polvos van y vienen, luego se mudó y mantuvimos contacto por el Messenger. Se llama Klaus, ¿lo conoces?

Seguí inmóvil.

—No, no lo conozco— le dije siguiendo su ritmo para vestir.

—Bueno, ha sido un placer, fue bueno mientras duró, hablaremos por el chat— dijo fríamente y se levantó de la cama para abrir la puerta.

Sal después de unos minutos, aseguró y fugó tras un guiño.

Me recosté sobre la cama con el pantalón a medio poner, sin playera y despeinado, aparte de hundido en un estado de completa confusión.

De repente, alguien tocó la puerta. Pensé que se trataba de Miranda, maldije para mis adentros colocándome el resto de la ropa con prontitud, y una vez oída la voz del recepcionista tuvo algo de alivio. Mierda, estoy cometiendo las locuras que debo evitar, pensé y salí del sitio a velocidad.

El lunes temprano fui a la escuela con un regalo, una cadena que adquirí en el mercado, quería regalársela a Miranda por su nuestro aniversario, algo que nunca me había importado porque creía que eran meras formalidades; pero cuando la vi entrar se veía desolada y ciertamente molesta, llevaba su pesaba mochila que quise ayudarla a cargar, el cabello suelto y mojado, el uniforme pulcro y los zapatitos lustrados; pero la cara desecha y triste, pensé rápidamente que se trataría de mi error, de la burrada que cometí hace unos días, y sin querer, realicé la pregunta más absurda de todas, ¿Todo bien, mi cielo? Ella elevó su cabeza hundida haciéndome notar pena en sus ojos y me dio un abrazo afectuoso durante el cual oí las siguientes palabras: Creo que mis padres se van a separar. Me sentí el más hijo de puta de la vida entera por estar aliviado.

¿Por qué, preciosa? Hice la pregunta más lunática del planeta.

¿Qué iba a decir? Me dije después. No tenía idea de lo que podría comentar. A veces, simplemente, no la tienes a esa edad.

Al abrazo en medio del colegio vi a Oliver llegar con su ligera mochila y cara alegre que al verme mutó como si lo supiera todo por causa de una fuente muy cercana. Me hizo un gesto de cuello degollado y le devolví una señal de silencio para continuar consolando a Miranda.

 

 Fin