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lunes, 2 de marzo de 2026

Me salva

Incluso las estrellas y los grillos dormían. La luz todavía estaba lejos de sorprenderme por debajo de las persianas y aquel olvidado montículo de ropa parecía el protagonista de la última película de horror que miré haciéndome titubear en dos ocasiones. A la tercera froté la mirada para ver mejor. Era un silencio abrazador, posiblemente también inspirador, si no tuviera en la mente tanto peligro y un golpe en el pecho que dictaba la sentencia de una nunca curada acidez. La vista en el techo nebuloso como nubes próximas a la lluvia confundía al iris y el mutismo de la habitación me ocasionaba una rara ansiedad como si la misma muerte podría asombrarme de repente. En un bus, hace no más de doce horas, había conversado sobre un mal nocturno que te aplasta el cuerpo mientras duermes, una parálisis terrible de la que los mitos más grotescos se han creado, y supe que, de repente, de tanto mencionarla, la habría llamado; pero yo estaba despierto, aunque cansado, y con un extraño temor que no me permitía dormir, recordando, a parte de las escenas más terroríficas del filme visto antes de cerrar los ojos, aquella pesadilla que me acompañó durante el sueño. Yo era perseguido por una especie de asesino inmortal en uno de esos tantos laberintos a los que en sueños me conduce el cuerpo con la mente apeligrada a sabiendas que era imposible escapar, porque he muerto en sueños a causa del mismo criminal, a quien, no puedo vencer en ninguna de mis pesadillas. Una vez, empecé a recordar con la vista en la nada, para no distraer a la mente con figuras horrendas, que ese ser que me buscaba con cuchillo y paso ligero en ocasiones, era yo en una versión alterna y monstruosa como si en otro universo me habría consumado la locura y la misantropía para buscarles finales a las vidas humanas. Dulce ironía, pensé con una sonrisa en la oscuridad, y un viento repentino sopló las cortinas. El corazón se aceleró e intenté volver a acostarme para conciliar el sueño en bella caricaturas al menos hasta que me sorprenda la luz; pero no pude, reinaba el maldito insomnio, y la mente viva, más veces que otras, fotografiaba vertiginosamente escenarios que siempre quise olvidar y a la vez recreaba situaciones inventadas previstas de pura maldad. Pensamientos que a veces no queremos tener; pero que ocurren inesperadamente cuando la noche y el insomnio dominan la situación. El calor fue también determinante, verano degenerado que me impide cubrir el cuerpo y aquella figura de prendas pareciendo asomarse o moverse, de repente el ser que de niño me daba miedo oculto debajo de la cama, y muertes de personas que alguna vez vi cara a cara apareciendo en frente de mí como fotografías de una morgue. Testimonios de una mitad de la noche caótica fue lo que comencé a vivir. Sofocado, colerizado y preocupado por un ojo rojo y creyendo que al alba mi cadáver estaría pegado a la sábana sentí que la mente divagaba en casos extravagantes. Peor aún, ni siquiera Dios podría ser capaz de salvarme porque no tengo esa creencia locuaz de mi madre que dicta que la oración te cura de los males. ¿Cómo es posible si los males provienen de mi mente?, ¿Cómo si yo mismo soy el monstruo que se persigue?, ¿Cómo puede ser si he inventado asesinos que vienen detrás de mí? Todo, causa del agotamiento mental, de los estados físicos decaídos y de mirar muchas películas que estoy canalizando no volver a observar.

Un sonido se oyó a la lejos cuando el asesino estuvo a punto de clavarme por enésima vez su puñal en el corazón; estiré la mano y recogí el celular. Hola mi amor, me acabo de levantar. Ella me habló de estar a cinco cuadras de mí, y yo recordé haber acordado en encontrarnos a la mañana siguiente plan del horario establecido; y, a pesar de mi cabeza temblando, mi rojo ojo y mis orejas de insomnio, quise ir a su encuentro sin saber lo que acontecía en los siguientes espacios. Usé la ropa del día anterior de forma irresponsable; pero presurosa, quería bromear con respecto al atuendo para que sepa que lo sé y que aun así lo hice; pero ella se adelantó dándome una risa ubicados en las banquetas de una tienda de jugos. Ella a mi lado, brillando como el sol; preciosa y diurna, con unas ganas increíbles por lograr sus cometidos desde temprano para ganarle al alba y una actitud dulce y la vez comprometida en sus labores y en los hechos por verme como si fuera un ser importante, -y sí, lo soy, y me encanta- y entonces al verla supe que, -o de repente fue natural- que las pesadillas y los sueños crudos serían cuestión del ayer. Ella, de mil maneras, solo brilla. Evoca luces, irradia auras coloridas, y no solo es hermosa, es perfecta. Y yo la amo, y cuando la vi por primera vez cruzando la calzada supe que quería quedarme por siempre a su lado y aunque solo compartimos un néctar, curiosamente, rojo, pudo destruir todos los monstruos de la noche como si los estuviera cogiendo de los cabellos y guardándolos en un bolso negro; o, tal vez, simplemente, los mirara con sus rayos de luz y los aniquilara sin ni siquiera saberlo. He allí, uno de sus poderes. Y pensar que yo soy quien le ofrece paz; pero ella me enamora a diario e ilumina siempre. Pues, de pronto, ya no había miedos, ni mareas de terror y mucho menos patrones por no dormir de domingo a la madrugada, porque únicamente hubo alegrías, calma y serenidad. Y todo lo antes mencionado sin ni siquiera alcanzar a contarle lo que viví. Es su magia. Es su amor. Es ella.

Una mujer capaz de darme luces en todo el principio del momento.

No es anécdota, es verdad.

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